Elogio del absurdo

JOHNNY COGIO SU FUSIL

        Para algunos un tostón insoportable. Ya lo dijo el torero: “-hay gente pa tó”. También para desautorizar, por tostón, este -para una inmensa mayoría- valiente alegato contra la guerra y más que contra la guerra, una dura crítica a la concepción del “derecho a la vida”, entendido como la obligación de mantener eternamente una agonía.
Y quizá mucho más.
        Cuando Johnny despierta en el hospital militar, a su vuelta de la guerra, se da cuenta que ha perdido el habla y las extremidades.
        Su única forma de comunicarse es el morse, pero para eso tiene que utilizar la cabeza. Cada vez que lo hace, los médicos interpretan un ataque de ansiedad y le administran tranquilizantes.
        Es que utilizar la cabeza es un grave peligro para la obediente, sumisa sociedad que han creado los políticos, únicos médicos de esta sociedad tranquilizada a base de opiáceos.
        Utilizar la cabeza es -debería ser- el primer movimiento para comunicarse. Porque sólo quien la usa de forma adecuada, puede disminuir sus errores y amortiguar el efecto de los ajenos. Sólo el uso racional del raciocinio puede llevar al mundo a interpretar conscientemente la política y sus consecuencias. Pero ¿qué sería de la inmensa mayoría de los gobernantes y de los partidos en que se sustentan, si una inmensa mayoría de ciudadanos fueran plenamente conscientes, libres por el uso de su capacidad de raciocinio?
        Los médicos de “Johnny...”, no son médicos. Son políticos. Por eso cuando la enfermera, única intérprete de los mensajes en morse del herido, decide, primero tranquilizarlo con el desahogo lógico que requiere un cuerpo de veinte años reducido a la inmovilidad, y luego hace caso a su petición e intenta acabar con la vida de sufrimiento que han diseñado para él quienes juraron disminuirlo, es expulsada del Hospital.
        Como la sociedad actual expulsa de su seno a cuantos se niegan a entregarse ciegamente a sus dictados. Y lo hace igual que hicieron con la enfermera, para quien no existe ninguna “discriminación positiva” que valga, desde el momento en que se ha enfrentado al sistema: la demonizan, para que no encuentre trabajo; la convierten en una desheredada; es deshauciada, obligada a la marginalidad.
        Porque, para quienes deciden por los demás, nadie tiene derecho a cuestionar el papel que ellos, los dirigentes de nuestras vidas han decidido para nosotros.