REVISTA DIGITAL EDITADA POR EL CENTRO DE ESTUDIOS HISTORICO DE ANDALUCÍA Y LA ASOCIACIÓN CULTURAL ALMENARA PARA EL PROGRESO Y EL DESARROLLO DE ANDALUCÍA

CONMEMORACIÓN DEL SETENTA Y CUATRO ANIVERSARIO DEL ASESINATO DE BLAS INFANTE

 
    A la salida de Sevilla, en el cruce de la Avenida Kansas City con la SE-30, se encuentra un monumento que nos recuerda el lugar donde un 11 de agosto de 1936 fue asesinado el Padre de la Patria Andaluza. Todos los años se evoca su memoria con un homenaje organizado por la fundación Blas Infante.

 

  La interpretación del Himno de Andalucía y las intervenciones de Tomás Gutiérrez, vicepresidente del Centro de Estudios Históricos de Andalucía y de María de los Ángeles Infante García, presidenta de la Fundación, marcaron el devenir de un acto que, año tras año, abandona la simulación oficial y política refugiándose en un momento íntimo en el que, quienes sienten de verdad la figura homenajeada, encuentran la ocasión de mostrarle su respeto y la fidelidad a unos ideales.
    Seguidamente, incluimos la intervención de Tomás Gutiérrez.

 

 

HOMENAJE A BLAS INFANTE

74º ANIVERSARIO DE SU ASESINATO

Sevilla, agosto 2010


 

Intervención del vicepresidente del CEHA

Tomás Gutiérrez Forero

LA HERENCIA DEL IDEAL ANDALUZ

Buenas tardes, don Blas.

Aquí estamos, un año más, en un caluroso día de agosto para rendirte nuestro homenaje. Aquí se encuentran aquellos a los que no les importa dejar sus vacaciones un rato para recordar una ignominia. Quienes creemos que hoy hacemos un gran sacrificio sin acordarnos de que hace setenta y cuatro años tú realizaste el mayor de los sacrificios.

Y no nos damos cuenta de que al pisar esta tierra debemos hacerlo con mucho cuidado, aun está fresca tu sangre y podemos mancillarla. Porque el legado, la herencia que hoy recordamos, tuvo un epílogo de sangre. Llevaste hasta el extremo tu amor por Andalucía, dando tu vida por ella.

Nos dejaste la herencia de un ideal, de un ideal andaluz. ¿Qué hemos hecho con ella? ¿Merecemos haber recibido ese legado? ¿Hemos sabido administrarlo?

Te impregnaste de Andalucía hasta sus últimas conse­cuencias. Redes­cubriste su historia, creaste sus símbolos, tuviste clavada en la conciencia la “visión sombría del jornalero”, esparciste cultura, cultura andaluza, editaste libros con tu pensamiento… Maravilloso patrimonio legado a todos los andaluces. ¿Qué hemos hecho con él?

Luchaste por los problemas que entonces aquejaban a nuestra tierra y nos dejaste testimonios que ahora, casi cien años después, conservan, por desgracia, toda su actualidad:

“…esa cuestión sombría que dicen ‘problema agrario andaluz’ y que no es tal problema agrario, sino el más fundamental problema de un Pueblo que desconoció el feudalismo en los tiempos medievales, reducido, ahora, a la esclavitud feudal, por haberle sido arrebatada desde hace siglos la tierra que perteneció a sus padres, por la conquista o por el despojo. Sobran ya las informaciones de hechos y las soluciones de doctrina.

Casi todos los años envía el Gobierno la consabida comisión del Instituto de Reformas Sociales, que venga a calmar, con sus promesas de estudio y de próximos remedios, la fiebre de rebeldía que se apodera de los campesinos, sin campos, durante la época de recolección. Volúmenes innúmeros pudieran acumularse conteniendo estas informaciones, los cuales bien pudieran venir a sustituir los millones de libros que hubieron de quemar cuando la conquista los cristianos norteños en las aterradas, y antes rientes, ciudades de Andalucía. Pero jamás han llegado, ni llegarán nunca a resolver nada desde el Centro depredador. Y así, durante cinco siglos… Pobre Andalucía, sin tierra en el campo y sin habitaciones en las ciudades”.

Don Blas… ¿De verdad pensabas que, hablando así, no te iban a matar?

Hoy, los receptores de tu herencia somos más cuidadosos. ¿Centro depredador? Cuidado, no se vayan a molestar y nos señalen como radicales.

Y los pocos que llamaban al pan, pan, se nos van muriendo. Hace pocos días nos dejó don Enrique Iniesta, tu gran biógrafo, el maestro de historiadores, el creador de nacionalistas andaluces… y, fíjate que casualidad, muerto cuando se cumplen ciento veinticinco años de tu nacimiento. Y, qué casualidad también, recordado oficialmente por quienes le han despreciado en vida sin reconocer su labor.

¿Quién va a coger tu antorcha? ¿Existe hoy alguien dispuesto a defender al pueblo andaluz hasta el extremo de dar su vida? ¿Hay alguien que anteponga los intereses de todos ante los suyos? ¿Hay alguien resuelto a luchar buscando soluciones para este pueblo, siempre el último en todo? Hace muchos años ya nos lo decías muy claramente:

Fórmulas de solución existen: Lo que falta es un Poder Social que quiera aplicar esas fórmulas, o una firme voluntad revo­lucionaria que a romper venga en un solo acto de santa rebeldía la clave de ese poder, obstáculo y no medio de realizar los fines sociales. Lo que sobra es resignación o miedo, en vosotros los oprimidos, cobardes vacíos de un palpitante ambiente ideal, en donde, apenas surgida, toda noble idea de redención se ahoga.

Fórmulas existen, contrastadas por la experiencia, sancio­nadas por la justicia natural, y comprobadas por la medida de la universal conveniencia económica. ¿Qué adelantáis con elaborar otro proyecto más, otra petición más que exponer en la acostumbrada solicitud a los poderes centrales o municipales? Nada, absolutamente, nada”.

Fórmulas existen, pues claro, don Blas, claro que existen, pero nos hemos acomodado a la sopa boba. Descubrimos que nos podíamos relacionar institucionalmente y ahí se acabó todo. Claro que existen fórmulas para que este pueblo tenga en sus manos el presente y pueda elaborar su futuro, claro que existen, pero se necesita valor y voluntad para aplicarlas… y como aquí nos conformamos con las migajas…

Y así estamos, setenta y cuatro años después de tu asesinato, podemos recordar tus palabras y pensar que no se escribieron hace ya cerca de un siglo sino pocos meses atrás, cuando el dinero que no se encontraba para acabar con el hambre en el mundo se halló para solucionar un problema creado por la codicia bancaria, cuando no encontramos respuesta a nuestras necesi­dades y todo quedó reducido a una palabra: crisis.

Así hablabas a los andaluces:

“Los más altos representantes de los poderes del Estado Español os vienen a contestar con un silencio despectivo. Los fingidos mandatarios de vuestra ciudad, animados por la inspiración que del Centro les llega, os responden más despectivamente aún, porque a la indiferencia ante vuestros anhelos, agregan el escarnio de dilapidar los millones de vuestros empréstitos, regalando millones a los banqueros, invirtiendo millones y más millones en satisfacer la codicia de los propietarios”.

“Regalando millones a los banqueros”. Nos parece que el poder ahora hace cosas nuevas y sin embargo sólo repite lo mismo. Una y otra vez… Continuemos.

“Y es que esos poderes no pueden responderos de otro modo. Porque el Estado Español no es la expresión jurídica de una forma social. Porque sus poderes no son poderes sociales, sino poderes representativos de los fueros de una clase dictadora. La clase plutocrático burguesa, que ejerce la dictadura, siendo el Estado nada más que un arma terrible de la conservación y del fomento de su interés, procurado por todos los partidos que nutren sus planas mayores con profesionales de la política, o, lo que es igual, con siervos indignos que se remontan primero sobre las espaldas del pueblo, para ofrecer desde estos pedestales sus servicios, que son traiciones, a la plutocracia”.

Pasan los años y, es verdad, los ricos siguen gobernando, los pobres son gobernados y los políticos… los políticos, profesionales. Todo igual. La plutocracia continúa. Nunca unas palabras sonaron tan premonitorias.

“Por esta razón, y en estas condiciones, todos cuantos intentos se realicen para afirmar en el ánimo del pueblo una esperanza en soluciones más o menos radicales, provenientes de la acción tuitiva de los poderes actualmente constituidos, es restar inútilmente energías a su descontento expectante, a su voluntad revolucionaria, la única que puede venir a resolver estos hondos problemas que amenazan con exprimir la vida de los pueblos, es venir a retardar la solución, es sustraer adeptos a la dignificación y a la vida”.

Recordad que esto no se escribió hace un año sino en 1923.

Aún resuenan sus palabras.

Y ahora, permitidme un desahogo. Yo quisiera que esa voluntad revolucionaria fuese, en vosotros, voluntad fecunda, firme y ordenada voluntad, constructiva o restauradora. Y, para mejor indicaros mi propósito, permitidme una sencilla y breve historia:

Era el tiempo en que la barbarie medieval habíase enseñoreado de Europa. La cultura y el amor, pisoteados y desgarrados por los caballos y las espadas en el resto del mundo, en Andalucía encontraron un paradisíaco asilo, inexpugnable y riente. Entonces, Andalucía era libre. Y el libre pueblo andaluz brindó entonces al mundo, una original y portentosa civilización que salvó la idealidad determinando para la humanidad la gloria del renacimiento. No se sabe que admirar más en aquella civilización, cuya historia sabios extranjeros desenterraron. Si la genial cultura, el florecimiento espléndido de las ciencias y las artes o los regímenes sociales superiores en espíritu de tolerancia y de justicia a los de épocas más avanzadas aún que éstas en las cuales nos debatimos durante lo presente.

Pero llegaron también aquí, adviniendo desde el centro y el norte de Iberia, los caballos y las espadas feudalistas. Y conquistada fue Córdoba, la Atenas de Occidente, y Sevilla, la ciudad música y poeta… y Granada. Desde entonces, los vergeles fueron asolados, las vegas feraces convertidas en malezas, las bibliotecas cerradas, los libros y los sabios quemados en la plaza pública. Y Andalucía, espantada, lloró para siempre la pérdida de su dicha y su duro sometimiento a una extraña inspiración, agolpán­dose desde entonces los andaluces hambrientos en torno a los campos acotados, convertidos en de­siertos abrasados por el sol y alrededor de los tristes palacios destruidos…”

Siempre con las ideas tan claras, don Blas. Desgranaste aquí lo que luego quedó plasmado para siempre en nuestro himno, ese “volver a ser lo que fuimos”. El sentido de la historia, la responsabilidad ante el legado de nuestros antepasados.

Y ahora, nosotros, como usureros del destino, queremos administrar tu herencia, sin darnos cuenta de que es un Ideal y los ideales tienen mala administración. Queremos nadar y guardar la ropa. ¡Qué ropa, si estamos desnudos! ¡Qué nadar, si nos estamos hundiendo!

Vaya herederos, don Blas. Nunca quisiste fundar un partido político, tuviste duras palabras contra los políticos profesionales y mira lo que he hemos hecho nosotros: todos nos hemos convertido en políticos. Nos olvidamos de la educación, despreciamos la cultura, abominamos de nuestra identidad. Cree­mos que con un eslogan recurrente todo está hecho.

Y nos equivocamos. Tu herencia es corazón, sólo corazón, únicamente corazón. Y si no hay andaluces de conciencia, con corazón, difícilmente existirá Andalucía.

Yo tengo fe absoluta en el despertar de las energías originales del genio andaluz. Yo creo que este genio, siempre optimista y creador, volverá a encantar al mundo con el espectáculo de sus maravillosas civilizaciones, en cuanto sacuda su marasmo, su servidumbre a inspiraciones extrañas, en cuanto se sienta y crea libre.

Yo tengo la firme convicción de que al recobrar el sentido de su vida histórica, vendrá a fraguar, como otras veces, regímenes sociales originales, fraternos e igualitarios; tipos de organización social que, como en otras eras aconteció, ahora vendrían a afirmar en el occidente que briega en terribles luchas por crear instituciones sociales más humanas que las que agonizan, un modelo de redención”.

Fijaros, a pesar de todo, Infante era optimista. Tenía fe absoluta en el genio andaluz y esa fe, ese creer en lo que no se ve, la mantuvo hasta el día de su muerte. A pesar de todo. Genio, libertad… y todo podría cambiar.

Por eso, su mensaje sigue teniendo toda su vigencia pero, pasan los años y no logramos hacerlo realidad. ¿Acaso no hemos sabido interpretarlo? ¿Será necesario verle con otros ojos, más osados, más valientes… más andaluces?

¿Cómo fue capaz de morir por Andalucía si nosotros ni siquiera somos capaces de vivir por ella?

Hace setenta y cuatro años, un hombre aterrado ante la muerte tuvo el valor de gritar un viva a la libertad de Andalucía. Fue ese, probablemente, su último legado, su postrera herencia. Una herencia de valor, de sacrificio a unos ideales que ni la muerte podía impedir.

Hoy, acomodados y henchidos con su legado, tomamos todas las precauciones antes de ver en que momento y ocasión podemos repetir su grito. ¿Me atrevería hoy aquí a servir de eco a esa voz que se perdió en el aire y en el tiempo? ¿A repetir un viva a la libertad y a Andalucía? ¿Me atrevería a gritarlo de nuevo cuando no es la muerte a la que me enfrento sino a los convencionalismos sociales? Cuidado, mucho cuidado, que está mal visto, que no produce réditos ante el poder. Cuidado, que si quieres progresar has de olvidarte de vivir, de Andalucía y de la libertad.

Por eso, el andaluz del siglo veintiuno, ha prescindido de la verde y blanca, no sabe que pertenece a un pueblo, desconoce su verdadera historia y esencia y ha abandonado en un rincón vacío de su conciencia la herencia de un ideal andaluz que escrita con sangre le legara un hombre bueno llamado Blas Infante.

Pero, ¿sabéis? Yo también tengo fe en que un día llegaremos a despertar. Creo que una generación, otra generación, cogerá del suelo la olvidada blanca y verde llevándola a lo más alto. Un día volveremos a ser un pueblo y nuestro sentido de la tolerancia, nuestra humanidad, nuestra cultura, nuestra determinación por la convivencia, nuestra apuesta por la paz… en resumen, el ser andaluz, volverá a iluminar el mundo.

Y entonces, el Padre de la Patria Andaluza, verá complacido cómo la herencia sembrada, que durante tanto tiempo pareció haber caído en la más dura roca, en realidad lo había hecho en tierra fecunda y sus frutos hacían posible un mundo mejor.

Muchas veces he repetido que Blas Infante tuvo que morir para que Andalucía continuara viva. Y aunque ahora parece que duerme, que está aletargada, algo late en su interior. De verdad, aunque no lo parezca, Andalucía está viva.

Por ello, a pesar de todo, sin miedo, os pido que expresemos esa vida gritando, para recordar a quien nos quiera escuchar que Blas Infante tampoco ha muerto, que continúa vivo en el corazón de los andaluces de conciencia.
 

¡Viva Andalucía Libre!
 

NOTA: Las frases atribuidas a don Blas Infante están tomadas de un discurso pronunciado en el “Salón Imperial”, en Sevilla, ante La Cámara de Inquilinos, el 27 de mayo de 1923 y que se encuentran recogidas en su manuscrito inédito AIO