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En las entrañas del monstruo
(1)
A veces pisar una colilla es como clavarse una tachuela de tapicero que,
atravesando el caucho de la suela, perfora la planta del pie en un grito
de victoria tras haber sido abandonada.
Así subí a las entrañas del monstruo. En su interior un grupo de
azafatas repartía galletitas saladas y una especie de aguachirli. Hacían
una promoción de últimas viviendas. Los viajeros, entre sonrisas y
comentarios metereológicos (tema antiguo elevado a la categoría de show,
igual que los chismorreos), contemplan los edificios mientras el
monstruo se arrastraba por unos raíles que, aunque nuevos, estaban ya
oxidados. Todo iba bien. Dentro de aquel engendro se vivía una felicidad
fingida que ocultaba la realidad.
De pronto el cielo se tornó gris y empezó a llover. El frío se apoderó
de los vagones. Desaparecieron las azafatas y con ellas las galletitas
saladas. En el fondo de los ojos de los pasajeros se veía el pánico. En
la calle la gente soportaba las inclemencias. Mientras, en el interior,
la luz iba y venía en un ritmo acorde con las puertas que se abrían y
vomitaban a la calle a parte de los viajeros. Los gentlemen, los
freelance, los directores, los tertulianos... también formaban parte del
bolo que excretaba el monstruo. Sólo al final, en el vagón VIP, cerrado
herméticamente y custodiado por fornidos picabilletes, seguía la fiesta.
En el resto de vagones los parásitos se afanaban en ocultar los
desperfectos.
Era ya demasiado tarde. El monstruo se iba descomponiendo en un viaje
sin rumbo. Algunos, agarrados a sus barandillas del bienestar, no se
daban cuenta de que ya estaban fuera, ellos y su barandilla. En los
pasillos, al igual que en el exterior, la gente empezaba a encender
candelas. Más vale morir calientes que de frío.
Nadie sabía nada. Nadie sabía cómo el monstruo había alcanzado el
precipicio. Solo, arriba, aún en la vía, el vagón VIP se empeñaba en
enganchar más vagones para que un nuevo monstruo empezara a caminar.
Pero ya sin cuerpo ni cabeza sólo quedaba la metamorfosis, viejo truco
de monstruo para seguir siendo monstruo.
Marcos González Sedano |