El insurrecto

Antonio Manuel

 

Tercero incluyente

 

El 9 de marzo se compone de dos certezas y dos incertidumbres para Andalucía. Las certezas son las de siempre: la victoria de los socialistas y la consolidación del bipartidismo imperfecto. Lo que nadie asegura es por cuánto ganarán y, en su caso, la franquicia política del tercero incluyente.

No hay encuesta, ni visionario, ni borracho que se atreva a pronosticar una victoria de los populares en Andalucía. Ganarán en las capitales de provincia. Incluso es probable que arrasen. Pero perderán seguro en el cómputo del voto rural. La otra certeza ha estado a punto de no serlo. Veinte años consecutivos de solapamiento electoral con las generales, o el reparto de televisión y dinero conforme a los derechos adquiridos en procesos anteriores, constituyen algunos de los venenos que han herido de muerte al pluralismo político en Andalucía. Si nadie pone remedio, pronto acompañaremos a Extremadura y Murcia como cuarto reino de Castilla. Tierra de dos. Rojos y azules.

Mucho más interesantes son las incertidumbres. Especialmente la de quién ocupará la posición de tercero incluyente, dado que la probable pérdida de la mayoría absoluta del PSOE apenas si tendría virtualidad en la práctica. Bobbio llama “tercero incluyente” a un intento de tercera vía que no está en medio de la derecha y de la izquierda, sino que pretende ir más allá de la una y de la otra como superación contemporánea del bipartidismo. A priori sólo dos formaciones podrían ocupar ese lugar: Izquierda Unida y los andalucistas. Pero un análisis frío y objetivo de la situación descarta la primera de ellas.

Si ambas marcas políticas cotizaran en bolsa, a fecha de hoy las acciones de IU irían a la baja y las de los andalucistas al alza. De hecho, la única encuesta publicada esta semana coloca a los andalucistas un punto por encima de IU. Pero la clave no está en los números sino en las palabras. Hace tiempo que IU dejó de ser aquel proyecto político alternativo y de oposición que diseñara Julio Anguita, para convertirse en la alianza natural de los socialistas contra los malísimos de la derecha con tal de seguir comiendo de la política. Internamente están rotos. En Sevilla, ni oficialistas ni críticos apoyarán a la CUT de Sánchez Gordillo, ideológicamente más cerca del nacionalismo andaluz que del PCE. Concha Caballero, su mejor portavoz parlamentaria desde Anguita, ha preferido ser perro vivo que león muerto. En Córdoba, Rosa Aguilar es un partido en sí misma. La última hostia se la dio a los “suyos” cuando dijo que Valderas se equivocó al no presentarse por Córdoba, vaticinando de paso su más que probable derrota en Huelva. Para colmo, el que fuera coordinador andaluz de IU, Luis Carlos Rejón, presenta la candidatura de Julián Álvarez en Sevilla y pide el voto para la Coalición Andalucista como ejemplo de alternativa integradora, progresista, ecologista, federalista y de futuro. La reciente unidad y redefinición ideológica del andalucismo descartan a priori un pacto con los socialistas. Si lo hace IU, estará cavando su tumba.