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  LO QUE YO TE DIGA

SE EQUIVOCÓ DON FRANCISCO


Que no era una paloma porque, pese a sus ínfulas de halcón, no pasaba de gallo de corral. Por lo corralero. D. Francisco conocía al periodista desde que el periodista jugaba a locutor en fiestas familiares. Desde que él era Paco y asumió el cuidado de un alumno más pequeño y físicamente más débil, función habitual cuando la amistad se da con varios cursos de diferencia.
Paco pasó a ser don Francisco, cuando tuvo la “inmejorable visión mercantil” de buscarse un suegro enriquecido por obra y gracia del contrabando de tabaco, que lo elevó a la categoría de empresario de éxito. Pero su éxito económico no se completaba con unas relaciones que le permitieran abrir recursos a sus ventas... y a su situación social personal, más acuciante aún que aquellas.
El periodista, en cambio, aunque en el limitado prestigio de su cálamo y su rectitud, no era más que un periodista y encima había sido opositor al régimen. Y el régimen tenía sitio para una oposición concreta y definida a la que había otorgado la capacidad de sucesión. Pero en cuanto la oposición aquella pasó a ocupar el poder se convirtió en régimen; cuando el periodista descubrió -vivió- que no habría más cambio que el sintáctico, se vio postergado, también, por el nuevo régimen sucesor del anterior.
Como no se había vendido, pasó a ser conflictivo. Lo había sido, en verdad, para los adeptos al antiguo régimen; y los del nuevo rehuían la posibilidad de ver descubierto su simple continuismo. Consideraron altamente peligrosa la tinta que, de su bolígrafo, fluía al papel, pues ya los adeptos se habían adaptado, y él seguía en su tozuda e insolente independencia.
Ya cuando, durante el régimen anterior, era entendido por todos y seguido por los lectores, los futuros herederos políticos le tachaban de “demasiado crítico”. Y es que se lo veían venir. Hablar claro no es bien aceptado por ningún régimen. Ni por sus adeptos ni por sus seguidores ni por sus pares.
D. Francisco, y Miguel, “el hermano chico” necesitaban en su todavía inexistente red de relaciones, las amistades que, pese a todo, respetaban al periodista. Pero no conocían el “networking” y a Miguel, la envidia le pesaba mucho más que la necesidad y le llevaba a considerarse vejado por la confianza con que era tratado por muchos importantes personajes. Por eso en vez de acercarse a él, se dedicó a destruirlo, sacándolo, como fuera, de la empresa que habían comprado gracias al dinero del contrabando.
Entonces empezaron las concesiones a los críticos que, de pronto, aparecieron debajo de las piedras: “visceral”, “conflictivo”, “asocial” ¿se puede ser más cosas? pues también. Y cuando no se dejaba imponer la primera cabecera que se le antojaba a cualquier cámara, don Francisco asumía la “visceralidad”, la “conflictividad” “porqueestasenfrentadoatodoelmundo”. Aunque, si la hubiera aceptado, le habría reprendido por la falta de originalidad, de calidad y de buen hacer televisivo.
A Miguel, decididamente corroído interiormente por su propio cacumen, no le importó ser “el malo”. Pero don Francisco no quería quedar como blando sentimental. La energía era un valor del empresario y él era el más enérgico; si había que cortar de raíz, de raíz se cortaría.
De ahí le vino el sambenito al periodista. Un mecanismo de defensa de quienes no disponen de argumentos. Pero caló, incluso en algunos amigos. (Ya sabemos, con amigos así...)
A Miguel “el hermano chico” le vino muy bien, aunque nunca llegó a trabar esas amistades tan deseadas, de las que tan necesitados estaban ambos. Y terminaron perdiendo la empresa, pese a los millones acumulados por su suegro. Pero ya el periodista no estaba allí... y -¡que pena!- no pudieron echarle la culpa.