DESDE ANTEQUERA A SEVILLA
Así cantaba
la Niña de Antequera; así contaba cómo había llegado “por
la carretera andando, en busca de la alegría que el alma
le iba dejando”.
Durante el
franquismo la letra encerraba algo más de lo que
se decía. Ahora se descubre que en “El emigrante”
Juanito Valderrama cantaba por encima de los kilómetros
de separación con su Virgen de San Gil. Porque
esa distancia marcaba el verdadero drama de aquel
tiempo: el de la pobreza que enviaba la gente a la
emigración.
Pero el
“generalito”, como todo dictador cegado en su
totalitarismo, no sabía leer entre líneas. O sus
censores no podían hacerlo, que ya les hubiera gustado.
La Niña de
Antequera a lo mejor lo sabía. O tal vez no. Da lo
mismo. Lo importante es que, entre Antequera 1883 y
Sevilla 2006, media un abismo. Dos ciudades siempre
sentimentalmente unidas, distanciadas ahora por capricho
de políticos.
Capricho o necesidad
estratégica. Más bien.
No se hace
aquí referencia a la artificial división provincial,
porque esa línea imaginaria nunca enfrentó a dos
ciudades tan vitales para la historia de nuestra tierra.
Mucho más artificial, por creada en función del interés
personal de quienes nunca creyeron en Andalucía, es lo
que marca diferencias: el abismo abierto entre la
Constitución Federalista de Antequera de 1883 y el
proyecto de Estatuto que los tres partidos españolistas
PSOE-PP-IU y algunos acólitos del primero, nos van a
pedir que suscribamos el próximo mes de febrero.
No puede
ser el día 28 -menos mal-, por imperativo de plazos
legales: deben mediar tres meses entre dos elecciones, y
las municipales serán, precisamente, el 27 de mayo. Mal
día hubiera sido. El aniversario de una victoria popular
universal sería el menos propio. Sería una burla al
momento histórico en que Andalucía superaba a sus
políticos y conseguía colocarse entre las primeras.
De poco nos
ha servido. Es cierto. El abismo es tan infranqueable
como distancia hay entre reconocer la soberanía del
pueblo andaluz (Constitución de Antequera) y supeditarse
constantemente a la Constitución de 1978 y a la unidad
de España (Proyecto de Estatuto). Innecesario ejercicio
de menosprecio a lo andaluz, pues la Constitución
obliga, se mencione o no. No es el único ¿qué más
quisiéramos? Plagado de incongruencias, este Estatuto
sólo puede ser apoyado por quienes quieran lo peor para
Andalucía o quienes se deban a intereses ajenos. Al
final es lo mismo.
La historia
siempre pasa factura. Aunque la tergiversen. Confiemos
que, en esta ocasión, no la pase sólo la historia.
Rafael Sanmartín Ledesma es
periodista, escritor y miembro del Centro de Estudios
Históricos de Andalucía.