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  DESDE DEN HAAG

Paco Gamboa

Sobre lo divino y lo humano

Durante días dudaba sobre qué tema escribiría el siguiente artículo, porque no tenía claro si escribir sobre lo divino o lo humano.

En mi artículo anterior reflexionaba sobre el espíritu humano, de la indolencia y las múltiples causas que la generan, algo que no es exclusivo de los andaluces sino que es una respuesta espontánea que los seres humanos tenemos ante la desesperanza o la falta de motivaciones vitales causado por la falta de perspectivas vitales, o bien por el exceso de bienes y comodidades, por lo que tan malo para el ser humano es la miseria como la opulencia, aunque ya preferirían muchos pobres que sus problemas se asemejaran al opulento.

¿Cómo puede la insensibilidad de unos seres humanos ricos y opulentos ser la causa de la miseria, el hambre y la infelicidad de tanta gente? ¿Qué valores, que ideas o principios puede tener esos ricos y poderosos? Todos hemos visto alguna vez cómo se destruyen o queman productos y cosechas por el simple hecho de evitar la caída de sus precios, o bien rebajar sus precios muy por debajo del coste de producción y de transporte por el solo interés de ganar espacios en el mercado y arruinar la competencia. Pero lo peor es que otra mucha gente, que no son ricos ni opulentos, aceptan esa dinámica creyendo que esto es fruto de poseer una cultura superior. Todos sabemos que otros pueblos, que hoy forman el llamado Tercer Mundo, fueron en su día grandes civilizaciones y cuyo legado sirvió para que otras naciones y pueblos emergentes pudieran, a su vez, alcanzar nuevas cuotas civilizatorias. Es lo que le ocurrió a Europa con la existencia de al-Andalus desde la que le llegó lo más elevado de las ciencias, la técnica, la filosofía, las artes, etc.

Hoy, cuando se habla tanto de crisis económica, hay que recordar que ésta no es más que otro eslabón de una cadena interminable, en la cual se sucede los ajustes de un sistema que explota hasta sus límites lo recursos materiales, humanos e intelectuales con el único fin de acrecentar, indefinidamente, sus cuentas de resultados. Uno de esos límites es la propia salud del planeta Tierra, pero es sumamente difícil que ese sistema sea capaz de cuestionarse a sí mismo, y menos renunciar a una creencia que está escrita en números verdes y rojos, o sea el beneficio o la pérdida. Esa es su Biblia, su Corán y su Torah, y por nada del mundo va a tolerar que los herejes e infieles les arrebaten su poder. Prefieren acabar con la humanidad entera con sus armas de destrucción masivas

Porque no nos engañemos, ahora la religión imperante obedece a un principio positivista vinculada a la ciencia económica, y esta se vale del resto de las ciencias y de la tecnología para imponer su ley y su orden. Como dice J. Manuel Naredo en su libro “La economía en evolución”, se le pide a las ciencias lo que antiguamente se le exigía a la religión, pero las ciencias, como cualquier otro saber humano, es inexacta, limitada y cuestionable, pero sus errores tienen consecuencias mucho más catastróficas, masivas y universales que las religiones.

Hablando de religiones, nos adentramos en el inabarcable y huidizo concepto de lo divino, pero es preciso distinguir el significado de la religión, como poder, de la espiritualidad. Según la etimología religión procede del verbo latino “religĭo-ōnis”que significa religar o unir. La espiritualidad es una palabra derivada del latín “spirituālis perteneciente o relacionado al espíritu y que según el Diccionario de la Lengua Española es “persona muy sensible y poco interesada por lo material”.

Como es natural ese poco interés por lo material hay que ponerlo en cuestión, porque parece como si una persona espiritual fuese un ser extravagante, asocial y fuera de la realidad. Todos somos hijos de la naturaleza, o sea de la materia y las leyes universales, y nuestro organismo sólo puede sobrevivir gracias a los dones de la propia naturaleza y esta se rigen por leyes. Sin embargo, reducir al ser humano sólo a las apetencias materiales es mutilarlo de lo más bello, elevado y poderoso: su espíritu. Cualquier acto del ser humano, por muy insignificante que parezca, siempre responde a un modelo vital y unas necesidades inmateriales, que son el bienestar y la felicidad. Todos buscamos en nuestros actos esos dos estados, el bienestar para nuestro cuerpo y la felicidad, o el equilibrio, en nuestro espíritu, pero su satisfacción depende tanto de tener cubierta las necesidades físicas básicas como del amor, el afecto, la autoestima, la comprensión, la amistad, etc.

No hay misterios por descubrir, solo hay que reflexionar y recordar lo que siempre han dicho los grandes sabios, místicos y profetas, y de ellos hay mucho escrito en la historia de Andalucía. Solo hay que buscarlo.