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Elogio del
absurdo
CHACAL
Le llamaron
“Chacal”. Pero
no era uno.
Fueron varios. Y
el que disparó,
el único que
apretó el
gatillo contra
de Gaulle, fue
un joven de
treinta años,
atractivo.
Encantador.
(Todavía no se
había inventado
la imposible
“discriminación
positiva”).
Le pagaban
franceses.
Franceses
descontentos con
la independencia
de Argelia, que
quisieron vengar
la -para ellos-
“afrenta” de
haberla
reconocido.
Nacionalistas
estatales
quienes, después
de haber
esquilmado a los
argelinos,
hicieron un
esfuerzo cutáneo
para aparentar
que “los
consideraban tan
franceses como
los
continentales” y
(como sigue
ocurriendo)
“todos eran
franceses y para
todos los
franceses lo
primero es
Francia y luego
su región”.
¿No suena esta
música?
Esquilmada
Argelia y
masacrados los
argelinos por
estos aparentes
“conversos”, se
revolvieron
contra el
Presidente por
aceptar la única
salida posible.
Y eligieron a un
joven atractivo
de treinta años.
Encantador.
Contemporizador.
Lejos de la
imagen clásica
del terrorista.
Ni radical, ni
violento; ni
siquiera
político. Un
profesional. Un
trabajador del
gatillo,
entregado a su
misión: la de
disparar contra
un blanco
previamente
decidido por sus
pagadores.
Posiblemente
sean reales los
rostros de esos
profesionales
del terror
aireados por los
medios
informativos
cada vez que un
golpe de suerte
o un acierto
policial, los
lleva entre
rejas. Pero,
desde luego, la
estética de
Chacal y la
“inocencia” de
algún fugitivo,
son suficientes
para romper
todos los
tópicos sobre
violencia física
y verbal, sobre
radicalismo y
convivencia.
Lo mejor para la
convivencia
sería no dejarse
llevar por
apariencias;
menos aún por
clichés y
comentarios
incapaces de
superar la
etiqueta de
habladurías, de
mero chismorreo
corralero.
El chismorreo
corralero
conduce a Babel,
cuando es
espontáneo. Como
mucho. Cuando
está movido por
el interés,
persigue coartar
la libertad
individual para
hacer imposible
el alcance de la
colectiva.
Confundiendo al
prójimo,
llamando
“agresividad” a
la claridad,
“extremismo” a
la firmeza, es
decir: creando
apariencias,
clichés, buscan
disfrazar la
realidad,
desautorizar
toda legítima
reclamación,
desmotivar el
análisis y hacer
culpable al
analista.
“Nacionalismo-terrorismo”
rezaba el rótulo
en la estantería
de una
Biblioteca
pública,
confundiendo,
más que
fundiendo, ambos
términos.
“Extremista”,
“exaltado”,
“inconformista”,
“problemero”,
son algunas de
las defineciones
con que los
depredadores y
sus subalternos
tratan de
ocultar el
verdadero rostro
de quien habla
claro y alto
acerca de
Andalucía. Fotos
trucadas, para
darle presumible
apariencia
terrorista; como
si el terrorista
se distinguiera
por el rostro, o
llevara en él
alguna marca
específica.
Como Carlos,
como Chacal, los
auténticos
terroristas
exhiben rostros
absolutamente
normales.
Normalmente
comedidos y
contemporizadores.
Sonrientes. El
cinismo también
sonríe.
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