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  EL INSURRECTO
Antonio Manuel

El año de la indolencia

             2009 pasará a la historia como el año de la indolencia. Política. Económica. Cultural. Climática. Un año de bienestar. Sin calamidades. Sin crisis. Y todo porque falta la prueba que demuestre socialmente lo contrario. Movimientos de reacción en masa en lugar del goteo permanente en los comedores sociales y casas de acogida. Manifestaciones multitudinarias en lugar de colas interminables en las oficinas de empleo. Voces en lugar de silencios.

     Quizá existan acciones sin reacciones, pero de lo que no me cabe duda es que no existen reacciones sin acciones. Puedes disparar una escopeta sin acierto. Al aire. Pero sólo te dolerá el hombro a causa del retroceso después de haber disparado con ella. Durante el dañino 2009 el ser humano ha padecido las secuelas de una terrible paradoja: haberse disparado contra sí mismo para protegerse. Ha vencido definitivamente la concepción antropocéntrica y urbanita de la Humanidad que terminará ahogándola. El tiempo jamás volverá a medirlo la luz del sol o la órbita lunar sino la velocidad de nuestro cerebro. Los recursos naturales están sometidos a la eficiencia mercantil de nuestras necesidades perentorias. Comer sin ganas. Llegar unos minutos antes. El hombre ya no juega a ser dios: sabe que lo es. Como explica Amin Maalouf, ha terminado la prehistoria de la Humanidad. No existen las afueras. Hasta la basura cósmica nos pertenece. Se extinguen las culturas con la misma rapidez que las especies más débiles. Se han secado zonas protegidas como las Tablas de Daimiel o cientos de glaciares. El desierto del Sáhara avanza tan aprisa como la sed y el hambre. Se puede atravesar el ártico navegando. Y 2009 pasará a la historia como el año en que se levantó acta notarial de la victoria más trágica del ser humano. Hemos ganado para perder.  Y todo ello sin apenas reacción. Como si no hubiera pasado nada.

     Hemos cambiado nuestro derredor sin cambiarnos a nosotros mismos. A lo sumo, nos hemos maquillado para no parecer tan malos. Los triunfos civilizatorios alcanzados tras el trágico siglo XX sólo han servido para beneficiar a unos pocos, entre los que afortunadamente hoy nos encontramos. Eso explica que el “año del pleno empleo” haya transcurrido sin turbulencias sociales a pesar de los cuatro millones de parados. Subsidios y fútbol. Pan y circo. No hemos cambiado. Millones de chinos, indios, americanos, africanos y árabes reivindican el mismo derecho a la indolencia. El mismo derecho a dispararse contra sí mismos. A depredar el planeta sin provocar más reacción que el ardor de estómago o la cancelación de la tarjeta de crédito. Por eso creo que 2009 pasará a la historia como el año de la oportunidad perdida. O no. Porque yo prefiero aferrarme a la esperanza de los que demostraron ser ascuas entre tanta ceniza. Sólo y sola Aminetu Haidar abrió una fisura en el sistema capaz de poner en evidencia la mansedumbre de la muchedumbre. Es más que probable que las ascuas se apaguen. Al menos yo intentaré echar madera para que alumbren y den calor a los que nos sintamos cerca.