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EL INSURRECTO
Antonio Manuel

OBEDIENCIA DEBIDA

          Una de los personajes claves en la historia moderna europea fue el mediocre y ovejuno Mariscal Grouchy. Alcanzó su rango castrense a fuerza de sobrevivir mientras sus homólogos morían en el frente. Eso sí, obedeciendo. Acatando escrupulosamente las órdenes de su superior. Stefan Zweig lo retrató así: “No es un furibundo guerrero, vehemente y temerario como Murat, ni un estratega como Saint-Cyr o Berthier. Ni un héroe como Ney”. Era gris. Del color invisible con el que pintan las paredes de las salas expositivas para no confundir al espectador. El 17 de junio de 1815 Napoleón dirige sus tropas hacia la cumbre de Quatre-Bras contra Welington. Está en minoría. Su única esperanza pasa por evitar el regreso del vencido ejército prusiano de Blücher. A tal fin, encargó a Grouchy que lo persiguiera sin perder el contacto con los suyos. Aniquílalos y vuelve. O vuelve antes que ellos. Era la orden más importante de su vida. Y la más confusa, porque le abría una fisura de decisión y responsabilidad. Llueve. A pocos kilómetros de Waterloo, pierde el rastro de los prusianos. Comienzan los cañonazos. Los oye. Algunos de sus hombres le aconsejan regresar. Pero Grouchy, no por cobardía sino por estricta obediencia, permanece en su puesto. Napoleón perdió por su culpa. Y Europa fue otra. A cambio, Grouchy salvó un tercio del ejército francés. Con el tiempo ascendió a comandante en jefe y par de Francia.

 La obediencia debida dejó de ser una eximente penal en el Tribunal de Nuremberg, para evitar que oficiales nazis quedaran impunes por los mismos crímenes que justificaban la horca de sus superiores. En consecuencia, acatar una orden manifiestamente ilegal ya no evita la cárcel. Pero acatar una orden moral o inmoral, incluso contraria a tu conciencia, siempre ayudó para medrar en cualquier ámbito de la vida. En tu casa. En tu empresa. En tu comunidad de vecinos. Especialmente en la política. Asusta que los partidos otorguen libertad de voto a sus militantes o diputados, porque patentiza que la esclavitud mental es el único combustible que alimenta las organizaciones políticas. Al disidente se le acusa de cuestionar la libertad monolítica de los demás. Se le acusa de antidemócrata por cuestionar la decisión de la mayoría. Al único libre se le aparta de la “disciplina” del partido por desmontar esta máxima senequista: no hay esclavitud más que vergonzosa que la voluntaria.

 No hay quien se atreva a cuestionar las decisiones del partido. Todos, ya sean de izquierda o de derecha, beben de las mismas fuentes orgánicas que el estalinismo o el movimiento franquista. Sus filas se engordan cada vez más con disciplinados Grouchys que esperan ser  nombrados “algo” como pago a su obediencia debida. Y de vida.  Paradójicamente, las formaciones sin formación castrense, se desangran y pierden a sus líderes históricos convertidos en carnaza para sus propios buitres. Así es normal que la gente no vote. Y que el partido que gane las próximas elecciones sea el único que apuesta decididamente por la libertad de pensamiento: el partido de la abstención.