LA IDENTIDAD
DEL PUEBLO
Autores:
Gabriel
Cano García
José
Cazorla Pérez
Cristina
Cruces Roldán
Manuel
Delgado Cabeza
Javier
Escalera Reyes
Juan
A. Lacomba Avellán
Isidoro
Moreno Navarro
Miguel
Ropero Núñez
Edita : Defensor del Pueblo Andaluz.
ISBN: 84-89549-51-6
Serie: Documentos nº 2
PRESENTACIÓN
Ya explicábamos, con motivo de la
presentación del estudio que inauguraba esta nueva serie de publicaciones de la
Institución, que la actividad cotidiana del Defensor del Pueblo Andaluz es muy
propicia para encontrar nuevos -y viejos- temas sobre los que resulta
interesante incitar el diálogo y la reflexión.
Más allá del cauce formal de la
tramitación de una queja o la redacción de un Informe Especial, surgen temas
que pueden ser abordados también desde un punto de vista más libre y reflexivo
en un campo de participación adecuado para contar con aportaciones desde el
ámbito universitario, profesional, del voluntariado o, simplemente, la
contribución intelectual de personas estudiosas y conocedoras de diversas
disciplinas que pueden interesar a la sociedad andaluza.
En suma, en esta nueva estrategia
divulgativa no hacemos sino aportar materiales para el debate y la discusión
desde variadas posiciones y que permite
profundizar en estos temas aprovechando otros estilos, más pausados, para ser
desarrollados.
En esta ocasión hemos tomado la
iniciativa de invitar a una serie de profesores y pensadores de distintas
disciplinas para que aportasen su particular visión respecto a la identidad
andaluza y el reflejo que tal identidad impregna en diversos campos; desde la
antropología hasta la economía, desde la sociología política a la lingüística o
el arte. La obra o, mejor dicho, las reflexiones puestas en común son una
aportación intelectual de sus autores. Las ideas que se expresan a continuación
han sido elaboradas por Gabriel Cano García, José Cazorla Pérez, Cristina
Cruces Roldán, Manuel Delgado Cabeza, Javier Escalera Reyes, Juan Antonio
Lacomba Avellán, Isidoro Moreno Navarro y Miguel Ropero Núñez.
Presentados los textos,
se realizaron una decena de reuniones para debatir entre los anteriores los
contenidos de forma interdisciplinar. En estas sesiones, que fueron coordinadas
por Diego de los Santos, intervinieron también Sebastián de la Obra, Ramón
Zamora e Ignacio Aycart, en representación de ésta Institución.
Desde ella sólo podemos manifestar
nuestro agradecimiento más cordial a sus promotores, quienes han sabido aceptar
el reto de poner en permanente diálogo sus construcciones e ideas al servicio
de un formato compartido sobre el que lograr un texto que aúne posturas
respecto a qué se entiende por identidad
andaluza y qué lugar ocupa este
valor o condición en la sociedad de nuestro tiempo.
Desde el respeto a las posiciones libremente
expresadas por sus autores, la Institución ha asumido la cuestión discutida
como un auténtico reto, no sólo por la novedad o lo inhabitual del tema
planteado, sino desde la mejor de las actitudes curiosas por acercarnos a un
debate que, en una u otra forma, se trasluce en muchas facetas de nuestra
actualidad económica, cultural, social o política. En un momento histórico
donde el concepto de mundialización ha alcanzado un rango cuasi inapelable, las
actitudes que reivindican o, cuando menos, recuerdan la existencia de numerosas
culturas y señas de identidad merecen también su espacio y su atención.
El tema que nos ofrecen los autores de
esta publicación se muestra, además, desde una perspectiva que, creo, es muy
singular en el ámbito andaluz, sencillamente porque en una dialéctica
globalizadora, Andalucía ha sido ejemplo de permeabilidad a lo largo de toda su
historia. No creo que ese debate sea interpretado en esta tierra desde
posiciones absolutas entre el sí y el no. Asumir e incorporar ha sido un talante
característico del andaluz, del mismo modo que la vocación expansiva y
universalista ha impregnado el devenir de este pueblo.
En un momento en el que se muestran con
especial evidencia estas tensiones y fuerzas, podemos aportar modestamente
argumentos a favor de la mixtura y el intercambio; crecer en la
multiculturalidad frente al adoctrinamiento monocolor. En suma, recordar que
globalización no se traduce desde Andalucía como uniformidad.
En torno a estas ideas se han construido
las argumentaciones que nos ofrecen los autores de esta obra. Confiamos en que
la misma libertad que las ha inspirado sepa despertar no sólo el interés de los
lectores, sino provocar la opinión y la crítica.
Probablemente, lo que consigamos ser los
andaluces en un futuro no muy lejano tenga mucho que ver con la actitud que
sepamos ejercer ante el debate que esta obra nos propone.
Andalucía,
Febrero de 2001
José Chamizo de la Rubia
LA IDENTIDAD DEL PUEBLO ANDALUZ
1.- SOBRE LA IDENTIDAD DE LOS PUEBLO
1.1.- Identidad
1.2.- Pueblo
1.3.- Identidad de pueblo
2.- FACTORES ESTRUCTURALES DE LA IDENTIDAD ANDALUZA.
2.1.- El Territorio
2.2.- Continuidad y Discontinuidad Histórica
3.- ESTRUCTURAS CONDICIONANTES DE LA IDENTIDAD ANDALUZA.
3.1.- Estructuras económico-sociales
3.2.- Valores políticos, Formas de Poder e Identidad.
4.- EXPRESIONES CULTURALES DE LA IDENTIDAD ANDALUZA.
4.1.- La lengua de los andaluces.
4.2.- El flamenco y la identidad andaluza.
4.3.- Formas de sociabilidad. Fiestas y religiosidad.
4.4.- Expresiones estéticas, artísticas y literarias.
5.- LA IDENTIDAD ANDALUZA EN EL MARCO DEL ESTADO ESPAÑOL, LA UNIÓN EUROPEA Y LA GLOBALIZACIÓN.
5.1.- Andalucía en la “Era de la Globalización”.
5.2.- La Cultura andaluza como cultura de resistencia al globalismo.
5.3.- Política cultural, política económica e identidad andaluza
5.4.- La identidad andaluza como resistencia y como proyecto
5.5.- Identidad andaluza, multiculturalismo e intercultualidad
6.- BIBLIOGRAFÍA
1.- SOBRE LA IDENTIDAD DE LOS PUEBLO
1.1.- Identidad
1.2.- Pueblo
1.3.- Identidad de pueblo
(Juan A. Lacomba Avellán)
La preocupación por la identidad, por su proceso de formación en el
pasado y por su afirmación en el presente, está en el núcleo del proyecto para
la construcción del futuro de Andalucía como pueblo. Y ello, por la necesidad
de encontrar, como escribía Blas Infante, los fundamentos de Andalucía, en un período
de transformaciones decisivas y en medio de un mundo en acelerado proceso de
globalización uniformizadora, en el que la identidad aparece como contrapunto
necesario para la supervivencia como pueblo.
Dos conceptos ampliamente debatidos y controvertidos - los de identidad y de pueblo - y un ensayo de articulación entre ambos - identidad de pueblo, con un breve
corolario sobre el caso andaluz -, sumariamente caracterizados, constituyen el
núcleo del presente Capítulo. Se busca con ello bosquejar lo que entendemos es
el fundamento teórico básico en el que se sustenta el análisis que sobre la
identidad del pueblo andaluz se desarrolla en este Informe.
Cabe señalar que las ideas de fondo que se trata de explicitar son
sustancialmente dos: una, el peso de la
historia en la construcción de la identidad de un pueblo; otra, la
identidad de pueblo sólo se consolida cuando éste recupera y asume su papel en la historia que le toca vivir. Ambos
planteamientos se pueden resumir en los hermosos versos que escribe el poeta
M.Alcántara: "todo el que vuelve a su sitio/ encuentra por fin su
rastro".
La noción de identidad,
referida a un grupo humano, constituye una realidad sistémica. Debe entenderse
como “lo común”; el conjunto de elementos, situaciones y actitudes compartidas
de manera diversa por los miembros del colectivo, como resultado de los
procesos histórico-territoriales que configuran su formación socio-económica.
En este sentido, la identidad implica
primariamente la pertenencia a un territorio y a una cultura comunes, lo que
define y otorga entidad específica al colectivo. La identidad colectiva presenta, no obstante, matices de clase, de
género, de oficio, etc., pero a partir de la común pertenencia al colectivo,
cuya estructura identitaria comparte.
En suma, la noción de identidad tiene entre sus rasgos principales
"un sentimiento de pertenencia a una sociedad y de reconocimiento en una
serie de tradiciones, creencias, valores y actitudes, que encuentran su
representación en una gama de símbolos diversos” (M. de Aguilera). En línea con
todo ello, e incidiendo no en la lengua, sino en "el lenguaje", el
prof. J.L.Pinillos ha señalado que éste ha constituido siempre "uno de los
mecanismos más radicales de la integración del individuo con su grupo". Y
es así, porque el lenguaje, con sus peculiaridades y variantes, responde a
mestizajes históricos compartidos y a vivencias culturales comunes. Constituye,
además, un signo inmediato de identificación del grupo; su forma de expresión
propia y singularizada, que aúna a sus miembros, a la vez que los diferencia de
otros colectivos.
En esta perspectiva, pasando del nivel del sentimiento al de la conciencia,
lo que supone un decisivo salto cualitativo, y en línea con la idea
aristotélica de que nada hay en el entendimiento que antes no haya pasado por
los sentidos, la "conciencia de identidad" consiste en la asunción
plena y consciente de esa realidad
comunitaria como soporte básico de la solidaridad intergrupal. Por ello, la
estrecha relación identidad-solidaridad
constituye el fundamento profundo de la actividad del grupo en tanto que tal.
Hay sustancialmente dos maneras de entender el concepto de identidad.
Una, básicamente esencialista, por lo
tanto, ahistórica, que la plantea
como una especie de "esencia inmanente" de un colectivo; como la
presencia en el mismo de rasgos constitutivos de su "ser", que
perduran en el tiempo. Otra segunda, fundamentalmente dialéctica, en consecuencia, histórica,
que considera la identidad del grupo como una evolutiva "manera de
existencia", resultado del proceso de la historia; por consiguiente, como
una compleja y progresiva construcción histórica. Esta segunda es la que aquí se asume.
Así pues, entendida de esta manera, la identidad es la resultante de una experiencia
histórica colectiva (en lo económico, social, político y cultural), que
genera un conjunto de valores y actitudes que constituyen los "marcadores
de identidad".
En esta perspectiva esbozada, el concepto de identidad se refiere,
pues, a aquello que es común a un
colectivo y, en consecuencia, lo
identifica y con lo que se identifican sus miembros, por lo que se ha
definido también como el sentimiento de
pertenencia a una etnia. Así entendido, sería el conjunto de rasgos con los
que quienes forman parte de un colectivo, en sus diferentes momentos
históricos, "se han sentido en comunión y han expresado como
constituyentes de su ser" (F.Riaza). En definitiva, planteada de esta
manera, la identidad expresa la singularidad de un colectivo en su manera de
ser en la historia, resultado, en sus diferentes etapas de configuración, de la
confluencia y asunción de los elementos que conforman el proceso histórico en
el que se despliega.
Se alcanza así el nivel de las "identidades comunitarias". Se
sustentan éstas en la idea de la "identificación colectiva", que
sería "el proceso a partir del cual distintos individuos se reconocen como
integrantes de un colectivo y se diferencian de otros colectivos". Se
forman de esta manera los llamados "modelos identitarios", que son
construcciones "a partir de las cuales se instituye una memoria
compartida" (J.Mª.Valcuende del Río). De aquí que para un colectivo
acordarse es existir, perder la memoria es desaparecer; por eso, "quien
pierde los orígenes, pierde identidad".
Así considerada, la historia de un grupo humano es la reconstrucción de
su memoria como colectivo en el tiempo. Ello se muestra como una cuestión
decisiva para el colectivo, ya que, en lo sustancial, un pueblo es su propia
historia y recuperar la memoria es la vía que le permite afianzar su identidad.
"Ningún evento histórico muere del
todo, sino que permanece en el colectivo que lo ha vivido integrando el
"intra-ser" de los individuos que lo constituyen" (J.F.Ortega).
La identidad tiene su manifestación plena en la cultura, que es la
decantación del proceso histórico, "lo que va quedando" como
resultado del paso del tiempo. Toda cultura, en sustancia, ofrece dos grandes
características generales:
a) Una es ser un "sistema
abierto", es decir, capaz de convivir y dialogar con otras culturas.
Por ello, la diversidad interna es un componente estructural de todas las
culturas, lo que no impide su unidad de fondo. La presencia de la diversidad en
la unidad de la cultura no es una contradicción, sino que expresa la riqueza de
contenidos y matices de la común cultura de un pueblo. Esta capacidad de la
cultura de intercambio e interpenetración da lugar a que las fronteras
culturales no sean nunca rígidas, ni cerradas, y a que sus límites aparezcan
siempre fluidos, por lo que una cultura viva
es un continuo proceso de síntesis, en constante evolución enriquecedora.
b) La segunda característica es ser
un "sistema de valores y actitudes" ante la vida y la muerte;
fundamentalmente, un "conjunto de soluciones" propias, mediante las
cuales un colectivo trata de dar respuesta a los "problemas
esenciales" del hombre.
Así pues, la cultura es expresión de la identidad del grupo humano que
la crea y desarrolla. Considerada de esta manera, "constituye siempre un universo que surge como resultado del esfuerzo
de adaptación al medio geofísico y socioeconómico, entendiendo (...) por
adaptación una actitud activa, un dominio del medio para integrarlo y
"superarlo" en cuanto condicionante" (J.Mª. de los Santos). En suma, se trata del variado
conjunto de "formas de existencia histórica" que un pueblo despliega
sobre un territorio para mantener su presencia en el tiempo.
En conclusión, la identidad
tiene, pues, carácter y fundamentación histórico-cultural: se construye en el decurso del tiempo y se explicita mediante la cultura. Implica
siempre una comunidad de valores y de formas expresivas de un colectivo (una cultura), que han ido configurándose
y evolucionando a lo largo del tiempo (construcción
histórica). Por consiguiente, se puede considerar la identidad como una categoría analítica, con la que se busca
entender y explicar la entidad constitutiva y el vivir histórico propio de un
pueblo, así como la formación cultural resultante.
Se trata, en consecuencia, de un concepto
interpretativo, sujeto desde antiguo a muy controvertidos debates. En
cualquier caso, y como síntesis última, se puede afirmar que la identidad de un
colectivo (de un pueblo): a) de un lado, está estrechamente ligada a sus raíces históricas; b) de
otro lado, se manifiesta en sus
diferentes y singulares formas de ser en el tiempo; c) finalmente, expresa su entidad de pueblo.
Antropológicamente considerado, el concepto de pueblo se refiere a la
entidad sociocultural fundamental en la que se integran otras entidades y
niveles, y que, a su vez, puede integrarse en otros marcos más amplios de
naturaleza esencialmente económica (el sistema capitalista) y/o política (el
Estado, la Unión Europea,...). Un pueblo es una colectividad humana compleja,
que ha cristalizado como sociedad a través de un proceso histórico compartido,
articulada sobre bases territoriales y económicas que la dotan de especificidad
y que posee una cultura basicamente común, modelada a lo largo de dicho proceso
histórico, que la define y diferencia de otras sociedades, de otros pueblos.
Un pueblo no es una mera suma de
seres humanos. Tampoco es nunca un conjunto homogéneo de individuos. Hasta en
las sociedades más simples se dan diferencias y desigualdades entre los
miembros y grupos que las integran, siendo todos ellos parte del mismo pueblo,
aun en los casos en los que las desigualdades puedan ser muy importantes, y
aunque sus formas de vida y modelos de comportamiento puedan presentar
diferencias notables. La idea clasista de pueblo, que lo identifica exclusivamente
con las clases subalternas o dominadas, no tiene en cuenta que ni ellas, pero
tampoco las clases dominantes, son entes sociales autónomos, sino que sólo se
explican y tienen posibilidad de reproducirse como fracciones de la misma
sociedad, del mismo pueblo, del que tanto las unas como las otras forman parte.
Asimismo, la colectividad humana que constituye un pueblo se halla
siempre integrada por una diversidad de grupos locales. Asentado sobre un
territorio construido socialmente sobre un determinado espacio geográfico,
incluye una diversidad de ecosistemas y regiones que contribuyen a la
definición de diferencias.
La posesión de una cultura común y el proceso histórico compartido por
el conjunto de una colectividad son los elementos que, más allá de la diversidad
y de las desigualdades, así como de los conflictos y rivalidades que ellas
generan, determinan la existencia de un sentimiento de pertenencia a un mismo
pueblo por parte de los individuos y de los grupos que lo integran. Sentimiento
que no necesariamente tiene que cristalizar como una afirmación consciente,
como una conciencia de pueblo.
Los pueblos no son los únicos marcos de referencia identitaria. El
género y los procesos de trabajo, de manera universal, y otros aspectos como la
edad (anciano, joven), la ideología política (socialista, liberal, verde), la
religión (católico, protestante, musulmán), el ámbito local (sevillano,
malagueño, marismeño), entre otros, son también referentes para la
identificación de los individuos, actuando, a veces, como elementos
articuladores de auténticos colectivos, aunque todos ellos materializados
siempre en el marco del escenario concreto definido por la cultura de la
sociedad, del pueblo, al que todo individuo pertenece. No existe el hombre o la
mujer abstractos, sino un/a andaluz/a o un/a kurdo/a; no existe el asalariado/a
agrícola, sino un/a jornalero/a andaluz/a o un bracero/a alentejano/a; no
existe el musulmán, sino un/a andaluz/a musulmán/a o un/a palestina/o
musulmán/a.
De este modo, aunque no es adecuado considerar al pueblo como el único
nivel identitario, el mismo se constituye en el marco en el que se concretan,
adquieren especificidad, todas las demás identificaciones. No todas las
identificaciones implican y requieren la existencia real de una colectividad,
entendida esta no de un modo virtual (los jóvenes, los parados, los
ecologistas...), sino como un conjunto de personas articulado, que comparte un
espacio, un tiempo y unos modelos culturales, y que posee una relativa lógica
de reproducción propia. El pueblo, como nivel identitario conlleva en sí mismo
la categoría de colectividad, de sociedad.
La identidad de un pueblo se manifiesta sustancialmente en la presencia
de un conjunto de lo que se denominan "marcadores de identidad", que
muestran y perfilan su propia "formación cultural". De esta manera,
en sentido profundo, la "cultura de un pueblo", como expresión de su
identidad, es fruto de unas vivencias comunes, que dan lugar a una peculiar
concepción del mundo, básicamente compartida.
En suma, la "cultura de un pueblo", su identidad como tal,
está constituida por una serie de "formas", que explicitan sus
diferentes maneras de adaptarse dialécticamente al espacio geoeconómico y al
cambiante tiempo histórico, que son los condicionantes fundamentales de su
existencia como tal pueblo. En el caso de España, se ha escrito que es un país "plagado de peculiaridades históricas y
geográficas a través de las cuales se han ido configurando y diferenciando los
distintos pueblos que hoy componen el Estado Español" (J.L.Sangrador).
Por todo ello, se entiende que la identidad de un pueblo no es, pues,
una "esencia inmanente" que subyace en su historia, sino que es resultado de su historia, la
forma en que muestra su "experiencia histórica compartida". Es, en
definitiva, una "construcción histórica" que contiene y
manifiesta una gran variedad de etapas y
momentos, una confluencia de procesos asimilados, y que presenta, por lo tanto,
un desarrollo progresivo. A partir de unos fundamentos estructurales, la
dinámica de transformaciones va afianzando una serie de elementos sustanciales
que constituyen sus "marcadores de identidad". Por todo ello, acaba
consistiendo en la forma de ser de un
pueblo, que expresa su propia manera de existir en la historia.
La identidad de un pueblo, para que sea operativa, debe de ir aparejada
a la "conciencia de identidad".
La "toma de conciencia" sobre la propia identidad consistiría en un
proceso de afianzamiento de la comunidad de valores y de formas de vida por parte
de los miembros de ese pueblo. Ello, en lo esencial, implicaría: el tránsito
del "sentir" (sentimiento)
al "pensar" (conciencia)
que conduce a la "acción colectiva" (actuación). Este proceso esbozado en sus hitos sustantivos da
sentido a los tres elementos que, según los clásicos, configuran la cultura.
Con todo ello, la "realidad identitaria" de un pueblo, que existe en
sí misma, se reafirma y se consolida por la presencia de la "conciencia de
identidad" de sus miembros.
El concepto de identidad de pueblo, además de los componentes
históricos y culturales ya apuntados, tiene también, según se señalaba, un ingrediente geográfico. Desde esta
óptica ofrece tres características. Una primera es el hecho de la realidad física del territorio, que condiciona las
actividades económicas y sus ritos, y las consecuentes formas de vida y de
organización social, y muestra la capacidad de adaptación del colectivo a esos
"límites" que el territorio le marca. Otra segunda es la percepción histórica del espacio en el
que se desenvuelve como un escenario propio, aquel en el que despliega su
historia como pueblo. Finalmente, la tercera es la posibilidad de identificación territorial en el proceso de
mundialización de la historia primero, y de globalización en la actualidad.
Constituyen, en conjunto, lo que G.Cano denomina "condicionantes
espaciales", "concepto de territorio histórico" y
"viabilidad territorial".
A partir de lo expuesto, para que un pueblo pueda tener presencia y
protagonismo reales como tal pueblo, debe poseer, por lo tanto, identidad
histórica (histórico-geográfica), identidad cultural e identidad política,
resultante ésta última de su voluntad de querer autorrepresentarse. Las dos
primeras identidades provienen del pasado, no dependen de la voluntad actual;
la identidad política, en cambio, responde a una decisión del presente, con
proyección hacia el futuro. Juega en ella un papel relevante la
"conciencia de identidad". En todo caso, para alcanzar la
"identidad política de pueblo" es básicamente necesario contar con
identidad histórica e identidad cultural, asumirlas, reafirmarlas y
potenciarlas.
En definitiva, el concepto de identidad de pueblo no es un "dato
fijo", ni una "sustancia inmanente", sino que es la permanencia
y evolución de unos rasgos, científicamente constatables, a lo largo del
tiempo. En ésta perspectiva, la identidad de pueblo se puede caracterizar por
dos notas fundamentales:
- de un lado, por la existencia
de un proceso histórico vivido y asumido colectivamente de manera diferenciada,
a partir de un espacio geográfico entendido como propio, que va delimitando y
configurando su compleja realidad de pueblo (construcción histórica de pueblo);
- de otro lado, por la
continuidad histórica de fondo, en el tiempo y en el espacio, de unos caracteres estructurales
socioeconómicos y culturales, que en buena medida se manifiestan mediante
algunos "marcadores de identidad" que, además de expresar también el
cambio, singularizan su historia como pueblo en el contexto de la historia
general en la que se desenvuelve (identidad
histórica de pueblo).
En un mundo en proceso de globalización, la cuestión de la identidad de
pueblo, así como el debate en torno a ella, pasa a ser un tema crucial.
Recientemente, M.Castells se ha referido a la actual confrontación entre
identidad y globalización. Ha caracterizado la identidad como "un conjunto
relacionado de atributos culturales"; se ha referido luego a "la
oposición entre globalización e identidad"; finalmente, ha señalado la
presencia actual de "vigorosas expresiones de identidad colectiva que
desafían la globalización y el cosmopolitismo en nombre de la singularidad
cultural y del control de la gente sobre sus vidas y entornos".
Quizás la cuestión así planteada sea decisiva para los pueblos de cara
a tiempos muy próximos. En el mundo globalizado que se va instalando, sólo
parece ser posible la supervivencia de un pueblo mediante la afirmación de su
identidad y la asunción por sus integrantes de la "conciencia de
identidad". En este sentido, los pueblos que no afirmen su identidad
dejarán de ser sujetos del proceso histórico que se despliega.
Tal vez sea este el único medio que un pueblo tiene de no quedar
diluido en el proceso de la globalización que se impone. Y ello, porque la
identidad de un pueblo supone: 1) que es portador de una historia y de una
cultura propia; en suma, que tiene un pasado
diferenciado; 2) que expresa su voluntad de participar como miembro activo en
el mundo en el que vive; o sea, que quiere tener también un presente; 3) que desea participar en la
construcción de los tiempos nuevos; en definitiva, que apuesta por su presencia
en el futuro.
En este esquema apuntado, ¿cómo encaja Andalucía?. Se puede considerar
que la identidad andaluza se manifiesta en una cultura compleja, contradictoria
a veces, compuesta de elementos heterogéneos que provienen de muy diversos
horizontes históricos y culturales; una cultura modelada y remodelada a lo
largo de un proceso histórico singular y diferenciado. Desde hace bastantes
años, los sondeos de opinión demuestran la existencia en los andaluces de una
conciencia de pertenencia a Andalucía. Cuestión diferente es el contenido que
se quiera deducir de tal "conciencia de pertenencia". Aunque más bien
habría que hablar de "sentimiento" y no de "conciencia".
Entre las dificultades del pueblo andaluz para el tránsito del sentimiento a la conciencia habría que
destacar tres:
a) Una primera, la "larga ocultación" de Andalucía y su
historia, especialmente durante el franquismo. La manipulación de la cultura
andaluza dio lugar a que Andalucía "entrara en el juego",
"creyéndonos nosotros mismos las imágenes que los demás fabrican"
(F.Murillo). En este sentido, hubo también un "sobredimensionamiento"
de imágenes andaluzas. "Muchos de sus símbolos y señas de identificación
han sido apropiados por un Estado pluriétnico y han pasado a definir lo que de
forma genérica podríamos llamar españolidad"
(J.Mª.Valcuende del Rio).
b) En segundo lugar, la gran extensión de Andalucía y sus deficiencias
de articulación interna, lo que propicia la prevalencia de localismos y
provincialismos. Se deben éstos a "una lectura inadecuada de la diversidad
de formas expresivas" de la cultura andaluza, que convierte lo que es una
de sus mayores riquezas "en base para cuestionar su propia
existencia" (I.Moreno), tanto desde fuera, como desde dentro de Andalucía.
Es el caso paradigmático del habla
andaluza, singular “forma expresiva” de los andaluces, con una enorme
riqueza de matices y variantes, locales y provinciales, pero, en su conjunto,
manifestación diferenciada, y sustancialmente identitaria, del pueblo andaluz.
c) Finalmente, la falta de un claro y decidido "impulso
educativo", por parte de los poderes públicos, en este sentido y
dirección, a lo largo de la transición y de la autonomía.
Una encuesta reciente en Andalucía ha analizado la información
referente a tres cuestiones: 1) la identidad territorial de los andaluces; 2)
la identidad contrastada entre Andalucía y España; 3) el sentimiento de orgullo
comunitario. Con respecto a la identidad
territorial, se advierte la fuerza que sigue teniendo en Andalucía el
"localismo": "El universo de identificación personal de los
andaluces (...) está anclado fundamentalmente en el particularismo del
territorio municipal". En cuanto al
contraste identitario Andalucía/España, aparece una conciencia de identidad
“ambivalente” entre los andaluces: lo andaluz no muestra apenas contradicción
con la identificación española. Finalmente, en lo tocante al sentimiento de orgullo comunitario, casi
toda la población "está "muy" orgullosa de ser andaluza"
(J. del Pino y E.Bericat).
Todo ello deja bien claro la prevalencia del sentimiento sobre la
conciencia en el pueblo andaluz, lo que no obvia su realidad de pueblo, pero sí
aminora su potencialidad como tal, al faltar el autorreconocimiento. "Sólo
a través del autorreconocimiento - escribe I.Moreno - es posible luego
construir la comunicación y la solidaridad. Esto, que es válido para cada
individuo (...), lo es más aún para los pueblos (...). ¿Y cómo Andalucía va a poder
tener voz si no se autorreconoce?. ¿Cómo va a obtener poder y protagonismo
político (...) si no desarrolla su conciencia de identidad como pueblo
diferenciado?".
2.- FACTORES ESTRUCTURALES DE LA IDENTIDAD ANDALUZA.
2.1.-
El Territorio
(Gabriel Cano García)
2.2.- Continuidad y Discontinuidad Histórica
(Juan A. Lacomba Avellán)
El territorio constituye un elemento importante de la identidad,
porque, sin llegar a determinismos, sitúa poblaciones, ofrece posibilidades
y establece ciertas condiciones. La interacción pueblo/medio
geográfico a lo largo del tiempo da lugar a ámbitos - con modos de vida, economía, costumbres,
organización del territorio -... propios. Y, así, los diferentes paisajes explican una parte al
menos de las distintas civilizaciones y culturas y, a la vez, son el
resultado de éstas.
Tal variedad es algo
consustancial a nuestro planeta y deriva fundamentalmente de la
heterogeneidad de climas
y relieves, que repercuten en suelos, vegetación, recursos hídricos,
cultivos, comunicaciones, etc. Tanto más cuanto mayor sea la antigüedad de la
delimitación e institucionalización del territorio, por la dilatada influencia
pretérita de los componentes naturales
y la prolongada duración del proceso.
El aspecto de interacción evolutiva hombre/medio en la escala
pueblo/territorio es fundamental para comprender situaciones actuales y,
también, para explicar la percepción que se tiene desde fuera. En este caso,
como veremos, el conocimiento de un ámbito diferenciado, llamado Andalucía
desde hace siglos y Al-Andalus o Bética
antes, es muy antiguo y de fuerte identidad con algunas constantes a través del
tiempo .
Sin embargo, el sentido de la territorialidad ha experimentado
cambios y a la aplicación más
asentada de relacionar identidad de
pueblo con las características del territorio (
explicación de modos de vida y actividades económicas iniciales, tradicionales o actuales, como montaña, pastoreo, agricultura, minería,
comercio...) se añaden hoy otras
cuestiones. La antigüedad de la percepción diferencial de los espacios y de la fijación de límites e
instituciones; las posibilidades y
capacidad de adaptación de ese territorio-pueblo en el tiempo; y, ligado a lo anterior o como
consideración aparte, la extensión e importancia en diversos aspectos para
pervivir en épocas de globalización. Es decir, lo que podemos denominar condicionantes y ofertas espaciales, concepto
de territorio histórico y viabilidad
territorial.
Un espacio, como el andaluz, de casi 90.000 Km2 y más de
siete millones de habitantes (sin contar los que viven fuera de Andalucía), es
más que suficiente como para decidir,
organizar y gestionar sobre cuestiones
de medio ambiente, infraestructuras ( comunicaciones, hídricas...) , servicios,
ordenación del territorio, etc., tan influyentes en el desarrollo y la calidad de vida,
cuestiones ambas muy ligadas al espacio.
Y en este sentido conviene
aludir a la aparente contradicción de este planteamiento con la globalización.
Ciertamente existen intercomunicaciones
y estrategias económicas mundiales, pero
la producción está localizada, el
comercio y el transporte exigen origen y destino, la población vive en lugares concretos no en la
"aldea global", necesita servicios próximos ( sanitarios,
educativos...), utiliza infraestructuras, arbitra medidas de protección
ambiental, etc.
La diversidad terrestre repercute en la organización
político-administrativa mundial, si
bien a veces las fronteras responden a
elementos distintos de lo geográfico, histórico, económico, cultural...Una
parte de la Geografía se ha dedicado a la conceptualización de la diferenciación espacial, sobre todo en
la escala intraestatal, que suele denominarse
región geográfica. En cambio,
los Estados no son objeto de estos análisis, sino admitidos independientemente
de su vinculación y/o adaptación a las características territoriales. De las
dos escalas albergadas en el término
región nos interesa ahora,
más que la subcontinental, de
grupos de países o parte de estados ( Mundo árabe, Arco Mediterráneo...), la
intraestatal (Escocia, Baviera, Extremadura...). Es la más habitual
y ha ocasionado una abundante literatura
y una rica tipología, de la que se acepta comunmente los conceptos de región
natural, histórica, homogénea y funcional, abarcando ésta última las áreas de
influencia de grandes ciudades, pero lo cierto es que muchas de las regiones europeas tienen un marcado carácter
histórico.
Tal es el caso de Andalucía, cuyo precedente territorial, la Bética,
data, como veremos, de hace más de dos
milenios. Dentro de ese largo período, sólo durante dos
siglos y medio estuvo separada en
dos Estados ( el nazarí y los reinos de Jaén, Córdoba y Sevilla, conquistados por
Castilla ), división que no coincide con
una Andalucía Occidental y otra Oriental
con Jaén.
Tampoco se ajustaría a ese
mapa la situación socioeconómica,
la distribución poblacional y otras
variables, porque las diferencias se establecen entre los grandes núcleos
y sus entornos ( con actividades de servicios y, en menor medida, de
industrias ) más el litoral ( ciudades, nuevas agriculturas, turismo ), por un
lado, y las áreas montañosas y áridas,
por otro. De esta forma el occidente onubense está tan desarticulado como el
interior almeriense y, por el contrario, El Ejido y Lepe aumentan la densidad
de población y las rentas.
En conjunto la parte oriental es más montañosa que la occidental, pero
también existen sierras en Huelva,
Córdoba, Sevilla y Cádiz, por lo que incluso desde el punto de vista natural se excluyen dos regiones, ya que
las estructuras andaluzas principales sugieren al menos tres de carácter
transversal: Sierra Morena, Valle del Guadalquivir y Béticas ( con la Depresión
Intrabética, desde los Vélez hasta Antequera, pasando por Guadix, Baza, Granada
y Loja ). Por otro lado, Andalucía es a la vez
homogénea y diversa y encierra varios
ámbitos funcionales de cierta importancia, como Sevilla, Málaga y
Granada.
Resumiendo, en Andalucía hay una clara
acumulación de carga de "regionalidad" como para sobrepasar
ese concepto, aparte de la fuerte identidad
histórica y cultural y sus dimensiones, que exceden a las asignadas habitualmente ( entre 10.000
y 40.000 Km2, cuando Andalucía se acerca a los 90.000 ). Desde un punto de
vista geográfico encaja mejor la
catalogación de País con mayor motivo
que el Vasco o el Valenciano. Pero más
allá de conceptos geográficos hay un
hecho incuestionable: la Constitución
de 1978 distingue entre nacionalidades y regiones, así como dos vías de
acceso, de entre las que Andalucía consiguió
la principal. Y en el Estatuto de
Autonomía, esta Comunidad se define como
nacionalidad y no como región.
La diferenciación de Andalucía respecto al resto peninsular se debe a
una serie de factores, naturales en origen, pero con influencia en otros
órdenes de cosas. Desde la geología y el relieve, nuestro ámbito se
ha formado entre dos placas tectónicas ( la africana y la europea ), que han
quedado involucradas en las bandas sur y norte ( Penibética y Sierra Morena )
con una zona central posterior ( el Valle del Guadalquivir principalmente) derivada de la erosión de ambas. Así, desde hace millones de años, se produce en
esta parte del mundo algo nuevo entre
dos continentes que dejan a la vez su
propia huella.
La flexión del borde septentrional da lugar a la
Sierra Morena, de escasas condiciones agrarias ( fuertes pendientes,
suelos silíceos ) y tupida vegetación que dificulta la conexión Meseta- Valle hasta por lo menos el
siglo XVIII, en que se repueblan algunos lugares para proteger la vía hacia
Madrid. La escasez de población, concentrada en núcleos mineros ( importante recurso derivado de la antigüedad del subsuelo
serrano ), imposibilitaba aun más esos enlaces. En cambio, el Valle y tierras
aledañas ofrecen topografías poco
accidentadas y buenos suelos para la agricultura, además de
propiciar caminos, que, como el eje fluvial del Guadalquivir, facilitan el
asentamiento, la producción y el comercio.
La transversalidad de las
estructuras andaluzas ( Sierra Morena, Valle del Guadalquivir, Subbético, Depresión intrabética, Penibética y Costa )
es un rasgo diferencial respecto a la Meseta y favorece en principio las
comunicaciones internas, aunque la centralización de las redes se ha impuesto.
No obstante, una consecuencia destacable
de esa disposición es que permite reforzar los enlaces con la fachada
mediterránea, a fin de que, siguiendo dos ejes transversales ( Depresión
intrabética, A-92 y Costa hasta el Algarve),
nuestro territorio pueda unir el Arco
Mediterráneo con un probable Arco
Atlántico a escasa distancia además del Magreb.
Por otra parte, un clima mediterráneo benigno repercute en costumbres,
formas de relaciones sociales, uso de espacios abiertos, etc., que, a la larga,
conforman una parte de la identidad y añade, por supuesto, elementos económicos. Así favorece la actividad agraria y singulariza
la costa subtropical ( única en Europa,
por el aislamiento que produce Sierra
Nevada para los vientos fríos del
norte) con productos exóticos y de elevada
competitividad actual en
muchos cultivos. Alta insolación, energía eólica, conjunción sol y
playas para el turismo...
Porque Andalucía cuenta con 812 Km de costa, más que cualquier otra
Comunidad litoral, donde se localizan
importantes puertos para el transporte y el comercio ( Algeciras, Bahía de
Cádiz, Málaga...), la pesca y los intercambios culturales. Los
recursos naturales son de tal
importancia y tan variados que han permitido adaptaciones a lo largo del tiempo
desde, por ejemplo, la tradicional trilogía mediterránea de cereal, vid y olivo
( cuyas exportaciones a Roma fueron tan cuantiosas y famosas ) a la venta de productos tempranos, hortalizas, frutas,
flores, etc. Cosas distintas
son la comercialización y otros problemas.
Pero la adaptación no sólo ha
sido en la agricultura; los bosques
de Sierra Morena, "obstáculos" tradicionales, constituyen
ahora, junto con otros de las montañas béticas,
amplios Parques Naturales con posibilidades de desarrollo rural y articulación de esos espacios, hoy bastante
desvertebrados. En este aspecto ecológico,
la identidad de Andalucía dentro del mundo mediterráneo es notable, en
primer lugar, por la existencia de Doñana
( espacio de gran valor florístico y de fauna, pero también geomorfológico
) y de otros espacios ( Sierra Nevada,
Cazorla, Sierra de las Nieves...), que forman un conjunto de Parques Naturales de millón y medio de hectáreas, protegidos
por ley del Parlamento Andaluz.
A propósito de la conservación, es necesario insistir en las
influencias de situaciones y actividades de las partes altas sobre las bajas,
como las marismas. De manera que la protección de Doñana excede lo que es el
llamado parque nacional para implicar la periferia, de competencia autonómica, resultando una
fuerte disfunción si una misma zona
natural dependiera de distintas administraciones.
Como veremos después, podríamos hablar de una "tendencia hidrográfica" en la conformación del espacio andaluz, con
claras repercusiones actuales. Los
países mediterráneos se enfrentan
al problema de la irregularidad intra e inter anual de las precipitaciones,
agravado por el aumento del consumo, que exige políticas hidraúlicas relacionadas con una multiplicidad de
elementos ( regadíos, industria,
turismo, expansión urbana...),
competencia en gran parte de las comunidades
del artículo 151, aunque la coincidencia entre cuencas y Autonomías no es frecuente. En el caso de Andalucía,
desquitada la pequeña parte del NE jiennense, correspondiente a la cuenca del
Segura, y lo que es estrictamente del Guadiana ( los ríos Piedra, Tinto y Odiel
no tienen nada que ver con esa cuenca ), queda más de los dos tercios del territorio andaluz en la
Cuenca del Guadalquivir y casi la cuarta parte en la del Sur.
O sea, en torno al 90 %, cuyos recursos y aprovechamientos podrían ser
competencia exclusiva de la Comunidad, según el artículo 12 del Estatuto de
Autonomía ("Recursos y aprovechamientos hidráulicos, canales y regadíos,
cuando las aguas transcurran únicamente por Andalucía").Tanto en este
texto, como en la Constitución de 1978 ( artículos 148.1.10 y 149.1.22 )
se hace referencia a aguas que
transcurren, discurren o son de interés de la Comunidad Autónoma y no
implica la unidad de cuenca , que aparece en una norma posterior ( Ley de Aguas de 1985). Con todo,
los ríos onubenses citados antes, más el Guadalete-Barbate, y , desde luego,
toda la cuenca Sur entran en las competencias autonómicas, incluso
en la lectura más restrictiva ( apelar ahora a que la Confederación
comprende Ceuta y Melilla no merece
mayores comentarios; sería un concepto de cuenca bastante extraño, por el que
podría englobarse a Baleares en los ríos catalanes ).
Por lo que atañe al Guadalquivir, circula plenamente en territorio
andaluz desde el nacimiento a la desembocadura, así como la inmensa mayoría de
los afluentes. Tan sólo algunos arroyos
de cabecera, que no llegan al 2 % del
caudal total, son extra andaluces y
seguirían siendo, logicamente, de
Extremadura y la Mancha, mientras que con la Constitución y el Estatuto en la
mano las aguas del Guadalquivir que transcurren por territorio andaluz podían
transferirse perfectamente sin afectar esas
pequeñas zonas limítrofes, ya que
están aguas arriba.
d)
Variedad
de paisajes y recursos
Una seña importante del solar andaluz
es la diversidad dentro
de su mediterraneidad, que ha
posibilitado distintos recursos y actividades complementarias y facilitado,
también, las adaptaciones a que nos hemos referido. Pero no puede hablarse ya de Andalucía oriental-occidental, sino, como
dijimos, de contrastadas
situaciones socioeconómicas, que se reflejan en la distribución poblacional.
Sin embargo, en las variables
territoriales y de otro tipo hay en Andalucía
unidad fundamental y diversidad a escala comarcal. El clima mediterráneo básico se
continentaliza en la Vega de Granada, se hace subtropical en Almuñécar y
mantiene las nieves
en el Mulhacén; la irregularidad y escasez pluviométrica no quita contrastes puntuales como los más de 2.000 mm
anuales de media en Grazalema y los escasos 200 en Gata. La vegetación mediterránea ( encinas, pinos, alcornoques,
jaras...) da paso a un especial bosque de pinsapos en sierras malagueñas y
gaditanas. A los paisajes agrarios
tradicionales se unen cultivos subtropicales
y de invernadero; los centros
urbanos históricos conservan la huella andalusí y los pueblos una fisonomía
propia dentro de la mediterraneidad. De la misma manera que el habla andaluza
se aprecia como homogénea desde fuera y se individualizan acentos diferentes por zonas y pueblos.
Otro elemento diferenciador e identitario es la fuerte urbanización y
la distribución del sistema de ciudades.
Históricamente Andalucía ha estado bastante urbanizada y el número de
ciudades, sus dimensiones y características fueron objeto de admiración, quizás excesiva,
por parte de viajeros en la Bética y Al-Andalus. Y el peso de las ciudades se
mantiene, a pesar de la cierta ruralización que supuso la incorporación a la economía y modos de
vida de Castilla. La misma
denominación singular de "agrociudad" para centros de
tipo medio redunda una vez más en el carácter de simbiosis.
Hoy existen nada menos que 60 municipios
mayores de 20.000 habitantes ( en los que habitan el 62 % de la
población ), de los que 21 superan los 50.000, con un 46.6 % de los
andaluces ( las ocho capitales más
Jerez, Algeciras, Marbella, Vélez Málaga, Linares, centros de la Bahía de
Cádiz, del entorno de Sevilla...) y, a diferencia de otras Comunidades, como
Cataluña por ejemplo, el tamaño de la
primera , Sevilla, y la segunda, Málaga, es menos apreciable. Por otro lado, la
distribución es bastante regular, con lo que la organización y vertebración del
espacio es más factible, salvo en
algunas zonas montañosas y
del interior oriental.
Sin embargo, las escasas
diferencias en la cabecera de la
jerarquía urbana andaluza generan un cierto inconveniente en el reconocimiento
de la capitalidad, avivado en ocasiones por errores o estrategias de
disgregación. La mayor centralidad geográfica de Sevilla respecto a Málaga y la
tradición histórica son realidades
insoslayables, que inclinarían la balanza hacia
otros lugares, como Córdoba, que, por el contrario, cuenta con menos
potencial demográfico, económico y funcional.
En cualquier caso, la decisión ya se tomó y es imprescindible, de cara a la articulación del territorio, una
clara voluntad política de solidaridad interurbana, donde Sevilla, sus instituciones
y organismos, asuman realmente su papel
de capital de esta Comunidad Autónoma.
Pero no sólo es cuestión de voluntades; hay otras cosas que pueden
llevarse a cabo, como sería la cuestión de las provincias, que cumplieran su
función de modernización territorial hace más de siglo y medio. Ahora son
espacios excesivamente grandes para el planeamiento urbano ( que a lo más
alcanza la escala de área metropolitana )
y, en cambio, demasiado pequeños para una planificación de infraestructuras y estrategias de desarrollo.
Uno de los principales inconvenientes del pasado preautonómico fue precisamente la existencia de ocho
planificaciones yuxtapuestas y el
crecimiento, a veces desmesurado, de las capitales en detrimento de otras
ciudades medias. En tres provincias, Málaga, Sevilla y Córdoba, el porcentaje
de población residente en la capital supera el 40 % ; en tres, Almería, Huelva
y Granada, ese índice traspasa el 30; y sólo en Jaén y Cádiz se reduce a 16 y
13.
Muchos de los núcleos
secundarios ( Adra, Motril,
Antequera, Ubeda, Arcos, Ecija, Lucena o Ayamonte, por mencionar sólo uno por
provincia), y algunos con más de 10.000 habitantes, actúan como polos funcionales de ámbitos que podemos considerar
comarcas, espacio éste que cuenta con cierta tradición en Andalucía. Así
son territorios históricos de escala comarcal las Alpujarras ( entre Almería y
Granada ) , los Montes de Granada ( con parte también de Jaén ), la Axarquía,
la Serranía de Ronda ( introducida en la provincia de Cádiz ), los Pedroches,
el Aljarafe, por no citar más que unos cuantos casos. La comarcalización de
Andalucía es, además, una posibilidad Estatutaria, en la que habría que
profundizar para ordenar y vertebrar el territorio, generar desarrollo y potenciar esas ciudades
medias.
No menos relevante y diferenciadora es la situación entre continentes y mares, siendo el único territorio
europeo atlántico y mediterráneo a la
vez, así como el más próximo a Africa.Las repercusiones históricas de esto
plantean para épocas recientes algo similar a la composición geológica y
explica la importante función de paso y
el carácter de encrucijada y crisol de culturas, que hacen de Andalucía un
temprano ejemplo de mestizaje, a lo que parece caminar el mundo actual.
El denominado Legado Andalusí
constituye hoy una realidad, como
resultado de esa historia. En él se
integran los monumentos más señeros de la identidad andaluza ( Alhambra,
Mezquita, Giralda ), además de castillos, alcazabas, baños, palacios, etc.
Innumerables topónimos de ciudades ( Sevilla, Granada, Almería, Algeciras...),
pueblos ( Almonte, Aznalcóllar, Iznájar, Cazorla, Lanjarón, Albox, Alhaurín,
Zahara...), ríos ( Guadalquivir, Almanzora...), montes,
lugares, sistemas de riego y acequias. Influencias en habla, música, estilos artísticos, costumbres...
Quizás hoy no se esté aprovechando
suficientemente ese recurso de situación y sus repercusiones históricas
en relación a América Latina, Magreb y Algarve, por lo que en esto no ha habido
( al menos tan claramente como en otras
cosas ) una adaptación temporal. Sí, no
obstante, con la cuestión geoestratégica, donde Gibraltar y
las bases USA se mantienen, pero con la
vista puesta más hacia el Mediterráneo que al este europeo. Tampoco existe la
adaptación suficiente entre situación y
potenciación de ciertos puertos ( Algeciras sobre todo, como principal conexión
marítima con Africa ) y enlaces aéreos. Y, así mismo, se acusa la
ausencia de utilizar las semejanzas del habla andaluza y las
latinoamericanas en relación a la
industria de los medios de comunicación.
En la articulación territorial actual Andalucía puede desempeñar, como
apuntábamos antes, una importante
función de enlace entre dos arcos europeos, el
mediterráneo y el atlántico, y el
Magreb. Ciertamente en la periferia del centro continental más desarrollado,
pero de una fuerte potencialidad de cara al futuro, pues nada menos que flujos
de diversos sentidos y características
podrían confluir en esta tierra. Por eso
es necesario cuidar más las
infraestructuras con los ejes de Murcia-Valencia-Cataluña..., sin olvidar el sur portugués y la vía de la
Plata y precisamente en relación a las extrategias territoriales planteamos el
epígrafe siguiente.
g) Andalucía y
los desequilibrios territoriales
Un aparente rasgo de identidad andaluz es su postergada posición
socioeconómica en el conjunto del Estado; sin embargo se trata de algo reciente
que no concuerda con la mencionada abundancia de recursos y su destacada situación
de otras épocas. Incluso a principios del siglo XIX Andalucía sólo es superada
por el País Vasco en el PIB / habitante ( producto interior bruto ), pero desde
principios de este siglo y, sobre todo, a partir de los años cincuenta pierde
riqueza, en gran parte por una política estatal de concentración en los
vértices del triángulo Madrid-Cataluña-Euskadi.
Hoy
existen siete Comunidades que superan la media ( Baleares, 154.5, Madrid,
Cataluña, Navarra, País Vasco, La Rioja y Aragón, 108.9 ) y diez que están por
debajo del 100 español (Comunidad Valenciana, 99.8, Canarias, Cantabria,
Castilla-León, 91.7, Asturias, Galicia, Murcia, Castilla-La Mancha, 80.0,
Extremadura y Andalucía, 72.3), siendo la nuestra la última en la variable PIB,
así como otras; por ejemplo, la importante de renta familiar disponible ( 78.4;
Baleares, 143.4).
En
la tipología “regional” y en las estructuras de crecimiento y difusión
territoriales, el País Vasco parece ejercer de gozne entre la Cornisa
cantábrica, en declive, y el Valle del Ebro, en auge. Cataluña, a su vez,
enlaza esa última zona con el Arco mediterráneo, también en progreso. Mientras
el centro y sur peninsular están claramente en la órbita del otro vértice del
desarrollo (Madrid), que más parece utilizar en su provecho esos ámbitos como
área de influencia económica sin ejercer de polo difusor, sino que concentra
cada vez más servicios avanzados, sede de grande empresas y entidades
financieras, infraestructuras, etc. Es significativo a este respecto que la
provincia de Sevilla es la última en PIB / h., de lo que puede deducirse a
quién beneficia en realidad la línea de alta velocidad. Las estrategias de
enlaces y de relaciones quizás deban revisarse y exigirse que Madrid funcione
como capital de un Estado descentralizado y solidario.
Sobre la antigüedad de la percepción y fijación de límites, Andalucía presenta una clara identificación y notables
diferencias respecto a otras Comunidades del Estado. Hay que remontarse a la
época romana para conseguir el primer mapa territorial de la península ibérica
en el que la provincia Bética prefigura ya hace 2.000 años lo que es hoy el
espacio andaluz en sus estructuras básicas.
En efecto, hacia el 200 a.C. la península se estructura en tres
provincias, en principio sin conexión política entre ellas, sino dependiendo
del César o emperador ( en las menos romanizadas: Lusitania y Tarraconense ) o
del Senado, si, como la Bética, no
presentaba mayores problemas. Desde el enfoque espacial existe una notable diferencia
entre las tres circunscripciones, pues mientras la Bética y la Lusitania ( claros precedentes de Andalucía y Portugal,
respectivamente ) tienen una coherencia ( límites en grandes ríos, Duero y
Guadiana, y ejes vertebradores también fluviales, Tajo y Guadalquivir ), la
Tarraconense no es más que un heterogéneo
resto peninsular menos
romanizado, que más tarde se subdivide en Gallecia, Cartaginense y
Tarraconense.
La Bética es, por lo tanto, un
claro ejemplo de percepción de un espacio distinto y un pueblo diferenciado,
con el Valle del Guadalquivir como eje fundamental y extendiendo la frontera hasta el Guadiana
para incluir como glacis estratégico Sierra Morena. El límite oriental, casi
coincidente con los actuales de
Andalucía, se retrotrae en el año 27
hacia el oeste para integrar en
la Cartaginense ( controlada por Augusto y no por el Senado ) la rica zona minera de Cástulo ( Linares, La
Carolina...).
La persistencia de los límites traspasa la época visigótica y en el
Califato cordobés la división
territorial de Al- Andalus
propiamente dicho se sitúa algo más al
sur que la frontera bética, concretamente en la divisoria Guadiana-Guadalquivir;
situación que se mantiene después aproximadamente ( los reinos almohades son
prácticamente la Andalucía actual ) con ligeras modificaciones hasta 1833, en
que se fijan definitivamente los límites.
En cuanto a los contenidos
políticos, la Bética no tuvo en principio ninguno propio, si bien con el
tiempo la asamblea provincial, formada por representantes de las ciudades, fue
adquiriendo progresivamente más funciones y poder, que, de continuar el
proceso, hubiese llevado probablemente a una entidad política propia. El
Califato de Córdoba era un estado independiente centrado en las ciudades y
territorio andaluces y cuya división administrativa, Al- Andalus, marca
nuestro actual espacio, reiterado en las
taifas posteriores. La conquista de los siglos XIII y XV incorpora Andalucía a la Corona
castellana con escasa entidad política hasta épocas recientes.
El pueblo andaluz, en tanto que construcción social, se asienta en un
territorio percibido como propio y se despliega históricamente mediante
continuidades de fondo y discontinuidades temporales. En su proceso de
formación, se configuran determinadas estructuras socioeconómicas y políticas,
que son condicionantes de las formas y expresiones sociales y culturales de
dicha identidad.
La identidad del pueblo andaluz se sustenta en la existencia de un
conjunto de rasgos estructurales, formas de vida y manifestaciones culturales
que constituyen los aspectos significativos de lo que históricamente entendemos
por Andalucía o por pueblo andaluz. Conforman las señas de autorreconocimiento
y de identificación de los andaluces; y se ha dicho que "la identificación
es la manera menos ambigua, aunque sea de orden emotivo, de entender la
identidad" (F.Riaza). Todo ello da lugar a la progresiva configuración de
los más singularizadores "marcadores de identidad" de Andalucía.
En cuanto a los profundos parámetros estructurantes de la identidad de
Andalucía, cabe destacar los siguientes:
A.- El factor territorial (el
"criterio geográfico y geológico" de Blas Infante). Se trata, por un
lado, de la consideración de Andalucía como una muy amplia "demarcación
natural" - según hacía ya
tempranamente Blas Infante, y en lo que luego han insistido los geógrafos -, en
la que la existencia de "varias Andalucías" manifiesta la presencia
de "subdivisiones regionales" en "una Andalucía cuya unidad,
reconocida desde la más vieja antigüedad, se impone" (J.Sermet). De otro
lado, se refiere a la continuidad en el tiempo del territorio de Andalucía, lo
que propicia oportunidades, estímulos y limitaciones que dan lugar a unos
"condicionamientos geográficos", unos "desarrollos
históricos" y unos "caracteres antropológicos", cuyo resultado
es que el pueblo andaluz "tiene unas cualidades y aptitudes especiales que
lo diferencian del resto peninsular" (B.Infante). De esta manera, el
factor territorial, el hecho de la milenaria permanencia histórica de los
fundamentos del pueblo andaluz sobre un mismo espacio físico y la incidencia de
éste sobre su desenvolvimiento a lo largo del tiempo, es un elemento
estructurante de la identidad de Andalucía.
B.- La continuidad histórica. Es el
despliegue de la historia andaluza, prácticamente desde sus primeras formas de
organización, sobre básicamente un mismo territorio, que será común a todas las
etnias que se instalan en Andalucía. Ello ha dado lugar al peculiar fenómeno de
la adición/asimilación/síntesis cultural, en el que el resultado, caracterizado
como "Andalucía, crisol de culturas",
es expresión de una "superposición de temporalidades" (I.Moreno), y
muestra cómo la cultura andaluza, en su despliegue y construcción,
"asume" e "integra". Esta "continuidad"
fundamenta, en consecuencia, el desarrollo de un proceso histórico claramente
"delimitado" y "diferenciado", cuya
"recuperación", y la profundización en su estudio y conocimiento,
puede ser un camino para encontrar los caracteres sustanciales de la identidad
andaluza, ya que es en el campo de la historia "donde el problema de la identidad se podría plantear en todas sus
dimensiones" (F.Riaza).
C.- La persistencia de rasgos estructurales. Consiste en
la permanencia en el tiempo, aunque con sucesivas adaptaciones y
transformaciones, de una serie de aspectos estructurales de diferente tipo. Van
desde los sistemas de implantación y utilización del territorio por los
distintos pueblos que se instalaron en Andalucía, hasta la manera de expresarse
las gentes, pero siempre manteniendo una "evolución
particularizante". Y ello, pese a los muchos vaivenes de pueblos, formas
de vida y culturas sobrevenidos en el territorio andaluz. En este sentido, se
ha destacado el papel de la población como "factor de continuidad",
pero no entendida como "masa biológica" que permanece, lo que
realmente no es así, sino en el de "crisol" de asimilación, lo que
explica la amplia pervivencia de "las Andalucías pretéritas" en
"las Andalucías posteriores", hasta la Andalucía actual: "la identidad de un pueblo, como la de
un río, es compatible con la movilidad y continua renovación de las partículas
que lo componen" (Domínguez Ortiz).
En conclusión: las "coordenadas de espacio y tiempo, del medio físico y los condicionamientos históricos, han determinado la naturaleza de nuestro pueblo con una característica fisonomía cultural claramente diferenciada de los restantes grupos étnicos de nuestro viejo continente" (J.F.Ortega). Así pues, la "permanencia" del espacio geográfico-geológico y la “continuidad histórica" de Andalucía, con la matizada persistencia de rasgos estructurales, dan lugar a una diferenciada formación antropológica, con unos específicos "marcadores de identidad". Es lo que B.Infante caracterizaba como "criterios" etnográfico, psicológico, filológico y etológico, que fijan "la personalidad de Andalucía". Por ello decía Blas Infante que Andalucía existe; que no es necesario inventarla. Por ello, también, se precisa el análisis de sus raíces, para de esta manera poder acercarse al contenido de su identidad histórica, que sustenta su realidad de pueblo.