ANDALUCÍA Y SU MEDIO AMBIENTE

            Nuestro contexto

 

            Sólo es necesario mirar un poco a nuestro alrededor para conocer el escenario en el que se desenvuelve la naturaleza. Huracanes tropicales que destruyen ciudades desde el Caribe hasta los EE.UU., son precedidos por fuertes nevadas en zonas que las desconocían. Vientos de más de doscientos kilómetros por hora producen enormes destrozos en el norte de Europa, provocando el corte de suministro eléctrico a centenares de miles de personas y obligando a cerrar centrales nucleares. Sequías cada vez más prolongadas, incendios forestales que destruyen gran parte de nuestro manto vegetal y de su vida animal o inundaciones que dejan a ciudades enteras bajo las aguas, tanto en América como en Europa o en Asia. He aquí el resultado de la degradación del medio ambiente, causada por la ambición de los seres humanos y por la explotación salvaje de la naturaleza.

 

            Hoy en día, la discusión sobre la gestión de los recursos naturales y el medio ambiente en su conjunto, adquiere un rango doblemente global: de un lado, porque su extensión es mundial y permanente; y, por otro, más importante si cabe, porque esta gestión se realiza interfiriendo los ciclos globales interconectados que mantienen al Planeta en el equilibrio que conocemos. Este deterioro se realiza cotidianamente en cualquier lugar del globo, y, a veces, cometemos el error de preocuparnos -intentando dar, hipócritamente, una imagen de ecologistas responsables- por salvar especies lejanas a nosotros, mientras nos olvidamos de nuestro entorno más cercano. Eso, sin tener en cuenta que la especie más amenazada es el propio ser humano y su medio natural. ¿Qué haremos los habitantes del planeta Tierra una vez hayamos acabado con la diversidad de especies animales y vegetales?

 

            Desde nuestro punto de vista, la lucha por la defensa de los recursos naturales, la preservación del medio ambiente, el combate contra la contaminación de los suelos, el agua, el aire o cualquier otro problema para la naturaleza y el ser humano, requiere actuar en el entorno más cercano a cada uno de nosotros. Sobre todo, porque tenemos que recuperar la sensación de sentirnos unidos a la tierra que nos da cobijo y sustento, guardando celosamente la memoria de nuestros antepasados, ya sea en forma de monumentos, yacimientos, de la parte de la naturaleza que nos entregaron sin alterarla o de cualquier otro legado inmaterial.  

 

            Buscando nuestro origen

 

            La historia nos muestra que el deterioro del medio ambiente es tan viejo como la civilización, sólo que en los tiempos antiguos el impacto negativo era muy localizado, aunque a veces fuese el origen de su decadencia, como nos muestra la salvaje deforestación provocada por los antiguos hindúes para alimentar la industria alfarera y para las necesidades del hogar.

 

Como es bien conocido, las civilizaciones tuvieron su cuna en los entornos de los grandes ríos y, por ello, debemos buscar la fuente de su cultura en la manera como organizaron su existencia a lo largo de la historia y la importancia que en ellas tuvo el agua.

 

Jean Robert, en un artículo titulado “Las aguas arquetípicas y la globalización del desvalor” nos muestra una serie de conceptos: “En toda la historia, el agua ha sido la gran hacedora de comunidades. Siempre de nuevo, gentes de orígenes diversos aprendieron a compartir las mismas fuentes y a cohabitar al lado de los mismos ríos y, por el acto de concluir acuerdos, pusieron las bases de una comunidad. Al establecer los límites de sus derechos mutuos al agua, los que viven río arriba y los que beben río abajo, los que lavan su ropa en el lado derecho y los que se bañan en el lado izquierdo, los que abrevan sus caballos en la fuente común y los que usan sus aguas para irrigar sus hortalizas, la costumbre preparó el lecho de la política y de la ley.

 

El agua es la sustancia de los lazos comunitarios originales. Es la sangre de las tribus Peuhl del Sahel, que se juntan una vez al año alrededor de pozos salitrosos y danzan sin fin, cantan y platican hasta que sus rebaños estén saciados, sus jóvenes casados y sus viejos acuerdos confirmados. Los derechos al agua de los pueblos que vivían entre el Tigris y el Eufrates son quizás los más antiguos ejemplos de pensamiento legal. El agua confrontaba a la gente con cuestiones de vida y muerte sobre la equidad, la justicia distributiva y, antes de ello, sobre derechos inenajenables de acceso a los manantiales, a los lagos y a las orillas de los ríos. En el orden de las prioridades, los derechos de acceso se situaban río arriba en relación con los otros. Las cuestiones de justicia distributiva sólo tenían sentido mientras el agua era personificada en el lugar concreto en que brotaba del suelo y -antes de toda justicia distributiva- la costumbre protegía la libertad de acceso del más débil a estos puntos. Las formulaciones más antiguas de los ámbitos de subsistencia comunes se referían al acceso a los pozos y manantiales.

 

          No se requiere ahondar mucho en las profundidades de las bibliotecas para descubrir que todas las tradiciones evitan cuidadosamente tratar el agua elemental como un solitario, como lo hacemos cuando la nombramos H2O y la separamos de su matriz original con la ayuda de interminables tubos. El agua arquetípica de las tradiciones es inseparable de varias matrices, aquí de suelo y de aire, ahí de madera y de tierra, o quizás de humedad y de viento, de luz y de sequedad. En contraposición con todas las tradiciones, la civilización occidental, en un esfuerzo fáustico, ha desincrustado el agua de su matriz climática local original. El viejo Fausto, so pretexto de “pisar tierra libre con hombres libres” quiso apresar las aguas. Para este fin colonizador, se valió de una tecnología guerrera encarnada en los espíritus. Rehusó ver que venían del diablo.”

 

            Desde este punto de vista, buscando la raíz ontológica de nuestra cultura, venimos a tropezar con nuestro Gran Río, aquel que nuestros antepasados llamaron Wad al Kabir y ahora conocemos como Guadalquivir, y al que con demasiada ligereza volvemos la espalda. No ya por su mal uso y su enorme contaminación, sino por algo más lamentable: olvidamos el papel que ha desempeñado en la historia y en la cultura del pueblo andaluz.

            A veces es preferible, y muy recomendable, dejar hablar a quien sabe, por esa razón, permítannos volver de nuevo a Jean Robert: “El límite natural de toda matriz de suelo y de agua, de todo clima local, de toda cuenca, coincide aproximadamente con la cresta natural, evidente o imperceptible a la vista, llamada “parteagua”. El parteagua es un concepto-horizonte, como el horizonte mismo. Define una cuenca única, con su clima particular. Los conceptos-horizonte funcionan como formadores del campo empírico. Se puede decir que son mojoneras cognoscitivas y perceptuales que conforman el marco de la experiencia. Tienen la misma configuración epistemológica que el horizonte. El horizonte se distingue de los otros confines y límites, por ejemplo de la frontera. No es fijo, sino que depende del sujeto. El horizonte es un confín que se define por su centro, ahí donde estoy parado, el lugar donde el centro del mundo está bajo mis pies. En palabras de Albrecht Koschorke, es el mediador de la relación entre lo visible y lo aún invisible, pero sólo desde un punto de vista subjetivo. Así, el horizonte hídrico que delimita un clima local es el mediador entre el agua que podemos percibir como nuestra y reconocer su sabor único, desde el punto de vista de un habitante de tal valle, de tal matriz de suelo, de agua y de aire por una parte y, por otra, el agua sin fronteras que, aspirada por el sol, sube al cielo, se vuelve nube, lluvia, nieve, hielo, hace crecer los bosques, lava los muertos de sus memorias y, finalmente, “fluye de todas las fuentes”. No por nada, Hermes, fluido como el agua, era también el dios de los cruces de caminos y de los confines, del horizonte y de las tumbas, presidía los encuentros con extraños y llevaba las almas al inframundo. Alrededor de cada valle, de cada cuenca, un horizonte hídrico, tan fluido como Hermes, mediaba entre las aguas cósmicas y el agua del lugar que llamamos hogar.”

 

            La idea de que un confín estructuralmente semejante al horizonte delimita y conforma el estilo hídrico de cada lugar habitado es el primer marco epistemológico de la experiencia del aquí. Mientras existía este límite fluido, el oikos podía ser articulado con el cosmos: todo lugar habitado era un oikos en un cosmos. Y la morada común de los hombres -la ecumene- tenía límites que bastaba con no rebasar para mantener el equilibrio ecológico. La geografía antigua era una “ecología”. Los conceptos-horizonte definen el ámbito de un saber local. Pero surge, con la ciencia moderna, el ideal de una forma de conocimiento que transcienda todas las fronteras para acercarse a una verdad limitada, sólo accesible desde un punto de vista imaginario infinitamente alejado de todo contexto particular de la experiencia. Con ello aparece, por primera vez, el ideal de un conocimiento -y de una visión- desprovistos de horizonte. El concepto ingenieril del agua (H2O, entubable, trasvasable y transportable a voluntad) es el resultado histórico de esta visión. La huida hacia el horizonte -asalto conquistador de todo confín pensable, trasgresión de todos los límites- parece ser la modalidad fundamental de la experiencia moderna del espacio y también inspira, hoy, la mayor parte de las políticas del agua. Potencialidad cultural e histórica estrepitosamente ensalzada por el Siglo de los Descubrimientos, la conquista de todo horizonte terrestre nos deja con contradicciones y dificultades mentales elementales. Como disolución de los últimos confines, las inminentes “crisis globales del agua” obedecen a la dinámica del horizonte en la cultura de Occidente. Para el “filósofo del agua” las crisis de la “globalización” pertenecen a este registro.   

 

            Los horizontes hídricos -parteaguas- y el poder mitopoético de las aguas arquetípicas se articulan como contenedor y contenido: el agua -con un sabor diferente en cada lugar- sólo es fuente de mitopoiesis cuando está contenida en una matriz material concreta, limitada, dotada de horizonte.

 

            De todo ello se derivan innumerables cuestiones a tratar. En primer lugar, debemos recuperar el sentido que el agua da a la vida de los seres humanos, y que se puede ver en el modo de gestionarla, reflejada y modelada en la arquitectura y en cómo lo entendieron los poetas y los artistas. Sobre todo es interesante, para nosotros los andaluces, la cultura del agua de los andalusíes, reflejada y materializada en el urbanismo, la filosofía, la poética y en las investigaciones históricas y arqueológicas actuales.

 

            Pero, como es natural, el agua no sólo discurre a través de los arroyos y de los ríos, también se encuentra en las aguas freáticas o en forma de lluvia o de niebla. Todo este agua está siendo contaminada por la práctica de una agricultura salvaje, por la industria, por el uso, y abuso, doméstico..., en resumen, por la incultura y el egoísmo del hombre. Y su escasez la aprovecha el capital privado, explotándola y privatizándola, lo que le reporta grandes beneficios. A la vez que acaba con la tradición de considerar el agua como un bien común. El día de mañana, con el aire y el agua contaminados, y una vez consigan privatizar el agua, se privatizará el aire, por lo que, para beber y respirar, tendremos que pagar un precio.

 

            Ante la tesitura expuesta, no hay más camino que resistirse a esta tendencia mercantilizadora de bienes y valores que nunca deben ser contemplados como mercancías, pues, así, se acaba con una cultura que trasciende el estrecho concepto mercantil. Luchar por preservar nuestro medio natural y los bienes comunes, exige de todos nosotros retomar la cultura de nuestros antepasados, combatir la industria que contamina nuestras aguas, obligar al cierre de los depósitos de residuos radiactivos, peligrosos y contaminantes como los de El Cabríl, o vertederos como el de Nerva, y otros residuos sólidos urbanos que no hacen mas que contaminar nuestras aguas, inutilizándolas tanto para el consumo humano como para la agricultura. Y, sobre todo, gestionar el agua como un bien común y gratuito, que generosamente nos da la naturaleza y sin la que no podríamos vivir. Este concepto no significa negar los gastos derivados de la gestión, depuración y distribución del agua, sino que estos nunca deben servir para generar beneficios económicos y, sobre todo, debemos evitar que la posesión y control de los recursos hidráulicos se conviertan en un arma de poder con la que chantajear a la sociedad y a los gobiernos. El estudio realizado por César Vidal, profesor de la Universidad de Jaén, bajo el título “El derecho de aguas en el Islam. Teoría y fundamentos institucionales” y el trabajo de Julia Maria Carabaza Bravo titulado “Geoponimia andalusí: tratado sobre el agua en al-Andalus”, ahondan en todo lo expuesto. Así mismo, no debemos olvidar las aguas marítimas que rodean gran parte del territorio andaluz, con la constante contaminación de sus aguas y los impactos urbanísticos y turísticos de su franja costera. Pero antes de seguir en una interminable relación de agresiones al medio ambiente, debemos analizar su origen. 

 

            El modelo de desarrollo

 

            Como ya conocemos, los efectos dañinos del ser humano sobre el medio ambiente vienen de muy antiguo, sólo que, ahora, los impactos han sido generalizados con la revolución industrial y con la aplicación de las ciencias y la tecnología. Nos puede parecer mentira que con los avances tecnológicos hayamos provocado a la naturaleza más problemas que soluciones, pero es así. Y la razón hay que buscarla en la vinculación, por no decir sometimiento, de las ciencias al poder dominante: el capitalismo y su modelo globalizado.

 

          El capitalismo ha exportado su modelo económico a todo el planeta, alterando los motores tradicionales de las economías sin que, a la vez, se haya efectuado el correspondiente desarrollo tecnológico o los cambios en las estructuras sociales, lo que ha provocado una pésima calidad de vida y un deterioro manifiesto del medio ambiente. La visión neoliberal de un gran mercado mundial, parcelado en otros regionales bajo el control de sus respectivas oligarquías o alianzas económicas dominantes -acordes con la agregación de capital que representan- determina a nivel mundial una desigual distribución, tanto de las riquezas como de la degradación ambiental.

 

          En este mercado global, el reparto de papeles asigna a las economías regionales motores económicos que nada tienen que ver con la capacidad de carga de su medio ambiente, y sí con los intereses globales de su orden mundial. Así, tenemos un primer mundo que, representando un tercio de la población, consume más del sesenta por ciento de la energía, con unos altísimos niveles de despilfarro de los recursos naturales por causa del consumismo. Y no es que en este primer mundo no existan problemas medioambientales, los hay por la globalidad de los mismos y por el propio desarrollo; pero las diferencias en los conocimientos tecnológicos, la disposición de recursos y las características sociales los amortiguan.

 

                El reparto de papeles es claro -el trabajo como esclavos de niños o niñas o las tremendas deforestaciones son sólo caras de la misma moneda- pero hoy el tercer mundo no sólo sigue siendo el tradicional suministrador de materias primas y mano de obra, sino que soporta las industrias más degradantes y contaminantes para el medio ambiente (los escapes tóxicos de la India, las pruebas nucleares en el Pacífico o el turismo masivo pueden ser algunos ejemplos). Nos presentan las catástrofes ambientales como hechos aislados unos de otros, a pesar de las evidencias (cambio climático, disminución de los recursos hídricos, edáficos, de biodiversidad, de calidad del aire, etc.) y de los conocimientos científicos. La idea de globalidad para el neoliberalismo se reduce a la construcción de un mercado mundial único, controlado y dirigido por el gran capital.

 

          En el neocolonialismo, no se explota de forma indiscriminada desde una metrópolis central y con una fuerte presencia militar en las colonias, sino que la metrópolis se "descentraliza" en delegaciones o sucursales, que aseguran el mantenimiento del interés económico de la zona y, en lo formal, controlan el poder militar, que es intervencionista respecto a terceros países o estados, con algún interés estratégico para las potencias.

 

          Bajo el chantaje de la llamada deuda externa, el Fondo Monetario Internacional se configura hoy como uno de los grandes depredadores del medio ambiente mundial, reforzando el papel económico de las colonias, que han de aplicar políticas económicas diseñadas desde el primer mundo, que para nada tienen en cuenta las características o necesidades de la población, y ven en la salida de recursos naturales una forma rápida de conseguir beneficios a corto plazo.

 

          El genocidio cultural ha sido elemento clave en todo este proceso. Si el ideal de vida es otro, los viejos usos no tienen razón de ser. Toda la enorme experiencia que, a lo largo de miles de años, el ser humano acumuló sobre cómo sacar provecho de la naturaleza sin que ésta menguara o se deteriorara, se ha perdido... cuando no ha pasado a ser pieza de museo.

 

         Desarrollo sostenible y economía ecológica 

         

         Hablar de desarrollo sostenible es un insulto a la inteligencia o un intento de intentar ocultar la crudeza del modelo de desarrollo actual. El desarrollo sostenible sólo lo mantienen -medianamente- estados de gran economía capitalista, que evolucionan a costa de terceros países que ven deteriorarse, inexorablemente, su medio ambiente; estando totalmente sometidos por los poderosos a todos los niveles: económico, social, político, y sufriendo el constante deterioro de sus reservas naturales y la contaminación de su territorio. Todo ello para que los países del "primer mundo" vivan en el despilfarro.

 

          Podemos ver cómo se desarrollan distintas sociedades, con diferencias desmesuradas según a qué zona pertenezcan. El 5% de la población del planeta -EE.UU.- contamina aproximadamente el 27% y, de esta cantidad, el 85% lo efectúa en terceros países, a los que domina en su órbita económica.

 

          Se está destruyendo la Amazonia y se está contaminando la única zona virgen del mundo: la Antártida. Se salinizan tierras, se agotan acuíferos fósiles y se contaminan aguas subterráneas y sus escorrentías. También conocemos cómo los grandes embalses producen más problemas que los que solucionan y que los desvíos de grandes ríos sólo provocan desastres, como ha sucedido en el Mar de Aral.

 

          Todas estas actuaciones están conduciendo a un deterioro de la Tierra casi inexorable. Demostrando lo negativo que resultan a medio y largo plazo y evidenciando que todo está provocado por el "primer mundo" y por la mano de obra de los países que éste domina, ya que de algo tienen que subsistir, aun a costa de hipotecar lo poco que poseen.

 

          Debería preocuparnos lo que han supuesto, suponen y pueden suponer las Conferencias Internacionales, convocadas con gran difusión de medios y que, hasta la fecha, poco han aportado. Desde la de Estocolmo en el 72 a la de Río en el 92, con la Agenda 21, o la celebrada en noviembre de 1.998 en Buenos Aires, donde intentaron llevar a la práctica los acuerdos de Kioto, que pretenden reducir la contaminación de gases en el año 2012 a los niveles del año 1990. Un ejemplo claro de lo expuesto lo tenemos en la conferencia celebrada el año 2002 en Johannesburgo, con el pomposo nombre de “Cumbre de la Tierra” y en la que, una vez más, EE.UU. se negó a firmar el Protocolo de Kioto sobre el control de los gases que producen el efecto invernadero y que sólo sirvió para comprobar el control y el dominio que esta potencia ejerce sobre el resto del planeta. Todas las resoluciones que no servían a sus intereses se han visto rechazadas.

 

            Las “Cumbres del Clima” -once se llevan celebradas hasta la fecha- reúnen a miles de delegados -en la última celebrada en Montreal se congregaron más de ocho mil personas- con su coste de desplazamientos, dietas y sueldos, sin que hasta ahora se hayan conseguido compromisos y decisiones valientes para evitar que el sistema climático mundial se resquebraje. Y, lo más importante: ¿qué hacer a partir de 2012 cuando teóricamente acabe el compromiso de Kioto?

 

          Factores que determinan el contexto actual de Andalucía

 

          Existen criterios por los que Andalucía tiene un determinado desarrollo que no se adecua a sus propias condiciones físicas debido a actuaciones directas en nuestro territorio, tanto a nivel terrestre, como marítimo o aéreo. De entre estas actuaciones que intervienen en el suelo andaluz, son de carácter determinante las siguientes:

 

          EMISIONES DE CO2. A pesar de la poca industrialización de nuestro territorio y debido a que actúa en función del clima -pues los territorios de emisión y aquellos que no emiten no están en una campana hermética-, se hace necesario reducir drásticamente este tipo de emisiones, ya que producen lo que se denomina efecto invernadero, máximo responsable de la subida de las temperaturas -que, irónicamente, ha traído beneficios a ciertos tipos de cultivos andaluces- de los períodos de sequía produciendo desertización y de las lluvias torrenciales y en cortos períodos.

 

          CONTAMINACIÓN POR RESIDUOS. Es el gran problema de nuestro planeta. No sabemos qué hacer con ellos y su destrucción -o mejor dicho, su ocultación-, hasta la fecha, ha producido mayores desequilibrios ecológicos y medioambientales.

 

          En Andalucía, tenemos como gran cuestión la contaminación proveniente de los plásticos de invernadero, la producción minera -todos recordamos el desastre de la mina de Aznalcóllar-, o la destrucción de tierras por pesticidas, abonos, herbicidas y demás aditamentos artificiales en los cultivos.

 

          Aparte, debemos tener en cuenta el tipo de empresas industriales existentes en nuestro territorio, casi todas contaminantes o de industria pesada y bélica, como el polo químico de Huelva o la Bahía de Algeciras. En cuanto a residuos radiactivos, Andalucía se ha convertido en un verdadero basurero nuclear: cementerio del Cabril, de Andújar y el que se pretende realizar en el valle de los Pedroches, bases norteamericanas de Rota y Morón, base de Gran Bretaña en la colonia de Gibraltar... todos ellos de un gran peligro para las ciudadanas y ciudadanos de Andalucía.

 

          DESERTIFICACIÓN, EROSIÓN, DEFORESTACIÓN. La desertificación en Andalucía es un hecho constatable, sobre todo en la parte oriental: zona norte de Granada y Almería, donde el desierto avanza de forma alarmante (aunque estas zonas han sido así desde el Mioceno, en el siglo presente el volumen de desierto ha progresado considerablemente). La subida de temperaturas, el efecto invernadero y el aumento de los incendios forestales acentúan la desertificación.

 

          Más de la mitad del territorio andaluz es zona de matorral, pinos y otras plantas endémicas de sierra, lo que tiene mucho que ver con la regulación de temperaturas, de humedad, erosión y de mantenimiento del paisaje. Así como para sostener el equilibrio ambiental y ecológico.

 

          EL AGUA COMO FACTOR LIMITANTE DE ANDALUCIA. La Península Ibérica tiene dos zonas muy claras y delimitadas: la húmeda y la seca. Andalucía pertenece a la segunda (a pesar del contraste que significa la hiperhúmeda Grazalema y la húmeda de la zona norte sevillana) lo que configura, o debería configurar, la actitud vital de sus habitantes.

 

          Para poder paliar los problemas de las zonas secas, a fin de ser autosuficientes, es necesario estudiar diversas soluciones como son la regulación del agua de escorrentías, perforación de pozos, trasvases de aguas o las desaladoras. Todas estas soluciones tienen sus pros y sus contras; unas, por su elevado coste económico y otras, por transgredir el medio físico-ecológico. 

 

          El Plan Forestal Andaluz, supuestamente vigente hasta el año 2050, no soluciona, ni siquiera considera en profundidad, todos estos problemas. Hasta la fecha sólo está sirviendo para la generación de agravios, ya que el dinero público invertido se reparte mal y una gran parte repercute en beneficio de manos privadas. Los parques sólo están sirviendo para uso y disfrute de unos pocos, creando un malestar económico en los pueblos con patrimonio forestal, ya que, mientras los turistas de lujo se permiten toda clase de excesos, los lugareños se encuentran con que no pueden pasar a sus lugares tradicionales para realizar labores o para su ocio personal.

 

Es llamativa la actuación del Gobierno Andaluz en este sentido. La Consejería de Medio Ambiente ha comenzado a diseñar el Plan Andaluz de Organización de Recursos Hídricos que otorgará una asignación hídrica a cada municipio y que, además de gravar el consumo según los usos, permitirá a las corporaciones comprar y vender agua entre ellas, en base al gasto que realicen. Pero lo más paradójico es que esta iniciativa es una propuesta de un partido que se denomina “Los Verdes”, socios de legislatura del PSOE andaluz y federal; con ella pretenden “racionalizar y hacer más justo el consumo de agua ante el periodo de sequía estructural y para el futuro”, en palabras de su portavoz. Así, por ejemplo, y según esta ley, se pondrá el mismo precio al agua para el consumo humano que al derroche que supone el riego de campos de golf.

 

            El agua para consumo humano siempre ha sido gratuita. Ya nos lo recordaba Cesar Vidal en el estudio citado anteriormente. Y más crudamente nos lo recuerda el refranero: “El agua no se le niega ni a los perros”. Lo peor de todo es que pagamos por un agua pública “potable” mientras nos vemos obligados a comprarla embotellada. Abonamos dos veces el mismo agua. Todo un ejemplo de racionalidad y austeridad. 

 

          Andalucía en la periferia del primer mundo

 

          Andalucía, como país de la periferia del primer mundo, sufre tanto la degradación global del medio ambiente como las consecuencias derivadas de la situación colonial propia en que vive desde hace siglos.

 

          El temprano desarrollo humano en Andalucía, atraído por la riqueza natural de la nación, hace que nuestro paisaje esté muy transformado por las actividades humanas. Cambios que en su día se suponen dramáticos, se nos presentan hoy como elementos integrados en el paisaje, a la par se ha ido creando un modo particular, una gestión tradicional de nuestro medio ambiente. El olivar y la dehesa, la almadraba, los huertos y la cultura del agua, la apicultura, los trabajos de cestería y mimbres, la cerámica o la arquitectura popular, entre otros muchos, no son ejemplos aislados, sino piezas integradas en la forma particular en que el pueblo andaluz fue respondiendo a su medio ambiente y creando su cultura a lo largo de milenios. Cultura como conjunto de normas, ritos o formas que constituyen la respuesta de una colectividad a un medio ambiente determinado.

 

          La relación que existe entre cultura y medio ambiente la ha tenido muy clara, desde siempre, el capitalismo. Como ya hemos apuntado, el genocidio cultural ha ido sustituyendo al étnico, ¿objetivo?: romper el nexo de unión de las colectividades con su medio ambiente, de manera que su explotación bajo criterios distintos a los tradicionales no tenga obstáculos.

 

          Si la cultura deja de ser efectiva como respuesta al medio ambiente, pasa a ser un simple testimonio y el medio ambiente deja de ser sentido como parte de uno mismo para ser visto como algo ajeno. Se pasa de un criterio cultural del medio ambiente a otro productivista: el agua, la tierra, el aire o los seres vivos dejan de tener un valor en sí mismos, para pasar a tenerlo en función de lo que produzcan.

 

De ahí que, con dichos criterios, se hable de los costes de la protección ambiental, porque haya que invertir para restaurarlo o bien subvencionar para dejar parte de la superficie mantenida como reserva y, por tanto, sin producir.

 

          Exentos desde el siglo XV de un poder económico y político propios, el papel económico de Andalucía ha sido claro: proporcionar materias primas y mano de obra barata durante siglos y en especial desde la revolución industrial en la zona norte del Estado Español. El mantenimiento de las estructuras económicas (grandes latifundios) y sociales derivadas de la conquista, así como la falta de una burguesía autóctona consolidada y comprometida con el desarrollo económico del país, que creara un tejido industrial de acuerdo con los recursos tradicionales y atrajese los recursos humanos y naturales evitando su salida y creando riqueza en nuestro pueblo, ha favorecido que, desde la conquista, nuestra nación jamás fuera dueña de sus propios recursos y que fenómenos como la emigración, la pobreza o la marginación fueran, y sean, corrientes en nuestros pueblos y ciudades.

 

          Soberanía nacional y medio ambiente

 

          Desde el punto de vista ambiental, la autonomía ha significado establecer la protección formal para el medio ambiente andaluz en la más pura aplicación de los criterios neoliberales a la protección ambiental en un país enmarcado en la Unión Europea, es decir en el "primer mundo". Algunos de los logros de esta política son palpables, pudiéndose decir que estamos a la cabeza del desarrollo técnico y legislativo ambiental a nivel europeo. Sin embargo, tras la cortina de desarrollo tecnológico y de protección, se esconde la verdadera cara de la situación colonial de nuestro país: nada nos pertenece, ni los recursos ni, lo que es más importante, los mecanismos de decisión. Y con el neoliberalismo, todo está en venta.

 

          Las andaluzas y andaluces, ni podemos permitir que se sigan gestionando nuestros recursos por intereses ajenos a nuestro Pueblo, ni podemos ser cómplices de la agresión o explotación medioambiental de otros. Y en estos dos pilares se debe fundamentar una política andaluza en materia de medio ambiente.

 

          Desde un punto de vista de soberanía nacional, dos son los debates que nos afectan: en primer lugar, está el tema de la propiedad de los recursos (agua, aire, tierra, pesca, etc.), teóricamente, según las leyes actuales, algunos de éstos son de titularidad pública, pero el Pueblo Andaluz, ni decide ni participa en las decisiones sobre cómo explotarlos o cómo gestionarlos. Decisiones que se toman en Madrid o Bruselas sin que nuestra voz se escuche, y ahí tenemos los recortes en nuestra agricultura, pesca y ganadería, y la dedicación casi exclusiva de nuestra economía al turismo de masas, las bases militares o los cementerios nucleares.

 

          Por otro lado, Andalucía debería redefinir el motor de su economía, dando a cada uno de los sectores económicos que deben ser desarrollados el peso que nuestro medioambiente y nuestros recursos puedan soportar sin que su explotación se traduzca en degradación. A su vez, esto implica un modo de vida que, partiendo del individuo, haga efectivo el principio de las cuatro erres (reducir, reutilizar, recuperar y reciclar) para toda la sociedad andaluza. Es, por tanto, una política de participación y compromiso de todas y todos con el medio ambiente.

 

          Propuestas para el medio ambiente

 

          A la ausencia de poder político se une la descapitalización de la economía andaluza, de forma que los beneficios resultantes salen de nuestro país y queda aquí sólo una pequeña parte. También es importante la tremenda dependencia que significa el que nuestra economía esté gestionada y controlada desde fuera con capital y criterios ajenos a Andalucía. Y así continuará mientras no dispongamos de un poder político cuya prioridad sean los intereses del pueblo que le vota.

 

          Porque, evidentemente, sin soberanía nacional, sin un poder andaluz verdadero, nuestra dependencia continuará y nuestro medio ambiente, en vez de ser fuente de riqueza (cultural, económica, ecológica...) para nuestro pueblo, seguirá siendo otro símbolo de nuestra colonización. Hasta que la Andalucía Libre que todos queremos sea una realidad, hay que seguir dando respuestas a las agresiones ambientales que padecemos.

 

          Por lo tanto, y de acuerdo con lo expuesto, proponemos:

 

            · La recuperación de una cultura ecológica andaluza recogida en nuestra tradición de respeto a la naturaleza y en los estudios sobre el agua, los sistemas de regadío, la hidráulica andalusí, la poética, los textos sobre agrimensura y toda su carga mitológica y simbólica en la literatura andalusí.

 

          · La desnuclearización de Andalucía, con la eliminación de todas las armas nucleares existentes en nuestra nación (incluyendo Gibraltar). Cierre y desmantelamiento o inertización de todos los depósitos de residuos nucleares (El Cabril, Andújar y Ría de Huelva).

 

          · El cierre de todas las bases militares extranjeras situadas en el territorio nacional de Andalucía. Reconversión de los establecimientos industriales de dedicación militar.

 

          Una política de aguas que contemple:

       

          · La recuperación del agua como elemento fundamental de nuestra cultura, integrándolo en la economía desde esta perspectiva.

 

            · La gratuidad del agua en la cantidad que se estime destinada para ser bebida por las personas. Además de exigir un estricto control de su potabilidad.

         

          · Al recurso agua como bien escaso y limitante de las actividades económicas, debiéndose ajustar éstas a la cantidad disponible.

         

          · La cuenca hidrográfica como unidad de gestión. Traspaso inmediato de las competencias sobre el Guadalquivir a la Comunidad Autónoma de Andalucía.

         

          · El ahorro y la reutilización del recurso, según necesidades de calidad, como criterios básicos de la gestión, sustituyendo al aumento de demanda y a las grandes obras hidráulicas.

 

          Una política forestal que considere:

 

            · Las zonas forestales, al menos las cercanas a todo núcleo urbano, como de propiedad comunal de cada municipio.

         

          · A los pastos, arbustos y árboles como fuente de riqueza primordial, por lo que deben ser tratados como bien público y su tala sin control o su destrucción, prohibida.

         

          · A los trabajos de reforestación y de restauración de ecosistemas como prioritarios y de utilidad social.

         

          · La inclusión de los productos forestales en nuestra economía nacional.

 

          Una política energética basada:

 

          · En nuestra independencia energética respecto de las fuentes.

 

          · En la investigación, desarrollo y uso de las energías alternativas (solar, eólica y de biomasa), que deben sustituir a las tradicionales basadas en la quema de combustibles fósiles (carbón y petróleo).

 

            · En la recuperación de antiguas tradiciones andaluzas, como la construcción de aljibes, a la vez que se potencian otros sistemas más actuales para el almacenamiento del agua de lluvia.

 

          Una política de Obras Públicas que prime:

 

          · Las pequeñas obras que beneficien las infraestructuras de las ciudades y pueblos del mundo rural, en lugar de las macrointervenciones actuales, que obligan a centrar la vida del territorio en torno a las grandes urbes.

         

          · El respeto global del medio ambiente frente al coste.

 

          En definitiva, la protección de la naturaleza y del medio ambiente debe constituir algo arraigado en la conciencia de los andaluces. Teniendo voluntad y decisión para abordar el problema, se podrá conseguir una lucha eficaz por la naturaleza, que, a la vez, lo será por nosotros mismos.

 

Entendemos que luchar por nuestro medio ambiente es hacerlo por la dignidad y la independencia de nuestra nación frente a la dependencia política y económica que, desde hace siglos, padecemos en Andalucía.