El
insurrecto
Antonio Manuel
Un perro en la carretera
La nada animal es un perro en la carretera. Muy por debajo de las ratas y de algunos políticos. Y muy a pesar del perro que ama a los hombres como a dioses, aunque los hombre lo traten como a un perro. Muerto.
Ayer me crucé con uno. Tuve la fortuna de esquivarlo sin maniobrar bruscamente. Viajaba con mi mujer y mis dos hijos. El coche de atrás se lo llevó por delante. Entonces ella me recordó que el estado de necesidad exime del delito. Que cuando en una situación extrema hay que elegir entre la vida propia y la ajena, nuestro Derecho no castiga al egoísta. Y que antes de poner en riesgo las nuestras, mate al perro. Hasta el ecologista más radical lo haría. Lo dice la ley. El sentido común. Y el instinto de supervivencia.
¿Y si en lugar de un perro es una persona? ¿Tengo la obligación de esquivarla? ¿Tengo el deber moral de poner en riesgo mi vida y las de mi familia? No. Pero entonces el Juez sí que analizaría al milímetro la legalidad de mi conducta. Si conducía borracho. Por mi carril. A la velocidad marcada. Las condiciones del coche… Justo lo que nadie piensa cuando el muerto es un perro. Aún más. No sólo importa una mierda el alcohol o lo que marque el velocímetro, sino que se puede llegar a la retorcida paradoja de denunciar al dueño del perro por los daños ocasionados en el coche. Porque en estos casos no existe situación de necesidad sino de superioridad entre humano y bestia.
Como a un perro en la carretera son tratados sistemáticamente los sindicatos minoritarios en este país. Y ya no hablo de los parados que ni siquiera disponen de mecanismos de representación. Todos invisibles para las opiniones pública y publicada. Atropellados por los dioses superiores encarnados en políticos y sindicatos instalados en el sistema. Por eso sorprende que el perro ladre y revindique su vida en mitad de la carretera. O en la vía de un tren que aniquila su hábitat natural por el bien del progreso. O en una tienda de dinero que no quiere venderlo a perros. Y los dioses, que conducen soberbios por las carreteras que creen sólo suyas, se quejan e invocan la ley y el orden público para sojuzgarlos aviesamente.
Ocupar fincas privadas, yermas o no, también era y es ilegal. Y, sin embargo, en aquel tiempo el aire parecía rojo. Y bastaba respirar para darse cuenta de la injusticia social y ponerse de parte del perro. Hoy, asentada formalmente la democracia y algunos de aquellos derechos utópicos por los que se dejaron la piel puño en alto, un gobierno socialista desprecia a los perros y declara hija predilecta de Andalucía a la a la Duquesa de Alba. Heredera de aquella pánfila que retrató Goya con un perrito mejor tratado que a los jornaleros andaluces. Los mismos que vieron pasar el tren de una reforma agraria digna, que hubiera convertido a Andalucía en la California de Europa o en la Finlandia del sur. Los mismos que ahora se suben otra vez al tren para vendimiar a Francia. O lo paran para exigir justicia social. Como cuando el aire olía a rojo. Y el hombre amaba a los perros.