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El oleoducto
de tinta
FRANCISCO ROSELL
Desde el intento de urbanizar -en vísperas de la Exposición
Universal de Sevilla- los aledaños del Parque de Doñana por el
tridente felipista que conformaban el cuñadísimo Palomino, junto
a sus amigos y socios Pellón, comisario-delegado de la muestra,
y el abogado Bores, y del posterior desplome -hace diez años- de
la balsa minera de Aznalcóllar, con su riada de lodo a punto de
anegar la conocida reserva de la biosfera, probablemente no ha
habido amenaza mayor a la avifauna que el previsto oleoducto que
atravesará cual flecha envenenada una decena de parajes
naturales de Huelva y Sevilla. Partiendo del puerto de Palos,
proveerá de materia prima la refinería que el empresario
extremeño Alfonso Gallardo promueve en medio de una notable
controversia en Tierra de Barros.
Si Costa Doñana nacía avalada por el entonces consejero de Obras
Públicas, Jaime Montaner, cualificado miembro del clan, y quedó
en agua de borrajas gradas a las denuncias de Diario 16 y las
iniciativas de Izquierda Unida, tanto de Rejón como de Valderas,
alcalde entonces de Bollullos Par del Condado, o si la
catástrofe de Aznalcóllar -donde se dieron la mano la
negligencia de la multinacional Boliden y la Junta- logró
frenarse antes de que la lengua tóxica -cauce del Guadiamar
abajo- encenagara el coto, no parece que vaya a evitarse la
tercera amenaza. De hecho. Zapatero dio su anuencia en su visita
al pueblo pacense de su abuelo, el capitán Lozano. El apóstol de
la lucha contra el cambio climático lo dejó claro tras dar
esquinazo a los ecologistas.
Todo indica que la Junta de Andalucía, pasando por encima de los
dictámenes técnicos -como en Costa Doñana, donde se dejó
extraviada la hoja clave-, se dispone a autorizar las
conducciones precisas para el complejo petroquímico de Gallardo,
cuyos negocios iniciales de ropavejero y chatarrero han
prosperado espectacularmente a la sombra del socialismo de
Puerto Hurraco, expresión chusca con la que el bando rival de
los renovadores de la nada se enfrascaban con el guerrismo
recalcitrante de Rodríguez Ibarra. Tanto que destaca como
empresario siderúrgico y acaba de adquirir una irrelevancia que
le ha llevado a perder el anonimato, tras hacerse con el grupo
periodístico Zeta, tocado del ala desde el óbito de su fundador
Asensio.
Tío de Francisco Fuentes, su heredero universal único y
prohombre del socialismo extremeño, sus tejemanejes y negocios
machihembrados a la política hacen de Gallardo el empresario del
régimen de esta comunidad gobernada desde siempre por el PSOE y
que comparte con Andalucía el dudoso honor de cerrar la
estadística del bienestar.
Por si hubiera dudas sobre lo encarrilado del proyecto que
enturbiará con savia negra estas zonas protegidas, ahí pende la
cabeza de la anterior ministra de Medio Ambiente, Cristina
Narbona, cesada no tanto por su mala actuación en materia de
agua -no hizo más que gestionar como pudo la hipoteca de
Zapatero con sus socios nacionalistas- , sino por su
encontronazo con Chaves. Debeló el urbanismo sin control de los
litorales valenciano y murciano, pero también andaluz. «No lo
olvidemos porque entonces -dijo- puede parecer que sólo soy
crítica con territorios gobernados por el PP, y eso no es así».
Aquel ejercicio de ecuanimidad -muchos pensarán que de
ingenuidad, como la de su marido Borrell en las primarias del
98- le ha pasado factura. Por si no le hubiera bastado
desavenirse con Chaves, también se puso en jarras contra el
oleoducto Gallardo, una vez que las autoridades lusas se negaron
a franquearle una salida al mar. Primero frente a Chaves y luego
contra lbarra era demasiado para Narbona. No fue ni mejor ni
peor del resto del Consejo de Ministros de Zapatero, pero
cometió el error de meterse contra mano.
Mientras la ministra le sacaba los colores, Chaves se hacía
pagar a precio de oro su costeada foto con Al Gore en octubre
último, durante el Encuentro Español de Lideres en Cambio
Climático. Maquilló así una gestión difícilmente sostenible en
el terreno urbanístico, propiciando desaguisados como Marbella.
Aquí la Junta favoreció primero los negocios redondos del PSOE y
luego toleró las corrupciones de Jesús Gil hasta que el sistema
de alcantarillado fue incapaz de recoger más aguas inmundas
provocadas por aquella lluvia de podredumbre.
Las declaraciones de Narbona, que el PSOE andaluz trató de
replicar achacándolas a su desconocimiento, como si no hubiera
velado armas con Escuredo y Borbolla, sí que eran una verdad
incómoda. Chaves, desde luego, no estuvo dispuesto a
encuadernarlas y repartirlas por los colegios como hizo con la
obra de ese título de expresidenciable: Al Gore. Ahí cavó su
losa una ministra que sería enterrada políticamente en la más
estricta intimidad tras las últimas elecciones.
Derribada Narbona y abonado peaje al PSOE andaluz, al que el
Polanco extremeño ha puesto a su disposición los periódicos que
adquirió a Prisa -El Correo de Andalucía, Odiel y Jaén, al que
se añade ahora Córdoba, el eslabón andaluz del grupo Zeta-, la
refinería Balboa dispondrá de su trasvase de petróleo. Compradas
voluntades y sorteadas leyes, se reviste de solidaridad con
Extremadura lo que es un atropello en toda regla, en contra de
lo que arguye la nueva consejera de Medio Ambiente, Cinta
Castillo, a la que la camisa no le llega al cuello.
En el oleoducto Gallardo, confluyen -en su doble vertiente de
atentado ecológico y operación mediática de calado- sendos
escándalos del pretérito imperfecto andaluz: el referido Costa
Doñana y la turbia venta de Prensa Sur -holding que agrupaba a
los diarios adquiridos por Gallardo cuando eran propiedad del
PSOE- a Prisa. Por aquella operación, el PSOE saneó sus finanzas
con l.800millones al tiempo que preservó su control editorial.
Su testaferro y fiduciario Emilio Martín adquirió la propiedad
de los mismos. Dispuso de créditos de las Cajas, presionadas por
el actual vicepresidente primero, Gaspar Zarrías, siguiendo
instrucciones de Chaves, tras almorzar este con los presidentes
de las entidades.
La sociedad de Martín acaudaló mil millones de pesetas en
créditos con su ridículo capital social de diez. Si no alcanzó
los 2.500, fue por la revelación de El Mundo desbaratando parte
de lo muñido. Antes, el entonces ministro de Trabajo y actual
vicepresidente económico, José Antonio Griñán, le condonó 400
millones que la cabecera del grupo, El Correo, adeudaba a una
Seguridad Social que esos mismos gobernantes dejaron
prácticamente en bancarrota. Todo aquello lo puso negro sobre
blanco el responsable de finanzas del PSOE entre 1988 y 1994,
José Manuel Martínez Rastrojo, escandalizado por el supuesto
enriquecimiento personal de Zarrías y Martín con la venta.
Al año de adquirir Prensa Sur, y sin hacer frente a los mil
millones que adeudaba a Caja San Fernando y El Monte. Emilio
Martín sorprendió a propios y extraños con la estupefaciente
noticia de su venta a Prisa por 1.500 millones más. Incluso se
reservó un 25% con derecho a despacho en la sede -hoy en venta-
de Gran Vía del referido imperio. Como era presumible, dado que
nadie da duros a pesetas y menos Jesús (del Gran Poder) Polanco,
el sobreprecio se enjugó con la financiación encubierta de la
Junta, así como licencias audiovisuales. Lo denunciado por
Rastrojo se cumplió escrupulosa e irremisiblemente. Desde
entonces, nada ha cambiado ni lo hará mientras la misma casta
siga perpetuada en el poder. Persisten vicios y protagonistas,
como Zarrías y Griñán, promovidos ahora por Chaves a
vicepresidentes.
El alegato le valió el ostracismo a Rastrojo. Tras descorrer las
cortinas y dejar en evidencia al Gran Muñidor, le sucedió lo que
al militante Manuel Aguilar, que denunció como el consejero de
Propaganda de Chaves apañó las primarias, con un pucherazo
sonoro como el ruido que armó al ser sorprendido votando con los
pies en el Senado. Aquella foto, en cualquier democracia,
supondría la ruina de quien aquí gana galonea con sus fullerías.
El oleoducto Gallardo no sólo es una controvertida conexión
petrolífera, sino una tubería de tinta con la que un potentado
que vive del trato de favor del poder -del tráfico de
influencias, como dice Valderas, recordando quizá Costa Doñana-
pone al servicio del régimen andaluz una cadena de periódicos,
corriendo el papel a cuenta del discrecional reparto de la
publicidad. Representa también una agresión medioambiental y un
instrumento contra la prensa independiente que puede acabar en
extinción, como la avifauna de los parajes que transitará el
petróleo de la refinería Balboa. Pero. «si nosotros caemos,
caeremos al menos -escribió el curioso impertinente de Larra-
como hombres de mundo, moriremos cantando como canarios, es
decir, enjaulados, ya que la suerte quiere que no haya jaulas en
España sino para los vivientes de pluma, que no son otra cosas
los escritores».
francisco. rosell@elmundo. es
El Mundo-Andalucía
08 de junio de 2008 |