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El insurrecto
Antonio Manuel
La tercera España
El 22 de noviembre fue el día de los gitanos andaluces. El día de
una parte de la tercera España. Quizá la única que permanece viva y
consciente. Muy pocos hablan de la Tercera España porque casi nadie la
conoce. Y los entiendo. España configuró su identidad nacional sobre la
limpieza de sangre y el catolicismo. Y negó de su pasado y de su
presente todo aquello que manchara nuestro linaje europeo y nuestra
única religión. De ahí que los mitos fundacionales del Estado español
fueran el descubrimiento de América y la expulsión de moriscos y judíos.
Ambos, y no es causalidad, a cargo de los Reyes Católicos.
A diferencia de otros imperios colonizadores, España no consintió que
los indígenas embarcaran junto al oro de América. Porque no podían
mezclarse con los españoles por las calles de España. Tampoco lo hizo
con los marroquíes o los filipinos. Y se llegó a la paradoja de tener
reyes germanos, austriacos o franceses, pero no criadas o esclavos
indígenas. Lo más sorprendente es que, siendo algo tan burdo, nadie haya
reparado en ello. Por ejemplo, un español ve normal que en las
selecciones deportivas de Francia, Inglaterra o Portugal jueguen
descendientes de sus colonias. Y sin embargo no se alarma porque un
argentino o un colombiano ocupen plaza de extranjero en nuestras
competiciones.
Por la misma razón identitaria, España prohibió a los sefardíes y
moriscos que permanecieron en la península que continuasen vistiendo sus
ropas, practicando su religión o hablando su lengua. Durante quinientos
años, tuvieron que hacerlo a escondidas. Al principio conscientemente.
Luego sin saber por qué. Siempre ocultos y por lo general bajo la
condición de jornaleros. Los flamencos. Los falah-mencub. Los campesinos
sin tierra. Los olvidados. Precisamente eso es cultura: lo que queda
después de haber sido olvidado. Yo he visto con mis propios ojos como
las jornaleras se vestían de moriscas para ir a la besana. Como los
jornaleros se lavaban las manos como si fueran a rezar el salat. He
comido cocido los sábados y apartado la carne de cerdo del plato
original andalusí (la adafina), exactamente igual que judíos y moriscos
hacían durante el sabbat. He comprendido por qué colocaban Dios bendiga
esta casa en el zaguán y dejaban las puertas abiertas… He visto y he
aprendido tanto de esta Tercera España, que me duele su desaparición
clandestina. Como si jamás hubieran formado parte de la historia de la
Península Ibérica.
Sólo el pueblo gitano se mantuvo íntegro en la España limpia y católica
que todavía algunos defienden. Firme. Soportando injustamente la
exclusión, los destierros y las expropiaciones. Son una reserva
emocional, un archivo etnológico, incunables de carne y hueso.
Afortunadamente, los tiempos han cambiado. Y aunque a muchos les
estallen las costuras de los ojos y de la conciencia, ya pueden pasear
por nuestras calles americanos, marroquíes, musulmanes... A nosotros y a
nuestros hijos nos toca luchar para que lo hagan en pie de igualdad.
Reconozco que me duele la muerte silenciosa de la Tercera España. De las
costumbres y tradiciones jornaleras. De la misma manera que aplaudo la
actitud milenaria del pueblo gitano. La única parte que permanece viva y
consciente de aquella Tercera España.
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