Carta
al Director y a
los amigos
LOS MUERTOS SUICIDAS
Sentado en aquel invento de banco rotatorio que invita a marcharse pronto al cansado paseante y que nuestro consistorio ha sembrado en las placitas del casco histórico, a la sombra del otoño de los naranjos, me informaron de que habían muerto. Poco después se suicidaron.
Seguí contemplando la fachada de la iglesia de San Isidoro, posiblemente construida en el punto más alto del centro de la ciudad. Poco después reaccioné. ¿Cómo se puede uno morir antes y suicidarse después?
Las señoras, ya octogenarias, subían las escaleras de acceso a la parroquia y dejaban al perrito atado a la reja que, con cara de resignación, se tumbaba en el frío granito.
Un olor a tocino rancio recorre Andalucía. Eso sí, nuestros gobernantes a ese olor de toda la vida lo llaman modernidad.
Mientras los camareros empezaban a expropiarle a los ciudadanos la plaza, colocando las mesas y las sillas del restaurante cercano, pasaba acompañado de su escolta el regidor de la ciudad. El mismo que días atrás alertaba de la falta de liquidez para garantizar la prestación de algunos servicios municipales. Nuestro querido alcalde que desde hace varios mandatos viene diciendo: “¡que nos llenen¡, ¡que a mis amigos no les falte ni gloria bendita!”. El mismo que ve dificultades para poner el porcentaje del Ayuntamiento en el Plan E del gobierno amigo de Madrid (el plan del limosneo que sabe a aquel tocino rancio al que hacía mención).
Que nos llenen y nos pongan una de metro, otra de tranvía-centro, unas setas a la Encarnación y para rematar una brocheta de Torre Pelli. El mantel será la dehesa de Tablada. Que nos llenen y que no les falte de ná a las decenas de asesores de rey y virreyes. Haya oro y plata para esos pilares de la democracia, que pagan los de siempre.
Desde este otoño barroco, desde esta ciudad de la Inquisición, desde la capital del régimen andaluz es fácil comprender cómo habiendo muerto, después se suicidaron.
Marcos González Sedano