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En las entrañas del
monstruo (2)
Pero ya sin cuerpo ni cabeza sólo quedaba la metamorfosis, viejo
truco de monstruo para seguir siendo monstruo...
En un rincón de la plaza el observador era observado. La cantidad de
descuideros había aumentado proporcionalmente al incremento del número
de parados y a la disminución de visitantes. La plaza, vacía
prácticamente a esas horas un año atrás, estaba llena, y no sólo de
cuidadoras llegadas de allende los mares para velar por nuestros
ancianos y niños. Un sinfín de ciudadanos de todo tipo ocupaban los
bancos como si estuvieran esperando, igual que antaño, que llegara el
manijero y les pisara el zapato.
El observador escuchaba por los auriculares la tertulia de un quinteto
de señores con nombres y apellidos que profundizaban en sus propias
contradicciones.
Ya cerca de la hora del ángelus el observador oyente lleno de
interrogantes se preguntaba: si no se nos garantizan condiciones dignas
de vida, ¿por qué alimentar al monstruo?; si estamos condenados a la
incertidumbre permanente, ¿por qué alimentar al monstruo?; si la
cultura, la educación y la salud son cada vez más una mercancía, ¿por
qué alimentar al monstruo?; si se nos trata como a pollos de granja,
¿por qué alimentar al monstruo?; si cada vez hay más cárceles y más
gente dentro, ¿por qué alimentar al monstruo?; si desde los poderes
públicos se nos miente como a niños, ¿por qué alimentar al monstruo?; si
cada vez mueren más personas de hambre y de enfermedades curables, ¿por
qué alimentar al monstruo?; si cada vez hay más personas sin vivienda y
más viviendas vacías, ¿por qué alimentar al monstruo?; si este modelo de
desarrollo está destruyendo al planeta, ¿por qué alimentar al monstruo?;
si se destruyen culturas milenarias a cambio de un refresco y una
hamburguesa, ¿por qué alimentar al monstruo?; si cada vez hay más
guerras, ¿por qué alimentar al monstruo?
En nuestra burbuja de consumo se nos hace cómplices. En el interior de
la esfera de la que nosotros también formamos parte el oxígeno se
consume y se nos pide que dejemos de respirar para que el monstruo
camine. Pero si el monstruo nos destruye, ¿por qué hemos de alimentar al
monstruo?
Marcos González Sedano
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