PRECURSORES

 

 

Hace algo más de treinta años, se estableció la duda ¿cuando empieza la historia? Para el historiador, para el historiador sensato, empieza justo cuando empieza: en el momento del “big ban” o el dedo hacedor. Parece tan obvio... sin embargo la pregunta viene porque, desde hace ese mismo número de años, hay quienes se empeñan en la caducidad hacia atrás. O sea: la historia empieza dónde conviene a los intereses políticos de cada uno.

            Así de claro. Y así de grave, para los pueblos antiguos, como el nuestro.

            Ese es el razonamiento que obligó a los andaluces a superar un referéndum que nadie más ha tenido que superar, para continuar siendo considerada de segunda. Razonamiento político, que no histórico, motivado por el equilibrio de fuerzas de los partidos, en el momento de llegar a la llamada transición democrática. Razonamiento sin base científica, que se impuso a  Andalucía, contemplada como un apéndice de Castilla y, por lo tanto, sin los derechos reconocidos a comunidades que fueron independientes o forales en la Edad Media.

            Se olvidaba -conscientemente, eso sí- a los precursores del andalucismo. Y se ignoraba -conscientemente también, por supuesto- que la propia conquista prueba la existencia de un pueblo: lo contrario de lo que defiende la consideración apuntada en el párrafo anterior.

            Negar la antigüedad de Andalucía, negar que Tartessos, La Bética o al Andalus son la base de la Andalucía actual, es tanto como reconocer la propia ignorancia. O la propia hipocresía, que es peor. El nexo, los nexos entre aquella Andalucía -lugar del agua, tierra del Betis, el nombre es una actualización de los anteriores-, nos mantiene unidos a nuestro pasado.

            La historia de Andalucía es una continua reafirmación. Y, desde la Edad Media, tiene hechos y nombres concretos: la rebelión de las Alpujarras; el caballero Tahir al Hor; las mujeres de Casares; las revoluciones sociales de Sevilla, Arahal y Loja, entre otras; el movimiento juntero; la Constitución de Antequera... La propia guerra de la independencia, en la que Utrera tuvo su propio protagonismo, quedó marcada por la participación andaluza sin la que el resultado hubiera diferido notablemente.

            Las duras condiciones económicas, sociales y culturales impuestas por la dependencia política, propiciaron el mantenimiento del andalucismo como movimiento emancipador. Un sentimiento de renovación y regeneración, que caló en la generación del 98, pese a la afectación centralista de algunos de sus miembros. Nombres como Ángel Ganivet, Demófilo, Fermín Salvochea, Mario Méndez Bejarano, Federico García Lorca, Manuel de Falla, Isidro de las Cajigas, Pedro Vallina, Pascual Carrión, J.A. Vázquez y otros muchos, hasta Blas Infante, tan desconocido por mal interpretado, que tuvo el valor de recoger la historia y su imbricación sociológica y económica.

            Negar esa realidad es negar la evidencia. Negarla es ignorar, también, que a estas personas les unían dos factores primordiales: el amor a su tierra -a la que querían sacar de la dependencia- y la honradez.

            Porque no se puede ser andalucista si no se es honrado.