La rapiña
 


Se acerca la fecha del aniversario del asesinato de Blas Infante, uno de nuestros mejores intelectuales y activistas sociales del pasado siglo. Tal vez uno de los aciertos de aquellos andalucistas fue el intento de proyecto político para una modernización de Andalucía que, al igual que al resto de la España de la época, le era necesaria. Ellos basaron su estrategia en las condiciones históricas de las que partían, y la realidad no sólo de aquella Iberia sino del continente europeo en su conjunto dieron al traste con aquel intento de modernización.

Sería conveniente que, tras 25 años de autogobierno, nosotros hiciéramos un balance de lo que se ha venido a llamar “la Segunda Modernización”. Algunos ejemplos que pueden dar muestra de los resultados del proceso son los siguientes: somos los primeros del Estado en fracaso escolar, violencia de género, accidentes laborales mortales, contratos precarios, emigración de profesionales altamente cualificados, parados, depredación del medio...; estamos entre las tres regiones donde la vivienda es más cara; los niveles de corrupción política en torno al mercado inmobiliario no son superados por nadie en toda la Unión Europea.

Los sectores que en Andalucía han sido y son estratégicos (turismo, comercio, agroalimentación, sector financiero, construcción y audiovisual) están controlados en su inmensa mayoría por empresas que no tributan en Andalucía. Basta mirar en las estanterías de las grandes superficies comerciales del tipo que sean y ver el lugar de fabricación de los productos para darse cuenta de que ni siquiera un 10% están producidos en Andalucía.

Es evidente que el acceso al consumo por parte de los ciudadanos es mayor que hace 25 años. El propio desarrollo de los sectores productivos lo da como resultado. Lo que no es menos evidente es que las diferencias con las regiones más ricas de España son cada vez mayores, y que los niveles de dependencia del tejido empresarial andaluz son también mayores que hace 25 años.

A “la Segunda Modernización” se le podría llamar más bien “la continuación de la rapiña sobre Andalucía”, y ha estado marcada por viejos métodos, aunque estemos en la época globalizadora: explotación intensiva del medio natural, explotación intensiva de la mano de obra autóctona e inmigrante, exportación de recursos financieros (el ahorro de los andaluces se invierte en el exterior)...

Sin la colaboración de nuestra elite política esto no hubiera sido tan fácil. Desmantelar el tejido asociativo alternativo ha costado 25 años, pero mientras haya injusticia, y sobre ocho millones de andaluces la hay, surgirán respuestas. Andalucía necesita jugar un papel diferente al que se le ha asignado en el proceso de globalización. Ni a nuestros empresarios, ni a nuestros trabajadores, ni a nuestro mundo de la intelectualidad y la cultura se les puede seguir condenando a un papel subalterno de otros regiones del Estado. La alta abstención en el referéndum del Estatuto fue una llamada de atención: autogobierno sí, pero no para facilitar la rapiña sobre nosotros y nuestro territorio.

Marcos González Sedano