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La importancia de un hombre normal:
Blas Infante para ignorantes.
Dr. Manuel Ruiz Romero.
Doctor en Historia y secretario del C.E.H.A.
A Infante no hace falta que lo proteja nadie. Se defiende sólo. Aquí lo
preocupante es que políticos en ejercicio, alguno europeo, utilicen la
palabra “subnormal” con desprecio, o cuestionen un Estatuto de Autonomía
reformado como Ley básica en vigor. Que nos llamen cretinos a todos los
que nunca alcanzaremos un escaño. Incluso, porque los primeros
denigrados de esa altanería y falsa suficiencia son, en primer lugar,
sus propios compañeros de partido en esta tierra.
Por extensión deberíamos poner cara de “bobos” los habitantes de una
ciudad como Sevilla que nombró por unanimidad Hijo Adoptivo a Infante en
el 2005. Quizás los andaluces seamos los “más tonto de Europa” porque le
nominamos como Padre de la Patria desde el Parlamento de Andalucía en
abril de 1983, incluso, más recientemente, la Cámara volvió, en
noviembre del 2004, a llamarle Presidente de honor de nuestra autonomía.
Y qué deberíamos de pensar cuando a esos honores también se une en el
2002, idéntico reconocimiento por parte del Congreso de los Diputados.
Siempre la ignorancia fue atrevida, y resulta todo un honor la vana
osadía si procede de quienes están fuera de parámetros constitucionales.
Sabiendo como piensan, revalorizan al personaje y subrayan el tributo de
los andaluces (Aunque cabe decir también que, las informaciones que
fluyen por la red sobre el notario Coria son contradictorias y la
Fundación que lleva su nombre algo debería de hacer). Y para ilustrase,
ahí queda un amplio panorama con alrededor de un millar de referencias
bibliográficas científicas que avalan el eco de su vida, obra y
pensamiento (su “payasada” y la de su “pandilla”). Pero no nos
precipitemos por frivolidad. Detrás de las virtudes y defectos de una
persona de a pie, se esconde cuanto menos alguien digno de conocer y
respetar: Como debe serlo todo aquel que muere por sus ideas y le
condenan a muerte cuatro años después, aunque, despreciando su herencia,
no falta quienes le rematan cuando pueden.
Su opción personal, profesional y pública por los más desheredados de
esta tierra –jornaleros-; su apuesta por un autogobierno andaluz pleno
(tres poderes clásicos); su renuncia a la vía electoral y articulación
de su Ideal Andaluz mediante un partido político; su romanticismo en
cuanto no buscaba fieles o meros votantes, sino andaluces de
conciencia,… le separan activamente de todo proyecto político
convencional. De toda práctica política a la que algunos conciben como
una profesión. Objetor, si cabe, al cómodo estatus notarial que
conquistó por méritos propios desde sus 22 años.
Infante, desde su convencida necesidad de un modelo cooperativo para el
Estado abogó por una nueva percepción de Andalucía. Su nacionalismo, es
un buen exponente de que el concepto no es necesariamente identificable
con secesionismo, ni con un Estado propio. Aspira a la construcción de
un pueblo sobre la base de la reivindicación de un concepto de soberanía
compartida, y de un autogobierno inmerso en un profundo sentido del
regeneracionismo que nunca abandona a través de una herramienta
política: la autonomía.
Más bien, lo que caracteriza su anticipativa visión sobre nacionalismo
no es la adopción de un determinado proyecto político, sino una forma
peculiar de justificar ese proyecto, de analizar el camino al mismo. Por
eso su concepción no es de fronteras, de Estado, o excluyente. Muy al
contrario: se presenta como multicultural, humanista, noviolento,
solidario, antropocentrista y cívico. Pero sobre todo, esa propuesta
para Andalucía, también deseada para otros pueblos del Estado, parte de
un nuevo concepto de patriotismo inserto en una España plural en lo
cultural, lingüístico y político, lejos de esa visión rancia y añeja a
la que muchos, aún hoy, quieren vincularse.
Ahora que necesitamos superar los vicios y perfeccionar las reglas de
convivencia, Infante significa un referente para la moralización de la
vida pública, la organización, la dignidad y la militancia por
Andalucía. Lo dicho: se defiende sólo. Un servidor sólo recuerda; porque
no hay más imbécil que el que no quiere saber y tiene la lengua más
despierta que su sed por aprender. |