LA anfitriona, responsable de comunicación
del centro, se detiene y comenta: «Un madroño, los que somos de
Madrid sólo lo habíamos visto en el escudo de la ciudad hasta
que llegamos aquí». Coge un fruto del árbol y ofrece. Demasiado
fuerte para un recién llegado. Más allá de las 365 curvas que
han quedado atrás para poder llegar a El Cabril, lo cierto es
que el marchamo de cementerio nuclear sigue imponiendo respeto.
Ni el paisaje, copado por encinas y exuberante vegetación
autóctona de esta sierra cordobesa de Albarrama, calma las dudas
que provoca el desconocimiento.
A esta finca de 1.126 hectáreas de extensión llegan todos los
residuos de baja y media intensidad de las centrales nucleares
españolas en activo, más los deshechos de la misma índole
procedentes de hospitales, centros de investigación e industrias
específicas de todo el territorio nacional.
Primera decepción para visitantes fantasiosos. Un centro de
almacenamiento de residuos atómicos no es una central nuclear.
De hecho, se puede circular por casi todas las instalaciones sin
mayor protección que un pequeño medidor de radiaciones que,
durante las más de tres horas de la visita, jamás se mueve:
Siempre mantiene los tres ceros en su pantalla. Lo mismo ocurre
cuando uno sale de una sala con un mínimo riesgo de recibir una
dosis de radiación superior a lo normal -nunca más que una
radiografía de abdomen- e introduce las manos y los pies en una
máquina que, tras una cuenta atrás de cinco segundos, dictamina
posibles anomalías.
Relojes
La rutina del apto tan sólo se ha roto en un par de ocasiones
desde que el complejo actual se pusieran en marcha en 1992. En
ambos casos, el reloj del visitante tuvo la culpa, o mejor
dicho, sus manecillas, fabricadas de un material propenso a
hacer saltar los indicadores de radiactividad.
La actividad de El Cabril, para ser exactos, comenzó hace casi
cincuenta años. Aquellos primeros bidones quedaron almacenados
en una antigua mina de uranio abandonada, cuya silueta aún es
visible hoy. Es el único testimonio 'vivo' que queda de los
experimentos que realizó el régimen franquista en su afán por
incorporarse al selecto club de países que poseían armamento
atómico. El resultado de aquellos años sigue siendo una
incógnita. El Cabril es uno de los centros más modernos de sus
características. De hecho, son frecuentes las visitas de
responsables de programas atómicos de países europeos o de otras
partes del mundo -Estados Unidos y Japón, especialmente-. El
modo de almacenamiento de los residuos de baja y media
intensidad se basa en interponer barreras sólidas y duraderas
entre ellos y el medio ambiente durante el tiempo suficiente
para que su actividad decaiga -un máximo de 300 años-.
Antes de este 'descanso' final, lo residuos pasan por el moderno
laboratorio donde se manipulan para su clasificación y
tratamiento, trabajo que realiza un robot mecánico manipulado
por un técnico bien pertrechado tras un gruesa pared.
Mitad del camino
Ahora mismo, El Cabril, del que es propietaria la empresa
pública Enresa -Empresa Nacional de Residuos Radiactivos-, está
casi a la mitad de su capacidad. Recibe una media de un camión
al día. A este ritmo, en 2030 ya no quedará espacio para más
residuos, aunque aún quedará alguna de las ocho centrales
nucleares que están en servicio en nuestro país. La peculiar
mercancía que llega a esta instalación, ideada para que habite
el olvido, viene en un 95 por ciento procedente de estas
centrales nucleares y, en un cinco por ciento, del resto de
actividades ya citadas. Las dos naves de almacenamiento pueden
albergar unos 320 contenedores, con 18 bidones por contenedor.
Cada uno de ellos contiene un tercio de residuos y dos tercios
de hormigón de alta calidad.
Los depósitos son trasladados a unas celdas, también de hormigón
armado, donde quedarán definitivamente almacenados. El Cabril
cuenta con 28 de estas celdas, con una capacidad individual de
320 contenedores. Tres siglos es el tiempo máximo estimado que
ha de pasar hasta que los residuos pierdan por completo su
radiactividad.
El día que se ocupe la última celda, se pondrá en marcha el plan
final: Convertir estos nichos de desperdicios molestos en un
bosque, cubriéndolos de un manto de vegetación y arboleda
autóctona.
Medidas de defensa
No son las únicas medidas de defensa. Bajo las dos plataformas
de 10 hectáreas de superficie sobre las que reposan los
contenedores de hormigón, discurre una red de túneles trufada de
sensores, alarmas y medidores de humedad y calor, sirve de
chivato en caso de emergencia. Si se detectase, por ejemplo,
alguna filtración de agua procedente de la lluvia, se podrá
localizar al momento el lugar de la fisura.
El viaje a las entrañas del cementerio nuclear culmina sin
ningún sobresalto. ¿Por qué levanta esta instalación tanto
recelo entre las organizaciones ecologistas?. Carlos Pérez,
director de El Cabril opina que es más bien producto del
desconocimiento. A su juicio, la instalación sólo trae
beneficios a los municipios que la rodean. Pérez explica que, a
la plantilla habitual del centro -unas 120 personas, que viven
en los municipios aledaños- se le unen otros cien operarios de
empresas locales que realizan diversos trabajos no cualificados,
como por ejemplo, las obras de remodelación.
Además, el Estado otorga concesiones económicas directas a los
municipios que albergan este tipo de instalaciones. En este
caso, la localidad cordobesa de Hornachuelos es la agraciada.
Para despejar cualquier duda, Enresa y El Cabril han puesto en
marcha un ambicioso plan de relaciones externas que incluye la
visita al centro de unas 5.000 personas al año.
Los grupos ecologistas, sin embargo, realizan un estrecho
marcaje a esta instalación que tildan, sin miramientos, de
ilegal. Los responsables de El Cabril comprenden que este tipo
de instalaciones puedan cosechar rechazo social, pero insisten
en desmentir cualquier tipo de riesgo. Es más, Pérez asegura que
en caso -insisten que casi improbable- de accidente, las
consecuencias no traspasarían las lindes de la propia finca, es
decir, que jamás llegarían al pueblo más cercano.