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EL
INSURRECTO - Antonio Manuel
CENSURA DE INVISIBILIDAD
No hay peor censura en una sociedad que consume información que la condena a no acceder al mercado de las noticias. Menos cruel en la forma pero tan perversa en el fondo como la censura inquisitorial o la fascista. Un régimen despótico hace pública la prohibición y a los culpables por desacatarla. Eso los convertía en importantes. Conocidos. Desde los ajusticiados en los autos de fe a los bandoleros, pasando por los maquis y combatientes políticos en la clandestinidad. Activistas o intelectuales. Con la pluma o la garganta. Porque la censura pública conlleva por definición la existencia de lo clandestino y cierto reconocimiento social a quienes integran sus filas. A diferencia del furtivo que actúa ilegalmente a escondidas, al clandestino le arropa un aura de legitimidad. Lucha por algo que cree justo aunque esté considerado políticamente ilegal. Y la publicidad de su delito funciona como un altavoz de su causa. Le otorga relevancia. Es tenido en cuenta por los opresores y los oprimidos. Sin embargo, en una sociedad formalmente democrática no se puede aventar la condición de maldito por principios: todo está permitido salvo lo expresamente prohibido. De ahí que la censura contemporánea consista en desterrar lo inconveniente a las orillas de la ignorancia mediática. Y si no es conocido, no existe. Y si no existe, no es importante.
La disidencia siempre ha sido y será molesta. Pero hoy, además, es invisible. Marginada en los medios de comunicación de masas que son quienes otorgan el rango de credibilidad. Ya no importa lo que se dice, sino quién lo dice, dónde lo dice y, sobre todo, la potencialidad real de cuántos le escuchan. Mejor dicho, le ven. Porque casi nadie pone atención a la ideología que bulle en sus arengas. Sencillamente, porque no hay ideología. ¿O son socialistas quienes engordan con dinero público a los bancos que nos arruinaron, o suben la edad de jubilación a un encofrador que trabaja a cincuenta metros del suelo? ¿Son ecologistas quienes apoyan la construcción de plantas nucleares? ¿Son pacifistas los que llamaban asesinados a los muertos en Irak y daños colaterales a los muertos en Afganistán? ¿Son liberales quienes callan la bajada de impuestos o la congelación del sueldo de los funcionarios por temor a la pérdida de votos? ¿Y son comunistas quienes apañan construcciones ilegales? Los feligreses políticos de estas marcas blancas dan por hecho que sus líderes mediocres están diciendo lo que quieren oír. Y desconectan. Se limitan a mirarlos por la tele. Los incorporan al decorado de su inconsciente exactamente igual que un modelo de coche o frigorífico. Y cuando toque consumir, los votarán.
Los márgenes de la realidad también son realidad. Mendigos, (in)migrantes, ancianos, enfermos mentales, putas… Todos excluidos de nuestras zonas de residencia. Sabemos que existen porque los echan por televisión. A todos los marginados, menos a los intelectuales disidentes del sistema y a las formaciones políticas sin representación parlamentaria. Y si no son conocidos, no existen. Y si no existen, no son importantes.