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 Elogio del absurdo

LOS COBARDES


El rentable éxito público de Alfonso Guerra, durante su corta etapa en la oposición, radicó en su agresivo lenguaje y en que lo practicara en aquel momento. Recién salidos del totalitarismo, en que una frase podía significar la cárcel, una inmensa mayoría tardó en asumir plenamente el fin de aquella norma, por lo que seguía reinando el miedo a expresarse libremente. Es más: todavía hoy, ya entrados en el siglo XXI, hay personas de edad avanzada temerosas ante ciertas opiniones políticas.
En 1978, además, casi nadie tenía idea del significado de inmunidad parlamentaria. La terminología del Vicesecretario, difundida a través de la única televisión y amplificada por el aparato del partido, vía fiel militancia, le hizo ganarse a la gente, ansiosa de escuchar críticas y agradecida a quien las hacía, precisamente porque sustituían su reconocida incapacidad. Por eso le fue otorgado el título de “valiente”.
Ahora bien: no se puede estar tan seguro de que el doble rasero pueda justificarse en ese premio a la terminología logorreica. El doble rasero de la propia mayoría, entiéndase.
Primero, considerar valiente a quien utiliza un estilo violentamente radical, y aparentemente revolucionario en un Parlamento en democracia, demuestra el alto nivel de ignorancia y de miedo acumulado, que ya se ha dicho. Lo segundo y más grave es que, la inmensa mayoría de esos aprobadores, en la calle desaprueban una expresión similar, parapetados en una mojigata guarda de las formas. Porque existe una distinta manera de medir las actuaciones, según quien actúe. Un acto de cobardía lamentable, bastante común a todos los habitantes del espacio geográfico bucólicamente apellidado “piel de toro”.
Algo debe tener que ver con el consabido “críate fama”, pero no sólo con él. También, y sobre todo, obedece al extendido vicio de valorar a la gente por su poder o su popularidad.
Cierto es que también había quienes desaprobaban a Guerra y a otros apasionados hablantes por igual. Sigue siendo un doble rasero, pues al político se le rechaza por su forma de hablar, más agresiva que apasionada; al otro porque “se enfrenta a la gente”; persiste el miedo a quien habla claro, en definitiva. Persiste la actitud cobarde de contemporizar, intentando encender una vela a Dios y otra al diablo, sin darse cuenta que una de las dos apagará a la otra. Y luego se apagará sola, a sí misma. Sola.
Estar bien con todos, no echarse a la gente encima, no ponerse a nadie en contra... actitudes imposibles en tanto tomar y mantener una posición política, ideológica, social, personal en suma, encuentra enemigos sin necesidad de buscarlos.
Utilizar un léxico comedido, moderado, tal vez sirva para quitar fuerza a los ataques de ese enemigo no buscado, pero no los evita. En cambio ¿servirá para defender coherente y seriamente un posicionamiento?