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NACIÓN Y ESTADO NACIONALISMO ANDALUZ
En estos comienzos del siglo XXI aún es necesario intentar demostrar la existencia milenaria de Andalucía y su persistencia en el tiempo. A pesar de que distintos eruditos, con voz independiente (Adolf Schulten, Américo Castro, Julio Caro Baroja, Jacques Lafontaine, Bernard Vicent, Emilio García Gómez, etc.), han probado la continuidad durante milenios de un mismo pueblo en lo que ahora se llama Andalucía, las teorías oficiales continúan negando a este territorio una historia (un pasado), una identidad (un presente) y una voluntad conjunta de desarrollo (un futuro). Es la constante necesidad de negar Andalucía para reafirmar España. Se oculta que, por ley de vida, en las cuencas de los grandes ríos han nacido, desde tiempos inmemoriales, grandes civilizaciones, como Mesopotamia o Egipto. Y alrededor del gran río que hoy llamamos Guadalquivir nació, hace más de tres mil años, un pueblo con una cultura, una civilización y unas riquezas ambicionadas por todos los imperios que conocieron su existencia. Se oculta lo que se nos dice en la Geografía de Andalucía (tomo I, pag. 11): “Andalucía no es sólo un espacio; es un pueblo, una historia, una cultura... pero, evidentemente, el territorio es previo y necesario para la vida de cualquier comunidad. De cómo sea aquel y de cómo haya sido su utilización a lo largo del tiempo, dependen bastantes rasgos de la actualidad. Numerosos estudios coinciden en que las cordilleras béticas y el Valle del Guadalquivir forman una estructura geológica adosada a la meseta ibérica y claramente diferenciada .../... Desde un punto de vista espacial, conviene reparar en que los ámbitos donde surgen y se desarrollan grandes civilizaciones antiguas (Mesopotamia, Ganges, Egipto...) son muy similares al Valle del Guadalquivir. Llanura con río, navegable en parte, tras país montañoso, salida al mar... y un clima más templado que los medios africanos y asiáticos citados, además de abundantes minerales”. Se oculta la existencia de Tartessos -cientos de años con un civilización avanzada cuando a su alrededor aún se encontraban en la Edad de Piedra-; el progreso de La Bética, culta, civilizada y con una organización autónoma del resto del territorio peninsular; la escasa autoridad visigoda sobre territorio bético -menos de cincuenta años- y la rebelión independentista de Hermenegildo, de quien destacan su faceta de santo y callan la de gobernante rebelde al poder visigodo; el ejemplo de convivencia y mezcla de culturas que significa al-Andalus y sus muchos siglos de existencia; las constantes rebeliones del pueblo andaluz que culminan a comienzos del siglo XX con un Estatuto de Autonomía y a finales del mismo siglo con millones de personas en la calle reivindicando la existencia de un pueblo. Porque, si un día, el pueblo andaluz descubre que tiene historia, que tiene pasado, y, por lo tanto, que existe un futuro, probablemente las cosas no vuelvan a ser iguales nunca más. Y es esa historia, precisamente, la que se vuelve en contra de este territorio cuando, a finales del medievo, los ideales nacionalistas se utilizan para sojuzgar a los pueblos creándose muchos de los poderes que han sobrevivido hasta la fecha y que pretenden obligarnos a una cohesión forzosa y artificial basada en el desconocimiento de la historia y del desarrollo humano del pueblo andaluz. Volvamos a la Geografía de Andalucía que, en el tomo citado anteriormente y en sus páginas 63 y 64, nos asegura: “Ciertamente el reino cordobés sobrepasa los límites del territorio andaluz, pero el centro neurálgico del estado residía en él. Por primera vez, al menos de forma documentada, constituye un territorio con organización política propia .../... Más aún, parece que aquel estaba dividido en cuatro naciones: Al-Garb, u occidente, de donde procede el nombre Algarbe; Al-Xarq, u oriente, desde el sur de Cataluña a Murcia; Al-Musata, en las actuales Extremadura y La Mancha; y Al-Andalus, en Andalucía. En las cartografías musulmanas aparece también el nombre de Al-Andalus en nuestro territorio y, más al norte, los de Asbania (¿Hispania?), Kastalia y Galikia”. Los pueblos se han organizado siempre bajo normas sociales adaptadas a la naturaleza humana. Nunca han necesitado supra poderes, ni gobernantes poderosos, ni ejércitos que les dominen. Unas reglas generales de convivencia y unas normas para distribuir los trabajos colectivos y repartir los beneficios, han bastado para vivir en comunidad y civilizadamente. Se van haciendo las ciudades y, a su vez, se van formando las naciones como algo natural, uniéndose individuos que comparten normas de convivencia, lengua, cultura e intereses comunes. Pero surge el gobernante depredador con sus ansias de conquista y a su vez nace una organización que supera el ámbito local. Se ordena, siempre en beneficio del poder supremo y de su camarilla, un término cada vez más amplio sumando ciudades y territorios, sin importarles masacrar a sus habitantes ni destruir todo lo creado hasta entonces. Nacen los estados. Podemos resumir, por lo tanto, que la nación es un hecho social, mientras el estado lo es político. Sin embargo, a causa, unas veces de la educación recibida, otras de nuestras convicciones y, las más, por cierta falta de criterio que nos lleva a asumir lo que nos imponen, tendemos a confundir la nación con el estado. Aunque, como hemos podido ver, se trata de dos conceptos bien distintos. El estado no es otra cosa que la suprema organización política de un grupo humano, con personalidad jurídica independiente en el plano internacional y, las más de las veces, creados a conveniencia de un grupo poderoso y dominante sin que la voluntad de los habitantes del territorio haya contado para nada. Por ese motivo, pueden existir estados nacionales, es decir, fundados sobre una nación; puede haberlos fundados sobre fracciones nacionales diferentes; puede haber incluso ciudades-estado y puede haber estados supranacionales, o sea, que abarquen más de una nación. La nación, en cambio, es un grupo humano dotado de una personalidad singular debido a una larga existencia en común, una lengua característica, un territorio definido, una cultura y unas tradiciones comunes. Es decir, un grupo humano homogéneo Para formar una nación, no es necesario reunir todas estas notas comunes, pero sí el mayor número de ellas. Nunca una sola, ni la raza, ni el idioma, ni la religión, pueden determinar una nacionalidad. En cambio, cierta variedad en uno solo de estos elementos no deshace una nacionalidad. Son muy pocas las naciones absolutamente homogéneas. En realidad, las naciones se van haciendo con el paso del tiempo, a través de sucesivas emigraciones e inmigraciones, de los cambios sociales, de las invasiones, los contactos con otros pueblos y civilizaciones, etc. Es esa convivencia en común la que posibilita la etnicidad y las demás características que conforman una nación. El territorio es un elemento esencial de la nación. En él se realiza la fusión que permite el nacimiento de la nacionalidad, debido a la influencia del medio geográfico en el hombre. El territorio, por consiguiente, no puede tener unos límites arbitrarios, sino que ha de abarcar una porción geográfica definida y suficiente. Finalmente, y no por eso menos importante, existe un factor clave para constituir una nación: la voluntad de sus habitantes de querer vivir juntos y formar un ente político. Posiblemente sea éste el más fuerte de los factores que puedan determinar una nacionalidad. Cuando hemos de definir nuestro concepto de Andalucía, conviene tener muy presente todo lo que antecede. ¿Es Andalucía una nación? Parece cierto que una gran mayoría del pueblo andaluz piensa que el término nación debe reservarse para el conjunto de España. Aunque no es menos cierto el desconocimiento de su propia historia, de su identidad y de su cultura que se esconde tras esta afirmación. Sin embargo, cuando nos remitimos a la norma jurídica y, a la vez política, con la que se ha dotado el conjunto del Estado y que se llama Constitución Española, es necesario reconocer que la autonomía derivada de esta Constitución, ni es soberana ni puede ser un camino para acceder a unos conceptos que no se encuentran recogidos en su articulado. Por lo tanto, para referirnos al término nación con relación a Andalucía, debemos traspasar las normas de convivencia aprobadas en un tiempo y unas condiciones diferentes a las actuales y avanzar hacia el conocimiento de la historia y la cultura de un pueblo milenario que, a pesar de los avatares que han cuestionado su supervivencia, siempre ha sabido superarlos y continuar formando parte del futuro. Si analizamos las condiciones necesarias para ser definidos como nación, Andalucía cumple todas las premisas exigidas: somos un grupo humano con una personalidad singular, nuestra existencia en común se cuenta por milenios, poseemos una lengua característica (aparte del idioma desnaturalizado por los conquistadores), existe un territorio definido, una cultura, una religión y unas tradiciones comunes. Solamente queda la voluntad de los andaluces para formar un ente político. Sólo falta voluntad. Y, aunque el actual marco jurídico, Autonomía Andaluza, refleje, en parte, esa voluntad, es la indeterminación a la hora de conceptuar Andalucía lo que ha marcado tradicionalmente la vida de sus habitantes. La ausencia de un proyecto claro de convivencia entre los andaluces, basado en el convencimiento de que somos un pueblo con un destino común, ha posibilitado el que, durante muchos años, nuestro pasado, presente y futuro se vaya dictando desde fuera de Andalucía. El significado legal, jurídico y político del concepto autonomía, ya nos lo dejó claro el filósofo español José Ortega y Gasset: “Autonomía significa cesión de poderes; en principio no importa cuáles ni cuantos, con tal de que quede sentado de la manera más clara e inequívoca que ninguno de esos poderes es espontáneo, nacido de sí mismo, que es, en suma, soberano, sino que el Estado lo otorga y el Estado lo retrae y a él reviene”. Guste o no guste, este es el vigente ordenamiento territorial derivado de la Constitución en vigor. Nación, significa un paso más. Un reconocimiento por parte del Estado de unos derechos, de una historia y de una identidad que han nacido con el territorio. En primer lugar, la existencia de esos derechos sin recurrir a mitos, leyendas ni historias inventadas, en segundo lugar, la voluntad de los actuales habitantes del territorio en reclamar esa identidad y, en tercer lugar, el reconocimiento de derechos por parte de quien posee todos los poderes -incluido un ejército- sin imponer la fuerza del Estado a la razón de la Nación. Precisamente en los lugares donde se ha respetado y admitido las diferencias, como, por ejemplo Suiza -oficialmente llamada Confederatio Helvetica- actualmente no presentan problema alguno de convivencia, a pesar de tener cuatro idiomas oficiales, distintas culturas y diferentes religiones. Sin embargo otros países, aunque igual de pequeños, como Bélgica, con una administración en principio centralista y unitaria, aunque ahora ha acometido importantes reformas estructurales, tiene verdaderos problemas de relación entre los diferentes pueblos que lo forman. Ya hemos visto que Andalucía puede definirse como nación, sin complejos y sin necesidad de recurrir a agravios comparativos. Porque, leídas las declaraciones públicas de nuestros políticos: “Si Andalucía no reivindica el término nación para ejemplarizar otras autonomías que sí lo hacen, pierde el tiempo”, “Por denominarse nación no se van a recibir más competencias”, “Por el mismo agujero constitucional que en otros lugares cuelen el término nación -y seguro que lo harán- lo tendríamos que colar nosotros”, no nos mueven a mostrarles nuestra mejor confianza. Para los profesionales andaluces de la gestión pública dos cosas parecen muy claras: primero, no nos hace falta llamarnos nación para sacar provecho del estado central, que por lo visto es el objetivo último de la reivindicación, y, segundo, tenemos que reclamar el término nación para fastidiar a quienes sí se consideran con ese derecho, al igual que el niño caprichoso llora queriendo el caramelo que, muy a gusto, se come su amigo. Denigrantes y falsas las dos aseveraciones. Pongamos nuestra dignidad por delante. Nunca debemos reclamar nuestros derechos porque lo pidan en otros lugares. Rechacemos el agravio comparativo. Andalucía, Nación, si de verdad es una nación, si posee un territorio preciso, si tiene una historia común y una identidad que la defina. Si es un pueblo que quiere ser nación. Por lo tanto, si para nosotros está claro que Andalucía tiene todo el derecho a llamarse nación -si analizamos objetivamente la historia podemos hablar de la primera nación de occidente- debemos exigir ese derecho sin miedo y con la mayor contundencia. A pesar de la falta de conciencia, de identidad y de respuesta a los problemas que este pueblo anestesiado ha manifestado desde siempre, y con mayor crudeza en los últimos años. Es la gran pregunta que nos aterra cuando miramos hacia el futuro: ¿Por qué esa falta de conciencia en los habitantes del territorio andaluz? ¿cómo se puede diluir la defensa de unos intereses comunes y reales que nos afectan a nuestra vida diaria, enfrentándolos a un universalismo que, no sólo no contradice, sino que refuerza el concepto de nacionalismo andaluz? Podemos encontrar una posible respuesta en los intereses de aquellos a los que no beneficia la creación de una conciencia nacionalista andaluza, por lo que, una publicidad tendenciosa, unida a las atrocidades cometidas en nombre de ciertos nacionalismos -que rápidamente son difundidas desde los medios de comunicación, mientras nos ocultan o minimizan las provocadas por el nacionalismo de estado- van creando el rechazo de los ciudadanos andaluces a todo lo que suene a nacionalismo. Aunque sea la base que sustenta el Estado que ellos tanto defienden. El nacionalismo ha ocupado y ocupa un lugar básico en todas las ideologías, hasta en aquellas que, presuntamente, lo combaten. Si una ideología es una forma de pensar sobre el mundo que tiene consecuencias prescriptivas para la política, debemos tener claro que el nacionalismo, históricamente, ha sido la ideología más influyente que ha existido. Y esa influencia se ha ejercido de diferentes formas. La más difundida supone que todo movimiento nacionalista debe ser separatista si su nación se encuentra dentro de las fronteras de un estado más grande. Opción respetable en pueblos con conciencia de su historia, cultura y convivencia, pero que se degrada cuando se pone políticamente el acento en la persecución de los intereses de la clase dominante -disfrazados como nacionales- en detrimento de los intereses de otros países, de los habitantes que no compartan dichos intereses o de los miembros del mismo estado que no formen parte de la nación. Se dejan de lado otros valores como los derechos humanos, el evitar derramamientos de sangre o el respeto al derecho internacional. La expresión de este "nacionalismo" como ideología es el imperialismo. Y todos conocemos sus devastadores efectos durante el siglo XX y los comienzos del XXI. Pero existe un nacionalismo humano, lógico, universal (Blas Infante hablaba, paradójicamente, de un nacionalismo no exclusivista, universalista, antinacionalista). Es aquel que pretende representar a los miembros de la nación en virtud de los intereses materiales y culturales que, como personas, comparten. Pide a sus miembros que pongan en un segundo lugar los intereses que tienen en común con algunos de sus ciudadanos y les antepongan los que comparten con todos los otros miembros de la nación. “Lo que fraterna y acerca a los individuos entre sí es la identidad de educación, la cual aproxima más que la misma igualdad de sangre. ¿No es natural respecto a los núcleos primarios de las gentes? Ahora bien, esas estructuras cuya figura vemos surgir tras la sustracción de los estados y de su recuerdo en las actuales naciones de Europa, ¿son naciones? Sus elementos determinantes, ¿son las naciones? No. Esas formas espontáneas, vivas de consciencia individual, no son naciones, son culturas”. Así se expresaba el Padre de la Patria Andaluza en su libro Fundamentos de Andalucía. Para él, la base de un pueblo está fundada en la cultura, lo que no le impide afirmar en otro párrafo del mismo libro: “Andalucía constituye una demarcación natural, el solar de una Nación creado por la naturaleza”. Normalmente, se relaciona el nacionalismo con las reclamaciones interesadas y egoístas de la periferia; sin embargo, ¿solamente es nacionalista quien reivindica la autonomía de una porción del Estado? ¿acaso no existe, y más poderoso, el nacionalismo español o, más actual, el nacionalismo europeo? Absurdamente se puede estar criticando la miopía de ideas de quienes defienden una zona determinada, mientras quien lo hace exalta con mayor vehemencia otra zona más amplia. Simplemente hablaría de territorios, unos mayores que otros. Podemos denostar el nacionalismo andaluz, mientras ensalzamos el nacionalismo español. He aquí un punto clave. El excluyente nacionalismo español, atacado y amenazado en ciertos territorios, se permite hacer lo mismo con quienes reclaman una identidad y una cultura para Andalucía. Nos recuerda aquel pueblo masacrado por el nazismo y que ahora hace lo mismo con sus vecinos en un territorio concedido por las potencias dominantes. ¿Por qué para reforzar mi hispanidad he de renunciar a mi andalucismo? Y es que el nacionalismo ha sido utilizado a conveniencia de ciertos intereses. Unas veces, el capital lo usa para cerrar filas y aislar un territorio, otras, es el mismo interés económico el que acusa al nacionalismo de todos los males para poder abrir fronteras y, en nombre de un falso liberalismo, acabar con la economía de una nación. En concreto, ¿qué ha significado para Andalucía la entrada de España en la Unión Europea? El desarme de nuestra escasa industria, el abandono de la agricultura, el control por empresas extranjeras de los bienes de consumo. Todo dictado y controlado desde Madrid o Bruselas. ¿Cómo ha sido posible descomponer Andalucía y no se ha logrado en otras zonas del Estado? A un pueblo no sólo se le conquista por la fuerza de las armas, hay medios más sutiles para imponerse y dominarlo. En primer lugar, que no crea en sí mismo, convencerle de que las soluciones a sus problemas vendrán desde el exterior, creadas por mentes superiores y más inteligentes; a la vez, lograr que pierda su conciencia de pueblo, evitar la unidad, y así, conseguir esa falta de voluntad para formar un ente político. De este modo, aprovechando el miedo a que le acusen de nacionalista, se puede tener dominado a un pueblo y diseñarle un futuro basado en el subsidio como forma de vida. Pero nosotros, teniendo un concepto claro de Andalucía como nación y como pueblo, que necesariamente ha de trabajar su presente y labrarse su futuro, nos preguntamos: ¿Cómo organizar el desarrollo de nuestra entidad como pueblo? ¿Puede el andaluz, que siempre ha creado modelos de convivencia, tolerancia y solidaridad, hacer su propio nacionalismo? Porque algo sí tenemos meridianamente claro, visto el actual estado de cosas, la forma en que está estructurado el Estado español: o se anula la división de España en Comunidades Autónomas, acabando con el actual sistema electoral, de representación y de financiación, o los andaluces tienen que hacerse nacionalistas a la fuerza. O a la fuerza los harán desaparecer como pueblo. Podrán negarnos nuestro derecho a ser nacionalistas, pero nunca nuestros motivos para serlo. Según los últimos informes sobre coyuntura económica, nuestra Comunidad tiene una media de crecimiento por debajo de la estatal, es la última de las diecinueve y se aleja de las mejor situadas. Socialmente está desvertebrada, con una sociedad civil apática, estoica y controlada por el poder político. Culturalmente, sin conocer ni tener empeño en conocer los fundamentos de nuestra historia y nuestra cultura, seguimos aceptando todas las falsedades y los tópicos sobre Andalucía y los andaluces. Políticamente, supeditada a las presiones de una casta gobernante que mira antes sus intereses, los de su partido y las directrices centralistas, que el desarrollo y el progreso de Andalucía. Esta nación, con fronteras naturales, que en la historia ha gozado de independencia política durante periodos más prolongados que aquellos en que ha estado unida a otras zonas de la Península Ibérica, sufrió un cambio básico hace quinientos años: de ser el oeste, pasó a ser el sur. Siendo el Mediterráneo su zona natural de influencia, Andalucía fue, durante toda su historia, occidente. Cuando se convierte en el sur, el sur de España, el sur de Europa, comienza su decadencia. ¿Cómo romper con todo esto? Posiblemente en la educación, en la cultura, en el conocimiento, podría estar la clave de nuestro resurgir como pueblo. Comenzar el camino convenciendo a los andaluces de que nacionalismo no significa, necesariamente, egoísmo, fronteras, murallas, violencia; de que el andaluz ni es mejor ni peor, pero es diferente -dentro de la igualdad que representa pertenecer a la misma raza, la raza humana- a otros pueblos de la Península Ibérica. Y que esa diferencia, moldeada por siglos de cultura y de convivencia, puede ser un ejemplo para todos. Actualmente, entre el materialismo del norte y el fundamentalismo del sur, la humana Andalucía tiene mucho que decir. La manera de poder superar la tradicional marginación de Andalucía y avanzar en un proyecto transformador de futuro, estriba en que se realice una acción política andaluza desde la perspectiva de nuestros intereses dentro de los intereses generales del marco europeo, desde planteamientos de superación de las desigualdades, desde la solidaridad, tomando conciencia propia para avanzar en una línea de autogestión social, creando conciencia de pueblo, conciencia andaluza. Andalucía no puede desarrollarse desde el victimismo, la subvención o la política pedigüeña. Nuestro desarrollo como nación no puede subordinarse a una mayor o menor financiación por parte de España o de la Unión Europea. Debemos hacerlo con nuestros medios y esfuerzos, desde la conformación de un modelo de sociedad libre, democrática y armónica. Ello supone que las instituciones deben reflejar los ámbitos de la realidad social. En este sentido, con el desarrollo de la identidad de los pueblos europeos, el actual Estado Español podría devenir en un estado federal o en la independencia de sus naciones. Ya nos lo advirtieron nuestros antepasados en el Manifiesto de la Nacionalidad, redactado en Córdoba el año 1919: “Andalucía quedará sola. Las demás nacionalidades van afirmándose y Andalucía se verá también en la necesidad de vivir por sí; es decir, de procurar su propia vida y progreso, si no quiere ser vilipendiada más que lo fuera hasta ahora”. Cerca de cien años después, todo continúa igual. Acuerdos, leyes, convenios, negociaciones, compromisos... todo se hace a espaldas de Andalucía. Nuestra nación carece de voz propia para defender sus intereses, tanto en el Parlamento Andaluz como en las Cortes Españolas o en el Parlamento Europeo. Para Andalucía, es urgente -“si no quiere ser vilipendiada más que lo fuera hasta ahora”- la creación de un Poder Andaluz, que luche en todos los frentes: cultural, social, económico y político, teniendo como objetivo central los intereses de nuestro territorio. En nuestro caso, teniendo claro que la autodeterminación en el marco del derecho de los pueblos es algo asumido internacionalmente desde hace muchos años, será el pueblo andaluz, una vez conozca su verdadera historia, su cultura, posibilidades económicas y sus relaciones con los demás pueblos de Europa y del Mediterráneo, quien nos marque el camino que debemos seguir en el futuro. El gobierno de la Autonomía, de la nación andaluza, debe ser entendido como la genuina representación de los intereses de las ciudadanas y ciudadanos de su ámbito territorial. Y no como en la actualidad, en el que la autonomía es una concesión administrativa que graciosamente concede el poder, descentralizando la administración, y donde quien posee más fuerza, ejerce más presión o tiene más posibilidades de chantaje, obtiene mayor tajada. El diseño actual del estado de las autonomías tiene hoy escaso sentido y poco futuro. Resaltar la función del poder que debe tener la autonomía andaluza es primordial para avanzar en un proyecto distinto de sociedad, mucho más participativo. Si consideramos la autogestión como el eje matriz de la intervención política transformadora de la realidad, no se puede aceptar para Andalucía un papel dependiente con respecto al estado central. Para conseguir un marco de solidaridad adecuado en el contexto europeo y mediterráneo, se hace imprescindible que el debate se realice desde la plena personalidad de cada pueblo, desde la capacidad de defensa de los intereses propios de ese pueblo. Precisamente, la propia evolución del sistema está imponiendo un modelo en el que, si, por una parte, se va pergeñando un nuevo estado europeo, por otra, se tiende irremisiblemente a la ampliación de la capacidad de decisión de las regiones y naciones. Cuando los estados centrales, el español entre ellos, pierden competencias en favor de instituciones supraestatales europeas, en los ámbitos fundamentales que definen el propio estado -como son las decisiones económicas, de política exterior y de defensa- aumenta la necesidad de una mayor capacidad de gestión de las naciones, como única forma de poder compensar el desarrollo desigual y las presiones de los intereses económicos a favor de las zonas tradicionalmente ricas de Europa. En la perspectiva de pocos años, se puede imponer un modelo de Estado Federal Europeo, en el que los estados tradicionales (español, francés, italiano, alemán, etc.) pueden quedar relegados a un carácter testimonial, sin apenas competencias reales, frente a la capacidad de las naciones que lo integren. En Andalucía, la defensa de la concepción nacionalista sólo se puede efectuar desde planteamientos sociales y la vinculación de esa defensa a los intereses de los ciudadanos. Así mismo, no se ve la necesidad de buscar un referente organizativo en otras nacionalidades, ya que la historia, conocimientos, cultura y la propia personalidad del pueblo andaluz le facultan para poder hacer su propio proyecto político diferenciado. El valor de la solidaridad, de la tolerancia, propio de las relaciones entre andaluces, debe presidir la capacidad de relación con el resto de naciones y nacionalidades, con lo que el Poder Andaluz se constituirá en factor determinante en el equilibrio y la superación de las desigualdades, de forma solidaria, entre los pueblos de Europa y del Mediterráneo. Desde el punto de vista del marco institucional, la defensa de la nación andaluza constituye un eje central de actuación en la política de transformación social. Para ello, es necesario, en una primera fase, el cumplimiento exacto del vigente Estatuto de Autonomía para Andalucía y, a continuación, promover la redacción de un nuevo Estatuto de Autonomía para la Nación Andaluza en el que se reconozcan sus derechos históricos y se le llene de los contenidos que ahora carece. En definitiva, Andalucía es una nación en la que sus habitantes están interrelacionados de manera que la mejora o empeoramiento de una zona de la nación, afecta irremisiblemente al resto de los habitantes del territorio. Si un pueblo no crea su futuro, está claro que alguien lo hará por él. Hace varios años, el andaluz José Aumente se preguntaba: "¿Acaso no existe en nuestra comunidad una minoría lo suficientemente lúcida, lo imprescindiblemente seria, lo necesariamente honrada, como para liderar un proyecto colectivo? ¿Cómo es posible que no se despierte una vergüenza movilizadora y una fuerza de indignación suficiente para poner en marcha a nuestro pueblo?”. Si tenemos claro nuestro concepto de Andalucía, ahí está el reto.
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