El insurrecto

Antonio Manuel

 

Demofobia

 

            Todos los políticos con poder padecen demofobia. Miedo a encontrarse con uno o más ciudadanos fuera de su despacho y sin cita previa. El pueblo es una sustancia viscosa que parasitan para alcanzar el sueldo y el escaño. Atrezzo de mítines. Poco más. Cierto que los políticos, como las tonadilleras y los toreros, se deben a su público. Pero cada cosa a su tiempo y cada uno en su sitio. De cuatro en cuatro años. Ellos arriba y nosotros debajo.

 

            Hace un mes que un puñado de ciudadanos nos personamos en el Parlamento andaluz para solicitar que las elecciones autonómicas no coincidan con ninguna otra. Una cuestión justa, sensata, maldita y desterrada del Estatuto por los mismos que ahora la reivindican. Era sábado y la primera vez en la historia de Andalucía que la sociedad civil acometía una reforma de esta magnitud mediante el instrumento de la iniciativa legislativa popular. Se necesitan al menos 75.000 firmas para que el asunto pueda ser debatido en el Parlamento. Era sábado y el Registro estaba cerrado. Los ujieres aceptaron nuestros documentos sin más compromiso que entregarlos el lunes a los verdaderos responsables. La seguridad privada prohibió la entrada a los fotógrafos. Tampoco permitieron que nos hicieran una instantánea junto al letrero de la máxima institución político-representativa de Andalucía. Debiera acuñarse una palabra que aglutinara los sentimientos de pena e indignación. Porque eso fue lo que me corrió por las venas cuando nos cerraron la puerta de la casa que debiera ser de todos los andaluces. El Parlamento de Andalucía está vallado como una mansión de ricos o una manada de cabras. Lo mismo da. Una institución que cierra cuando los demás trabajamos no me representa. 

 

            La plataforma ciudadana, libre e independiente, “Andaluces por unas elecciones propias” solicitó una entrevista con el Defensor del Pueblo para que tutelara el proceso y garantizase cualquier intento de manipulación partidista. Esta semana recibimos su respuesta negativa. La prensa andaluza no ha sacado ni una línea sobre el tema. Y no me sorprende. Me asusta. Porque desconozco las razones ocultas que llevan a priorizar cualquier gilipollez amarillista ante un hecho político de esta trascendencia para Andalucía. A no ser que al pueblo no le importe lo que desconoce.

 

            Ayer me enteré que este año el homenaje institucional a Blas Infante no se celebrará en el mismo lugar en que lo fusilaron. Ya era grave que no se retransmitiera por radio o televisión, como se hace en otros territorios de España. O que vallaran el recinto para separar a la chusma de las corbatas. Aún así, el acto seguía siendo emocionante y distinto. Cualquier persona podía acudir con su ramo de flores y ocupar el mismo lugar que Chaves, Arenas, Álvarez o Valderas. Pero ya se acabó. Este año se hará en el Parlamento. A puerta cerrada. En la casa de todos los andaluces pero sin los andaluces. Desde esta humilde columna invitó a que me acompañen el 10 de agosto para dejar unas flores en el Km. 4 de la carretera Carmona-Sevilla. Al único acto al que iría el propio Blas Infante. Absténgase quienes sufran demofobia.