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Ampelopsis en la Casa de Blas Infante

  La Ampelopsis también conocida como Parthenocissus tricuspidata es un arbusto o planta trepadora, muy trepadora. Ésta, denominada "parra del Japón", tiene origen chino. Su crecimiento rápido y su capacidad de adaptación la convierten en un instrumento magnífico para la modernidad de unos sicofantes que quieren ocultar , suavizar o disimular sus desaguisados. Cubrir con ampelopsis edificios y construcciones se ha convertido en un recurrente recurso de ocultamiento.

  Una de las características mas reseñables de este arbusto es que tiene una adaptación de color variable para cada contexto político, es decir, para cada estación: verde intenso en primavera, más desvaído en verano, rojo intenso en otoño… Tiene escasos problemas fitosanitarios, soporta toda crítica y, también, el fuerte calor del verano. Se adapta a casi todo tipo de suelos y clima. Sólo habría que destacar una enfermedad que de vez en cuando le ataca: la Botrytis cinerea (Podredumbre gris), conocida en algunos ambientes como "enfermedad de la tristeza".

  El edificio  que la Junta de Andalucía ha construido anexo a la "Casa de la Alegría" (la Casa de Blas Infante) en Coria del Rio debería, inmediatamente, ser cubierto de ampelopsis. Ya sé que resulta paradójico que una planta que puede sufrir de tristeza sirva para suavizar el impacto de una casa enunciada como "de la Alegría", pero no se me ocurre otro recurso más inmediato ni más justo para semejante atentado. Una casa llena de luciérnagas que la han habitado desde el asesinato de Blas Infante. Como habitaron el campo de los Merinales, o la carcel de la Ranilla o tantos otros lugares de la memoria. Que han impedido el ruido oxidado de las toxinas amnésicas. Sigilosas han mantenido cada uno de los textos aljamiados, cada manuscrito, cada resto de memoria. Han atrapado todas las extravagancias. También los pensamientos, las apuestas, los compromisos de esta figura sorprendente, valiente, seductor, angustiado, de una curiosidad universal, que es Blas Infante. Dicen que las luciérnagas están abandonando la casa. Que en los alrededores, por la noche, se escuchan lamentaciones que semejan las antiguas kinot hebreas, verdaderos llantos por la perdida de las casas…

  La Casa de Blas Infante, como todas las casas, es una marca tangible, evocadora, restauradora. Es un pretérito que ya no es, y sigue siendo. Es un espacio de asilo. Las casas, nuestras casas, son espacios de memoria e imaginación que pueden y deben hilvanar una narración, al modo de ese pensador tan admirado por Infante que fue Ibn Arabí. Exhiben y despliegan (tanto como esconden y ocultan) pensamientos, recuerdos, apuestas, miedos, ternuras, sueños…

 Ya se que han restaurado la casa. Que han taponado las rendijas ¡ya no hay goteras!, barnizado las maderas, sacado lustre al metal y a las lámparas… ¡faltaría más! No es ese el origen de nuestro temor, de nuestra incertidumbre. Sabemos que la Casa es frágil, que no es de hormigón ni petrea…, es un ejemplo fiel de la levedad como reacción al peso del vivir, sin embargo, la construcción, el volumen, el impacto, la contaminación visual del denominado Centro de Investigación de la Memoria de Andalucía ( o Centro de Investigación de la Memoria Histórica o Centro de la Memoria Democrática, o como quieran que lo llamen) silencia y oculta el valor simbólico de la Casa. Esta construcción excede, con creces, la satisfacción de la necesidad básica de reconocer la Casa de Blas Infante. La distorsión de los espacios con sentido propio es siempre causa de olvido. Este modo abrupto de invadir el espacio hace que la Casa de la Alegría se vuelva anecdótica, extraña en su propio lugar.

 Si no hay más remedio ¡que cubran todo el recinto con ampelopsis!, que ya nos encargaremos los demás de hacer que vuelvan las luciérnagas.

Sebastián de la Obra
Historiador. Documentalista