LA CULTURA Y LA EDUCACIÓN

                                      COMO FACTOR DE PROGRESO

 

Cualquiera de las dos acepciones de la palabra cultura tiene un valor capital al relacionarlas con un proyecto para Andalucía. En primer lugar, como el resultado de cultivar los conocimientos humanos, es la clave para que un pueblo, en libertad, tome en sus manos el presente, confiando en sí mismo y en sus facultades, para hacer el futuro; en segundo lugar, como el conjunto de los valores y formas de vida materiales y espirituales de un grupo étnico, se convierte en la razón para recuperar esa cultura andaluza, que basada en principios diferentes, nos despegue de la cultura folclórica oficial que tanto daño ha hecho a nuestro pueblo.

 

Si cultura es algo más que conocer, es una forma de ver la vida y vivirla, una suma de factores que hacen posible la convivencia, un modo de comportarse, es innegable que los andaluces somos un pueblo culturalmente diferenciado. Y si esa diferencia ha marcado el pasado de los andaluces, preocupándose el poder de mantenernos faltos de información y escasos de cultura, debe ser ahora el revulsivo que nos haga resurgir y, como dice nuestro himno, volver a ser lo que fuimos.

 

La cultura, desde los albores de la humanidad, se ha ido desarrollando acompañando siempre el progresivo desarrollo integral del hombre. A medida que avanzaba éste en su enriquecimiento intelectual y en su migración por todo el planeta, la cultura, desde sus formas más primitivas hasta las actuales, se fue diversificando y marcando la impronta de cada grupo humano. Estos grupos, haciéndose sedentarios o no, empezaron a ser partícipes de las interacciones e influencias a que les sometía el territorio donde vivían. Y el desarrollo social que propiciaba la relación en su convivencia diaria, propició que, además de tenerse que unir solidariamente para defenderse de peligros externos, se creara unos vínculos estrechos y el sentimiento de pertenencia a un grupo diferenciado. Había nacido la tribu.

 

Cada tribu, y después, con el siguiente estadio de desarrollo humano, cada nación, fue creando, sobre la realidad socioeconómica en la que vivían, sus propias formas culturales, su idiosincrasia, o experiencia común extraída de los avatares particulares y públicos que la vida en común les daba.

 

Nuestra nación, Andalucía, desde la lejana Tartessos -con sus ciudades-estados libres y dotadas de una economía propia y floreciente- fue desarrollando una cultura independiente que, además de enriquecerlas intelectualmente, hizo posible un aumento en el bienestar de sus ciudadanos.

 

Durante La Bética, aún estando bajo la dependencia política de Roma al concedérsenos la ciudadanía romana, la cultura heredada de la época anterior, marca su impronta en el desarrollo cultural de este periodo.

 

Tras el estancamiento y dependencia que supone la etapa de dominio visigodo -aunque iluminada por el pensamiento de Isidoro de Sevilla- nuestra nación, a raíz de la revolución cultural y social producida a principios del siglo VIII, realiza un avance político, económico, social, científico y cultural sin precedente en toda nuestra historia. Con al-Andalus, en su mejor etapa, el pueblo andalusí, unido en torno a un gobierno propio, participa de un desarrollo cultural que le hace ser conocido y admirado en el mundo, ejerciendo, además, su influencia en todo Occidente. Nuestra cultura, independiente por antonomasia, brillaba con esplendor, propiciando además un bienestar de nuestro pueblo desconocido en la Edad Media.

 

A partir de 1492, con la invasión del último territorio libre de al-Andalus, la cultura propia de esta tierra va a sufrir una brutal agresión. Se inicia la dependencia y manipulación de nuestra cultura desde el exterior. Comienza una fuerte aculturación de nuestra nación que, aún hoy, muchos siglos después, seguimos padeciendo. Pasamos a ser lo que se denomina una cultura invadida.

 

La cultura dependiente es una cultura marcada y lleva inherente el subdesarrollo del pueblo que la soporta. La cultura en la dependencia se ve sometida a la dialéctica, a la modernidad y, ésta, condiciona de modo especial a la cultura en la dependencia, puesto que el modelo de modernidad que se impone, mas que el occidental, es el de la subcultura norteamericana. La modernidad es, por lo tanto, el vehículo de la aculturación, porque no se concibe al margen de la imposición del modo de vida, de los modelos y valores del país dominante, del imperio.

 

En las épocas en que nuestra nación fue soberana, se creó una cultura ajustada a nuestro ser más íntimo y relacionada exteriormente con la cultura mediterránea. Ahora, tras largos siglos de anulación de nuestro ser esencial e histórico -a causa de la política educativa impuesta por los invasores- la mayoría de nuestro pueblo, carece de conciencia propia. Se encuentra, además, ridiculizado en su lengua y caricaturizado como persona inculta y de bajo nivel social, lo que no impide que cuando un andaluz brilla extraordinariamente en saber y talento, rápidamente es absorbido como “genio español”.

 

En la escuela, en la universidad, en los medios de comunicación, se oculta nuestra verdadera identidad, nuestra verdadera historia y se continúa fomentando la aculturación de nuestro pueblo. Pero, a pesar de todas las represiones sufridas desde la pérdida de nuestra libertad, lo más profundo de nuestro sustrato cultural ha sobrevivido. El pueblo llano, el que tuvo menos acceso a la escuela que nos impuso España, se convirtió en el transmisor de nuestra cultura más auténtica, de la forma de ser y de vivir del pueblo andaluz. Los grupos más marginados fueron transmisores -y simbióticamente creadores también- de la experiencia de un pueblo reprimido. Experiencia y tradiciones que se condensaron, dando a luz al Flamenco, el cante nacional de Andalucía aún no reconocido por el Estado español como la forma de expresarse de un pueblo, y sin que se enseñe en las universidades andaluzas.

 

“España -dirá Blas Infante- es el amo que Europa le impuso a Andalucía”       

 

            La cultura andaluza es evidente que existe y que está viva. Buena prueba de ello es el proyecto que estamos elaborando para intentar liberarla de la mordaza que pretende silenciarla -unas veces con sutiliza, otras descaradamente- para siempre. El pueblo andaluz reúne todas las características necesarias para ser considerado sujeto histórico de una experiencia cultural específica.

 

          Porque la cultura, la educación, es una parte importante en la solución de los problemas de la sociedad. Teniendo claro que, cuando hablamos de cultura, nos estamos refiriendo a esa educación en la que los valores humanos son previos a la formación técnica y científica. No basta con disponer de unas tradiciones culturales y un folclore popular, sino que la razón y la reflexión sean capaces de discernir los límites de nuestra actividad material. No podemos estar ajenos a decisiones trascendentales en cuanto a la finalidad de la economía, las ciencias o la tecnología. Nunca más que ahora -cuando los medios de producción, de comunicación y de destrucción son tan poderosos- la participación social en las decisiones políticas ha sido tan necesaria. Pero esa participación no puede ser el resultado de intereses mezquinos, de la mediatización o la coacción, sino la consecuencia de una reflexión colectiva ante los fines que deseamos alcanzar y, para ello, es fundamental y estratégico un desarrollo cultural basado en la libertad, la solidaridad y la tolerancia.

 

          El sentido de la tolerancia no es un adjetivo del lenguaje, sino un principio filosófico si lo que pretendemos es un mundo regido por la justicia, la solidaridad y el diálogo entre los pueblos y las culturas. Lo mismo que el sentido de la sabiduría no es el desarrollo de las ciencias y la tecnología, sino la reflexión filosófica acerca de la finalidad última de esas mismas ciencias y esa misma tecnología, cuyo objetivo debe ser hacer más humana nuestra existencia.

 

          Ibn Rusd (Averroes), el filósofo andaluz, nos decía:

   

          Hoy, como siempre, nuestra filosofía no serviría de nada si no supiera enlazar estas tres cosas:

          Una ciencia fundada en la experiencia y en la lógica, necesaria para descubrir las causas de los fenómenos.

          Una sabiduría que reflexione acerca de los fines de toda búsqueda científica, para que ésta contribuya a hacer nuestra vida más hermosa.

          Y una revelación, ya que únicamente mediante la revelación podremos conocer los fines últimos de nuestra vida y de nuestra historia.

          Resumiendo: la armonía entre Ciencia y Espiritualidad.

 

          Siendo todo lo expuesto el principio que marca históricamente la cultura andaluza, algo cambia hace quinientos años, produciendo al comienzo un retroceso y, a continuación, una necesidad de volver a los orígenes, que se ha visto plasmada en cantidad de escritores y pensadores de Andalucía.

 

          La definitiva conquista de Andalucía por los Reyes Católicos destruyó las estructuras sociales, políticas y culturales que existían desde muchos siglos antes. La intolerancia de los nuevos gobernantes no era circunstancial, sino que formaba parte de una ideología absolutista y uniformadora, común a todos los estado-nación emergentes en Europa, cuyos objetivos eran la unificación religiosa, lingüística y territorial. Dentro de este proyecto, los andaluces de religión musulmana o judía no tenían cabida, a no ser que aceptaran convertirse a la religión de los conquistadores. Así, aquellos sectores sociales que no acataron esa política, debieron emigrar a otras zonas más seguras, especialmente hacia el norte de África y los que esperaban el cumplimiento de las Capitulaciones de Granada, pronto sufrieron la persecución, la conversión forzosa o la expulsión definitiva de su tierra. Cualquier forma de organización social, ajena al control del estado o de la iglesia, fue perseguida implacablemente. Las sucesivas rebeliones e insurrecciones sociales eran más una respuesta desesperada, que una labor planificada y organizada.

 

          Y así, de las numerosas corrientes filosóficas, religiosas e ideológicas, que, unas veces a la fuerza y otras con nuestra aquiescencia, hemos visto pasar a lo largo de nuestra historia, se ha ido quedando un sedimento en la memoria colectiva que, aunque a veces no somos conscientes de él, conforma nuestra forma de ser, de actuar, de pensar, de vivir. Nuestra cultura.

 

            Por lo tanto, y como andaluces de conciencia, estamos obligados a luchar para que esa cultura que vivimos, la andaluza, se difunda en nuestras universidades y escuelas. Para que, de una vez por todas, se deje de enseñar en nuestros centros docentes la educación impuesta, falsa y deformada de los invasores. Para que nuestra historia, nuestra modalidad lingüística, nuestra identidad, en resumen, nuestra cultura, sea puesta en valor y difundida en nuestros centros académicos y en los medios de comunicación públicos.

 

            Debemos dedicar la máxima atención para que nuestra escuela nunca más sea centro de anulación de la cultura andaluza y sí, con una formación docente adecuada, cátedra divulgadora de nuestra historia, cultura y valores, y creadora de hombre ilustres, sabios y humanos. Para ello, es necesario el convencimiento de los docentes en el sentido de su labor -anteponiendo los intereses del alumnado a los suyos propios- y los medios físicos necesarios para que el esfuerzo humano consiga sus objetivos. Adoptar el sistema de libros de alquiler, con lo que el alumno aprende a valorar el material que utiliza, la creación de aulas matinales y de mediodía y la utilización de los colegios en horas no lectivas, pueden ser un buen comienzo.

 

Para despertar la conciencia andaluza en el ámbito estudiantil y académico es necesario conseguir una estructura bien cimentada partiendo de los primeros años. El cambio debe realizarse dentro de la Enseñanza Obligatoria, sin dejar opción a que el conocimiento sobre Andalucía se convierta en algo optativo. Nuestros pensadores, filósofos y eruditos nos han dejado una doctrina que la cultura oficial desprecia (en ninguna escuela se enseña el pensamiento de Averroes y Maimónides sobre la armonía entre ciencia y espiritualidad), la milenaria cultura andaluza (tan necesaria de divulgar en estos tiempos de globalización y consumismo) se ofrece como asignatura optativa y el alumno sufre un sistema de enseñanza que paraliza el sentimiento de superación igualando a quien estudia con quien no hace esfuerzo alguno. Si este es el sistema educativo que nos viene de España, es nuestro deber permutarlo por uno que posibilite a nuestros hijos otra educación y unos conocimientos más humanos. La Universidad Andaluza, cuyos problemas son bien conocidos y tangibles, debe sufrir una reforma integral, tanto en sus estructuras como en su sistema académico, para que de verdad sirva al pueblo andaluz como garante de futuro formando nuevas generaciones.

 

Aunque la divulgación de nuestra identidad como pueblo no debe realizarse únicamente en la enseñanza. Las relaciones entre andaluces, tan perturbadas por la influencia externa, pueden reconducirse con el conocimiento de la idiosincrasia propia andaluza. Pueblo de pueblos, Andalucía y su sentido de la convivencia son esenciales para abordar de otra forma los problemas actuales. La inmigración, el radicalismo religioso, los enfrentamientos por intereses económicos, la recuperación de una memoria que recuerda muy pocos años... encontrarían otra luz desde el entendimiento andaluz.                                        

 

Pero ese entendimiento nunca estará completo sin que conozcamos todo el pensamiento que nos han ocultado. Para ello, debemos reclamar la devolución de aquellas obras bibliográficas y artísticas que, enajenadas por actos de guerra o pillaje, se encuentren fuera de Andalucía. Como las encerradas en el Monasterio del Escorial, los libros existentes en otras bibliotecas españolas o las que, como propiedad de la Iglesia Católica, se encuentran en el Vaticano. Así mismo, es necesario demandar que se hagan públicas todas las obras andalusíes y, aunque estén firmadas con nombres castellanos, se reconozca su condición morisca; reclamar una política de investigación de las bibliotecas y manuscritos andalusíes, en cualquier parte del mundo, haciendo copias o archivos digitalizados a disposición de todo aquel que esté interesado y la protección del patrimonio andaluz disperso por el mundo, como, por ejemplo, los manuscritos de la familia Kati en Tombuctú.  

         

          La cultura es parte básica e imprescindible en el desarrollo de un pueblo. Blas Infante la tenía como la palanca, la base de la identidad. La cultura hace libre a los pueblos, permite la participación democrática de la sociedad y la autoorganización de la sociedad civil. Por eso, en la medida en que secularmente se nos ha ido hurtando el conocimiento que nos permite acceder a la cultura, debemos luchar para que se nos devuelva como patrimonio. Nuestra lengua, nuestra historia, nuestras costumbres, deben ser conocidas y estudiadas por los andaluces. Si tenemos conciencia de formar parte de un pueblo con tres mil años de civilización, podremos evitar la humillación sumisa con que aceptan algunos andaluces ciertas actitudes de menosprecio. Así, podremos hacer una nación formada por hombres libres, decidiendo en libertad sobre su propio destino, creando su presente y diseñando su futuro, basado en la solidaridad, humanidad y respeto hacia los demás.

 

          Pero la libertad cultural no es posible sin la libertad económica, por lo que se hace necesaria la reivindicación no sólo de nuestro patrimonio cultural y del control de su desarrollo, sino también de los recursos naturales de esta nación, que ya en 1913 proclamara Blas Infante como la tierra más fértil de la Península Ibérica. La actual situación de colonialismo, con una dependencia económica abrumadora del exterior, debe ser denunciada y combatida como contraria a los intereses de todos los andaluces y beneficiaria de una pequeña oligarquía dirigente. El control de nuestros espacios naturales, en especial la cuenca del Guadalquivir, verdadera columna vertebral de Andalucía, no puede dejarse al albedrío o intereses bastardos de cierta clase política, tiene que convertirse en una constante de nuestras reivindicaciones.

 

          Éstos son los principios básicos: libertad cultural, libertad económica y una sociedad civil -culta y educada- dispuesta a participar en las decisiones que le afecten. 

 

          Y para que estos principios se hagan realidad en la sociedad andaluza, está claro que el andalucismo, la defensa de Andalucía y sus intereses, no debe dejarse exclusivamente en manos de dirigentes políticos, tiene que convertirse en un movimiento social y cultural que asuma el deber de reconstruir la historia, la cultura y la identidad del pueblo andaluz.

 

            Es hora de que en esta Andalucía surja un grupo de hombres y mujeres decididos a enarbolar la olvidada bandera por la que luchó y murió Blas Infante. Una bandera que debe levantarla un pueblo que, durante muchos años ya, ha permanecido sumiso y que ahora debe resurgir luchando para abrir los horizontes de su libertad siendo él mismo.