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El
insurrecto
Antonio Manuel
Mi vida no es de nadie
Él es alumno. Y militante de un partido político. Charlamos después de
la tutoría. Como amigos. Y me dijo: Yo quiero que gane mi partido por
encima de todas las cosas. Yo le pregunté: ¿Por encima de la razón? Y él
me contestó: Por supuesto. Volví a preguntarle: ¿Por encima de la
verdad? Y él me contestó: Por supuesto. Y antes de despedirnos le hice
una última pregunta: ¿Por encima de la libertad? Y él, sonriendo, seguro
de sí mismo, me respondió con la misma pregunta que utilizaba Lenin como
fundamento político: ¿Para qué sirve la libertad?
Él es alumno. Y vive del partido. En consecuencia, también es lógico que
viva por y para él. El partido es su casa y la estructura y la jerarquía
y la disciplina sus pilares éticos. Incuestionables por vitales. Su
existencia dentro del organigrama depende del respeto por las reglas del
juego. Toda su libertad individual equivale a la dimensión de su
estómago. Cómo han cambiado las cosas. Bertolt Brecht se preguntaba ¿de
qué sirve la libertad, si no tengo nada en el estómago? Ahora tendría
que preguntarse justo lo contrario: ¿de qué sirve la libertad, si tengo
lleno el estómago? Lo que terminaría por dar la razón a mi alumno y a
Lenin: ¿Para qué sirve la libertad?
La libertad no es un color primario para la sociedad primermundista. Es
como los zapatos. Sabes que encarcelan tus pies pero te olvidas que los
llevas puestos. La libertad no pasa de ser una premisa que se da por
supuesta aunque no exista. Un decorado invisible del subconsciente
colectivo. Algo que no importa si se vive bien. De un modo estable. Esa
es la palabra clave y el color uniforme del que está pintada la sociedad
que nos engulle. Estabilidad es el disfraz de la felicidad. Ya lo decía
Aldous Huxley: “Actualmente el mundo es estable. La gente es feliz;
tiene lo que desea (…) Nuestros hombres están condicionados de modo que
apenas pueden obrar de otro modo que como deben obrar. Y si algo marcha
mal, siempre queda el soma. El soma que usted arroja por la ventana en
nombre de la libertad”.
Él es alumno. Y vive del partido. En consecuencia, también es lógico que
viva por y para él. Y contra cualquiera que lo ataque. No es causalidad
que después de “para” y “por” la siguiente preposición en la lista sea
“contra”. Todos los partidos políticos sin excepción confunden las
preposiciones cuando los ciudadanos hacen uso de la libertad que ellos
desprecian. Si alguien cree en una causa y lucha por y para ella, el
partido que sienta vulnerados sus intereses inmediatamente argumenta que
actúa en su contra. He luchado por varias causas justas. Por evitar
desmanes urbanísticos, ocupaciones ilegales de vías públicas, atentados
contra los derechos fundamentales, injusticias históricas,
discriminaciones interculturales, estatutos amañados, elecciones
conjuntas… Y siempre he tenido que soportar la irracionalidad del
partido político que confundió la preposición de mis intenciones.
Afortunadamente, han sido varios y de distinto color. Para muchos eso me
convierte en un loco. Y tienen razón. Porque mi vida no es de nadie.
Políticamente hablando. Por ahora. |