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  Editorial

MALDITOS SEAN VUESTROS ODIOS


     Es la última frase de Mercuzio al perder la vida por defender a su amigo, Romeo, en el enfrentamiento de Capuletos y Montescos por el que era imposible su amor con Julieta.
     La Verona de Shakespeare no es Andalucía pero algo tienen en común. Los amores aquí son más generalistas. Los odios, también, pero tan virulentos como la tragedia de los amantes.
     Malditos sean vuestros odios, vuestros egoísmos, los de quienes han elegido el enfrentamiento con Andalucía. Contra Andalucía. Y el de quienes han apostado por el enfrentamiento entre los andaluces, para favorecer a sus depredadores.
     Malditos sean cuantos se disfrazan de andalucistas para presumir de “moderados” y, procuran minorar los naturales derechos históricos, sociológicos, económicos, humanos de los andaluces, sin preocuparse siquiera de blanquear su latrocinio. Porque en realidad, después de tantos años de dependencia por parte de los andaluces y de la teatralidad de estos fingidos defensores de lo andaluz -que guardan bajo la piel blanca apropiada sin escrúpulos el rédito del capital al que sirven-, muchos andaluces han llegado a asumir el rol asignado; han creído que su misión y su destino son los dictados por esos intereses ajenos.
     En estas condiciones, contemporizar llega a ser una traición casi tan clara como la de los travestidos lobos bajo su piel mal encajada. En estas condiciones hay que actuar en legítima defensa; es más: debería aprenderse de la “cólera divina”.
Ante un enemigo tan fuerte, tan preparado, con una red de espionaje y propaganda de tanto alcance, basada en el doble lenguaje, en la desautorización de lo andaluz y la defenestración de cuantos lo defiendan, no cabe más respuesta que un enfrentamiento claro. Radical, si se quiere, si radicalismo es sinónimo de claridad y de firmeza.
     Porque cuando una situación social ha ido gestándose a lo largo de cinco siglos de represión, de abandono, de espionaje, de traición y propaganda, nada resuelven los “paños calientes”. Ni el diálogo con los traidores, con los espías y los propagandistas nos puede llevar a conclusión válida alguna.
Mejor descubrámosles, sin miedo. Quitémosles las pieles que nos han robado, privémosles del arancel que nos tienen impuesto; dejemos claro qué significa defender los derechos de Andalucía y qué contribuye a continuar conculcándolos. Dejémosles gritar su fingida inocencia sin escucharlos, igual que llevan cinco siglos sin oír nuestra voz, reprimiendo con tanta dureza toda reclamación de unos derechos inalienables, como son el derecho a la libertad, el de disponer de los propios recursos y ser dueños de la propia cultura. Si unos en vez de escucharnos nos machacan, si otros, en servicio a los primeros, nos traicionan. ¿Por qué hemos de ser condescendientes ni con unos ni con otros?
     Con esa gente no se puede, no se debe contemporizar.
     Si se nos pide elegir entre radicalismo o colaboracionismo, que cada cual sea responsable de la opción preferida.