Lo
que yo te diga
Rafael Sanmartín
NEGAR ANDALUCÍA
Cuando el
profesor Juan de
Mata Carriazo
tuvo en sus
manos el recién
descubierto
tesoro hallado
en el cerro de
El Carambolo,
exclamó: “un
tesoro digno de
Argantonio”.
Argantonio y su
fabuloso reino
de los diez
reinos no
acababa de nacer
allí; aquel
tesoro
confirmaba una
existencia
conocida y unas
costumbres, una
forma de vivir.
Si el catetismo
depredador del
Ayuntamiento de
Sevilla, bajo el
mando del
nefasto
Monteseirín, no
hubiera
destruido los
restos de la
cimentación y
arranque de
estructura de un
buen lienzo de
población
tartesia,
tendríamos una
muestra
descriptiva y
pedagógica de
aquel pueblo y
otra prueba de
su existencia.
Pero aquí la
arqueología
actuó sin
escrúpulos, al
servicio de la
opción política
más inculta y
destructiva.
¿O se deshizo la
prueba para
poder negar el
hecho?
La arqueología
es ciencia
complementaria
de la historia,
por más que
muchos
arqueólogos
pretendan
erigirse en
determinantes de
la historia. El
arqueólogo es
notario y el
notario se
limita a
levantar acta,
pero no está
autorizado ni
capacitado para
crear el hecho,
simplemente
porque el hecho
se no puede
crear. Las cosas
son,
independientemente
del momento en
que puedan ser
descubiertas o
confirmadas.
Negar naturaleza
a los hechos
históricos
cuando no están
respaldados por
un hallazgo
arqueológico,
sería como negar
la existencia de
una persona
nacida antes del
matrimonio de
sus padres.
Igual de
inteligente.
Negar la
existencia de un
dato histórico,
de un hecho o de
una población o
civilización,
simplemente
“porque la
arqueología no
lo ha
confirmado”,
sería pretender
que los hechos
históricos se
hayan dado o no,
en función de
los restos
hallados. Un
absurdo
despropósito
absolutamente
acientífico. Por
esa regla
debería dudarse
del Imperio
alejandrino y de
las invasiones
mogoles, entre
mil hechos más.
Peor es
interpretar los
restos
arqueológicos
según cánones
previamente
elaborados.
La arqueología
es
importantísima,
tremendamente
útil, en tanto
sus
descubrimientos
confirman,
amplían, aportan
nuevos datos.
Pero el hecho
histórico ya
existía, con y
sin la
confirmación
arqueológica.
Cuando Schulten
descubrió la
ciudad de Troya,
confirmó su
existencia.
Confirmó que
Troya había
existido, no la
creó en aquel
momento. Si no
hubiera existido
no habría podido
hallarse.
Sin embargo en
el caso de
Andalucía una
determinada
clase de
historiadores y
arqueólogos
niegan partes
importantes de
nuestro pasado,
basándose en la
falta de pruebas
arqueológicas.
Un
comportamiento
dual mezquino,
pues sólo se da
en este caso.
¿Cual será el
móvil de tamaña
manipulación?
En el caso de
Andalucía, cada
cierto tiempo,
de forma cíclica
y obstinada,
algún arqueólogo
ansioso de
titulares, niega
la existencia de
Tartessos y
aplica las
ciudades, las
costumbres, el
trabajo, los
dioses y los
restos
arqueológicos a
los fenicios.
Los mantenedores
de la versión
histórica
oficialista
mantienen el
mismo débil
argumento: “la
(supuesta) falta
de restos
arqueológicos
demuestran la
inexistencia de
Tartessos”.
Argumento falaz,
ya se ha visto.
Pero, para que
la falta pueda
darse, hay que
negar la
evidencia. Y el
tesoro de El
Carambolo entra
en la megalómana
chistera, para
salir fenicio.
La importancia
de El Carambolo
superó incluso
la deducción de
de Mata Carriazo:
hasta 1958 había
varios
yacimientos
arqueológicos de
difícil
catalogación: no
había dónde, en
qué grupo humano
o civilización
encuadrar Cabezo
de San Pedro,
Cancho Roano,
Carmona, Cerro
de San Juan,
Colina de los
Quemados, El
Gandul, La Joya,
Mesas de Asta,
Munigua, o ya,
algo más lejos,
Prosérpina -en
las
inmediaciones de
Azuaga- La
Aliseda -cerca
de Cáceres- de
tanto valor como
el de El
Carambolo, o el
de Alcárcel do
Sal, en la
actual Portugal.
El
descubrimiento
del Tiro de
Pichón sevillano
permitió dar
hilación a estos
otros, se
constató la
relación entre
todos ellos y se
pudo deducir un
origen común.
Buscar ahora la
“orientalización”
del tesoro
andaluz, es un
desatino. O algo
mucho más grave,
una gravísima
manipulación
histórica.
Andalucía tiene
rasgos
orientales, por
supuesto. Y en
Oriente hay
rasgos
andaluces. Quizá
los fenicios
tengan algo que
ver con esto.
Quizá. Por algo
eran
comerciantes.
“Buhoneros del
Mediterráneo” se
les ha llamado.
No eran
colonizadores
como los
griegos; sus
asentamientos
son escasos y
siempre
empezaron como
factorías.
Escasos y
espaciados;
frente a la
implantación
griega en todo
el norte del
Mediterráneo,
Tiro sólo
destaca por dos:
Cartago y Gadir.
Los demás nunca
perdieron el
apelativo de
factorías. En
sus recorridos
comerciales
ponían en
contacto ambos
extremos del
Mediterráneo.
Encontrar en
Andalucía un
objeto hitita o
uno andaluz en
Asia Menor, no
tendría mayor
trascendencia,
porque podía
haber sido
llevado de un
sitio a otro.
Simplemente.
De ahí a suponer
que, porque
puedan aparecer
algunos objetos
similares en
ambos extremos,
Andalucía es una
fundación Asiria,
Hitita o Persa,
media un abismo.
El mismo que
media en
adjudicarle una
fundación
fenicia.
La contradicción
continúa: otros
elementos
prueban la
existencia de
una cultura
superior en
nuestro suelo.
Esa cultura cuya
existencia se
intenta ocultar
con la negación
de paternidad de
muchos restos
arqueológicos,
está probada en
otros muchos
objetos, como el
jabalí de seis
patas -primera
representación
del movimiento
(precursor de la
Factoría Disney)-
hallado en
Ronda.
Los fenicios,
navegantes,
nunca se
aventuraron
tierra adentro.
Ni aquí ni en
Siria. Pensar
que pudieran
llegar hasta
Sevilla es un
disparate. La
existencia del
Lago Ligur no
cambia la
situación, pues
su escasa
profundidad
impedía la
navegación,
posible sólo a
través del río,
que en aquel
momento ponía la
ciudad a casi
cien kilómetros
del Santuario
del Lucero. Pero
más grave es
suponerlos en
Carmona, en
Villanueva del
Río y Minas, en
Ronda, en Azuaga...
o en Cáceres. Si
pensaran antes
de hablar,
algunos
permanecerían
callados toda su
vida.
Una cierta
similitud en
determinados
rasgos ajenos a
lo comentado, es
otro de los
argumentos
esgrimidos.
Similitud común
a muchos pueblos
de la
antigüedad. Los
habitantes del
Punjab decían
descender de
Dionisos, el
dios griego.
Amón y Zeus son
el mismo dios,
en versiones
nacionales
distintas. Sin
embargo, dónde
no hay similitud
es en la
naturaleza del
descubrimiento.
Calificar la
andaluza de
“cultura
oriental” por el
simple hecho de
que hayan podido
aparecer objetos
orientales, es
una penosa gana
de aumentar el
error. Pero,
incluso así, no
existe en toda
Siria un objeto
que pueda
identificarse
como gemelo, ni
siquiera similar
al Tesoro de El
Carambolo. ¿Cómo
puede ser
fenicio algo que
sólo existe
aquí, del que no
hay ninguna
referencia en la
tierra de origen
de los fenicios,
y con el que,
sin embargo, hay
similitudes, en
distintos
lugares de
nuestra
geografía, que
sí guardan mucha
relación con el
sevillano?
A lo mejor ahí
está el
problema. El
Carambolo
permitió
catalogar el
resto de
yacimientos al
comprobarse su
raíz común. Y
eso es lo que
angustia a
quienes temen la
existencia de
Andalucía.
Si “Tartessos es
una idea
literaria sin
base
arqueológica”
¿por qué se
desviven para
desmontar la
base? ¿por qué
en cuanto
aparece algo se
destruye, como
en La
Encarnación, o
se niega su base
indígena como se
quiere hacer
ahora con El
Carambolo? ¿qué
civilización -es
más, qué estado
actual- no tiene
una idea
literaria?
¿Querrán
construir un
mundo sin
literatura? Para
negar la
existencia de
Tartessos habría
que explicar
quien invitó a
los foceos a
instalarse en
territorio
andaluz. No
fueron los
tirios, desde
luego, sus
declarados
adversarios.
¿Pudo ser un
“farol” foceo
para insinuar
que “les
sobraban lugares
dónde levantar
su ciudad”? Pues
ahora, sí.
Ahora, siguiendo
sus propios
principios, hay
que exigir
pruebas de ese
farol, y
mientras no las
aporten, el
farol no existe.
Pruebas
tangibles,
claro. Un juicio
de los dioses
del Olimpo, por
ejemplo. A ver
¿quienes son los
foceos para
desmentir las
categóricas
gilipolleces de
unos cuantos
seguidores de la
historia
oficialista
española? Más
vale cortar esa
sonrisa. Tan
racional es
pedir como
prueba un juicio
del propio Zeus,
como requerir
demostraciones
arqueológicas
palpables, a
pesar de que:
a) No se
investiga. Los
hallazgos
actuales han
sido todos
fortuitos
b) Lo poco que
se excava es en
un sólo sitio o
dos, porque, con
una mentalidad
actualizadamente
centralista, se
han concretado
en “hallar la
capital” como si
un reino se
compusiera de
una sola ciudad,
forzosamente.
c) Cuando se
encuentra algo
se niega su
naturaleza y se
asigna a los
fenicios.
Habría que
explicar,
también, cómo se
fabricaba el
bronce; quienes
viajaban a las
islas
Casitérides en
busca de estaño.
Podrían
aplicárselo
también a los
fenicios, para
que el mayor
ridículo de la
historia
terminara con
sus
fabulaciones.
Con seguridad,
si los fenicios
hubieran
conocido esa
ruta la historia
habría sido
otra.
Periódicamente
viene un
iluminado a
recordarnos que
no somos lo que
somos, sino que
lo que somos se
lo debemos a
alguien. ¿A
quién? Da igual.
El caso es no
ser nosotros.
¿Por qué esa
obsesión? Porque
tienen muy claro
que quien no es
dueño de su
pasado no podrá
serlo de su
futuro, porque
para que el
despojo de
nuestro futuro
sea completo,
tienen que
privarnos,
también, del
pasado. Es la
constante
histórica
española, para
que los
andaluces no
aspiremos más
que a ser un
“apéndice” de
una Castilla
feudal,
convertida en
secundaria por
la periferia. Y,
como Andalucía
es periférica,
mantenerla atada
a lo secundario
para que no
alcance a los
emergentes.