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 Lo que yo te diga

Rafael Sanmartín

PERO "NO HA PASAO NA"

      Es una de las frases que nos iguala y nos hace sentir, a veces, cierto ramalazo españolista. Menos mal que es propia de iletrados gobernantes, aunque a fuerza de fuerza la vayan trasvasando a la mayoría silenciosa, interesados como están en mantenerlos iletrados. No sea que su preparación les supere y les obligue a gobernar para la mayoría, que sería su mayor tragedia. La de ellos, la de los iletrados.

     El "...pero no ha pasao ná" es la excusa, la salida precisa, la respuesta de quienes no tienen respuesta a sus actos y decisiones. El "...no ha pasao ná" queda desmentido cuando ya es tarde. Siempre. Si al hacer una obra queda un agujero en medio de la calle, en vez de reconocer la imprudencia, el regidor sale con la misma cantinela irresponsable "...pero no ha pasao ná". Excepto cuando pasa. Cuando un patín obligó a amputar el pie a un diabético, sí que pasó. Pero no se había puesto remedio antes, dado que "no había pasao ná". Hasta aquel momento. Porque lo malo del "...pero no ha pasado ná" es que no se pone remedio para que no pase. Por eso: porque "... no ha pasao ná".

     El "...pero no ha pasao ná" es la más lamentable, lacerante, humillante actuación de nuestras autoridades de todo tipo, ante situaciones que merecen remedio, situaciones cuya solución sería rápida y económica para evitar accidentes. Pero como "...no ha pasao ná" no hay que alarmarse, ni preocuparse, ni comentarlo siquiera. "Ande yo caliente y ríase la gente", se decía en la Edad Media. "Ande yo confortable y aguántese el personal", sería la actualización del dicho en manos de los políticos que nos ha tocado sufrir.

     Un Ayuntamiento desvalijador de bolsillos ajenos por medio de obras innecesarias, está construyendo en su ciudad algo más de cien kilómetros de carril bici. Y, simultáneamente, los ciclistas pueden circular por todas las aceras. Parece un gasto inútil, sólo justificable en la ineptitud de los decidientes, el promovido por pseudo ecologistas, pendientes nada más de su propio capricho. ¿Qué sentido tiene ese gasto, si los ciclistas pueden atropellar al transeúnte en cualquier sitio. Encima, al transeúnte le puede costar noventa euros andar por el carril bici, construido dentro del acerado. Pero el ciclista tiene libertad para moverse por dónde quiera. Será muy ecológica la bicicleta, pero no más que las piernas de los demás.

     Así que, en nombre de una "ecología" de salón y de una "sostenibilidad" insostenible, se han puesto las bases para la provocación de incidentes y de accidentes. Accidentes menores, vale, pero accidentes que ya se han producido y no en número escaso, por muy protegidos que estén sus responsables por la irresponsabilidad de los promotores municipales y de algunos miembros de la judicatura, que, en una simple aplicación de la ley, ya deberían haber prohibido la circulación -y las carreras- de bicicletas por las aceras.

     Pero como todavía "... no ha pasao ná", habrá que esperar a que se produzca un accidente más grave que los habidos hasta ahora, o un altercado de considerables dimensiones, o una complicación similar a la del patín, para que empecemos a comprender que no debe esperarse a que pase algo para poner remedio a lo que tiene remedio.