El insurrecto

Antonio Manuel


 

Políticos, gilipollas e ignorantes


 

Las personas actúan con la cabeza, con el corazón o con las tripas. Los primeros carecen de alma y sólo se mueven por intereses. Los segundos son gilipollas porque todavía creen en las causas. La inmensa mayoría pertenece al tercer grupo: ignorantes que actúan por necesidad.


 

El político es el paradigma de la persona que funciona con la cabeza. Decía Max Weber que para ser político hay que vender el alma al diablo. Acertó en parte. No la venden al diablo. La venden al partido. No conozco a ningún militante que tolere una crítica a su formación que provenga de una persona ajena al reality show de la política. No hay más verdad que la suya, ni más delito que pensar distinto. El otro no me enriquece, me delata. A menos que el otro pertenezca a otro partido, claro. Por eso conviene fagocitar o excluir a los independientes. Conmigo o contra mí. No hay término medio. Todavía continúa vigente aquella frase de Baroja sobre que en España no se paga el trabajo sino la sumisión. Los políticos de partido sólo persiguen intereses. Egoístas, por lo común. Los suyos. Y para los suyos. Pero cuando los consiguen, como en el Fausto de Goethe, ya no tienen alma para disfrutarlos.


 

Los que todavía creen en las causas suelen ser gilipollas. Muchos no aceptan que el ser humano es ingrato por naturaleza. Y encima les duele la incomprensión. Pobres. Padecen el mismo mal que los políticos: creen poseer la verdad. Con el agravante de no asumir el coste de sus acciones. Los que se mueven con el corazón no comprenden el rechazo social porque dicen actuar de manera altruista. No contra nadie, sino por los demás. Como si alguien se lo hubiera pedido. Cuando la causa que defienden es política, los partidos la apoyarán si coincide con sus intereses. De lo contrario, colocarán a sus valedores en el paredón de fusilamiento. Habiendo un político de por medio, no es verdad eso de que dos no se pelean si uno no quiere. Ya se encargará de enredar para que parezca que actúas en su contra y cargarse de la razón pública. Decía Ramón y Cajal que hay tres clases de ingratos: los que olvidan el favor, los que lo hacen pagar y los que se vengan. El político, por definición, engloba a los tres. Si crees en una causa política, deja que otros la defiendan. La gratitud es amnésica. Y tiene mala leche.


 

El resto son ignorantes que actúan por necesidad. Normalmente, a favor del que manda. Sea quien sea. Los entiendo. Les va la vida en ello. Y son felices. En La última vuelta del perro, el novelista Jorge Rodríguez los define así: “Sabido es que los ignorantes no tienen alma, pues de lo contrario la venderían; tampoco tienen corazón, porque se les pararía; demostrado está que carecen de inteligencia. Los ignorantes sólo poseen carne, volumen humanal; los ignorantes ignoran que son muerte ambulante, y se empecinan en respirar robándole el aire a los –sólo por su aspecto- semejantes”. Exagera. Y se equivoca. Los ignorantes son los únicos que ha conseguido el equilibrio. Sentido común, lo llaman. Piensan en lo que tienen que pensar. Y sienten cuando tienen que sentir.