LA IDENTIDAD
DEL PUEBLO
Autores:
Gabriel
Cano García
José
Cazorla Pérez
Cristina
Cruces Roldán
Manuel
Delgado Cabeza
Javier
Escalera Reyes
Juan
A. Lacomba Avellán
Isidoro
Moreno Navarro
Miguel
Ropero Núñez
Edita : Defensor del Pueblo Andaluz.
ISBN: 84-89549-51-6
Serie: Documentos nº 2
PRESENTACIÓN
Ya explicábamos, con motivo de la
presentación del estudio que inauguraba esta nueva serie de publicaciones de la
Institución, que la actividad cotidiana del Defensor del Pueblo Andaluz es muy
propicia para encontrar nuevos -y viejos- temas sobre los que resulta
interesante incitar el diálogo y la reflexión.
Más allá del cauce formal de la
tramitación de una queja o la redacción de un Informe Especial, surgen temas
que pueden ser abordados también desde un punto de vista más libre y reflexivo
en un campo de participación adecuado para contar con aportaciones desde el
ámbito universitario, profesional, del voluntariado o, simplemente, la
contribución intelectual de personas estudiosas y conocedoras de diversas
disciplinas que pueden interesar a la sociedad andaluza.
En suma, en esta nueva estrategia
divulgativa no hacemos sino aportar materiales para el debate y la discusión
desde variadas posiciones y que permite
profundizar en estos temas aprovechando otros estilos, más pausados, para ser
desarrollados.
En esta ocasión hemos tomado la
iniciativa de invitar a una serie de profesores y pensadores de distintas
disciplinas para que aportasen su particular visión respecto a la identidad
andaluza y el reflejo que tal identidad impregna en diversos campos; desde la
antropología hasta la economía, desde la sociología política a la lingüística o
el arte. La obra o, mejor dicho, las reflexiones puestas en común son una
aportación intelectual de sus autores. Las ideas que se expresan a continuación
han sido elaboradas por Gabriel Cano García, José Cazorla Pérez, Cristina
Cruces Roldán, Manuel Delgado Cabeza, Javier Escalera Reyes, Juan Antonio
Lacomba Avellán, Isidoro Moreno Navarro y Miguel Ropero Núñez.
Presentados los textos,
se realizaron una decena de reuniones para debatir entre los anteriores los
contenidos de forma interdisciplinar. En estas sesiones, que fueron coordinadas
por Diego de los Santos, intervinieron también Sebastián de la Obra, Ramón
Zamora e Ignacio Aycart, en representación de ésta Institución.
Desde ella sólo podemos manifestar
nuestro agradecimiento más cordial a sus promotores, quienes han sabido aceptar
el reto de poner en permanente diálogo sus construcciones e ideas al servicio
de un formato compartido sobre el que lograr un texto que aúne posturas
respecto a qué se entiende por identidad
andaluza y qué lugar ocupa este
valor o condición en la sociedad de nuestro tiempo.
Desde el respeto a las posiciones libremente
expresadas por sus autores, la Institución ha asumido la cuestión discutida
como un auténtico reto, no sólo por la novedad o lo inhabitual del tema
planteado, sino desde la mejor de las actitudes curiosas por acercarnos a un
debate que, en una u otra forma, se trasluce en muchas facetas de nuestra
actualidad económica, cultural, social o política. En un momento histórico
donde el concepto de mundialización ha alcanzado un rango cuasi inapelable, las
actitudes que reivindican o, cuando menos, recuerdan la existencia de numerosas
culturas y señas de identidad merecen también su espacio y su atención.
El tema que nos ofrecen los autores de
esta publicación se muestra, además, desde una perspectiva que, creo, es muy
singular en el ámbito andaluz, sencillamente porque en una dialéctica
globalizadora, Andalucía ha sido ejemplo de permeabilidad a lo largo de toda su
historia. No creo que ese debate sea interpretado en esta tierra desde
posiciones absolutas entre el sí y el no. Asumir e incorporar ha sido un talante
característico del andaluz, del mismo modo que la vocación expansiva y
universalista ha impregnado el devenir de este pueblo.
En un momento en el que se muestran con
especial evidencia estas tensiones y fuerzas, podemos aportar modestamente
argumentos a favor de la mixtura y el intercambio; crecer en la
multiculturalidad frente al adoctrinamiento monocolor. En suma, recordar que
globalización no se traduce desde Andalucía como uniformidad.
En torno a estas ideas se han construido
las argumentaciones que nos ofrecen los autores de esta obra. Confiamos en que
la misma libertad que las ha inspirado sepa despertar no sólo el interés de los
lectores, sino provocar la opinión y la crítica.
Probablemente, lo que consigamos ser los
andaluces en un futuro no muy lejano tenga mucho que ver con la actitud que
sepamos ejercer ante el debate que esta obra nos propone.
Andalucía,
Febrero de 2001
José Chamizo de la Rubia
LA IDENTIDAD DEL PUEBLO ANDALUZ
1.- SOBRE LA IDENTIDAD DE LOS PUEBLO
1.1.- Identidad
1.2.- Pueblo
1.3.- Identidad de pueblo
2.- FACTORES ESTRUCTURALES DE LA IDENTIDAD ANDALUZA.
2.1.- El Territorio
2.2.- Continuidad y Discontinuidad Histórica
3.- ESTRUCTURAS CONDICIONANTES DE LA IDENTIDAD ANDALUZA.
3.1.- Estructuras económico-sociales
3.2.- Valores políticos, Formas de Poder e Identidad.
4.- EXPRESIONES CULTURALES DE LA IDENTIDAD ANDALUZA.
4.1.- La lengua de los andaluces.
4.2.- El flamenco y la identidad andaluza.
4.3.- Formas de sociabilidad. Fiestas y religiosidad.
4.4.- Expresiones estéticas, artísticas y literarias.
5.- LA IDENTIDAD ANDALUZA EN EL MARCO DEL ESTADO ESPAÑOL, LA UNIÓN EUROPEA Y LA GLOBALIZACIÓN.
5.1.- Andalucía en la “Era de la Globalización”.
5.2.- La Cultura andaluza como cultura de resistencia al globalismo.
5.3.- Política cultural, política económica e identidad andaluza
5.4.- La identidad andaluza como resistencia y como proyecto
5.5.- Identidad andaluza, multiculturalismo e intercultualidad
6.- BIBLIOGRAFÍA
1.- SOBRE LA IDENTIDAD DE LOS PUEBLO
1.1.- Identidad
1.2.- Pueblo
1.3.- Identidad de pueblo
(Juan A. Lacomba Avellán)
La preocupación por la identidad, por su proceso de formación en el
pasado y por su afirmación en el presente, está en el núcleo del proyecto para
la construcción del futuro de Andalucía como pueblo. Y ello, por la necesidad
de encontrar, como escribía Blas Infante, los fundamentos de Andalucía, en un período
de transformaciones decisivas y en medio de un mundo en acelerado proceso de
globalización uniformizadora, en el que la identidad aparece como contrapunto
necesario para la supervivencia como pueblo.
Dos conceptos ampliamente debatidos y controvertidos - los de identidad y de pueblo - y un ensayo de articulación entre ambos - identidad de pueblo, con un breve
corolario sobre el caso andaluz -, sumariamente caracterizados, constituyen el
núcleo del presente Capítulo. Se busca con ello bosquejar lo que entendemos es
el fundamento teórico básico en el que se sustenta el análisis que sobre la
identidad del pueblo andaluz se desarrolla en este Informe.
Cabe señalar que las ideas de fondo que se trata de explicitar son
sustancialmente dos: una, el peso de la
historia en la construcción de la identidad de un pueblo; otra, la
identidad de pueblo sólo se consolida cuando éste recupera y asume su papel en la historia que le toca vivir. Ambos
planteamientos se pueden resumir en los hermosos versos que escribe el poeta
M.Alcántara: "todo el que vuelve a su sitio/ encuentra por fin su
rastro".
La noción de identidad,
referida a un grupo humano, constituye una realidad sistémica. Debe entenderse
como “lo común”; el conjunto de elementos, situaciones y actitudes compartidas
de manera diversa por los miembros del colectivo, como resultado de los
procesos histórico-territoriales que configuran su formación socio-económica.
En este sentido, la identidad implica
primariamente la pertenencia a un territorio y a una cultura comunes, lo que
define y otorga entidad específica al colectivo. La identidad colectiva presenta, no obstante, matices de clase, de
género, de oficio, etc., pero a partir de la común pertenencia al colectivo,
cuya estructura identitaria comparte.
En suma, la noción de identidad tiene entre sus rasgos principales
"un sentimiento de pertenencia a una sociedad y de reconocimiento en una
serie de tradiciones, creencias, valores y actitudes, que encuentran su
representación en una gama de símbolos diversos” (M. de Aguilera). En línea con
todo ello, e incidiendo no en la lengua, sino en "el lenguaje", el
prof. J.L.Pinillos ha señalado que éste ha constituido siempre "uno de los
mecanismos más radicales de la integración del individuo con su grupo". Y
es así, porque el lenguaje, con sus peculiaridades y variantes, responde a
mestizajes históricos compartidos y a vivencias culturales comunes. Constituye,
además, un signo inmediato de identificación del grupo; su forma de expresión
propia y singularizada, que aúna a sus miembros, a la vez que los diferencia de
otros colectivos.
En esta perspectiva, pasando del nivel del sentimiento al de la conciencia,
lo que supone un decisivo salto cualitativo, y en línea con la idea
aristotélica de que nada hay en el entendimiento que antes no haya pasado por
los sentidos, la "conciencia de identidad" consiste en la asunción
plena y consciente de esa realidad
comunitaria como soporte básico de la solidaridad intergrupal. Por ello, la
estrecha relación identidad-solidaridad
constituye el fundamento profundo de la actividad del grupo en tanto que tal.
Hay sustancialmente dos maneras de entender el concepto de identidad.
Una, básicamente esencialista, por lo
tanto, ahistórica, que la plantea
como una especie de "esencia inmanente" de un colectivo; como la
presencia en el mismo de rasgos constitutivos de su "ser", que
perduran en el tiempo. Otra segunda, fundamentalmente dialéctica, en consecuencia, histórica,
que considera la identidad del grupo como una evolutiva "manera de
existencia", resultado del proceso de la historia; por consiguiente, como
una compleja y progresiva construcción histórica. Esta segunda es la que aquí se asume.
Así pues, entendida de esta manera, la identidad es la resultante de una experiencia
histórica colectiva (en lo económico, social, político y cultural), que
genera un conjunto de valores y actitudes que constituyen los "marcadores
de identidad".
En esta perspectiva esbozada, el concepto de identidad se refiere,
pues, a aquello que es común a un
colectivo y, en consecuencia, lo
identifica y con lo que se identifican sus miembros, por lo que se ha
definido también como el sentimiento de
pertenencia a una etnia. Así entendido, sería el conjunto de rasgos con los
que quienes forman parte de un colectivo, en sus diferentes momentos
históricos, "se han sentido en comunión y han expresado como
constituyentes de su ser" (F.Riaza). En definitiva, planteada de esta
manera, la identidad expresa la singularidad de un colectivo en su manera de
ser en la historia, resultado, en sus diferentes etapas de configuración, de la
confluencia y asunción de los elementos que conforman el proceso histórico en
el que se despliega.
Se alcanza así el nivel de las "identidades comunitarias". Se
sustentan éstas en la idea de la "identificación colectiva", que
sería "el proceso a partir del cual distintos individuos se reconocen como
integrantes de un colectivo y se diferencian de otros colectivos". Se
forman de esta manera los llamados "modelos identitarios", que son
construcciones "a partir de las cuales se instituye una memoria
compartida" (J.Mª.Valcuende del Río). De aquí que para un colectivo
acordarse es existir, perder la memoria es desaparecer; por eso, "quien
pierde los orígenes, pierde identidad".
Así considerada, la historia de un grupo humano es la reconstrucción de
su memoria como colectivo en el tiempo. Ello se muestra como una cuestión
decisiva para el colectivo, ya que, en lo sustancial, un pueblo es su propia
historia y recuperar la memoria es la vía que le permite afianzar su identidad.
"Ningún evento histórico muere del
todo, sino que permanece en el colectivo que lo ha vivido integrando el
"intra-ser" de los individuos que lo constituyen" (J.F.Ortega).
La identidad tiene su manifestación plena en la cultura, que es la
decantación del proceso histórico, "lo que va quedando" como
resultado del paso del tiempo. Toda cultura, en sustancia, ofrece dos grandes
características generales:
a) Una es ser un "sistema
abierto", es decir, capaz de convivir y dialogar con otras culturas.
Por ello, la diversidad interna es un componente estructural de todas las
culturas, lo que no impide su unidad de fondo. La presencia de la diversidad en
la unidad de la cultura no es una contradicción, sino que expresa la riqueza de
contenidos y matices de la común cultura de un pueblo. Esta capacidad de la
cultura de intercambio e interpenetración da lugar a que las fronteras
culturales no sean nunca rígidas, ni cerradas, y a que sus límites aparezcan
siempre fluidos, por lo que una cultura viva
es un continuo proceso de síntesis, en constante evolución enriquecedora.
b) La segunda característica es ser
un "sistema de valores y actitudes" ante la vida y la muerte;
fundamentalmente, un "conjunto de soluciones" propias, mediante las
cuales un colectivo trata de dar respuesta a los "problemas
esenciales" del hombre.
Así pues, la cultura es expresión de la identidad del grupo humano que
la crea y desarrolla. Considerada de esta manera, "constituye siempre un universo que surge como resultado del esfuerzo
de adaptación al medio geofísico y socioeconómico, entendiendo (...) por
adaptación una actitud activa, un dominio del medio para integrarlo y
"superarlo" en cuanto condicionante" (J.Mª. de los Santos). En suma, se trata del variado
conjunto de "formas de existencia histórica" que un pueblo despliega
sobre un territorio para mantener su presencia en el tiempo.
En conclusión, la identidad
tiene, pues, carácter y fundamentación histórico-cultural: se construye en el decurso del tiempo y se explicita mediante la cultura. Implica
siempre una comunidad de valores y de formas expresivas de un colectivo (una cultura), que han ido configurándose
y evolucionando a lo largo del tiempo (construcción
histórica). Por consiguiente, se puede considerar la identidad como una categoría analítica, con la que se busca
entender y explicar la entidad constitutiva y el vivir histórico propio de un
pueblo, así como la formación cultural resultante.
Se trata, en consecuencia, de un concepto
interpretativo, sujeto desde antiguo a muy controvertidos debates. En
cualquier caso, y como síntesis última, se puede afirmar que la identidad de un
colectivo (de un pueblo): a) de un lado, está estrechamente ligada a sus raíces históricas; b) de
otro lado, se manifiesta en sus
diferentes y singulares formas de ser en el tiempo; c) finalmente, expresa su entidad de pueblo.
Antropológicamente considerado, el concepto de pueblo se refiere a la
entidad sociocultural fundamental en la que se integran otras entidades y
niveles, y que, a su vez, puede integrarse en otros marcos más amplios de
naturaleza esencialmente económica (el sistema capitalista) y/o política (el
Estado, la Unión Europea,...). Un pueblo es una colectividad humana compleja,
que ha cristalizado como sociedad a través de un proceso histórico compartido,
articulada sobre bases territoriales y económicas que la dotan de especificidad
y que posee una cultura basicamente común, modelada a lo largo de dicho proceso
histórico, que la define y diferencia de otras sociedades, de otros pueblos.
Un pueblo no es una mera suma de
seres humanos. Tampoco es nunca un conjunto homogéneo de individuos. Hasta en
las sociedades más simples se dan diferencias y desigualdades entre los
miembros y grupos que las integran, siendo todos ellos parte del mismo pueblo,
aun en los casos en los que las desigualdades puedan ser muy importantes, y
aunque sus formas de vida y modelos de comportamiento puedan presentar
diferencias notables. La idea clasista de pueblo, que lo identifica exclusivamente
con las clases subalternas o dominadas, no tiene en cuenta que ni ellas, pero
tampoco las clases dominantes, son entes sociales autónomos, sino que sólo se
explican y tienen posibilidad de reproducirse como fracciones de la misma
sociedad, del mismo pueblo, del que tanto las unas como las otras forman parte.
Asimismo, la colectividad humana que constituye un pueblo se halla
siempre integrada por una diversidad de grupos locales. Asentado sobre un
territorio construido socialmente sobre un determinado espacio geográfico,
incluye una diversidad de ecosistemas y regiones que contribuyen a la
definición de diferencias.
La posesión de una cultura común y el proceso histórico compartido por
el conjunto de una colectividad son los elementos que, más allá de la diversidad
y de las desigualdades, así como de los conflictos y rivalidades que ellas
generan, determinan la existencia de un sentimiento de pertenencia a un mismo
pueblo por parte de los individuos y de los grupos que lo integran. Sentimiento
que no necesariamente tiene que cristalizar como una afirmación consciente,
como una conciencia de pueblo.
Los pueblos no son los únicos marcos de referencia identitaria. El
género y los procesos de trabajo, de manera universal, y otros aspectos como la
edad (anciano, joven), la ideología política (socialista, liberal, verde), la
religión (católico, protestante, musulmán), el ámbito local (sevillano,
malagueño, marismeño), entre otros, son también referentes para la
identificación de los individuos, actuando, a veces, como elementos
articuladores de auténticos colectivos, aunque todos ellos materializados
siempre en el marco del escenario concreto definido por la cultura de la
sociedad, del pueblo, al que todo individuo pertenece. No existe el hombre o la
mujer abstractos, sino un/a andaluz/a o un/a kurdo/a; no existe el asalariado/a
agrícola, sino un/a jornalero/a andaluz/a o un bracero/a alentejano/a; no
existe el musulmán, sino un/a andaluz/a musulmán/a o un/a palestina/o
musulmán/a.
De este modo, aunque no es adecuado considerar al pueblo como el único
nivel identitario, el mismo se constituye en el marco en el que se concretan,
adquieren especificidad, todas las demás identificaciones. No todas las
identificaciones implican y requieren la existencia real de una colectividad,
entendida esta no de un modo virtual (los jóvenes, los parados, los
ecologistas...), sino como un conjunto de personas articulado, que comparte un
espacio, un tiempo y unos modelos culturales, y que posee una relativa lógica
de reproducción propia. El pueblo, como nivel identitario conlleva en sí mismo
la categoría de colectividad, de sociedad.
La identidad de un pueblo se manifiesta sustancialmente en la presencia
de un conjunto de lo que se denominan "marcadores de identidad", que
muestran y perfilan su propia "formación cultural". De esta manera,
en sentido profundo, la "cultura de un pueblo", como expresión de su
identidad, es fruto de unas vivencias comunes, que dan lugar a una peculiar
concepción del mundo, básicamente compartida.
En suma, la "cultura de un pueblo", su identidad como tal,
está constituida por una serie de "formas", que explicitan sus
diferentes maneras de adaptarse dialécticamente al espacio geoeconómico y al
cambiante tiempo histórico, que son los condicionantes fundamentales de su
existencia como tal pueblo. En el caso de España, se ha escrito que es un país "plagado de peculiaridades históricas y
geográficas a través de las cuales se han ido configurando y diferenciando los
distintos pueblos que hoy componen el Estado Español" (J.L.Sangrador).
Por todo ello, se entiende que la identidad de un pueblo no es, pues,
una "esencia inmanente" que subyace en su historia, sino que es resultado de su historia, la
forma en que muestra su "experiencia histórica compartida". Es, en
definitiva, una "construcción histórica" que contiene y
manifiesta una gran variedad de etapas y
momentos, una confluencia de procesos asimilados, y que presenta, por lo tanto,
un desarrollo progresivo. A partir de unos fundamentos estructurales, la
dinámica de transformaciones va afianzando una serie de elementos sustanciales
que constituyen sus "marcadores de identidad". Por todo ello, acaba
consistiendo en la forma de ser de un
pueblo, que expresa su propia manera de existir en la historia.
La identidad de un pueblo, para que sea operativa, debe de ir aparejada
a la "conciencia de identidad".
La "toma de conciencia" sobre la propia identidad consistiría en un
proceso de afianzamiento de la comunidad de valores y de formas de vida por parte
de los miembros de ese pueblo. Ello, en lo esencial, implicaría: el tránsito
del "sentir" (sentimiento)
al "pensar" (conciencia)
que conduce a la "acción colectiva" (actuación). Este proceso esbozado en sus hitos sustantivos da
sentido a los tres elementos que, según los clásicos, configuran la cultura.
Con todo ello, la "realidad identitaria" de un pueblo, que existe en
sí misma, se reafirma y se consolida por la presencia de la "conciencia de
identidad" de sus miembros.
El concepto de identidad de pueblo, además de los componentes
históricos y culturales ya apuntados, tiene también, según se señalaba, un ingrediente geográfico. Desde esta
óptica ofrece tres características. Una primera es el hecho de la realidad física del territorio, que condiciona las
actividades económicas y sus ritos, y las consecuentes formas de vida y de
organización social, y muestra la capacidad de adaptación del colectivo a esos
"límites" que el territorio le marca. Otra segunda es la percepción histórica del espacio en el
que se desenvuelve como un escenario propio, aquel en el que despliega su
historia como pueblo. Finalmente, la tercera es la posibilidad de identificación territorial en el proceso de
mundialización de la historia primero, y de globalización en la actualidad.
Constituyen, en conjunto, lo que G.Cano denomina "condicionantes
espaciales", "concepto de territorio histórico" y
"viabilidad territorial".
A partir de lo expuesto, para que un pueblo pueda tener presencia y
protagonismo reales como tal pueblo, debe poseer, por lo tanto, identidad
histórica (histórico-geográfica), identidad cultural e identidad política,
resultante ésta última de su voluntad de querer autorrepresentarse. Las dos
primeras identidades provienen del pasado, no dependen de la voluntad actual;
la identidad política, en cambio, responde a una decisión del presente, con
proyección hacia el futuro. Juega en ella un papel relevante la
"conciencia de identidad". En todo caso, para alcanzar la
"identidad política de pueblo" es básicamente necesario contar con
identidad histórica e identidad cultural, asumirlas, reafirmarlas y
potenciarlas.
En definitiva, el concepto de identidad de pueblo no es un "dato
fijo", ni una "sustancia inmanente", sino que es la permanencia
y evolución de unos rasgos, científicamente constatables, a lo largo del
tiempo. En ésta perspectiva, la identidad de pueblo se puede caracterizar por
dos notas fundamentales:
- de un lado, por la existencia
de un proceso histórico vivido y asumido colectivamente de manera diferenciada,
a partir de un espacio geográfico entendido como propio, que va delimitando y
configurando su compleja realidad de pueblo (construcción histórica de pueblo);
- de otro lado, por la
continuidad histórica de fondo, en el tiempo y en el espacio, de unos caracteres estructurales
socioeconómicos y culturales, que en buena medida se manifiestan mediante
algunos "marcadores de identidad" que, además de expresar también el
cambio, singularizan su historia como pueblo en el contexto de la historia
general en la que se desenvuelve (identidad
histórica de pueblo).
En un mundo en proceso de globalización, la cuestión de la identidad de
pueblo, así como el debate en torno a ella, pasa a ser un tema crucial.
Recientemente, M.Castells se ha referido a la actual confrontación entre
identidad y globalización. Ha caracterizado la identidad como "un conjunto
relacionado de atributos culturales"; se ha referido luego a "la
oposición entre globalización e identidad"; finalmente, ha señalado la
presencia actual de "vigorosas expresiones de identidad colectiva que
desafían la globalización y el cosmopolitismo en nombre de la singularidad
cultural y del control de la gente sobre sus vidas y entornos".
Quizás la cuestión así planteada sea decisiva para los pueblos de cara
a tiempos muy próximos. En el mundo globalizado que se va instalando, sólo
parece ser posible la supervivencia de un pueblo mediante la afirmación de su
identidad y la asunción por sus integrantes de la "conciencia de
identidad". En este sentido, los pueblos que no afirmen su identidad
dejarán de ser sujetos del proceso histórico que se despliega.
Tal vez sea este el único medio que un pueblo tiene de no quedar
diluido en el proceso de la globalización que se impone. Y ello, porque la
identidad de un pueblo supone: 1) que es portador de una historia y de una
cultura propia; en suma, que tiene un pasado
diferenciado; 2) que expresa su voluntad de participar como miembro activo en
el mundo en el que vive; o sea, que quiere tener también un presente; 3) que desea participar en la
construcción de los tiempos nuevos; en definitiva, que apuesta por su presencia
en el futuro.
En este esquema apuntado, ¿cómo encaja Andalucía?. Se puede considerar
que la identidad andaluza se manifiesta en una cultura compleja, contradictoria
a veces, compuesta de elementos heterogéneos que provienen de muy diversos
horizontes históricos y culturales; una cultura modelada y remodelada a lo
largo de un proceso histórico singular y diferenciado. Desde hace bastantes
años, los sondeos de opinión demuestran la existencia en los andaluces de una
conciencia de pertenencia a Andalucía. Cuestión diferente es el contenido que
se quiera deducir de tal "conciencia de pertenencia". Aunque más bien
habría que hablar de "sentimiento" y no de "conciencia".
Entre las dificultades del pueblo andaluz para el tránsito del sentimiento a la conciencia habría que
destacar tres:
a) Una primera, la "larga ocultación" de Andalucía y su
historia, especialmente durante el franquismo. La manipulación de la cultura
andaluza dio lugar a que Andalucía "entrara en el juego",
"creyéndonos nosotros mismos las imágenes que los demás fabrican"
(F.Murillo). En este sentido, hubo también un "sobredimensionamiento"
de imágenes andaluzas. "Muchos de sus símbolos y señas de identificación
han sido apropiados por un Estado pluriétnico y han pasado a definir lo que de
forma genérica podríamos llamar españolidad"
(J.Mª.Valcuende del Rio).
b) En segundo lugar, la gran extensión de Andalucía y sus deficiencias
de articulación interna, lo que propicia la prevalencia de localismos y
provincialismos. Se deben éstos a "una lectura inadecuada de la diversidad
de formas expresivas" de la cultura andaluza, que convierte lo que es una
de sus mayores riquezas "en base para cuestionar su propia
existencia" (I.Moreno), tanto desde fuera, como desde dentro de Andalucía.
Es el caso paradigmático del habla
andaluza, singular “forma expresiva” de los andaluces, con una enorme
riqueza de matices y variantes, locales y provinciales, pero, en su conjunto,
manifestación diferenciada, y sustancialmente identitaria, del pueblo andaluz.
c) Finalmente, la falta de un claro y decidido "impulso
educativo", por parte de los poderes públicos, en este sentido y
dirección, a lo largo de la transición y de la autonomía.
Una encuesta reciente en Andalucía ha analizado la información
referente a tres cuestiones: 1) la identidad territorial de los andaluces; 2)
la identidad contrastada entre Andalucía y España; 3) el sentimiento de orgullo
comunitario. Con respecto a la identidad
territorial, se advierte la fuerza que sigue teniendo en Andalucía el
"localismo": "El universo de identificación personal de los
andaluces (...) está anclado fundamentalmente en el particularismo del
territorio municipal". En cuanto al
contraste identitario Andalucía/España, aparece una conciencia de identidad
“ambivalente” entre los andaluces: lo andaluz no muestra apenas contradicción
con la identificación española. Finalmente, en lo tocante al sentimiento de orgullo comunitario, casi
toda la población "está "muy" orgullosa de ser andaluza"
(J. del Pino y E.Bericat).
Todo ello deja bien claro la prevalencia del sentimiento sobre la
conciencia en el pueblo andaluz, lo que no obvia su realidad de pueblo, pero sí
aminora su potencialidad como tal, al faltar el autorreconocimiento. "Sólo
a través del autorreconocimiento - escribe I.Moreno - es posible luego
construir la comunicación y la solidaridad. Esto, que es válido para cada
individuo (...), lo es más aún para los pueblos (...). ¿Y cómo Andalucía va a poder
tener voz si no se autorreconoce?. ¿Cómo va a obtener poder y protagonismo
político (...) si no desarrolla su conciencia de identidad como pueblo
diferenciado?".
2.- FACTORES ESTRUCTURALES DE LA IDENTIDAD ANDALUZA.
2.1.-
El Territorio
(Gabriel Cano García)
2.2.- Continuidad y Discontinuidad Histórica
(Juan A. Lacomba Avellán)
El territorio constituye un elemento importante de la identidad,
porque, sin llegar a determinismos, sitúa poblaciones, ofrece posibilidades
y establece ciertas condiciones. La interacción pueblo/medio
geográfico a lo largo del tiempo da lugar a ámbitos - con modos de vida, economía, costumbres,
organización del territorio -... propios. Y, así, los diferentes paisajes explican una parte al
menos de las distintas civilizaciones y culturas y, a la vez, son el
resultado de éstas.
Tal variedad es algo
consustancial a nuestro planeta y deriva fundamentalmente de la
heterogeneidad de climas
y relieves, que repercuten en suelos, vegetación, recursos hídricos,
cultivos, comunicaciones, etc. Tanto más cuanto mayor sea la antigüedad de la
delimitación e institucionalización del territorio, por la dilatada influencia
pretérita de los componentes naturales
y la prolongada duración del proceso.
El aspecto de interacción evolutiva hombre/medio en la escala
pueblo/territorio es fundamental para comprender situaciones actuales y,
también, para explicar la percepción que se tiene desde fuera. En este caso,
como veremos, el conocimiento de un ámbito diferenciado, llamado Andalucía
desde hace siglos y Al-Andalus o Bética
antes, es muy antiguo y de fuerte identidad con algunas constantes a través del
tiempo .
Sin embargo, el sentido de la territorialidad ha experimentado
cambios y a la aplicación más
asentada de relacionar identidad de
pueblo con las características del territorio (
explicación de modos de vida y actividades económicas iniciales, tradicionales o actuales, como montaña, pastoreo, agricultura, minería,
comercio...) se añaden hoy otras
cuestiones. La antigüedad de la percepción diferencial de los espacios y de la fijación de límites e
instituciones; las posibilidades y
capacidad de adaptación de ese territorio-pueblo en el tiempo; y, ligado a lo anterior o como
consideración aparte, la extensión e importancia en diversos aspectos para
pervivir en épocas de globalización. Es decir, lo que podemos denominar condicionantes y ofertas espaciales, concepto
de territorio histórico y viabilidad
territorial.
Un espacio, como el andaluz, de casi 90.000 Km2 y más de
siete millones de habitantes (sin contar los que viven fuera de Andalucía), es
más que suficiente como para decidir,
organizar y gestionar sobre cuestiones
de medio ambiente, infraestructuras ( comunicaciones, hídricas...) , servicios,
ordenación del territorio, etc., tan influyentes en el desarrollo y la calidad de vida,
cuestiones ambas muy ligadas al espacio.
Y en este sentido conviene
aludir a la aparente contradicción de este planteamiento con la globalización.
Ciertamente existen intercomunicaciones
y estrategias económicas mundiales, pero
la producción está localizada, el
comercio y el transporte exigen origen y destino, la población vive en lugares concretos no en la
"aldea global", necesita servicios próximos ( sanitarios,
educativos...), utiliza infraestructuras, arbitra medidas de protección
ambiental, etc.
La diversidad terrestre repercute en la organización
político-administrativa mundial, si
bien a veces las fronteras responden a
elementos distintos de lo geográfico, histórico, económico, cultural...Una
parte de la Geografía se ha dedicado a la conceptualización de la diferenciación espacial, sobre todo en
la escala intraestatal, que suele denominarse
región geográfica. En cambio,
los Estados no son objeto de estos análisis, sino admitidos independientemente
de su vinculación y/o adaptación a las características territoriales. De las
dos escalas albergadas en el término
región nos interesa ahora,
más que la subcontinental, de
grupos de países o parte de estados ( Mundo árabe, Arco Mediterráneo...), la
intraestatal (Escocia, Baviera, Extremadura...). Es la más habitual
y ha ocasionado una abundante literatura
y una rica tipología, de la que se acepta comunmente los conceptos de región
natural, histórica, homogénea y funcional, abarcando ésta última las áreas de
influencia de grandes ciudades, pero lo cierto es que muchas de las regiones europeas tienen un marcado carácter
histórico.
Tal es el caso de Andalucía, cuyo precedente territorial, la Bética,
data, como veremos, de hace más de dos
milenios. Dentro de ese largo período, sólo durante dos
siglos y medio estuvo separada en
dos Estados ( el nazarí y los reinos de Jaén, Córdoba y Sevilla, conquistados por
Castilla ), división que no coincide con
una Andalucía Occidental y otra Oriental
con Jaén.
Tampoco se ajustaría a ese
mapa la situación socioeconómica,
la distribución poblacional y otras
variables, porque las diferencias se establecen entre los grandes núcleos
y sus entornos ( con actividades de servicios y, en menor medida, de
industrias ) más el litoral ( ciudades, nuevas agriculturas, turismo ), por un
lado, y las áreas montañosas y áridas,
por otro. De esta forma el occidente onubense está tan desarticulado como el
interior almeriense y, por el contrario, El Ejido y Lepe aumentan la densidad
de población y las rentas.
En conjunto la parte oriental es más montañosa que la occidental, pero
también existen sierras en Huelva,
Córdoba, Sevilla y Cádiz, por lo que incluso desde el punto de vista natural se excluyen dos regiones, ya que
las estructuras andaluzas principales sugieren al menos tres de carácter
transversal: Sierra Morena, Valle del Guadalquivir y Béticas ( con la Depresión
Intrabética, desde los Vélez hasta Antequera, pasando por Guadix, Baza, Granada
y Loja ). Por otro lado, Andalucía es a la vez
homogénea y diversa y encierra varios
ámbitos funcionales de cierta importancia, como Sevilla, Málaga y
Granada.
Resumiendo, en Andalucía hay una clara
acumulación de carga de "regionalidad" como para sobrepasar
ese concepto, aparte de la fuerte identidad
histórica y cultural y sus dimensiones, que exceden a las asignadas habitualmente ( entre 10.000
y 40.000 Km2, cuando Andalucía se acerca a los 90.000 ). Desde un punto de
vista geográfico encaja mejor la
catalogación de País con mayor motivo
que el Vasco o el Valenciano. Pero más
allá de conceptos geográficos hay un
hecho incuestionable: la Constitución
de 1978 distingue entre nacionalidades y regiones, así como dos vías de
acceso, de entre las que Andalucía consiguió
la principal. Y en el Estatuto de
Autonomía, esta Comunidad se define como
nacionalidad y no como región.
La diferenciación de Andalucía respecto al resto peninsular se debe a
una serie de factores, naturales en origen, pero con influencia en otros
órdenes de cosas. Desde la geología y el relieve, nuestro ámbito se
ha formado entre dos placas tectónicas ( la africana y la europea ), que han
quedado involucradas en las bandas sur y norte ( Penibética y Sierra Morena )
con una zona central posterior ( el Valle del Guadalquivir principalmente) derivada de la erosión de ambas. Así, desde hace millones de años, se produce en
esta parte del mundo algo nuevo entre
dos continentes que dejan a la vez su
propia huella.
La flexión del borde septentrional da lugar a la
Sierra Morena, de escasas condiciones agrarias ( fuertes pendientes,
suelos silíceos ) y tupida vegetación que dificulta la conexión Meseta- Valle hasta por lo menos el
siglo XVIII, en que se repueblan algunos lugares para proteger la vía hacia
Madrid. La escasez de población, concentrada en núcleos mineros ( importante recurso derivado de la antigüedad del subsuelo
serrano ), imposibilitaba aun más esos enlaces. En cambio, el Valle y tierras
aledañas ofrecen topografías poco
accidentadas y buenos suelos para la agricultura, además de
propiciar caminos, que, como el eje fluvial del Guadalquivir, facilitan el
asentamiento, la producción y el comercio.
La transversalidad de las
estructuras andaluzas ( Sierra Morena, Valle del Guadalquivir, Subbético, Depresión intrabética, Penibética y Costa )
es un rasgo diferencial respecto a la Meseta y favorece en principio las
comunicaciones internas, aunque la centralización de las redes se ha impuesto.
No obstante, una consecuencia destacable
de esa disposición es que permite reforzar los enlaces con la fachada
mediterránea, a fin de que, siguiendo dos ejes transversales ( Depresión
intrabética, A-92 y Costa hasta el Algarve),
nuestro territorio pueda unir el Arco
Mediterráneo con un probable Arco
Atlántico a escasa distancia además del Magreb.
Por otra parte, un clima mediterráneo benigno repercute en costumbres,
formas de relaciones sociales, uso de espacios abiertos, etc., que, a la larga,
conforman una parte de la identidad y añade, por supuesto, elementos económicos. Así favorece la actividad agraria y singulariza
la costa subtropical ( única en Europa,
por el aislamiento que produce Sierra
Nevada para los vientos fríos del
norte) con productos exóticos y de elevada
competitividad actual en
muchos cultivos. Alta insolación, energía eólica, conjunción sol y
playas para el turismo...
Porque Andalucía cuenta con 812 Km de costa, más que cualquier otra
Comunidad litoral, donde se localizan
importantes puertos para el transporte y el comercio ( Algeciras, Bahía de
Cádiz, Málaga...), la pesca y los intercambios culturales. Los
recursos naturales son de tal
importancia y tan variados que han permitido adaptaciones a lo largo del tiempo
desde, por ejemplo, la tradicional trilogía mediterránea de cereal, vid y olivo
( cuyas exportaciones a Roma fueron tan cuantiosas y famosas ) a la venta de productos tempranos, hortalizas, frutas,
flores, etc. Cosas distintas
son la comercialización y otros problemas.
Pero la adaptación no sólo ha
sido en la agricultura; los bosques
de Sierra Morena, "obstáculos" tradicionales, constituyen
ahora, junto con otros de las montañas béticas,
amplios Parques Naturales con posibilidades de desarrollo rural y articulación de esos espacios, hoy bastante
desvertebrados. En este aspecto ecológico,
la identidad de Andalucía dentro del mundo mediterráneo es notable, en
primer lugar, por la existencia de Doñana
( espacio de gran valor florístico y de fauna, pero también geomorfológico
) y de otros espacios ( Sierra Nevada,
Cazorla, Sierra de las Nieves...), que forman un conjunto de Parques Naturales de millón y medio de hectáreas, protegidos
por ley del Parlamento Andaluz.
A propósito de la conservación, es necesario insistir en las
influencias de situaciones y actividades de las partes altas sobre las bajas,
como las marismas. De manera que la protección de Doñana excede lo que es el
llamado parque nacional para implicar la periferia, de competencia autonómica, resultando una
fuerte disfunción si una misma zona
natural dependiera de distintas administraciones.
Como veremos después, podríamos hablar de una "tendencia hidrográfica" en la conformación del espacio andaluz, con
claras repercusiones actuales. Los
países mediterráneos se enfrentan
al problema de la irregularidad intra e inter anual de las precipitaciones,
agravado por el aumento del consumo, que exige políticas hidraúlicas relacionadas con una multiplicidad de
elementos ( regadíos, industria,
turismo, expansión urbana...),
competencia en gran parte de las comunidades
del artículo 151, aunque la coincidencia entre cuencas y Autonomías no es frecuente. En el caso de Andalucía,
desquitada la pequeña parte del NE jiennense, correspondiente a la cuenca del
Segura, y lo que es estrictamente del Guadiana ( los ríos Piedra, Tinto y Odiel
no tienen nada que ver con esa cuenca ), queda más de los dos tercios del territorio andaluz en la
Cuenca del Guadalquivir y casi la cuarta parte en la del Sur.
O sea, en torno al 90 %, cuyos recursos y aprovechamientos podrían ser
competencia exclusiva de la Comunidad, según el artículo 12 del Estatuto de
Autonomía ("Recursos y aprovechamientos hidráulicos, canales y regadíos,
cuando las aguas transcurran únicamente por Andalucía").Tanto en este
texto, como en la Constitución de 1978 ( artículos 148.1.10 y 149.1.22 )
se hace referencia a aguas que
transcurren, discurren o son de interés de la Comunidad Autónoma y no
implica la unidad de cuenca , que aparece en una norma posterior ( Ley de Aguas de 1985). Con todo,
los ríos onubenses citados antes, más el Guadalete-Barbate, y , desde luego,
toda la cuenca Sur entran en las competencias autonómicas, incluso
en la lectura más restrictiva ( apelar ahora a que la Confederación
comprende Ceuta y Melilla no merece
mayores comentarios; sería un concepto de cuenca bastante extraño, por el que
podría englobarse a Baleares en los ríos catalanes ).
Por lo que atañe al Guadalquivir, circula plenamente en territorio
andaluz desde el nacimiento a la desembocadura, así como la inmensa mayoría de
los afluentes. Tan sólo algunos arroyos
de cabecera, que no llegan al 2 % del
caudal total, son extra andaluces y
seguirían siendo, logicamente, de
Extremadura y la Mancha, mientras que con la Constitución y el Estatuto en la
mano las aguas del Guadalquivir que transcurren por territorio andaluz podían
transferirse perfectamente sin afectar esas
pequeñas zonas limítrofes, ya que
están aguas arriba.
d)
Variedad
de paisajes y recursos
Una seña importante del solar andaluz
es la diversidad dentro
de su mediterraneidad, que ha
posibilitado distintos recursos y actividades complementarias y facilitado,
también, las adaptaciones a que nos hemos referido. Pero no puede hablarse ya de Andalucía oriental-occidental, sino, como
dijimos, de contrastadas
situaciones socioeconómicas, que se reflejan en la distribución poblacional.
Sin embargo, en las variables
territoriales y de otro tipo hay en Andalucía
unidad fundamental y diversidad a escala comarcal. El clima mediterráneo básico se
continentaliza en la Vega de Granada, se hace subtropical en Almuñécar y
mantiene las nieves
en el Mulhacén; la irregularidad y escasez pluviométrica no quita contrastes puntuales como los más de 2.000 mm
anuales de media en Grazalema y los escasos 200 en Gata. La vegetación mediterránea ( encinas, pinos, alcornoques,
jaras...) da paso a un especial bosque de pinsapos en sierras malagueñas y
gaditanas. A los paisajes agrarios
tradicionales se unen cultivos subtropicales
y de invernadero; los centros
urbanos históricos conservan la huella andalusí y los pueblos una fisonomía
propia dentro de la mediterraneidad. De la misma manera que el habla andaluza
se aprecia como homogénea desde fuera y se individualizan acentos diferentes por zonas y pueblos.
Otro elemento diferenciador e identitario es la fuerte urbanización y
la distribución del sistema de ciudades.
Históricamente Andalucía ha estado bastante urbanizada y el número de
ciudades, sus dimensiones y características fueron objeto de admiración, quizás excesiva,
por parte de viajeros en la Bética y Al-Andalus. Y el peso de las ciudades se
mantiene, a pesar de la cierta ruralización que supuso la incorporación a la economía y modos de
vida de Castilla. La misma
denominación singular de "agrociudad" para centros de
tipo medio redunda una vez más en el carácter de simbiosis.
Hoy existen nada menos que 60 municipios
mayores de 20.000 habitantes ( en los que habitan el 62 % de la
población ), de los que 21 superan los 50.000, con un 46.6 % de los
andaluces ( las ocho capitales más
Jerez, Algeciras, Marbella, Vélez Málaga, Linares, centros de la Bahía de
Cádiz, del entorno de Sevilla...) y, a diferencia de otras Comunidades, como
Cataluña por ejemplo, el tamaño de la
primera , Sevilla, y la segunda, Málaga, es menos apreciable. Por otro lado, la
distribución es bastante regular, con lo que la organización y vertebración del
espacio es más factible, salvo en
algunas zonas montañosas y
del interior oriental.
Sin embargo, las escasas
diferencias en la cabecera de la
jerarquía urbana andaluza generan un cierto inconveniente en el reconocimiento
de la capitalidad, avivado en ocasiones por errores o estrategias de
disgregación. La mayor centralidad geográfica de Sevilla respecto a Málaga y la
tradición histórica son realidades
insoslayables, que inclinarían la balanza hacia
otros lugares, como Córdoba, que, por el contrario, cuenta con menos
potencial demográfico, económico y funcional.
En cualquier caso, la decisión ya se tomó y es imprescindible, de cara a la articulación del territorio, una
clara voluntad política de solidaridad interurbana, donde Sevilla, sus instituciones
y organismos, asuman realmente su papel
de capital de esta Comunidad Autónoma.
Pero no sólo es cuestión de voluntades; hay otras cosas que pueden
llevarse a cabo, como sería la cuestión de las provincias, que cumplieran su
función de modernización territorial hace más de siglo y medio. Ahora son
espacios excesivamente grandes para el planeamiento urbano ( que a lo más
alcanza la escala de área metropolitana )
y, en cambio, demasiado pequeños para una planificación de infraestructuras y estrategias de desarrollo.
Uno de los principales inconvenientes del pasado preautonómico fue precisamente la existencia de ocho
planificaciones yuxtapuestas y el
crecimiento, a veces desmesurado, de las capitales en detrimento de otras
ciudades medias. En tres provincias, Málaga, Sevilla y Córdoba, el porcentaje
de población residente en la capital supera el 40 % ; en tres, Almería, Huelva
y Granada, ese índice traspasa el 30; y sólo en Jaén y Cádiz se reduce a 16 y
13.
Muchos de los núcleos
secundarios ( Adra, Motril,
Antequera, Ubeda, Arcos, Ecija, Lucena o Ayamonte, por mencionar sólo uno por
provincia), y algunos con más de 10.000 habitantes, actúan como polos funcionales de ámbitos que podemos considerar
comarcas, espacio éste que cuenta con cierta tradición en Andalucía. Así
son territorios históricos de escala comarcal las Alpujarras ( entre Almería y
Granada ) , los Montes de Granada ( con parte también de Jaén ), la Axarquía,
la Serranía de Ronda ( introducida en la provincia de Cádiz ), los Pedroches,
el Aljarafe, por no citar más que unos cuantos casos. La comarcalización de
Andalucía es, además, una posibilidad Estatutaria, en la que habría que
profundizar para ordenar y vertebrar el territorio, generar desarrollo y potenciar esas ciudades
medias.
No menos relevante y diferenciadora es la situación entre continentes y mares, siendo el único territorio
europeo atlántico y mediterráneo a la
vez, así como el más próximo a Africa.Las repercusiones históricas de esto
plantean para épocas recientes algo similar a la composición geológica y
explica la importante función de paso y
el carácter de encrucijada y crisol de culturas, que hacen de Andalucía un
temprano ejemplo de mestizaje, a lo que parece caminar el mundo actual.
El denominado Legado Andalusí
constituye hoy una realidad, como
resultado de esa historia. En él se
integran los monumentos más señeros de la identidad andaluza ( Alhambra,
Mezquita, Giralda ), además de castillos, alcazabas, baños, palacios, etc.
Innumerables topónimos de ciudades ( Sevilla, Granada, Almería, Algeciras...),
pueblos ( Almonte, Aznalcóllar, Iznájar, Cazorla, Lanjarón, Albox, Alhaurín,
Zahara...), ríos ( Guadalquivir, Almanzora...), montes,
lugares, sistemas de riego y acequias. Influencias en habla, música, estilos artísticos, costumbres...
Quizás hoy no se esté aprovechando
suficientemente ese recurso de situación y sus repercusiones históricas
en relación a América Latina, Magreb y Algarve, por lo que en esto no ha habido
( al menos tan claramente como en otras
cosas ) una adaptación temporal. Sí, no
obstante, con la cuestión geoestratégica, donde Gibraltar y
las bases USA se mantienen, pero con la
vista puesta más hacia el Mediterráneo que al este europeo. Tampoco existe la
adaptación suficiente entre situación y
potenciación de ciertos puertos ( Algeciras sobre todo, como principal conexión
marítima con Africa ) y enlaces aéreos. Y, así mismo, se acusa la
ausencia de utilizar las semejanzas del habla andaluza y las
latinoamericanas en relación a la
industria de los medios de comunicación.
En la articulación territorial actual Andalucía puede desempeñar, como
apuntábamos antes, una importante
función de enlace entre dos arcos europeos, el
mediterráneo y el atlántico, y el
Magreb. Ciertamente en la periferia del centro continental más desarrollado,
pero de una fuerte potencialidad de cara al futuro, pues nada menos que flujos
de diversos sentidos y características
podrían confluir en esta tierra. Por eso
es necesario cuidar más las
infraestructuras con los ejes de Murcia-Valencia-Cataluña..., sin olvidar el sur portugués y la vía de la
Plata y precisamente en relación a las extrategias territoriales planteamos el
epígrafe siguiente.
g) Andalucía y
los desequilibrios territoriales
Un aparente rasgo de identidad andaluz es su postergada posición
socioeconómica en el conjunto del Estado; sin embargo se trata de algo reciente
que no concuerda con la mencionada abundancia de recursos y su destacada situación
de otras épocas. Incluso a principios del siglo XIX Andalucía sólo es superada
por el País Vasco en el PIB / habitante ( producto interior bruto ), pero desde
principios de este siglo y, sobre todo, a partir de los años cincuenta pierde
riqueza, en gran parte por una política estatal de concentración en los
vértices del triángulo Madrid-Cataluña-Euskadi.
Hoy
existen siete Comunidades que superan la media ( Baleares, 154.5, Madrid,
Cataluña, Navarra, País Vasco, La Rioja y Aragón, 108.9 ) y diez que están por
debajo del 100 español (Comunidad Valenciana, 99.8, Canarias, Cantabria,
Castilla-León, 91.7, Asturias, Galicia, Murcia, Castilla-La Mancha, 80.0,
Extremadura y Andalucía, 72.3), siendo la nuestra la última en la variable PIB,
así como otras; por ejemplo, la importante de renta familiar disponible ( 78.4;
Baleares, 143.4).
En
la tipología “regional” y en las estructuras de crecimiento y difusión
territoriales, el País Vasco parece ejercer de gozne entre la Cornisa
cantábrica, en declive, y el Valle del Ebro, en auge. Cataluña, a su vez,
enlaza esa última zona con el Arco mediterráneo, también en progreso. Mientras
el centro y sur peninsular están claramente en la órbita del otro vértice del
desarrollo (Madrid), que más parece utilizar en su provecho esos ámbitos como
área de influencia económica sin ejercer de polo difusor, sino que concentra
cada vez más servicios avanzados, sede de grande empresas y entidades
financieras, infraestructuras, etc. Es significativo a este respecto que la
provincia de Sevilla es la última en PIB / h., de lo que puede deducirse a
quién beneficia en realidad la línea de alta velocidad. Las estrategias de
enlaces y de relaciones quizás deban revisarse y exigirse que Madrid funcione
como capital de un Estado descentralizado y solidario.
Sobre la antigüedad de la percepción y fijación de límites, Andalucía presenta una clara identificación y notables
diferencias respecto a otras Comunidades del Estado. Hay que remontarse a la
época romana para conseguir el primer mapa territorial de la península ibérica
en el que la provincia Bética prefigura ya hace 2.000 años lo que es hoy el
espacio andaluz en sus estructuras básicas.
En efecto, hacia el 200 a.C. la península se estructura en tres
provincias, en principio sin conexión política entre ellas, sino dependiendo
del César o emperador ( en las menos romanizadas: Lusitania y Tarraconense ) o
del Senado, si, como la Bética, no
presentaba mayores problemas. Desde el enfoque espacial existe una notable diferencia
entre las tres circunscripciones, pues mientras la Bética y la Lusitania ( claros precedentes de Andalucía y Portugal,
respectivamente ) tienen una coherencia ( límites en grandes ríos, Duero y
Guadiana, y ejes vertebradores también fluviales, Tajo y Guadalquivir ), la
Tarraconense no es más que un heterogéneo
resto peninsular menos
romanizado, que más tarde se subdivide en Gallecia, Cartaginense y
Tarraconense.
La Bética es, por lo tanto, un
claro ejemplo de percepción de un espacio distinto y un pueblo diferenciado,
con el Valle del Guadalquivir como eje fundamental y extendiendo la frontera hasta el Guadiana
para incluir como glacis estratégico Sierra Morena. El límite oriental, casi
coincidente con los actuales de
Andalucía, se retrotrae en el año 27
hacia el oeste para integrar en
la Cartaginense ( controlada por Augusto y no por el Senado ) la rica zona minera de Cástulo ( Linares, La
Carolina...).
La persistencia de los límites traspasa la época visigótica y en el
Califato cordobés la división
territorial de Al- Andalus
propiamente dicho se sitúa algo más al
sur que la frontera bética, concretamente en la divisoria Guadiana-Guadalquivir;
situación que se mantiene después aproximadamente ( los reinos almohades son
prácticamente la Andalucía actual ) con ligeras modificaciones hasta 1833, en
que se fijan definitivamente los límites.
En cuanto a los contenidos
políticos, la Bética no tuvo en principio ninguno propio, si bien con el
tiempo la asamblea provincial, formada por representantes de las ciudades, fue
adquiriendo progresivamente más funciones y poder, que, de continuar el
proceso, hubiese llevado probablemente a una entidad política propia. El
Califato de Córdoba era un estado independiente centrado en las ciudades y
territorio andaluces y cuya división administrativa, Al- Andalus, marca
nuestro actual espacio, reiterado en las
taifas posteriores. La conquista de los siglos XIII y XV incorpora Andalucía a la Corona
castellana con escasa entidad política hasta épocas recientes.
El pueblo andaluz, en tanto que construcción social, se asienta en un
territorio percibido como propio y se despliega históricamente mediante
continuidades de fondo y discontinuidades temporales. En su proceso de
formación, se configuran determinadas estructuras socioeconómicas y políticas,
que son condicionantes de las formas y expresiones sociales y culturales de
dicha identidad.
La identidad del pueblo andaluz se sustenta en la existencia de un
conjunto de rasgos estructurales, formas de vida y manifestaciones culturales
que constituyen los aspectos significativos de lo que históricamente entendemos
por Andalucía o por pueblo andaluz. Conforman las señas de autorreconocimiento
y de identificación de los andaluces; y se ha dicho que "la identificación
es la manera menos ambigua, aunque sea de orden emotivo, de entender la
identidad" (F.Riaza). Todo ello da lugar a la progresiva configuración de
los más singularizadores "marcadores de identidad" de Andalucía.
En cuanto a los profundos parámetros estructurantes de la identidad de
Andalucía, cabe destacar los siguientes:
A.- El factor territorial (el
"criterio geográfico y geológico" de Blas Infante). Se trata, por un
lado, de la consideración de Andalucía como una muy amplia "demarcación
natural" - según hacía ya
tempranamente Blas Infante, y en lo que luego han insistido los geógrafos -, en
la que la existencia de "varias Andalucías" manifiesta la presencia
de "subdivisiones regionales" en "una Andalucía cuya unidad,
reconocida desde la más vieja antigüedad, se impone" (J.Sermet). De otro
lado, se refiere a la continuidad en el tiempo del territorio de Andalucía, lo
que propicia oportunidades, estímulos y limitaciones que dan lugar a unos
"condicionamientos geográficos", unos "desarrollos
históricos" y unos "caracteres antropológicos", cuyo resultado
es que el pueblo andaluz "tiene unas cualidades y aptitudes especiales que
lo diferencian del resto peninsular" (B.Infante). De esta manera, el
factor territorial, el hecho de la milenaria permanencia histórica de los
fundamentos del pueblo andaluz sobre un mismo espacio físico y la incidencia de
éste sobre su desenvolvimiento a lo largo del tiempo, es un elemento
estructurante de la identidad de Andalucía.
B.- La continuidad histórica. Es el
despliegue de la historia andaluza, prácticamente desde sus primeras formas de
organización, sobre básicamente un mismo territorio, que será común a todas las
etnias que se instalan en Andalucía. Ello ha dado lugar al peculiar fenómeno de
la adición/asimilación/síntesis cultural, en el que el resultado, caracterizado
como "Andalucía, crisol de culturas",
es expresión de una "superposición de temporalidades" (I.Moreno), y
muestra cómo la cultura andaluza, en su despliegue y construcción,
"asume" e "integra". Esta "continuidad"
fundamenta, en consecuencia, el desarrollo de un proceso histórico claramente
"delimitado" y "diferenciado", cuya
"recuperación", y la profundización en su estudio y conocimiento,
puede ser un camino para encontrar los caracteres sustanciales de la identidad
andaluza, ya que es en el campo de la historia "donde el problema de la identidad se podría plantear en todas sus
dimensiones" (F.Riaza).
C.- La persistencia de rasgos estructurales. Consiste en
la permanencia en el tiempo, aunque con sucesivas adaptaciones y
transformaciones, de una serie de aspectos estructurales de diferente tipo. Van
desde los sistemas de implantación y utilización del territorio por los
distintos pueblos que se instalaron en Andalucía, hasta la manera de expresarse
las gentes, pero siempre manteniendo una "evolución
particularizante". Y ello, pese a los muchos vaivenes de pueblos, formas
de vida y culturas sobrevenidos en el territorio andaluz. En este sentido, se
ha destacado el papel de la población como "factor de continuidad",
pero no entendida como "masa biológica" que permanece, lo que
realmente no es así, sino en el de "crisol" de asimilación, lo que
explica la amplia pervivencia de "las Andalucías pretéritas" en
"las Andalucías posteriores", hasta la Andalucía actual: "la identidad de un pueblo, como la de
un río, es compatible con la movilidad y continua renovación de las partículas
que lo componen" (Domínguez Ortiz).
En conclusión: las "coordenadas de espacio y tiempo, del medio
físico y los condicionamientos históricos, han determinado la naturaleza de
nuestro pueblo con una característica fisonomía cultural claramente diferenciada
de los restantes grupos étnicos de nuestro viejo continente" (J.F.Ortega).
Así pues, la "permanencia" del espacio geográfico-geológico y la
“continuidad histórica" de Andalucía, con la matizada persistencia de
rasgos estructurales, dan lugar a una diferenciada formación antropológica, con
unos específicos "marcadores de identidad". Es lo que B.Infante
caracterizaba como "criterios" etnográfico, psicológico, filológico y
etológico, que fijan "la personalidad de Andalucía". Por ello decía
Blas Infante que Andalucía existe; que no es necesario inventarla. Por ello,
también, se precisa el análisis de sus raíces, para de esta manera poder
acercarse al contenido de su identidad
histórica, que sustenta su realidad de pueblo.
Desde el enfoque de la historia, se puede afirmar que Andalucía es una construcción histórica dialéctica. La dinámica sostenida de relación/asimilación entre diferentes
etnias y culturas que se sucedieron y, en distintos períodos, convivieron en
Andalucía, es la que le permite ir asumiendo las aportaciones
"externas", para por ese medio ir conformando su identidad histórica
propia. Por todo ello, la identidad andaluza tiene en la historia uno de sus
referentes fundamentales.
Así pues, la identidad del pueblo andaluz es el resultado de un
dilatado proceso milenario. A lo largo del tiempo se ha ido configurando la
cultura andaluza, eje de articulación de su identidad. Se ha construido
mediante la síntesis de elementos cambiantes, resultado de la
"superposición de temporalidades", como consecuencia de la sucesiva
presencia en el territorio andaluz de pueblos y etnias diferentes.
El peculiar y pluriétnico pasado, con variadas aportaciones y maneras
de organización, es el fundamento de la compleja cultura andaluza. Al igual que
ocurre en su geografía, en la que la "diversidad" de componentes se
articula en una "unidad" de fondo, lo mismo cabe decir de su cultura,
en la que "diversidad" y "unidad" no son elementos
antitéticos, sino que constituyen la manifestación de una singular y
cohesionada realidad cultural. Todo ello ha dado lugar a un conjunto de modos
de vida, de formas de implantación económica y de relaciones sociales; en suma,
a un sistema de valores y maneras de expresión colectivas, que constituyen
"señales diferenciadoras", marcadores culturales de la identidad
andaluza.
a) Continuidad
y discontinuidad: Las fases del proceso histórico andaluz.
Andalucía ha sido, a lo largo de su historia, un “mundo de
frontera". Como consecuencia, estuvo sujeta a choques culturales
sucesivos, protagonizados por el paso, la instalación y la convivencia en su
territorio de pueblos diferentes. Ello dio lugar a tensiones específicas y a síntesis
continuas, que configuran el "mestizaje" de fondo de la historia de
Andalucía. En este sentido, la historia de Andalucía es, en conjunto, una
sucesión de "adaptaciones".
En el territorio andaluz, desde Tartessos a hoy, se han desplegado y "adaptado" varios
"horizontes civilizatorios", delimitados
por "rupturas" político-religiosas y socio-económicas, pero enlazados por una continuidad básica de
cultura. En Andalucía no se dio nunca, prácticamente, un "trauma
civilizatorio global". Esta "permanencia cultural" de fondo, que
expresa una "cultura de síntesis", explica la persistencia de "la
mediterraneidad" como tradición civilizatoria e identifica Andalucía en el
conjunto de los pueblos mediterráneos (I.Moreno).
Así, la especificidad de Andalucía estriba en haber mantenido y
desarrollado unos rasgos estructurales y en haberse desplegado como crisol y
síntesis de elementos provenientes de
algunas de las más importantes tradiciones culturales. De esta manera,
subyacentes a las "rupturas" y "horizontes culturales"
presentes en el proceso histórico andaluz, existen unas permanencias de fondo
que dan continuidad a la historia de Andalucía.
Ya Blas Infante señalaba, y en grandes líneas la investigación
histórica posterior lo ha confirmado, que el solar que habitaron los tartesios
es prácticamente el mismo territorio en el que moran luego los béticos y
después los andaluces. Los ligeros cambios de límites que se producen a lo
largo del tiempo no alteran esa realidad de fondo. Sobre el espacio físico de
Andalucía se irán asentando diferentes pueblos - fenicios, griegos, púnicos,
romanos, visigodos, bizantinos, árabes, norteafricanos ... - que, asimilándose
progresivamente, fundiéndose unos en otros, irán configurando una peculiar
cultura, de claro mestizaje, pero de singular personalidad. En este sentido se
ha escrito:
"La historia de Andalucía es la de
una simbiosis incesante, donde lo más propio o peculiar se afirma (...) en el
contacto con los otros pueblos y las otras culturas, no en el enclaustramiento
en una forma singular de ser que temiese su pérdida al cruzarse, activa y pasivamente, con el ser de otras
culturas y otros pueblos" (A.Millán Puelles).
Estos procesos irán creando y asentando unas estructuras específicas
propias - económicas, sociales, políticas, culturales - en las que se sustenta,
y desde las que se despliega, la identidad histórica de Andalucía. La conquista
cristiana y la subsiguiente castellanización dislocará inicialmente este
sustrato, pero paulatinamente se repetirá la dialéctica
"integración"/"asimilación" cultural, que significa un
nuevo enriquecimiento de la identidad histórica de Andalucía.
La peculiaridad del proceso histórico de Andalucía se fundamenta en su unidad geográfica, en su continuidad histórica y en su diferenciada síntesis cultural. En
cuanto a su unidad territorial, según
los planteamientos de J. Sermet y otros, Andalucía es un espacio que se puede
identificar con la zona meridional de la Península Ibérica, que tiene como eje
al río Guadalquivir. De aquí que en la Bética romana sea posible reconocer la
prefiguración de la actual Andalucía. Es pues innegable "la rotundidad del
espacio andaluz", que se explicita claramente en su despliegue histórico
moderno.
Con respecto a su continuidad en
el tiempo, la Andalucía "histórica" se organiza y articula
político-administrativamente, con su antecedente lejano en la Bética, en los
siglos XIII-XV, tras la "conquista y castellanización" de la Baja y
la Alta Andalucía. Afirma Domínguez Ortiz que este es su "rasgo
básico", aunque enriquecido "con supervivencias y aportaciones de
diverso origen". Ahora bien, su "continuidad" hay que plantearla
“en la evolución espiritual y la conciencia de identidad cultural". Y
escribe Domínguez Ortiz:
"Podemos establecer (...) como un
hecho firme que de los descendientes de los antiguos tartesios, incrementados
con amplia aportación italiana, con una mezcla muy pequeña de sangre visigoda y
bizantina en la Alta Edad Media, y luego con una copiosa inmigración árabe y,
sobre todo, norteafricana, sólo permaneció en la Andalucía Moderna un
porcentaje pequeño y que lo esencial de su población actual procede de tierras
peninsulares del centro y del norte (...). Sin embargo, es evidente que a pesar
de esta castellanización humana, religiosa, idiomática, institucional, mucho
sobrevivió de lo anterior. Desde los comienzos de la Andalucía moderna se nos
aparece ya con unos caracteres propios, claramente diferenciados del resto de
España (...). La Geografía y la Historia colaboraron así para construir una
Andalucía que, aunque con materiales humanos arrancados en su mayor parte de
otras regiones españolas, configuraron una construcción original, con no pocas
huellas y resabios del período anterior a la conquista cristiana".
Finalmente, en lo tocante a la síntesis
cultural, Andalucía "ha sido y es un crisol de culturas de signo
diferente, cuenta con una variedad de subculturas suficientemente ricas y
asentadas, y dispone además de un caudal de elementos simbólicos que
identifican y fijan su imagen, tanto externa, cuanto interna" (M. de
Aguilera).
De acuerdo con la perspectiva esbozada, en la historia de Andalucía se
pueden destacar cinco grandes etapas, que se van superponiendo e integrando sin
totales "rupturas civilizatorias", advirtiendo que dentro de ellas
hay una serie de subperíodos de gran interés. En estos cinco grandes momentos
se producen síntesis culturales y formas históricas de existencia, que
conforman los fuertes cimientos sobre los que se alza la identidad histórica de
Andalucía. Las etapas son las siguientes:
1.- La fase inicial
autóctona. Se conforma a partir de un consolidado substrato civilizatorio
autóctono, que arranca desde Tartessos y se extiende hasta la romanización. Se
caracteriza por la constitución de una compleja realidad socioeconómica, con
una rica cultura material, en el territorio andaluz, el aún poco conocido mundo
tartésico, sobre la que se produce la sucesiva instalación de pueblos
diferentes a lo largo del tiempo (fenicios, griegos, púnicos), pero manteniendo
sustancialmente la "realidad diferenciada”. Ésta fase vendría a ser la de
construcción y delimitación inicial de lo que hoy llamamos Andalucía.
2.- La fase de la Bética. Los romanos fijaron por primera vez administrativamente lo
que es Andalucía al constituir la provincia de la Bética; con su dilatada
presencia, afianzaron la estructura de poder de base agrícola y ganadera. La Bética será una de las regiones más importantes del
Imperio, por su significación económica, su papel político y su riqueza
cultural. En este período histórico llegaron a Andalucía amplios contingentes
de población itálica que propiciaron la romanización, que, al fusionarse con
las previas formas autóctonas, más el proceso de cristianización, dio lugar a
un enriquecimiento y singularización de la realidad sociopolítica y cultural
del territorio andaluz, una de cuyas manifestaciones fue la progresiva
sustitución de las lenguas indígenas por el latín.
3.- La
fase de Al-Andalus. Son ocho
siglos que algunos han considerado decisivos en la configuración de Andalucía.
Es una etapa de singular esplendor civilizatorio. En ella hay que destacar que
se despliega en el territorio andaluz un persistente proceso de ósmosis entre
las "tres culturas", cristiana, judía y musulmana, en el que el
predominio de ésta última no diluye, sino que enriquece, la identidad histórica
de Andalucía. Se produce así una nueva síntesis, que perfila más diferenciadamente,
en el contexto occidental, la personalidad histórica del pueblo andaluz.
4.- La fase castellana. Irrumpe a
partir de la conquista cristiana de Andalucía (en dos etapas, que matizarán
interiormente la realidad andaluza: s.XIII, el valle del Guadalquivir; s.XV, el
Reino de Granada, con la aparición de una etapa de marcada intolerancia). Es el
largo período en el que Andalucía forma parte de la Corona de Castilla y
experimenta un sostenido proceso de "castellanización forzada”, con todas
sus consecuencias sociales, económicas, políticas, religiosas y culturales,
que, pese a ello, acaba "sintetizándose" e integrándose en el
substrato andaluz preexistente.
5.- La fase española. Arranca con Felipe V y se acentúa a partir de 1833,
cuando la división provincial del país diseña una nueva organización
administrativa del Estado, caracterizada por la implantación de un fuerte
centralismo, que va acompañado del intenso impulso del nacionalismo español. Es
la etapa de despliegue del capitalismo, que conducirá a la subordinación y
dependencia - económica, social, cultural y política - de Andalucía, desde el
exterior y desde el interior, que ve como paulatinamente se
"enmascara" y desvirtúa su identidad histórica.
¿Qué sucede a lo largo de los muchos siglos que este esquema aglutina?.
El proceso histórico, pese a sus bruscas "sacudidas", irá articulando
progresivamente Andalucía como una realidad diferenciada. La permanencia de una
serie de elementos estructurales, entre los que cabe destacar las riquezas
naturales y su explotación, el valor geopolítico del territorio y su
utilización, la organización social y la "acumulación" cultural,
permitirán ir configurando una imagen de Andalucía que proporcionará a sus
habitantes una cierta conciencia de pertenencia a un pueblo. Así, Andalucía se
va "formando" históricamente y se despliega el pueblo andaluz, como
una peculiar "construcción social", con unos rasgos específicos que
manifiestan su "originalidad", socioeconómica y cultural, en el contexto
del proceso histórico global, peninsular y occidental, en el que se
desenvuelve.
b) La identidad
histórica de Andalucía.
La peculiaridad del proceso histórico andaluz da lugar a que cuatro
grandes herencias nutran y sustenten la formación de la identidad de Andalucía:
El largo período que va de Tartessos a la
Bética, en el que, con las continuidades estructurales señaladas, se
configura una síntesis cultural, a partir fundamentalmente de elementos
tartésicos, junto con aportaciones de fenicios y griegos, que van adicionándose
y amalgamándose, conformando una formación social singular, instalada en un
territorio permanente.
La intensa etapa de la Bética, en la que el
proceso de romanización implicó la
impregnación clásica de las formas civilizatorias autóctonas. De esta manera, la
tradición mediterránea y el proceso modernizador romano, más la penetración del
cristianismo, se incardinaron en la realidad socioeconómica existente en el
territorio andaluz, enriqueciéndola y dando lugar a la implantación de la
lengua, la asunción de una nueva organización institucional-administrativa y al
despliegue de una significativa simbiosis cultural.
La decisiva fase de Al-Andalus, tanto por su
riqueza cultural propia y por la singular impronta sobre la sociedad y sobre la
economía, como por impedir la implantación feudal en el territorio de
Andalucía, lo que la diferencia del resto de la historia peninsular. Todo ello
confiere una originalidad peculiar a la realidad socioeconómica andaluza de la
época.
La castellanización y cristianización
tras la conquista, acompañadas de la
"señorialización" de las tierras, a todo lo cual se une el
impacto americano. No es tanto un radical "corte" civilizatorio, sino
más bien un "trauma" profundo, que obliga a una reconstrucción
cultural. No se borra el pasado, sino que hay una "instalación" de
nuevas formas sobre una estructura que subyace. Como señala J. Alcina, mucho
del pasado “tartésico, romano y árabe” sería heredado por los castellanos
conquistadores. Es, por lo tanto, un nuevo aporte, con la imposición de una
lengua única, por lo que esta etapa final "castellanista" no anula la
historia pasada, sino que se imbrica progresivamente en todo lo anterior.
En suma, la identidad histórica
de Andalucía, sumariamente caracterizada, es el resultado: de un lado, del
despliegue en el tiempo de una formación socioeconómica que se fundamenta en la
tierra y su explotación (de aquí su valor simbólico), dando lugar a una
"construcción social" de propietarios y trabajadores, que implica la
permanencia de una estructura de clases fundamentalmente dual y de una
polarización en la distribución de la renta y de la riqueza; de otro lado, de
la existencia de un continuo acarreo de elementos culturales, rico y diverso,
procedentes de una "superposición de temporalidades" y de horizontes
históricos distintos, que serán amalgamados y sintetizados en una cultura
"resultante", propia de Andalucía.
c) Despliegue
capitalista e identidad andaluza.
Con el despliegue del capitalismo se pondrá en marcha una nueva fase en
el proceso de conformación de la identidad andaluza. Si en lo económico se
produce un decidido avance de la dominación “externa”, que transforma Andalucía
en buena medida en una especie de "enclave colonial", en lo referente
a su realidad, la "visión"
de los viajeros extranjeros construye una "imagen deformada" de
Andalucía. El resultado es que, como se ha dicho, antes de ser consciente de sí
misma, se había ya "inventado" mixtificadamente Andalucía desde el
exterior.
La inserción de Andalucía en el sistema significará su dominación,
dependencia y periferización. Esta "posición" de Andalucía en el
sistema capitalista implicará el desenvolvimiento en Andalucía de los que J.Mª.
de los Santos ha denominado "cultura
en la dependencia", cuyas características son: a) ser una cultura invadida, penetrada por formas
ajenas, pertenecientes a los sistemas culturales dominantes; b) ser una cultura manipulada, en el sentido de
estar determinada y condicionada desde el exterior; c) ser una cultura desvirtuada, al estar
"marcada" por la dependencia y aparecer "subordinada" a
formas culturales dominantes, lo que hace peligrar los elementos configuradores
que le dan sentido y significado propio. No obstante todo ello, la cultura
identitaria andaluza “resistirá” estos embates externos (la “resistencia” ha
sido históricamente un “marcador” de la identidad andaluza), subsistiendo y
desplegándose como manera expresiva del pueblo andaluz, pese a su situación de
dependencia.
A través de estos procesos, la cultura andaluza trata de ser
"ocultada"; sobre ella se construye un nuevo universo simbólico, que
busca arrumbar la cultura propia de Andalucía, imponiéndose sobre ella como un
"avance modernizador", dando lugar a una anomia cultural
(debilitamiento de la conciencia de la propia cultura). La fuerza de la
dominación está en la "violencia simbólica" que los valores
culturales "dominantes" imponen a la cultura "dominada",
forzando su sumisión y tendiendo a su "desvirtuación". Estamos, con
todo ello, ante un proceso de "desnaturalización identitaria". Como
escribió el prof. J.L.Pinillos, "los
clichés mentales y las frases hechas, convenientemente reforzados, constituyen
las apoyaturas imperceptibles, pero efectivas, del control del pensamiento
colectivo, y también de la conducta regulada por éste".
Quizás por todo ello, más algunos aditamentos introducidos durante el
franquismo, período en el que, de forma sistemática, se forzó el vaciamiento de
contenidos y la “vampirización” de elementos expresivos de formas culturales de
Andalucía, sigue aún sin cuajar una conciencia andaluza solidaria. Los
localismos y provincialismos, como vimos, continúan ampliamente arraigados,
obstaculizando la formación de una voluntad
andaluza común, sustentada en una asumida "conciencia de
identidad".
d) Un sumario balance final.
En suma, balance final de todo este largo proceso reseñado son las tres
características estructurales básicas de la identidad andaluza que propone
I.Moreno:
El acentuado antropocentrismo o tendencia
a la personalización de las relaciones sociales, con el fin de crear "relaciones
humanizadas" y no exclusivamente instrumentales.
El rechazo de cualquier tipo de
inferioridad, real o simbólica, que afecte a la autoestima, lo que
conduce a la emergencia de un sentimiento y de una ideología igualitarista.
Una visión del mundo y una actitud
relativista respecto a las ideas y a las cosas, que está en la base de la tolerancia y
la permisividad, y explica la flexibilidad de la cultura andaluza para la
aceptación de innovaciones y de elementos procedentes de otras culturas.
Estos rasgos identitarios no constituyen ninguna "esencia
inmanente", sino que, como se ha explicado, son producto de la historia de Andalucía y configuran la estructura
profunda que conforma la identidad colectiva de los andaluces.
En definitiva, la experiencia histórica del pueblo andaluz ha generado
un conjunto de valores, actitudes y comportamientos que constituyen hoy
significativos "marcadores identitarios". Sólo desde el
autorreconocimiento como pueblo y desde la conciencia de identidad, desde la
recuperación y profundización de las raíces históricas y los valores culturales
propios, será posible al pueblo andaluz afirmar su presencia en la nueva Europa
que se construye y en el despliegue incesante de la globalización
uniformizadora.
En otras palabras: para hacer el futuro de Andalucía, hay que conocer y
asumir su pasado. En tanto la sociedad andaluza no es una construcción
monolítica y que han existido y existen en ella diferentes clases sociales y
fracciones de clase, distintos grupos de intereses y de arraigos territoriales,
habrá variadas maneras de entender Andalucía, pero siempre desde una común
realidad identitaria de fondo. Aceptando el matiz, es necesario, no obstante,
que Andalucía encare el futuro junta, unida y consciente de su identidad como
pueblo, para evitar que, entre la europeización y la globalización, desde
"fuera" decidan el futuro de Andalucía, le acaben "robando"
su futuro; porque solamente participando como sujetos activos en la
construcción de ese futuro se podrá realmente formar parte del mismo como
pueblo.
3.- ESTRUCTURAS CONDICIONANTES DE LA IDENTIDAD ANDALUZA.
3.1.-
Estructuras económico-sociales
(Manuel Delgado Cabeza)
3.2.- Valores
políticos, Formas de Poder e Identidad
(José Cazorla Pérez)
(Javier Escalera Reyes)
La identidad del pueblo andaluz es, como se viene subrayando, el
resultado de un largo proceso histórico, y en su configuración han jugado un
papel muy importante las condiciones materiales de vida, sin que esto suponga
una correspondencia unívoca y determinista entre lo ideal y lo material, cuyas
relaciones se desenvuelven dentro de una dialéctica de interdependencia más
compleja.
En ese largo proceso, los doscientos últimos años, construidos sobre el
haber sido anterior, son los que en
mayor medida han contribuido a generar los marcadores de identidad que hoy
predominan en la cultura andaluza. Y en esa trayectoria, el modo de inserción
en el capitalismo y el papel jugado por Andalucía en la división del trabajo,
que surge y se consolida a lo largo de los dos últimos siglos, va a condicionar
algunos de los rasgos básicos que caracterizan nuestra identidad como
pueblo.
a)
Configuración de una formación social periférica.
Como es sabido, la conquista castellana supuso, entre otras cosas, el
comienzo de un nuevo modo de organización económica y social, con la
agricultura como fuente principal de riqueza y de acumulación. Nuevas formas de
generación, apropiación y distribución de la riqueza, desde muy pronto van a
consolidar una fuerte polarización social configurada en sus extremos por los
“agraciados” en el reparto de tierra y quienes sólo disponen de sus brazos para
trabajarla.
El siguiente trayecto, el del tránsito del antiguo al nuevo régimen, ya
entrado el siglo XIX, es, en Andalucía, la historia del triunfo de la propiedad
privada en el campo andaluz y de la consolidación de la posición hegemónica
oligárquica de una burguesía agraria estrechamente emparentada con las clases
privilegiadas del antiguo régimen. Este triunfo, que supone la destrucción de
formas comunales de uso de la tierra y en gran parte el ocaso del patrimonio municipal,
tiene lugar en medio de una oposición popular que cuestiona la legitimidad de
las formas de apropiación y distribución de la riqueza impuestas en el campo
andaluz.
Sobre este sistema agrario, caracterizado por la abundante utilización
de fuerza de trabajo asalariado, sin fijación a tarea o espacio alguno,
disponiéndose de ella en la medida en que era requerida por las necesidades de
cada momento, se estructura un conjunto de relaciones económicas, sociales y
políticas, en un contexto que está en relación también con un imaginario, una
visión del mundo del jornalero andaluz, cuyos elementos integrantes han sido
puestos de manifiesto en algunos trabajos, entre los que el de Juan Martínez
Alier se ha convertido ya en clásico. Entre estos elementos se encuentran,
junto al rechazo a la legitimidad de la propiedad de la tierra, el concepto de
la unión como vínculo de solidaridad, la valoración positiva del trabajo como
mecanismo de autoidentificación y autovaloración, que separa, distingue y
legitima al colectivo de pertenencia frente a “los otros”, la clase “ociosa”,
el cumplir y la dignidad como componentes básicos de la idea del trabajo,
independientes de la riqueza material. Estos elementos, fuente de actitudes y
creencias, no sólo explicarán en gran medida fenómenos como la historia de las
agitaciones campesinas andaluzas, sino que trascienden este sector social del
que emergen para impregnar el sustrato sobre el que se conforma, como fruto de
una experiencia histórica colectiva, la cultura andaluza.
Una cultura asociada y condicionada también por las formas de
articulación de la estructura productiva andaluza con el exterior. Hay que
recordar en este sentido que, mientras que en Andalucía se afianza una economía
que gira en torno a la agricultura y a actividades como la minería y la pesca, que
definen una especialización productiva fuertemente vinculada a la explotación
de los recursos naturales, en otros territorios, como Cataluña y el País Vasco,
se ha producido un tránsito hacia el predominio de la industria,
consolidándose, desde la segunda mitad del siglo XIX, una división del trabajo
en la que el patrimonio natural de Andalucía –suelo y subsuelo-, se pone en
gran medida al servicio de las necesidades de los procesos de crecimiento y
acumulación que tienen lugar en otras áreas. Se trata, por tanto, de una
especialización propia de las economías periféricas, una especialización
dependiente.
Esta doble dependencia, externa e interna, con sus especificidades, y
también con sus antecedentes propios, diferentes a los de otros territorios,
marcará de forma clara los principales rasgos de nuestra cultura.
b) Crecimiento y modernización en
los 60.
No cabe duda de que los años 60 suponen el comienzo de una nueva etapa
en la articulación de Andalucía dentro del sistema. Es una etapa en la que se
aceleran las relaciones entre la economía y la sociedad andaluza y el exterior,
teniendo lugar importantes cambios hacia adentro, viéndose alteradas las formas
de vida, los procesos de trabajo, los modos mediante los cuales los andaluces
obtienen sus ingresos, las pautas de consumo, los asentamientos poblacionales o
las relaciones con el medio natural.
Entre los factores que en mayor medida condicionan estos cambios cabe
destacar los siguientes:
1) Los movimientos migratorios. El papel de
Andalucía en la división territorial del trabajo, y las necesidades de la
acumulación en otras áreas, la convierten en importante suministradora de
fuerza de trabajo a los principales centros económicos dentro del Estado
(Cataluña, País Vasco y Madrid, fundamentalmente), y a los núcleos más
dinámicos de la Europa del entonces llamado Mercado Común. El contacto de los
andaluces, bajo duras condiciones de vida y trabajo, con realidades distantes y
distintas a la suya, tuvo entonces un papel muy importante en el
autoreconocimiento de las diferencias y en la toma de conciencia de su propia
identidad como pueblo.
2) Modernización de la agricultura. En los años
60 se descompone en Andalucía el modelo de agricultura tradicional, que descansaba
en la utilización de una abundante mano de obra barata, y se pone en marcha un
proceso de modernización, que tiene como hilo conductor una mercantilización
que se profundiza en su evolución temporal.Creciente integración de la
agricultura en un sistema agroindustrial cada vez más internacionalizado,
disminución progresiva de la participación salarial en el valor añadido,
modificación sustancial de las relaciones entre la gestión de los sistemas
agrarios y la naturaleza, en detrimento de la sostenibilidad y la reproducción
de estos agrosistemas, e intensa reducción del empleo, han sido las
características que han definido la dinámica del sector agrario, y que, en su
profundización en las décadas de los 70 en adelante, van a significar, entre
otras cosas a las que nos referiremos más adelante, una intensa y progresiva
disminución del trabajo agrícola asalariado como fuente de ingresos monetarios
en el medio rural andaluz y la consiguiente quiebra del modelo en el que se
había generado esa cultura a la que antes se hizo referencia.
3)Crecimiento económico desde la desigualdad. En los años 60, Andalucía conoce un período
de una década de intenso y continuado crecimiento económico, por encima de la
media española y de mayor nivel que el que se tendrá después, en los últimos
años de la década de los 80 y hasta 1992. Este crecimiento se sustenta,
básicamente, en tres elementos. Por una parte, la agricultura, que conoce en
estos años, bajo un fuerte proceso de mecanización, incrementos importantes en
sus niveles de producción. Por otra, comienza el auge y la consolidación de un
turismo de masas que llega, sobre todo, a algunas zonas de las costas
andaluzas. La actividad industrial también experimenta un notable incremento,
hasta el punto de ser el sector en el que tienen lugar las mayores tasas de
crecimiento. La instalación de algunos grandes establecimientos industriales
(Refino de Petróleo, Química básica, Papel), que vienen a ser apéndices de las
economías centrales, desconectados del resto del tejido productivo andaluz,
mientras éste en buena parte se desmembra, produce como resultado, al final del
período, un mayor debilitamiento de la actividad industrial autóctona.
En esta etapa se tiene ocasión de constatar que, sin cambios
estructurales, sin profundas transformaciones en torno a cómo se produce y cómo
se distribuye la riqueza en Andalucía, estimular el crecimiento significa
profundizar los desequilibrios, acentuar la desarticulación, profundizar en una
dinámica de adaptación a necesidades ajenas.
Todos estos elementos se unen más adelante, ya a finales de
los 70, a los efectos de la crisis económica
y el cierre de la espita de la emigración, para sumir la realidad
andaluza, cuando llega la llamada transición política, en una situación
especialmente grave en la que se va gestando una toma de conciencia que dará
lugar a la generalización de la conciencia de identidad andaluza. El pueblo
andaluz reafirma su existencia como pueblo el 4 de diciembre de 1977, y,
rechazando la discriminación a la que se pretendía someterlo, exigió
instrumentos de autogobierno que le permitieran resolver los seculares
problemas de dependencia y marginación que obstaculizaban su desarrollo. Como
forma de rechazo de esa situación secular, se reivindicaban con fuerza “las
riendas de la autonomía” capaces de traer “trabajo y prosperidad” a un pueblo
que se veía próximo a ser sujeto de su propio destino.
c) La Autonomía instituida.
Con la LOAPA (Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico) como
trasfondo, y la elaboración del Estatuto de Autonomía de Andalucía, se va a
iniciar un proceso por el que se reconducen los deseos de transformación social
hacia los cauces de participación institucional establecidos.
No obstante, y a pesar de las limitaciones con que había nacido el Estatuto,
éste aspiraba, según constaba en su artículo 2º, a “hacer realidad los principios de libertad, igualdad y justicia para
todos los andaluces, en el marco de igualdad y solidaridad con las demás
nacionalidades y regiones de España”. En el ámbito de lo económico, los
artículos 12 y 18 señalan los principales objetivos e instrumentos propuestos
por el Estatuto. El primero de ellos, establece entre los objetivos básicos,
para cuyo alcance, “la Comunidad Autónoma
ejercerá sus poderes”, 1º “La
consecución del pleno empleo en todos los sectores de la producción y la
especial garantía de puestos de trabajo para las jóvenes generaciones de
andaluces”...3º..”la justa
redistribución de la riqueza y la renta” 4º...”se crearán las condiciones indispensables para hacer posible el retorno
de los emigrantes, y que éstos contribuyan, con su trabajo, al bienestar
colectivo del pueblo andaluz”...7º”La
superación de los desequilibrios económicos, sociales y culturales entre las
distintas áreas territoriales de Andalucía, fomentando su recíproca solidaridad”.
9º”La constante promoción de una política
de superación de los desequilibrios existentes entre los diversos territorios
del Estado, en efectivo cumplimiento del principio constitucional de
solidaridad”. 10º”El desarrollo
industrial como fundamento del crecimiento armónico de Andalucía”.11º”La reforma agraria, entendida como
transformación, modernización y desarrollo de las estructuras agrarias, y como
instrumento de una política de crecimiento, pleno empleo y corrección de los
desequilibrios territoriales”.
Veamos a continuación cómo han evolucionado, desde los 80, los
elementos de la realidad económica y social de Andalucía que en mayor medida
tienen que ver con estos propósitos expresados en el Estatuto de
Autonomía.
1) Evolución de la estructura económica.
En la llamada etapa autonómica, la capacidad de generación de valor
añadido en Andalucía se ha mantenido, con ligeras variaciones, al nivel que se
tenía en 1978 (12,5% aproximadamente del valor añadido generado en el Estado),
un porcentaje muy por debajo del que le correspondería por el peso de su
población (18%). En este sentido, puede decirse que estamos donde estábamos,
aunque tanto el porcentaje de participación de la economía andaluza, como la
diferencia con respecto a Cataluña, el País Vasco y Madrid era más favorable en
1955. Hoy, Andalucía se sitúa por debajo de la posición que tenía cuatro
décadas atrás.
En lo que al empleo se refiere, el nivel al que se sitúa la ocupación
en 1995 viene a ser el mismo que el que se tenía en 1978, aunque esto supone
300.000 empleos menos que los existentes en 1964. Se ha mantenido, por tanto,
como rasgo estructural de nuestra economía, su escasa capacidad para generar
empleo. El resultado de esta falta de creación de empleos en Andalucía es,
cortada la espita de la emigración, que el número de parados pasa de 262,5
miles en 1978 a 888,4 miles en 1995, más que triplicándose. Y ello concurriendo
al mercado de trabajo en 1995 sólo 47 de cada 100 personas en edad de trabajar.
Si la tasa de actividad o porcentaje de la población potencialmente activa que
demanda trabajo en Andalucía se hubiera equiparado con la media en los países
de la Unión Europea (67%), el paro alcanzaría cotas aún mayores.
La tasa de paro se ha movido desde el 14,8% en 1978 hasta un 33,9% en
1995, pasando a ser la más alta de las regiones europeas, en un proceso de
divergencia en relación con otros territorios del llamado mapa autonómico, que
resalta aún más el contraste con la situación de pleno empleo que se planteaba
como objetivo en el Estatuto de Autonomía. Este proceso desigual en la
evolución de la ocupación y del paro, conlleva, no sólo una lejanía muy
importante del pleno empleo que se señalaba en el Estatuto como objetivo, sino
también de la igualdad de oportunidades o de la superación de los
desequilibrios entre las diversas comunidades autónomas proclamados también
como fines a alcanzar en el mismo.
2) La especialización productiva.
Una primera aproximación a las funciones que la economía andaluza juega
en la división regional del trabajo y a su evolución se tiene si observamos lo
ocurrido para los tres grandes sectores -agricultura, industria y servicios-,
en cuanto a su participación en la producción española equivalente,
estableciendo la referencia con lo sucedido en el territorio al que denominamos
centro (Cataluña, País Vasco y Madrid).
En la agricultura, Andalucía, como era de esperar, aparece durante todo
el período considerado por encima del centro. Pero además, se observa una
tendencia claramente creciente para la participación andaluza en la española.
Esta participación ha pasado de 21,5 a 25,2 entre 1979 y 1995. Se ha
profundizado la especialización agraria andaluza, siendo ahora la agricultura
un sector orientado en mayor medida hacia el exterior. Mientras tanto, la
demanda interna de productos agrarios es abastecida, cada vez en mayor medida,
desde fuera. En 1980, la agricultura andaluza cubre la demanda interior en un
86,1%, descendiendo esta cifra al 76,3% en 1990. Ahora se importa el 23,7% de
los productos agrarios que se necesitan en Andalucía, en un proceso de
separación entre producción y consumo que hace a la demanda total de productos
agrarios más dependiente del exterior.
Al mismo tiempo, y en relación con lo anterior, se produce un intenso y
rápido proceso de especialización hacia la producción hortofrutícola, que va
camino de suponer la mitad del valor de la producción agraria, y, en menor
medida, hacia el olivar. Estos son, en gran medida, los efectos de una
“integración” -en este caso en el proyecto europeo, parte a su vez de la
mundialización -que absorbe las economías locales dentro de un sistema
gestionado, cada vez de una manera más centralizada, desde los núcleos que
controlan los circuitos de la gran producción y la gran distribución. Así pues,
especialización y vulnerabilidad crecientes, y extrema debilidad que se ha
puesto de manifiesto en los últimos años, a partir de los cambios en la PAC,
los acuerdos sobre liberalización de los mercados agrarios y los Acuerdos de
Asociación de la Unión Europea con los países terceros de la cuenca
mediterránea, que han llevado a que, por ejemplo, los más de 7.000 productores
de tomates en Andalucía no puedan competir con el cupo de 150.000 toneladas de
tomate magrebí destinado a Europa.
Esta dependencia de la parte más “moderna” y dinámica de la agricultura
andaluza, conformada de manera creciente de acuerdo con las pautas de lo que se
ha dado en llamar agrobusiness, o
agricultura industrial, reduce al agricultor a “cliente” de los grandes
consorcios agroalimentarios, y proveedor de las grandes cadenas de
alimentación, en un proceso en el que, por medio de cultivos “forzados”, se
trata de separar la agricultura de los límites y condicionantes del entorno.
El consiguiente uso creciente de productos químicos y, en general, de
materiales y energía no renovables para poder atender las necesidades de esta
agricultura a la que se ha denominado “devoradora de recursos”, produce dos
tipos de efectos ya ampliamente constatados en el caso de la agricultura
andaluza. Por una parte, hay clara disminución de la eficiencia energética, de
modo que para obtener una cantidad de producto determinada, se requiere
consumir aproximadamente diez veces más de energía. Por otra parte, los costes
“medioambientales” más próximos son también crecientes, y se manifiestan en
forma de fuerte consumo y contaminación de aguas superficiales y subterráneas
con nitratos o fosfatos, y mineralización
de suelos que pierden,
progresivamente, su fertilidad y se predisponen para la erosión. En
definitiva, esta agricultura, que se aleja cada vez más del respeto a las leyes
de reproducción de los agrosistemas, y cuya sostenibilidad se encuentra
seriamente cuestionada, es la que ha llevado a la Agencia de Medio Ambiente de
la Junta de Andalucía, a señalar las actividades agrarias como “las causantes de los principales procesos de
degradación ambiental” en Andalucía.(Informe
General del Medio Ambiente en Andalucía 1987. Junta de Andalucía.)
A estas ineficiencias en sus relaciones con el medio físico, esta
agricultura, que tan bien se comporta desde el punto de vista del crecimiento
del valor añadido y la productividad durante el período, en gran medida gracias
a la “externalización” y no consideración de los costes “medioambientales”, une
unas repercusiones sociales en cuanto a la distribución de la riqueza monetaria
generada en su interior, que también desde este punto de vista llevan a
cuestionar su eficacia.
En este sentido, por una parte, en el período 1977-1995
se han destruido 264,6 miles de empleos en la agricultura andaluza, que supone
la desaparición de más de la mitad (56,7%) de la ocupación que existía al
principio del período. A este fuerte ritmo de destrucción de empleo agrario va
unido un volumen relativo de salarios cada vez menor. En diez años, de 1980 a
1990, los salarios han pasado de representar casi la cuarta parte del valor de
la producción final agraria (24,4%), a suponer sólo un 14% de la misma.
Todo ello conduce a que la agricultura, principal y casi única fuente
de riqueza en el medio rural andaluz, en el que reside más de la tercera parte
de la población de Andalucía, ve progresivamente disminuir su capacidad para
proporcionar empleo y renta a la población que en él habita. Sin que las
perspectivas que se vislumbren puedan suponer cambios en las tendencias
apuntadas.
Así se plantea claramente en las Bases
para un Plan de Desarrollo Rural de Andalucía, documento elaborado en 1993
por la Consejería de Agricultura de la Junta de Andalucía, donde se puede leer
que, por una parte, “la agricultura
seguirá siendo la actividad sobre la que bascule el desarrollo rural en
Andalucía” (p.14”), y por otra, que “la
agricultura difícilmente puede ya generar más empleos, acuciada ante el fuerte
ritmo de los cambios tecnológicos, socioeconómicos y laborales, y ante el
problema de lograr una mayor competitividad de sus actividades, en el marco de
la progresiva liberalización económica que se abre como consecuencia de la
reforma de la PAC, y los cambios experimentados en el entorno geopolítico
internacional -negociaciones del GATT, apertura comercial a los países del
Este, etc” (p.38).
Puede decirse, por lo tanto, que estamos en presencia de una
agricultura cuya trayectoria se aleja progresivamente de la que se reclamaba en
el Estatuto de Autonomía,(art.12-3-11º) en el que, como objetivo básico, se
fijaba la necesidad de poner en marcha las transformaciones necesarias para
conseguir que la actividad agraria llegara a ser un instrumento de una política de pleno empleo y corrección de
los desequilibrios territoriales. En este ámbito, también la realidad ha
discurrido en dirección contraria a las intenciones manifestadas en el
Estatuto.
La evolución de la participación de la industria andaluza en la
producción industrial española ha ido desde un 9,6% en 1977 a un 8,1% en 1995.
Pérdida de peso que evidencia un declive del sector industrial andaluz, que se
contrapone fuertemente con el modelo de desarrollo anunciado en los años 80 por
trabajos que, realizados con el patrocinio oficial de Instituciones como la
Sociedad Estatal Expo´92 y la Junta de Andalucía, se centraban en las nuevas
tecnologías y en el desarrollo de los sectores más avanzados de la industria,
para llevar a “una nueva Andalucía”
convertida en “una de las regiones económicas
y sociales más dinámicas de la nueva Europa”. (M. Castells y P.
Hall, dirs. Para llegar a estas afirmaciones se partía de un “diagnóstico” en el
que se concluía que en Andalucía se estaba asistiendo, desde 1986, a “un proceso de industrialización, tan rápido
que sólo es equiparable al experimentado en los últimos 20 años por el Pacífico
Asiático”, con la aparición de un “nuevo
tejido productivo”, como resultado de que “el nuevo crecimiento andaluz es multisectorial y tiene su núcleo más
dinámico en los sectores más avanzados de la industria” (págs 816 y ss).
La distancia entre la realidad andaluza y la imagen que de ella se
difunde desde instancias oficiales ha sido, y en gran medida continúa siendo,
una de las constantes de los últimos 15 años. Una separación que en nada
favorece el necesario reconocimiento colectivo de la realidad en la que nos
desenvolvemos, con la consiguiente desactivación de las motivaciones hacia el
cambio. Mientras tanto, en este sector industrial andaluz, se destruían, entre 1980
y 1995, 41,9 miles de empleos, el 20,4% de los que existían al comienzo del
mismo. Y la intensidad de esta pérdida de empleos viene a incidir especialmente
en las actividades de alto nivel tecnológico, donde desaparece aproximadamente
casi una tercera parte (31,5%). También
estamos aquí muy lejos de las intenciones del Estatuto de Autonomía, que como
uno de sus objetivos básicos fijaba “el desarrollo industrial, como fundamento
del crecimiento armónico de Andalucía” (Art.12.3) En todo caso, el tipo de
crecimiento que propicia el modelo industrial vigente es fuente de situaciones
de desequilibrio, tanto por su polarización en torno a muy pocas actividades
desligadas del resto del tejido productivo, como por su localización espacial.
Como ilustración de las pautas territoriales que ha seguido la
localización espacial de las actividades industriales en los últimos años
dentro de Andalucía, podemos tomar el caso de la industria agroalimentaria, que
genera más de la tercera parte del valor añadido industrial (35,0%), y en la
que la inversión en el período 1984-1994 presenta un comportamiento altamente
concentrado alrededor de las principales áreas urbanas andaluzas.
Concretamente, en 18 municipios de los 769 que componen el territorio andaluz
-el 7,2% del mismo- se localiza el 64% de las inversiones, mientras que en el
66% del territorio se invierte sólo el 4% del total. Esta alta concentración
territorial de la actividad económica en unos pocos núcleos, mientras la gran
mayoría del territorio andaluz queda al margen de los procesos de crecimiento y
acumulación, ha contribuido a la profundización de los desequilibrios internos
que ha tenido lugar en estos años, en contra también de los propósitos del
Estatuto.
En los servicios, Andalucía ha venido representando entre 12,5 y el
13,5% del valor añadido por el terciario en el Estado, un peso que está muy por
debajo del 18% que representa la población andaluza. De modo que, a pesar de
que dentro de la estructura económica de Andalucía los servicios hayan visto ascender
su participación hasta representar más del 60% del mismo, no puede decirse que
la economía andaluza tenga una especialización productiva ligada al sector
servicios.
El empleo en los servicios andaluces se ha incrementado en el período
en 367,2 miles. Este crecimiento, que, suponiendo una cierta compensación a la
destrucción de empleos en el resto de la economía andaluza, no alcanza a
detener el crecimiento del paro. La evolución decreciente de la productividad
en el sector, que se separa de la de las áreas centrales, así como el
predominio de servicios “tradicionales” en contra de lo que sucede en el
centro, así como otros síntomas que van en la misma dirección (proliferación de
pequeños establecimientos en “hostelería”, mayor importancia de la venta
ambulante, etc), junto con la intensa “modernización” que ha experimentado una
parte de las actividades de servicios en Andalucía -nuevas formas comerciales y
de distribución, servicios a las empresas y otras expresiones del papel de los
servicios en el nuevo modelo productivo-, confirman la persistencia de un
sector dualizado que continúa en gran medida sirviendo como refugio de
capitales y mano de obra desocupados.
3)Las funciones de Andalucía en una economía globalizada.
Como se ha señalado anteriormente, cuando comenzó “la etapa
autonómica”, la situación desfavorable en la que se encontraban la economía y
la sociedad andaluza se relacionaban estrechamente con una división regional
del trabajo consolidada a lo largo de la historia, en la que Andalucía jugaba
un papel no sólo secundario, sino, sobre todo, subordinado a las necesidades de
los procesos de crecimiento y acumulación que tenían lugar en otras áreas. El
aparato productivo andaluz se orientaba y/o se reestructuraba desde esta
situación de dependencia, adaptándose a los requerimientos de procesos
económicos alejados de Andalucía. Esta particular situación acentuaba aún más
las expectativas generadas a finales de los 70 por la autonomía como forma de
romper los lazos que impedían el desarrollo. ¿Cómo se ha desenvuelto la
economía andaluza en relación con esta necesidad de salir de la dependencia?
¿En qué medida se han producido cambios que permitan afirmar que la autonomía
política instituida ha tenido su correlato en un cambio de rumbo en relación
con las tendencias que se arrastraban anteriormente? ¿Estamos, después de un
“despliegue autonómico” de casi 20 años, en mejores condiciones? ¿Ha cambiado
el papel que jugamos con respecto a etapas anteriores?
En el recorrido que hemos hecho hasta aquí, hemos tenido ocasión de
reponder en cierta medida a estos interrogantes. Pero para centrarnos más en
las funciones que hoy desempeña la economía andaluza en un contexto de apertura
creciente, en el que el rango de las actividades que conforman la especialización
productiva condiciona y explica, cada vez en mayor medida, la dinámica interna,
conviene detenernos en algunos aspectos.
La debilidad de la economía andaluza en la globalización se traduce no
sólo en su escasa cuota de participación en la economía española, casi cuatro
veces menor que la de Cataluña, el País Vasco y Madrid, sino también en cuanto
a su escaso grado de diversificación. En efecto, las economías centrales son
economías enormemente diversificadas en su especialización productiva, de tal modo
que la presencia de un cuerpo económico de una alta densidad, con una trama de
relaciones muy amplia, garantiza y refuerza la coexistencia de elementos que
propician para el crecimiento y la acumulación, estimulando el papel de las
llamadas externalidades. A su vez, la diversidad es, en sí misma, un factor
dinamizador de procesos con un alto grado de autoalimentación.
Por el contrario, en Andalucía nos encontramos con una fuerte
polarización en torno a un núcleo de actividades muy estrecho, con un alto grado
de desarticulación con el resto de la economía, y cuyo peso se va distanciando
del resto en la medida en que el crecimiento se vincula, básicamente, con las
actividades reclamadas por su especialización. De modo que, como ya se ha
mostrado en otros trabajos, el crecimiento económico, en una estructura
económica como la andaluza, no surte los efectos de difusión y refuerzo de la
cohesión que pueden tener lugar en una economía integrada y diversificada, sino
que, por el contrario, contribuye a reproducir y ampliar las condiciones de
desarticulación y los desequilibrios de partida.
Mientras tanto, la debilidad del tejido empresarial andaluz es un
elemento especialmente negativo en un momento de mundialización de la economía
en el que predomina de manera creciente la producción y la distribución a gran
escala. Los altos costes de la investigación y el desarrollo tecnológico, base
de procesos de innovación imprescindibles para la penetración, el mantenimiento
y la expansión en los mercados, la importancia de la capacidad de organización
e integración de grandes redes empresariales, y
la concentración y el poder de las grandes cadenas de distribución, son,
entre otros, elementos que acrecientan las ventajas de partida para los grandes
grupos empresariales y los espacios mejor dotados. Éste es el trasfondo sobre
el que tienen lugar procesos de crecimiento que terminan disminuyendo las
capacidades competitivas de las economías locales en áreas periféricas como
Andalucía.
Pero con ser importantes estas cuestiones a las que hasta ahora se ha
hecho referencia, hay aspectos cualitativos que marcan de una manera muy clara
la diferente posición que ocupa Andalucía con respecto al centro. La
jerarquización de actividades en cuanto a su participación en la producción equivalente
del Estado, en Andalucía tiene mucha relación con la que resulta para las áreas
centrales, sólo que vuelta del revés. Es decir, que hay una asimetría en la
especialización, en las funciones que desempeñan las dos áreas económicas
consideradas, de modo que nos encontramos con la cara y la cruz de la dinámica
del sistema.
En las regiones centrales, continúan con gran peso las actividades
transformadoras. La envergadura de la industria en el centro no permite hablar
de una descentralización o una difusión espacial de la actividad industrial,
aunque efectivamente se hayan producido cambios en la distribución territorial
de la industria dentro de las áreas centrales, e incluso haya tenido lugar una
cierta periferización de ciertas actividades del sector secundario hacia
territorios próximos a las grandes áreas metropolitanas. Es el caso de
provincias cercanas a Madrid, como pueden ser Guadalajara, Ciudad Real o
Toledo. No obstante, la traslación de establecimientos industriales hacia
regiones periféricas como tendencia, tal como se produjo en los años 60, puede
decirse que se ha detenido en un modelo de localización en el que, de nuevo,
las economías de aglomeración vuelven a cobrar un fuerte protagonismo. A ello
hay que añadir la localización de las industrias llamadas de alta tecnología en
las áreas centrales. Aquellas actividades industriales que incorporan en mayor
medida investigación, innovación y conocimiento, el núcleo más dinámico del
sistema industrial, se sitúa, con un predominio muy claro, en las áreas
centrales. Se trata, en gran medida, de las actividades que condicionan la
forma y el ritmo del cambio en el resto de la economía.
También podemos destacar la importancia, en el centro, de actividades
de servicios como los Servicios a las empresas y Crédito y seguros, dos actividades de muy poco peso en la
especialización andaluza y que constituyen pilares básicos en las nuevas formas
productivas del terciario. Transporte y comunicaciones y Servicios comerciales,
soporte fundamental de la producción y distribución a gran escala, son también
actividades con una fuerte implantación en estas economías.
En definitiva, las regiones centrales constituyen economías densas y
diversificadas, en las que se sitúan no sólo las funciones de producción, sino,
sobre todo, las funciones estratégicas de circulación, regulación y control del
sistema.
Mientras tanto, la especialización productiva de Andalucía se reduce a
muy pocas actividades que giran alrededor de la explotación de los recursos
naturales -agricultura, pesca, industria agroalimentaria, y , en menor medida,
turismo-. Funciones subordinadas a la demanda de los grandes espacios
privilegiados de la globalización, las regiones ganadoras, a cuyas necesidades
se adapta la estructura productiva andaluza, a la vez que se aleja,
progresivamente, de las necesidades internas de bienes y servicios.
Este proceso selectivo es el que se ha seguido, no sólo en la
agricultura, donde la diversidad que exigía una mayor orientación hacia el
mercado interno ha ido dando paso a una cada vez mayor especialización hacia
cultivos para la exportación. Hortofrutícolas y aceite, principales epígrafes
exportadores en la balanza comercial andaluza, sobrepasan en la actualidad el
75% del valor de la producción final agraria andaluza. Mientras tanto, la
demanda interna está, cada vez en mayor medida, satisfecha desde el exterior,
incluyendo la de productos agrarios y agroalimentarios.
También la industria
agroalimentaria andaluza fue reduciendo la variedad sectorial de su oferta para
centrarse en aquellas producciones en las que tiene “ventajas comparativas” más
claras. Al mismo tiempo ha tenido lugar un proceso de penetración de capital
exterior en las empresas andaluzas mejor colocadas, que han pasado a ser piezas
de la estrategia de los grandes grupos empresariales que han resultado de los
procesos de concentración y reestructuración asociados a la
mundialización.
Desde el punto de vista del uso de los recursos, las regiones que
ganan, continentes de las grandes áreas metropolitanas que vienen a ser los
espacios privilegiados de la globalización, necesitan, para poder funcionar, la
importación de grandes cantidades de energía y materiales que provienen de
áreas como Andalucía, cuyo patrimonio natural se utiliza, de manera creciente,
para sostener el crecimiento y la acumulación de territorios que importan su
sostenibilidad de otros espacios.
De
modo que desde estas grandes áreas metropolitanas no sólo se controla la
gestión de los recursos propios; se gestionan también en gran medida los
recursos pertenecientes a espacios periféricos como Andalucía, donde se
”generan” costes y se producen daños y deterioros que no se contabilizan en la
balanza comercial. Por este camino, el crecimiento ha significado no sólo un
mayor debilitamiento de la base local, sino también un alejamiento de la
capacidad de decisión sobre la intensidad y las formas de utilización de un
patrimonio natural que se deteriora en beneficio de otros.
d) ¿Una
estrategia pública para la economía andaluza?
Por su carácter crónico y su naturaleza estructural, la superación de
estos problemas requiere concebir un conjunto de actuaciones coordinadas, desde
el que se replantee el propio funcionamiento de la totalidad. De modo que,
frente a la puesta en marcha de intervenciones singulares, se hace necesario
diseñar una estrategia, un planteamiento global, estructurado, que integre los
programas, las actuaciones y los proyectos concretos con el fin de alcanzar los
objetivos propuestos.
En este sentido, el primer gobierno autonómico de Andalucía proclamaba
la necesidad que tiene la realidad
andaluza de “un conjunto de actuaciones
de política económica coherentes entre sí, para lo cual la planificación
aparece como el mecanismo adecuado” (Ley del Plan Económico para Andalucía
(PEA)1984-86). Comienza así un proceso de elaboración con Planes para abordar
problemas que por su naturaleza “sólo
pueden ser afrontados con una perspectiva a largo plazo en la que la
planificación se reconoce como el instrumento más eficaz, siendo los distintos
Planes secuencias de una misma tarea” (Plan Andaluz de Desarrollo Económico
(PADE) 1987-90).
La planificación, por tanto, va a suponer, a través de los diferentes
Planes elaborados, tres hasta 1994, la concreción, tanto de la visión que desde
el gobierno andaluz se tiene de los problemas que afectan a la economía
andaluza, como de las soluciones propuestas para abordarlos. En principio, se
podría suponer, por tanto, que éste es
el soporte de una estrategia -término ampliamente utilizado en los Planes-,
diseñada para conseguir determinados objetivos. Pero para que una estrategia
pueda ser considerada como tal, se requieren ciertos requisitos mínimos, sin
los cuales las actuaciones podrían quedar reducidas a una mera agregación de
programas, cuyos resultados pueden distar de los objetivos propuestos, o
incluso ir en contra de su consecución.
Un primer requisito ha quedado recogido en el párrafo del PADE que
acaba de citarse y se refiere a la dimensión temporal de la planificación. Las
dificultades y resistencias para vencer los obstáculos al desarrollo exigen un
horizonte temporal de largo plazo y a la vez una permanencia en las líneas que
definen la propia estrategia. No sería lógico que las metas, los objetivos y
los instrumentos estuvieran continuamente en danza, modificándose de un Plan a
otro. El carácter secular y la profundidad de los problemas y la envergadura
que se requiere para su abordaje, justifican una persistencia y cierta
estabilidad y firmeza en el mantenimiento del rumbo, es decir, de la
estrategia.
Otra condición igualmente razonable viene a ser la de la coherencia a
la que se apela en las líneas del PEA que se transcribíeron más arriba. Una
coherencia que cabe interpretar en un doble sentido. Interna, de modo que
dentro de cada Plan, los instrumentos que se proponen guarden adecuación con
los objetivos planteados, por una parte, y, por otra, que se mantenga la
necesaria correspondencia entre el diagnóstico y los instrumentos. El otro tipo
de coherencia tiene relación con la dimensión temporal, que ya se ha señalado,
y hace referencia al contenido de los diferentes Planes entre sí, que debe
guardar una concordancia, sin que en principio parezcan justificables cambios
bruscos ni virajes con respecto al norte señalado, o alteraciones de
importancia en los caminos o la dirección a seguir. Como tampoco parecería muy
consecuente que los diagnósticos sobre la situación fueran esencialmente
distintos en sus planteamientos de unos Planes a otros.
¿Ha existido una estrategia, en el sentido que acaba de definirse,
desde el gobierno autonómico de la Junta de Andalucía, para intentar superar
los problemas que la economía andaluza tiene planteados?
Detengámosnos en el análisis del contenido de los tres Planes
elaborados hasta ahora, en relación con los requisitos o condiciones que acaban
de mencionarse.
1)El Plan económico para Andalucía. 1984-1986. (PEA).
Con las reivindicaciones de la autonomía resonando todavía con fuerza y
ante la situación de debilidad de la Junta como como poder instituido, el Plan
Económico, que se va a plantear como un instrumento básico para resolver los
graves problemas que la sociedad andaluza tenía pendientes, contribuía, junto
con otros elementos, símbolos y gestos utilizados, a justificar y legitimar al
propio gobierno del que emanaba.
En este sentido, hay que tener en cuenta también que con el ocaso del
poder fundado en la posesión de la tierra, y el correspondiente declinar de la
burguesía agraria, y ante la falta de un bloque hegemónico, de una fuerza social capaz de elaborar,
imponer y mantener su proyecto como
el de toda la sociedad andaluza en su
conjunto, la Confederación de Empresarios Andaluces, y las organizaciones
sindicales “mayoritarias”, compartían con el Gobierno andaluz tanto la
conveniencia de un discurso “integrador”, como el interés por la justificación de su carácter “representativo”
como “interlocutores válidos”.
El Plan andaluz 84-86, en el que, según reza en la presentación, los
objetivos y estrategia se sitúan en el contexto de la política económica
estatal, “a cuyos objetivos básicos se
adaptan todas las políticas económicas incluidas en este documento”,
comienza con una aproximación a la situación económica y social de Andalucía.
Un diagnóstico en el que se describe un conjunto de cifras que se comparan
sistemáticamente con los datos correspondientes a la economía española, con la
pretensión de establecer los “diferenciales”
de desarrollo. Ronda por toda esta primera parte la idea de agravio y de
derecho a la igualdad, tan presente en la reivindicación de autogobierno de
tiempos que estaban
todavía próximos.
En consonancia con este tipo de diagnóstico, puramente descriptivo de
las diferencias entre indicadores con respecto al modelo de referencia, en el
que no se entra en el análisis de las causas, ni del proceso histórico en el que éstas se generan, se plantean como
objetivos finales “la reducción del paro
y la elevación de la tasa de actividad” (“la tasa de paro andaluza debe aproximarse a la correspondiente a la
economía nacional”), el incremento del peso relativo de la industria y “un acercamiento de los niveles de
equipamiento colectivo a los correspondientes al conjunto nacional” (p.85),
y, como paso previo para conseguir estos objetivos finales, como objetivo
intermedio “la obtención de un ritmo de
crecimiento económico por encima del correspondiente a la economía española”(p.86).
Nos encontramos, en principio, ante la elección de un tipo de estrategia para
el desarrollo de Andalucía. Profundizemos algo más en el análisis.
En primer lugar, la definición se ha hecho en negativo, es decir, más
por dejación de otros, en este caso el Estado, que por convencimiento propio,
si bien es cierto que este planteamiento del desarrollo endógeno está muy en la
onda con un análisis del subdesarrollo andaluz, que encuentra en la dependencia
una de las claves para su interpretación y por tanto enfatiza la necesidad de
transformaciones que impliquen una movilización desde dentro. La reivindicación
del autogobierno y las demandas sociales y políticas de finales de los 70 y
principios de los 80 ponen de manifiesto que este es un enfoque explícita o
implícitamente aceptado. En este sentido, puede decirse que hay una
coincidencia entre este discurso del Plan y el que se quiere oir.
Pero esta declaración sobre el tipo de desarrollo por el que se aboga
debe tener una coherencia en otros niveles de definición del Plan. Sobre todo,
la debe tener a nivel sectorial. Y ahí nos encontramos con que, como estrategia
en cuanto a política sectorial, nada más terminar de describir lo que se
entiende por desarrollo del potencial endógeno, se propone “un mayor desarrollo de los sectores en los
que Andalucía tiene claras ventajas comparativas, como son el subsector
agrario, las industrias de transformación agraria, el turismo, y la pesca”
(p.90)
El crecimiento, objetivo intermedio del Plan, centrado en los sectores
en los que Andalucía tiene ventajas comparativas, viene a profundizar en el
modelo que históricamente ha conocido la economía andaluza, y sus resultados
son la más clara y evidente expresión de lo que cabría esperar de él. Supone
potenciar expresamente los sectores que polarizan la actividad económica en
Andalucía, con lo cual se reproducen y se amplían la desarticulación y los
desequilibrios sectoriales en un proceso alimentado desde la propia política
económica. Hasta tal punto, que en el 2º Plan, el Plan Andaluz de Desarrollo
Económico, 1987-1990, se llega a decir que la especialización de la economía
andaluza en los sectores para los que se tiene ventajas comparativas “es perjudicial para Andalucía” (p.108).
Es posible que esta priorización sectorial que procura más de lo mismo,
venga condicionada por un acontecimiento político: el anuncio, al parecer un
tanto inesperado, de que el Gobierno andaluz iba a abordar una de las
cuestiones símbólicamente de mayores resonancias en Andalucía: la Reforma
Agraria. Una Reforma que luego se definiría en términos que suponían insistir
en una modernización que hacía décadas que la agricultura andaluza había
emprendido por sí sola, y que iba a
terminar quedándose en gran medida en el discurso, es decir, vacía de
contenido, si nos atenemos a su incidencia real en la dinámica de la propia
agricultura, pero que fue ampliamente utilizada para alimentar la imagen de que
por fin se emprendía el camino para superar una cuestión de tan hondas
connotaciones en la experiencia colectiva en la historia de Andalucía.
Pero volviendo sobre la coherencia en los argumentos contenidos en el
Plan, el planteamiento del potencial endógeno es contradictorio e incluso
contrario a poner el énfasis en las ventajas comparativas tradicionales. Se
trata en éste, que entonces resultaba nuevo enfoque, en contra de la teoría
neoclásica, de hacer hincapié en ventajas que se relacionan con características
socioculturales y de comportamiento de la población local asociadas a los
procesos de desarrollo.
A pesar de que esta profundización en la especialización productiva
tradicional en torno a la agricultura va a terminar prevaleciendo como
tendencia y será uno de los rasgos que más claramente definen la evolución de
la economía andaluza en las últimas décadas, la opción del desarrollo endógeno
tiene sobre el papel su traducción, básicamente, en el programa de ordenación
del territorio y el diseño de la red de infraestructuras viarias y en la
política de fomento empresarial a través de la creación en 1984 del Instituto
de Promoción Industrial (IPIA). Incluso, si nos guiamos por el papel que se
asigna al Sector Público, podríamos decir que se adoptan posiciones próximas a
lo que desde la teoría de la dependencia se denominó desarrollo autocentrado.
En efecto, en el apartado dedicado a definir “El
Sector Empresarial Público”, se justifica la necesidad de intervención
directa en el terreno productivo por parte del Sector Público, ya que “la iniciativa privada en Andalucía no ha
sido capaz, por muchas razones, de impulsar un desarrollo que acabase con la
pobreza y postración andaluzas. La dinámica del subdesarrollo -se continúa
diciendo- hace todavía más difícil que
pueda asumir ese papel, porque siempre se encontrará en situación desigual, en
términos de acceso a financiación, etc... con respecto a colectivos
empresariales de otras zonas del Estado o del extranjero. Por estas razones, en
una estrategia de desarrollo para Andalucía, el Sector Público tiene que asumir
un papel muy importante, tanto para apoyar y dinamizar la iniciativa privada
como para llevar a cabo actuaciones de promoción directa”... “la Comunidad Autónoma necesita disponer de
un Sector Público con el que actuar de forma beligerante” (p.199); y se
comprometía la participación directa del Sector Público en el terreno
productivo, dado que “las facultades que
el Estatuto de Autonomía confiere a la Junta para crear empresas públicas son
muy amplias”. Retengamos, por el momento, esta firme intención
intervenionista que se manifiesta en el Plan 84-86.
En 1987, consolidadas las posiciones en el poder, fortalecida y
revalidada la legitimación y desactivadas ciertas reivindicaciones, se hacía
innecesario, e incluso podía ser contraproducente, mantener un discurso
protagonizado, en el ámbito de lo económico, por el desarrollo endógeno, en un
contexto en el que se asistía a una reducción creciente de la endogeneidad
decisoria. Por otra parte, los planteamientos del primer Plan casaban bien con
un momento de recesión, de distensión de los lazos que definen la articulación
de la economía andaluza con el exterior. Interrumpidas o ralentizadas las
correas de trasmisión del crecimiento, se internalizan la responsabilidad y los
costes de la atonía, y también de una posible dinamización.
2) El Plan Andaluz de Desarrollo Económico. 1987-1990
(PADE).
En la introducción de este PADE 87-90 se hace hincapié en la necesidad
de que los diferentes Planes formen parte de una misma estrategia, con una
perspectiva temporal mantenida que permita abordar los problemas estructurales
de la economía andaluza. Esta imprescindible continuidad parece que exigiría,
entre otras cosas, comenzar cada Plan con un balance sobre los resultados
conseguidos en el anterior. Así se reconoce en el PADE 87-90, donde puede
leerse que “la elaboración de un Plan ha
de partir del juicio crítico que merezca la ejecución del anterior”
(p.288).
Después de este reconocimiento
expreso, puede sorprender que el primer capítulo del PADE verse sobre el
“Análisis general y comparado de la economía andaluza”, sin ningún juicio
crítico sobre la ejecución del Plan anterior. Aunque, de este modo, se evita
entrar en la evaluación de hasta qué punto se cumplieron los objetivos y se instrumentaron
los medios para conseguirlos. A lo largo del PADE no se hace referencia al
contenido del PEA, ni, por tanto, al grado de cumplimiento de los compromisos
adquiridos en él. Aunque en el nuevo Plan se afirma que la presentación que se
hace de la situación de la economía andaluza no es sustancialmente distinta de
la que se hizo en el PEA 84-86, pueden encontrarse aquí elementos que no
figuraban en el Plan anterior y que modifican de manera importante el
diagnóstico, cambiando la estructura lógica de la que deben deducirse las
propuestas de actuaciones. En este sentido, dentro del análisis de los
principales problemas, se dedica un apartado a la débil estructura empresarial,
identificándose esta debilidad como un factor clave, condicionante a su vez de
la ausencia de un tejido industrial denso, fuerte e integrado, que pueda
generar valor añadido -riqueza- y dar
lugar a un círculo virtuoso semejante al que tiene lugar en las economías
desarrolladas.
En la misma línea, a lo largo del PADE se señala insistentemente como
factor clave entre los obstáculos al desarrollo la falta de reinserción en el
circuito económico de Andalucía de una parte del excedente que en ella se
genera, obstáculo que provoca, entre otras cosas, que los efectos difusores del
crecimiento no tengan lugar aquí. Por eso, cuando se hace referencia a la
necesidad de conseguir como objetivo el incremento de la renta y una mayor
integración del sistema productivo, ahora se señala que “no basta con aumentar el valor añadido generado por la economía
andaluza: es necesario que ese valor añadido se retenga en Andalucía”
(p.104). Este planteamiento lleva a la desaparición del crecimiento económico
como objetivo explícito del PADE.
Del análisis que se hace a lo largo del PADE de la situación económica
de Andalucía puede deducirse claramente que en la identificación de las causas
de esta situación ocupan un lugar central un conjunto de factores
histórico-estructurales que han definido un modo de articularse con el exterior
que los mecanismos del mercado han ido reforzando de manera progresiva. De modo
que la superación de este modelo de extraversión se contempla en el Plan como
imprescindible para la consecución de los otros dos objetivos (creación de
empleo y mejora de la calidad de vida) y, por tanto, se sobreentiende que
debería convertirse en el nudo gordiano de una posible estrategia de desarrollo
para Andalucía.
Pues bien, lo lógico desde el análisis realizado en el PADE, con
independencia ahora de que se esté o no de acuerdo con él, parecería diseñar un conjunto de actuaciones
encaminadas a potenciar un modelo de acumulación cualitativamente distinto, un
modelo que permita integrar en el circuito económico interno un conjunto de
elementos para favorecer la autoalimentación del mismo,al propio tiempo que se
internaliza el control de la economía.
Sin embargo, de repente nos encontramos con que se le da al problema
otra solución bien distinta a la que se deriva del propio análisis de los
problemas, dado que “estos problemas son
difícilmente abordables en una economía de mercado en la que además soplan
vientos de “desregulación”. En este contexto, y puesto que en Andalucía es aún
tarea prioritaria sentar las bases físicas del desarrollo, se considera
necesario realizar un notable esfuerzo en la creación de infraestructura
durante los próximos años. Este es, por lo demás, el instrumento más potente y
más conveniente en este momento que puede utilizar el ejecutivo Andaluz para
actuar sobre todos estos problemas”(p.104).
Utilizar como instrumento más potente para superar los obstáculos que
la economía andaluza tenía planteados la inversión en infraestructura, sólo
hubiera podido justificarse si la causa de ese modelo de acumulación,
localizado en el PADE como núcleo principal de los problemas, estuviera en la
falta de infraestructura; si el elemento que encontráramos en la raiz, en el
origen de la situación, fuera la falta de vertebración provocada por la escasez
de vías de articulación. Pero en el diagnóstico del PADE se dice justamente lo
contrario. La razón de la desarticulación hacia adentro es la forma de
inserción con y en el exterior, de tal manera que de este particular modo de
estructurarse la economía andaluza hacia fuera ha resultado una red de
comunicaciones “concebida principalmente para servir de enlace con el exterior”
(PADE p.35).
Podríamos plantear aquí, a propósito de la solución propuesta, hasta
qué punto en una economía como la andaluza, sin un proceso paralelo de
transformación en la forma en que se estructura, lo cual significa cambios
profundos en la forma en que se produce y se distribuye la riqueza, a quién
beneficia mejorar las condiciones de
acceso ¿no será a quien en mejor disposición esté para aprovecharlas, que no es
precisamente el raquítico empresariado andaluz? Porque por esta vía podríamos
llegar a la conclusión de que lo que en otro contexto podría ser un elemento
liberador y potenciador de una economía, se puede convertir en economías como
la andaluza, si a la vez continúa el proceso de deterioro del tejido
empresarial, en un elemento alimentador de dicho proceso. Tal vez sean estas
razones las que lleven al elaborador del PADE a decir que : “la oferta de infraestructura adecuada es
condición necesaria, pero no suficiente para el desarrollo regional (hay
ejemplos ya tópicos sobre los efectos negativos de tales políticas)”
(p.104).
Más aún, nos podríamos preguntar qué ocurriría si, encima, la
infraestructura que se dota insistiera en un diseño que se ha considerado
“inadecuado” desde el propio Plan. Porque, tanto en este Plan como en el PEA
84-87, se llega a la conclusión de que insistir en el modelo viario anterior,
concebido para atender necesidades ajenas y que descuida la vertebración
interna para facilitar la conexión con el exterior, significa profundizar la
desarticulación y en definitiva reforzar la dependencia. De acuerdo con este
planteamiento, según los Planes de infraestructura regionales elaborados antes
de 1987 desde la Junta de Andalucía, la red viaria andaluza debía modificar su
norte, cambiar su epicentro, atendiendo prioritariamente a las necesidades que
demandaba la articulación y la vertebración interior.
La segunda mitad de la década de los 80 supuso, en la práctica, un
cambio de rumbo con respecto a estos planteamientos. El Programa de carreteras
de la Junta de Andalucía, abandonando las prioridades establecidas en el Avance
del Plan Viario de 1984, desde 1987 se centró, básicamente, en un sólo
proyecto: la Autovía del 92, que absorbió aproximadamente el 50% del total de
recursos entre 1987 y 1990. Se trazaba un pasillo o corredor, la A-92,
perteneciente a un modelo de ordenación del territorio distinto al concebido en
la etapa anterior, que respondía más a un esquema territorial estatal y
europeo. Un complemento de las de Madrid a Sevilla, A-92 a Málaga, o Autovía
del Mediterráneo hasta Almería,
itinerarios fundamentales para conectar los principales polos de
crecimiento y acumulación regional con el exterior.
Se profundizaba así un modelo que en los dos Planes se había
identificado como reproductor y alimentador de la polarización, la
desarticulación y los desequilibrios
territoriales, desde una “centralidad” de la infraestrura, que, cambiando la
orientación que se consideraba adecuada, se convierte, además, en foco de
atención prioritario de la Junta. Resulta difícil de entender la falta de
correspondencia entre diagnóstico e instrumentos en el PADE, la inadecuación
entre la naturaleza de la enfermedad detectada y la terapia que se recomienda
para combatirla, a no ser que esta “centralidad” de la infraestuctura estuviera
ya “comprometida” de antemano y por encima de la elaboración del Plan.
En este momento, en el que la construcción del Mercado Único y la
consiguiente eliminación de barreras para facilitar su creación están en el
centro de preocupación de las políticas de la CEE, las infraestructuras viarias
constituyen el núcleo prioritario de las estrategias de desarrollo regional que
emanan de Bruselas, como lo es para el gobierno español, que señala como
primera línea de actuación dentro de la estrategia para Andalucía “el papel de las infraestructuras técnicas y
equipamientos de base que faciliten las comunicaciones con el centro y norte de
la península, pero también que conecten la región de Andalucía con el eje
Mediterráneo a través de Murcia y permitan la articulación de la región
andaluza en el sentido Este-Oeste”.
Esta estrategia sintoniza bien con el reparto de papeles que se hace en
el Plan y que también supone un cambio importante en relación con el definido
en el Plan anterior. El Sector Público se retira de la arena en la que antes se
pensaba, de un modo firme y rotundo, que necesariamente debía intervenir
directamente para suplir las deficiencias y debilidades de la iniciativa
privada, y pasa a desempeñar una función de “apoyo y fomento”, más adelante
veremos a quién. En cambio, ese sector privado,
sobre el que no sólo se comparte con el PEA 84-86 la preocupación por su
debilidad, sino que ésta se asocia a las dificultades que, como resultado de un
largo proceso histórico, tiene para competir frente a otros, ahora tendrá que
asumir el protagonismo exclusivo en la lidia. De modo que, a continuación de
varios párrafos en los que se insiste en las importantes limitaciones del
empresariado andaluz y en los efectos perniciosos del control exterior, se concluye que “en definitiva será el sector privado el que habrá de jugar un papel
decisivo. El empresariado andaluz va a tener una oportunidad inmejorable de
mostrar su capacidad real de actuación” (p.106).
Con independencia de la experiencia histórica, parece poco congruente
que, después de señalar el control empresarial externo y el bloqueo empresarial
en que se encuentra la pequeña y mediana empresa andaluza, por su situación de
desventaja en los mercados, como factores claves para explicar la situación
actual, se proponga como remedio dejar a la interperie al débil tejido
empresarial andaluz como algo “estimulante”. En el marco de la globalización y
el Mercado Único, extremadas las condiciones de la competencia, con grandes
conglomerados empresariales modulando y controlando en gran medida los procesos
de crecimiento y acumulación, estaríamos en el “más difícil todavía”.
La política de promoción industrial se distribuye entre el Instituto de
Fomento de Andalucía (IFA), la Dirección General de Industria y la Dirección
General de Cooperación Económica. Centrando la atención en los Incentivos
Regionales, “principal instrumento legal
que canaliza las ayudas a la inversión empresarial” (Consejería de Economía
y Hacienda, 1990), su distribución para el período 1988-90 muestra una fuerte
desigualdad, de tal modo que las 30 mayores subvenciones, de las más de 800 que
se conceden, suponen el 55% del
total
subvencionado.
En este segundo Plan puede decirse que estamos ante un Plan mixto o,
como veremos, de transición, que,
después de un diagnóstico, diferente al que se presentaba en el PEA 84-87, con
el que sería más congruente una estrategia de desarrollo endógeno próxima a la
que se proponía en el Plan anterior, se apunta en gran medida hacia el desarrollo
exógeno, modelo que va a cobrar mayor importancia en el Plan siguiente.
3) El Plan Andaluz de Desarrollo Económico. 1991-1994.
En el PADE 91-94 vuelve a echarse en falta un balance sobre los
resultados de los planes anteriores; no hay ninguna evaluación de la medida en
que se utilizaron los instrumentos y su contribución a la consecución de los
objetivos fijados, o hasta dónde llegó el grado de realización de lo
comprometido. Hay, eso sí, un capítulo sobre la planificación económica en
Andalucía para justificar la necesidad de utilizar la planificación como
instrumento, sin una base argumental fundada en un análisis de la contribución
de los planes precedentes a la superación de los problemas estructurales que la
economía andaluza viene padeciendo.
La “modernización”, como referente,
ocupa en este Plan un primer plano, situándose a lo largo del mismo como
uno de los aspectos centrales del discurso. Ésta es una invocación que expresa,
ahora en otros términos, una aspiración paralela a la que se traducía en el
PADE 84-87 en la pretensión de acortar los llamados “diferenciales” de
desarrollo. Se trata, en versión más moderna, de trasplantar a una realidad
como la andaluza los elementos, rasgos o aspectos que caracteriza a las
economías desarrolladas, reproduciendo en ella ciertas formas tecnológicas y de
organización que se están imponiendo en las sociedades que son percibidas como
modelo de modernidad. De modo que éste es un ímpetu modernizador que tiene como
referente básico el nuevo modelo de desarrollo capitalista que se ha definido
en el centro del sistema como respuesta a la crisis del fordismo.
Esta visión, desde la que se hace uso con frecuencia de términos como
“menor desarrollo relativo” para aludir a la situación de sociedades y
economías periféricas, presupone que el “atraso” en esa senda única hacia el
desarrollo es consecuecia de la falta en dichas sociedes de una serie de
ingredientes o factores, ante cuya ausencia es necesario “establecer las
condiciones” que procuren su llegada. En lo fundamental, por tanto, se trata de
salvar una distancia, y en este sentido, el crecimiento, abandonado como
objetivo en el Plan anterior, vuelve a
ser actor principal en el escenario que se define en éste.
Para conseguir la modernización en el sistema productivo, “dirigida a que la economía y la sociedad
andaluza se adapten a las actuales exigencias de competitividad que requiere la
creciente apertura de los mercados”(p.19), el Sector Público andaluz
asumirá las funciones “tal como se
entiende hoy el papel que deben representar los
poderes regionales en el desarrollo económico” (p.27),o, dicho de
otra forma, tal como ha sido definido en los espacios que se tienen como modelo
de referencia. En el ámbito económico, el sector público andaluz asumirá el
papel de prestador de servicios, como infraestructuras, formación de recursos
humanos, apoyo a las nuevas tecnologías y otros incentivos, encaminados a “impulsar las potencialidades de los factores
de competitividad regional” (p.26). En el propio Plan se reconocen las
limitaciones de este tipo de actuaciones, en un cotexto en el que “se estrechan los márgenes de maniobra en
materia de política económica”(p.18).
Recordemos que en el PEA 84-87 se afirmaba rotundamente que la
iniciativa privada en Andalucia no sería capaz de superar una situación que se
calificaba de subdesarrollo (aunque, según el nuevo Plan, ésta es una expresión
que se había venido utilizando “quizá
exageradamente” p.67). En el PEA 84-87 se llegaba incluso a expresar la
idea de que esa situación, dejada al
libre juego de las fuerzas del mercado, se autoalimentaba.
Desde esta lógica, en un contexto de apertura, eliminación de barreras
y un mayor protagonismo del mercado, en el que los más débiles quedan aún más
desprotegidos, el nuevo papel del Sector Público, que no sólo no contraría las
leyes del mercado, sino que las refuerza facilitando las condiciones a quienes
estén en mejores condiciones de aprovecharlas, mediante el apoyo y sostén a
situaciones mercantiles eficaces, supone de hecho la renuncia a las
transformaciones estructurales que se habían venido considerando como
necesarias, tal vez en la confianza de que éstas puedan llegar traidas
directamente por la mano invisible. En este sentido puede leerse en el Plan que
“la mayor liberación,
la eliminación de obstáculos a la competencia interna y la
creciente competitividad entre los diversos espacios económicos para obtener
ganancias potenciales puede suponer para Andalucía una mayor posibilidad para
desarrollar sus ventajas potenciales con respecto a otros espacios” (p.95)
En el diagnóstico sobre la economía andaluza que se hace en el capítulo
3, no es extraño que, tratándose, como se vio, de un problema de acortar
distancias, se vuelva ahora a otorgar un especial protagonismo al crecimiento
para valorar la dinámica económica en el período 85-90, de modo que la mejora
en los resultados coyunturales de algunos indicadores, que luego se han
derrumbado de nuevo en la etapa de vigencia de este Plan, sirve para construir
una imagen positiva y optimista sobre la evolución de los problemas que la
economía andaluza tiene planteados.
Desde la ignorancia del análisis de la situación que se hizo en el PADE
87-90, y sin que ésta sea sustancialmente distinta, ahora se elabora un
diagnóstico de otro tenor, por tercera vez distinto, en este tercer Plan.
Desaparecen de la escena los que en el anterior Plan aparecían como los
artífices de la situación económica de Andalucía, es decir la extraversión, el
control empresarial exterior o el bloqueo empresarial resultante de las
condiciones en que históricamente se había desenvuelto la competencia para el
tejido allí denominado “autóctono”, término éste que también desaparece en este
Plan.
Por otra parte, en relación con la estructura productiva se insiste en
la descripción de características ya conocidas, orillándose cuestiones cuyo
conocimiento debía ser básico, dada la preocupación central por mejorar la
competitividad, como: ¿cuáles son las funciones que nuestra estructura
productiva cumple en ese nuevo orden económico que se está generando?; ¿cómo
han evolucionado estas funciones en los últimos años? ¿cuáles son el estado y
las tendencias de la capacidad competitiva en las distintas actividades y
sectores ?, ¿está la estructura productiva andaluza más fuerte y en mejores
condiciones para competir en condiciones de igualdad que en períodos
anteriores?. Y sobre todo, ¿cuáles son las razones que hay detrás de las
respuestas que puedan tener estas interrogantes?.
Porque mientras más se aleje el diagnóstico de un análisis que permita
identificar las raices de los problemas, mayores son las posibilidades de
dejarse arrastrar por voluntarismos sin fundamento que lleven a hacer
propuestas inviables. En este sentido, se derraman por el Plan posibilidades,
expectativas, oportunidades, potencialidades, impulsos, tal vez bajo los
efectos de la euforia de la reciente etapa alcista por la que acaba de pasar la
economía andaluza, que lleva a suponer que se están produciendo algunos cambios
en la misma, como “la aparición -en
el sector industrial- de ciertos
complejos emergentes para los que Andalucía representa algunas ventajas
comparativas” (p.95) sin que en el diagnóstico se haya desvelado cuál es la
naturaleza del crecimiento y sobre todo hasta qué punto las características y
el modelo al que se ajustaba era semejante al que se había conocido en otros
períodos.
Períodos recientes en los que la economía andaluza había crecido, en
una etapa doble en duración, por encima
de lo que lo ha hecho en la segunda mitad de los 80, siendo el sector
industrial también el que, como en esta ocasión, se convirtió en el “protagonista más significativo del
crecimiento de la economía andaluza” (p.83), con una intensidad que estuvo
entonces incluso por encima de la que ahora se había conocido. Pero la historia
se repetía también en cuanto a la naturaleza del crecimiento y al modelo que lo
regía, como se puede deducir de algunos de los Informes de Coyuntura publicados
en aquellos años por la Junta de Andalucía (especialmente los números 2 y 3 de
1989) y en trabajos posteriores.
En cuanto a los objetivos, los que se consideran en el PADE 91-94 no
coinciden con los planteados en Planes anteriores. Las diferencias más
importantes serían, la no consideración ni de la creación de empleo, ni de la
reducción del paro entre las metas y/o los objetivos. La disminución del paro,
que fué primer objetivo en el PEA 1984-87 y la creación de empleo, que es una
forma menos comprometida en su planteamiento, expresado así como primer
objetivo del PADE 87-90, no aparecen ahora en el PADE 91-94 ni entre las dos
metas, ni entre los 15 objetivos que
figuran en el Plan. Sorprende esta ausencia en un contexto en el que el paro no
había dejado de crecer.
Ni siquiera parece justificable la exclusión del empleo entre los
objetivos, si lo que se esperaba era que el crecimiento pudiera solucionar el
que se viene considerando, con un amplio consenso al respecto, como el
principal problema de la sociedad y la economía andaluza. En primer lugar,
porque en otras épocas de fuerte crecimiento no se había resuelto de por sí el
problema, sino todo lo contrario.Y por otra parte, porque el crecimiento de la
productividad en la economía andaluza viene produciendo una disminución en la
ya escasa capacidad de ésta para generar empleo, acentuada en la década de los
80, que lleva a que cada vez se pueda confiar menos en el crecimiento como
mecanismo generador de empleo. A esta disminución de la capacidad para generar
empleo de la economía andaluza tampoco se hizo referencia en el diagnóstico del
PADE 91-94.
También hay que señalar, como diferencia en relación con lo anterior,
la reaparición en el PADE 91-94 del crecimiento como primera meta a alcanzar,
aunque esta vez se acompaña de dos adjetivos: sostenible y equilibrado. En la
justificación del crecimiento, que había desaparecido como objetivo del Plan
anterior, se afirma que “el acercamiento
a los niveles de desarrollo logrados en nuestros paises de referencia pasa por
alcanzar unas tasas de crecimiento económico relativamente elevadas,
manteniendo en lo posible el diferencial de crecimiento habido en años
anteriores con respecto a las áreas de nuestro entorno” (p.101)
No obstante, y a pesar de que la escasez de medios y la disminución de
la capacidad de maniobra y de incidencia en la realidad, a la que se hacía
referencia en los primeros capítulos del Plan, parecían aconsejar ser muy selectivos en la elección de los fines,
siendo, por esencia, la planificación un proceso asociado a la priorización y
la selección como elementos definitorios, en el PADE 91-94 se fija una más
amplia gama de objetivos que la que se elige en Planes anteriores. Esta
abundancia en los fines, que en principio proporciona una mayor consistencia y
solidez al Plan sobre el papel, diluiría, en buena lógica, las repercusiones,
que ya de por sí se han supuesto limitadas, de los medios que se proponen.
Cambios en los objetivos y también en las propuestas. En este sentido,
en relación con la política de sectores, a la que se dedica el capítulo 5, el
Plan elaborado para el período 91-94 “apuesta por situar a Andalucía en la futura
división internacional del trabajo como un espacio económico capaz de producir
bienes manufacturados competitivos, y se opta por una economía industrial”
(p.128), tratándose de ”perseguir una
diversificación basada en una estrategia de desarrollo exógeno” concentrada
en la atracción de empresas y, a la vez, como actuación complementaria, “la preservación de las ventajas competitivas
de los sectores en los que el grado de especialización de Andalucía es mayor”.
Según se dice en el Plan, la diversificación de la industria necesita
la identificación de las agrupaciones en las que ésta “es
realmente posible”. Y utilizando como criterio el de las expectativas de
evolución de los mercados, se supone que
la diversificación será “realmente posible” si se opta por las actividades
cuyos mercados se encuentran en expansión. Estas serán las actividades “en las que Andalucía tiene mayores
oportunidades de mejorar posiciones relativas dentro del contexto nacional, y,
con esto, lograr mayores niveles relativos de industrialización”. Aunque “son precisamennte aquellas en las que
Andalucía cuenta con menores ventajas competitivas”. Por esta razón, “la estrategia se tiene que concentrar
básicamente en la atracción de empresas que ya cuentan con estas ventajas y
tienen superadas e imponen fuertes barreras de entrada”(p.129).
Se presume que, en principio, desde esta opción, elegida a partir de un
razonamiento en abstracto, que podría haberse hecho en cualquier otro espacio,
y, compitiendo con otras regiones (p.133), puede conseguirse que sea aquí donde
se localice un conjunto de grandes empresas alrededor de las cuales se nuclee
un denso y dinámico tejido empresarial. Sin entrar en la distancia entre este
diseño y la realidad industrial andaluza en los cuatro años de vigencia del
Plan, 1991-94, el caso es que el desarrollo exógeno adquiere, explícitamente,
en el PADE 91-94, un papel preponderante, y en este sentido nos encontramos en
las antípodas de los Planes anteriores. No sólo del PEA 84-86, en el que, como
se vio, se subrayaba la necesidad de una estrategia de desarrollo endógeno,
sino también del PADE 87-90, que señalaba el control exterior como un obstáculo
clave para explicar la situación actual
de la economía andaluza.
4) Consideraciones finales sobre la planificación
económica
La realidad económica y social de Andalucía ha discurrido por
derroteros muy distintos a los pretendidos en los Planes. De modo que objetivos
que se han propuesto en los mismos con insistencia han quedado lejos de ser
alcanzados. Por citar algún caso concreto, la distancia entre el mayor
equilibrio territorial en el interior de Andalucía, que se proponían conseguir
los Planes, y lo sucedido en el medio rural andaluz puede resultar ilustrativo
como ejemplo. En este sentido, en uno de los Planes se llegaba a decir: “es posible orientar la ubicación de algunas
actividades hacia las zonas de baja actividad industrial”. Esta posibilidad
ha quedado muy lejos de la realidad. En éste, como en otros casos, el recorrido
ha sido en dirección contraria.
En el camino que se ha seguido hasta aquí, sin entrar en otras
cuestiones que podrían desviar nuestra atención del objetivo propuesto (correspondencia
entre el contenido de los Planes y los programas de inversión realizados, o la
selección de inversiones), se ha tenido
ocasión de constatar la abundacia de contradicciones, en medio de repentinos
cambios y bruscos virajes a la hora de definir una política económica en la que
aparecen instrumentos que, en lugar de estar en corcondancia con unos
determinados objetivos, parecen decididos con independencia del análisis que se
hace de la realidad económica de Andalucía y de los fines que se dice
perseguir.
La especificidad de la cultura de un pueblo implica y se refiere
también a las formas, valores, actitudes, mecanismos, cauces a través de los
que se expresan y desarrollan las relaciones de poder. Para que un agregado
humano adquiera el carácter de sociedad, necesita de un sistema de relaciones
de poder relativamente autocentrado que articule las diversidades y desigualdades
existentes en su seno y le dote de una lógica de reproducción en el tiempo. El
poder, las relaciones de poder, constituyen una dimensión consustancial de la
acción social, son la consecuencia de la misma. La relaciones de poder que
afectan al conjunto de una colectividad y que tienen como consecuencia la
orientación de su desarrollo como sociedad son las que definimos como
políticas. Del mismo modo, las formas, canales, mecanismos, procesos y
actitudes de los actores sociales con respecto a lo político, constituyen parte
de los marcadores socioculturales que lo definen y diferencian.
Pero las relaciones de poder, y con especial relevancia las de carácter
político, no sólo son parte constitutiva de la existencia específica de un
pueblo y de una cultura, en este caso la andaluza, sino que son también
factores fundamentales en los procesos de identificación colectiva y,
eventualmente, en la toma de conciencia de la existencia como pueblo por parte
de los individuos que lo integran. Los fenómenos y procesos de identificación
colectiva implican de manera esencial la dimensión política que les es
inherente. Para la constitución de una colectividad y/o para su reproducción en
el tiempo es imprescindible que se logre el que una mayoría sustancial de sus
miembros se reconozcan, junto a los otros, como componente de dicha
colectividad. Si consideramos que uno de los objetivos fundamentales de lo
político es instituir la sociedad y/o propiciar su continuidad, se puede
deducir el carácter estratégico que, desde el punto de vista político, tiene lo
identitario de carácter colectivo.
Por otra parte, y consecuentemente con lo anterior, los grupos y
actores sociales que pretenden acceder, mantener o acrecentar su poder político
sobre una colectividad, tienen como una de las claves fundamentales para
conseguir la hegemonía -la legitimación social mayoritaria de esa posición-, la
adquisición de la capacidad de capitalizar la identificación colectiva como uno
de los mecanismos fundamentales para lograr el consentimiento a través de su
aceptación como expresiones o personalizaciones del “Nosotros”.
En el caso de Andalucía, estructuras sociales profundamente desiguales
y basadas principalmente en la posesión de la tierra como la fuente de poder
económico fundamental, el tamaño notable de su población, el grado de
concentración importante de la misma en núcleos relativamente aislados por
grandes extensiones vacías, el carácter estructural del paro, debido a la
escasez de oferta de empleo, controlada de manera totalmente desigual por los
que detentan la posesión de los recursos fundamentales, son algunas de las
características más importantes que, aunque con variaciones regionales -con
zonas donde ha predominado la fragmentación de la propiedad de la tierra, la
dispersión de la población en núcleos pequeños, la minería u otras actividades
industriales y comerciales como las fuentes de poder económico más relevantes-,
han constituido de manera general las bases fundamentales sobre las que se han
configurado las formas y sistema de relaciones de poder.
Efectivamente, las grandes desigualdades en cuanto a la distribución de
la riqueza y los medios de producción, ya fuera en el campo, ya en las ciudades
-teniendo en cuenta además que en el caso de Andalucía esta dicotomía no es,
salvo excepciones, pertinente-, unido a los hasta hace poco altísimos niveles
de analfabetismo y ausencia de posibilidades de formación para la gran mayoría
de los sectores obreros, y la no existencia en la mayor parte de las sociedades
locales de sectores o clases intermedias que hayan podido actuar con cierto
grado de autonomía, así como colchón y elemento de conexión entre la pequeña
minoría poderosa y la gran mayoría, son factores fundamentales que han
determinado una acusada polarización de las relaciones sociales entre grupos
claramente antagónicos, entre los que el conflicto y la confrontación, ya fuera
latente, ya explícita y abierta, eran la pauta de “convivencia” más
generalizada, al menos la más perceptible y la que ha marcado de manera más
profunda las dinámicas sociales y las relaciones de poder entre los andaluces.
En este sentido, a nivel de los valores y las percepciones, se podrían
establecer cuatro contraposiciones que definen la “cultura de la desigualdad
social” en Andalucía, las cuales inciden sobre las formas y fenómenos que se
observan en la vida cotidiana: 1) la de los trabajadores, frente a los que no
trabajan, entendiendo el trabajo en un sentido de esfuerzo físico y de dureza;
2) la de los ricos, frente a los pobres; 3) la de los gobernantes, frente a los
gobernados;4) y la de los que saben, frente a los ignorantes, entendiendo el
saber como “cultura letrada”.
Sobre ellas, y en relación con ellas, se establecerá una multitud de
rasgos y aspectos que identifican a los unos frente a los otros, desde las
pautas de consumo a las creencias y prácticas religiosas, valoradas de manera
positiva o negativa según la posición de los individuos en una u otra de las
dos partes de la sociedad. Valores como el honor y la alcurnia, frente a la
solidaridad y la honestidad, presidían dos modelos antagónicos de entender y
actuar en todos los ámbitos de la vida social, también en lo político. Frente a
los detentadores del poder social y económico, con las instituciones políticas
y eclesiásticas como soporte y legitimación, importantes sectores de los
jornaleros y de los obreros se movilizarán para luchar por la transformación de
las estructuras sociales desiguales, asumiendo planteamientos libertarios que,
confundiéndose como los valores y prácticas de su propia cultura, darán lugar a
lo que algunos autores tipifican como la versión andaluza del anarquistas, que
no será una mera implantación de los modelos teóricos del anarquismo, sino una
forma específica de los mismos, enraizada en la realidad sociocultural de
Andalucía y claramente diferenciada de otros anarquismos ibéricos y europeos.
Sobre sus bases y manteniendo en buena medida muchos de sus rasgos, valores
fundamentales, tipos de liderazgo, formas organizativas.…, se desarrollarán, ya
en el siglo XX, movimientos de filiación socialista, primero, y comunista,
después.
Pero la confrontación como forma estructural más característica que ha
determinado la acción social y política en Andalucía no ha sido la única. De
entrada, la confrontación no ha tenido siempre la misma extensión, profundidad
y nivel de organización. De hecho, las luchas de los jornaleros y obreros no
consiguieron transformar la sociedad andaluza. La precariedad organizativa de
los movimientos, no ya a escala del conjunto de Andalucía, sino ni siquiera
entre comarcas relativamente próximas, debido a la dificultad que para ello
representaban factores como el aislamiento relativo de las poblaciones, la escasez
de medios, la actuación de los instrumentos de represión al servicio de los
sectores dominantes, determinaron que, salvo momentos coyunturales, los mismos
adolecieran de una notable debilidad y falta de continuidad.
Es preciso tener en cuenta otro factor que se olvida con relativa
frecuencia. Nos referimos a la existencia de sistemas de relaciones de poder
informales de carácter no conflictual, sino que, a través de lazos de tipo
clientelar, articulaban y daban una cohesión relativa a una parte de la población
andaluza, variable en número y extensión según las zonas y las fases
históricas, que, manteniendo las estructuras de dominación y explotación, y
contribuyendo en parte a la reproducción de las mismas, sirvieron para
proporcionar el grado mínimo de estabilidad imprescindible para hacer posible
la vida en sociedad, tanto para los dominadores y explotadores, como para los
explotados y dominados. Este tipo de relaciones se sustentaba sobre muchos de
los principios y valores con los que se identificaba cada uno de los sectores:
honor, conocimiento, honestidad, trabajo; y otros compartidos por todos:
personalización, confianza en lo próximo y desconfianza de lo externo. A través
de vínculos diádicos y personales, duraderos en el tiempo y basados en un código
moral -al que algunos han denominado, un tanto de manera peyorativa,
“amoralismo familiar”- en el que los principios fundamentales eran la
honestidad, la confianza, la palabra, la honradez, la fidelidad, los
sentimientos, la “familiaridad”…, los patronos proporcionaban “favores”,
protección y acceso al empleo o a determinados recursos a sus clientes, y
éstos, apoyo y servicios en contrapartida.
El carácter concentrado y aislado de la mayor parte de las poblaciones
de amplias zonas de Andalucía, definía ámbitos sociales cerrados,
particularistas -lo que conecta directamente con el desarrollo de los
localismos-, con muy escasa o nula movilidad vertical lo cual facilitaba el
control social directo y permanente de los individuos, y la inexistencia o
extrema debilidad de sectores sociales intermedios con una cierta autonomía,
eran factores que favorecían la existencia y reproducción de este tipo de
sistemas.
Las condiciones de vida en las agrociudades y agrovillas andaluzas, en
las que todos los miembros de la sociedad local se veían obligados -aunque
ciertamente unos más que otros- a convivir en un mismo espacio, daba lugar a
una trama de relaciones vecinales-patronales-clientelares que, en base a la
ideología de la “proximidad familiar”, producía intereses creados entre unos y
otros que favorecían la aparente familiaridad o incluso complicidad, pero que
entrañaban en realidad obligaciones mutuas entre patronos y clientes basadas en
el citado código moral.
La importancia que han tenido y tienen en Andalucía los sistemas de
relaciones de poder de tipo clientelar, de los que el ejemplo más conocido y
característico durante el último tercio del siglo XIX y el primero del XX fue
el caciquismo andaluz -que, al igual que en el caso del anarquismo no puede
identificarse superficialmente con otras formas de caciquismo, sino que poseyó rasgos propios muy fuertemente
marcados, como han señalado algunos autores-, se ha visto reforzada y
“justificada” por la incapacidad, real o interesada, de las instituciones del
estado de proporcionar ayuda, servicios, protección y recursos a una parte muy
importante de la población andaluza. Ello permitía al patrón actuar como
intermediario para conseguirlos, personalizadamente, a sus clientes.
La existencia de sistemas como los descritos, en los que participaba y
participa un número importante de individuos, es la que explica, al menos en
parte, que las grandes fracturas sociales existentes en Andalucía no llevaran y
no lleven a lo que, de otro modo, pudiera haber sido la quiebra violenta de un
orden de cosas profundamente desigual. El carácter estructural de los factores
que nos sirven para explicar las formas de clientelismo patronal y caciquil del
siglo XIX y de la primera mitad del XX, se demuestra cuando observamos el
desarrollo en nuestros días de nuevas formas de clientelismo que, aunque sobre
bases y con características diferentes a las anteriores, mantienen y responden
a algunos de sus rasgos fundamentales. El poder económico y el control de las
fuentes de empleo escaso detentado por los terratenientes y las oligarquías
locales, que constituía la fuente fundamental de su capacidad de dominación,
explotación y dependencia, ha desaparecido en buena medida en una economía,
como la andaluza, cada vez más externalizada.
Todo lo anterior nos conduce al reconocimiento de unas formas propias
de entender, hacer y participar en la vida política de los andaluces, de su
Cultura Política.
La concepción antropológica de la política, más allá de la reducción
que suele hacerse de la misma a lo estrictamente institucional, legal o
partidario, la define como una dimensión de la vida social que afecta y penetra
todos los demás campos y contextos en los que la política se desarrolla. Esto
es, "lo político" alude antes a un tipo de relación interpersonal o intergrupal, que a un espacio social determinado en el que
ésta se lleve a cabo. Por tanto, "lo político", la acción política,
se extiende por el conjunto de la vida social como forma específica de relación
y comunicación que, teniendo como elemento central el poder en su dimensión
pública, penetra en los ámbitos doméstico, laboral, asociativo…, conectándose,
alimentándose, sustentándose y ampliándose con y sobre las demás dimensiones
del poder (económico, social, ideológico), y que incluye, lógicamente, las
instituciones centrales del sistema político institucional. La acción política,
el poder político, tienen como base las relaciones de poder en sentido amplio,
consecuencia de las desigualdades sociales con múltiples vertientes y variantes
(control de los medios de producción, sexo, edad, prestigio, conocimiento,
capital simbólico).
Así, las características socio-culturales de cada colectividad
condicionan la conformación y el desarrollo de los procesos de la acción
socio-política que se desenvuelven en su seno. En principio, por la
configuración que en ella presenten las relaciones de poder, sus fuentes e
instrumentos, pero también por las formas del ejercicio, representación y
expresión del mismo, así como por la lectura e interiorización (como forma de
socialización política) que los individuos hacen de él. De este modo, cada
cultura presenta una dimensión política
particular en el sentido que aquí referimos.
En relación con la definición anterior está la noción de Cultura
Política, entendida no en el sentido con que ha sido y suele ser empleada por
la Politología -que hace referencia con ella casi exclusivamente a los aspectos
formales, legales e institucionales de la práctica y el discurso políticos, y
al comportamiento de los individuos con respecto a ellos-, sino en un sentido amplio y holístico, como el conjunto
de prácticas, pautas, imágenes, valores, discursos, símbolos... que en una
sociedad concreta inciden o se ven insertos en la acción política y establecen
modelos de comportamiento político específicos de los miembros de dicha
sociedad en comparación con los de otras, lo que hace que adquieran el carácter
de marcadores de su diferencia.
Utilizamos aquí la noción de Cultura Política como un término amplio
que nos permite referirnos a "lo político" y a "la
política" de manera global, no como un campo autónomo de la realidad
social, sino como una dimensión inseparable y profundamente penetrada de y en
todos los demás ámbitos y contextos de la acción social y de los sistemas socioculturales.
Se trata, por lo tanto de una noción que, teniendo como referente fundamental
las relaciones de poder sustentadas sobre una estructura socio-económica
concreta (sistema económico, organización social...), integra al mismo tiempo
las representaciones que los protagonistas hacen de las mismas, las
expresiones, contextos y cauces en los que se dan esas relaciones de poder, y
las formas de participación y acción socio-política de los actores sociales en
una sociedad particular. Esta noción de Cultura Política implica de manera
paralela y complementaria elementos, factores, acciones, situaciones y
contextos, como la configuración y actuación de la élite política, el sistema
asociativo, las redes de relaciones interpersonales, el ejercicio del voto, la
participación en movilizaciones, reivindicaciones, elecciones, organizaciones,
los discursos..., aspectos, entre otros, que son manifestaciones de "lo
político" entendido tal como aquí lo proponemos.
En este sentido podríamos identificar algunos de los rasgos que
consideramos como los más sobresalientes de la cultura política de los
andaluces.
1) La fuerte tendencia a la personalización de todo tipo de relaciones
sociales y la evitación de las de carácter excesivamente distantes y formales,
como medio de autodefensa y protección, consecuencia de una sociedad muy
fuertemente polarizada, es un factor que explica la importancia de los
liderazgos construidos y sustentados sobre formas de relación directa y
personal, ya sea real o simbólicamente, llegándose con relativa frecuencia a la
configuración de poderes personalistas e incluso supuestamente “carismáticos”,
de líderes cuyo poder se sustenta fundamentalmente sobre la capacidad de
capitalizar la adhesión de la colectividad a través de una identificación de
carácter fundamentalmente afectivo.
2) La importancia del ámbito local como espacio social, identitario y,
también, político; característica que tiene al localismo como su manifestación
más extrema.
3) La fuerza que tiene la referencia a la “izquierda” como signo de
identificación política, obliga a que se
asuma dicha identificación, como así es de hecho mayoritariamente todavía en el
día de hoy, o se rechace. La izquierda, hay que aclarar, entendida en un
sentido que refiere no a ideologías normativas y a programas políticos
concretos, sino a valores y referentes ideológicos existenciales que forman
parte de la cultura andaluza en sentido amplio. Este aspecto ha tenido y tiene
una importancia indudable para poder explicar el desarrollo de la historia
electoral de Andalucía en otro tiempo y también en los últimos años de
funcionamiento del sistema democrático.
4) La desconfianza en el poder institucionalizado, tradicionalmente
asociado a las clases dominantes y, por lo tanto, contrario a los intereses de
la mayor parte de los andaluces, y el largo periodo de regímenes autoritarios
al que se ha visto sometida la sociedad andaluza, son los factores que
explican, además de la experiencia negativa que la mayoría de los ciudadanos
pueda haber tenido con respecto a las actuaciones de los políticos, más o menos
magnificadas por los medios de comunicación, la actitud contraria y el rechazo
que muchos andaluces manifiestan hacia la política. Esto es una clara
consecuencia del arraigo profundo que en su cultura política ha tenido la idea
que de la misma han dejado las estructuras de dominación existentes en
Andalucía.
Las estructuras socioeconómicas y las características de la cultura
política de los andaluces no han favorecido, sino todo lo contrario, el
desarrollo de la toma de conciencia generalizada de su existencia como pueblo.
Los descubrimientos y las acciones llevados a cabo por determinadas
personalidades y grupos relativamente reducidos y limitados, como los que desde
el campo científico realizaran Machado Núñez, Antonio Machado y Álvarez y
los grupos de antropólogos folkloristas,
en el último tercio del siglo XIX, o los que, desde el campo político, hiciera
Blas Infante y el grupo de andalucistas en torno a él, quedaron limitados, bien
que en grado diferente, al ámbito intelectual o de círculos reducidos, pero no
lograron alimentar un proceso de extensión del reconocimiento de Andalucía como
pueblo por parte de los sectores sociales mayoritarios y más poderosos, las
capas obreras y jornaleras, y la oligarquía terrateniente. Las abismales
desigualdades existentes entre ellos y la imposibilidad de conciliar sus
intereses de clase con los intereses comunes como pueblo, impidieron el arraigo
de la semilla plantada por aquéllos.
A las dificultades estructurales hay que añadir las constituidas por
los grupos dominantes que, apoyados en las instituciones y los instrumentos
represivos del Estado, actuaron siempre en contra de la extensión de dicha
conciencia, ante el peligro que ello hubiera representado para el mantenimiento
de sus posiciones de privilegio. Lo que queda claramente de manifiesto con el
asesinato del propio Blas Infante, tras la sublevación militar de 1936, por
“constituir un movimiento regionalista”, a pesar de que durante sus años de
actividad política no consiguiera dar forma a una organización, ni generar un
movimiento amplio de reivindicación andalucista, y de que sus planteamientos,
en general, no pusieran en cuestión de manera radical la “españolidad” de
Andalucía. Se intentaba borrar cualquier atisbo que pudiese dar lugar al
desarrollo de esa toma de conciencia. La apropiación de muchos de los elementos
y referentes de la cultura andaluza para la construcción de la imagen de
España, contribuirá a profundizar la alienación de los andaluces sobre la
especificidad y originalidad de sus rasgos identitarios, lo que constituirá un
importante factor de bloqueo para la toma de conciencia de su existencia como
pueblo. Ejemplos como los del flamenco, profundamente trivializado y
adulterado; la copla, travestida como “canción española”; el vino, anunciando
al jerez como “vino español” en las recepciones oficiales; los caballos
andaluces y el estilo de monta vaquera, convertidos en “españoles”, son algunos
ejemplos de dicha instrumentalización de lo andaluz para construir la ficción
de lo genéricamente español.
Será coincidiendo con la amplia movilización popular de finales del
franquismo y los inicios del periodo denominado de la transición cuando,
paralelamente y alimentándose mutuamente, surgiera con fuerza y se extendiera
como una mancha de aceite un inicio de toma de conciencia por una gran parte
del pueblo andaluz que, junto a la reivindicación de democracia, a semejanza de
algunos pueblos y a diferencia de muchos otros, se reclamaba también la
autonomía plena, es decir, el reconocimiento político de la existencia de
Andalucía como pueblo, para afrontar la solución de problemas y lacras
históricas como la injusta distribución de la propiedad de la tierra, el paro y
la emigración. En ello, a parte de factores como la elevación de los niveles
educativos y de los medios de comunicación, tuvo una influencia de gran
importancia la toma de conciencia sobre la pertenencia compartida a un mismo
pueblo y a una misma cultura, experimentada por casi los dos millones de
andaluces exiliados como consecuencia de la emigración a que se vieron
obligados durante los años 60 y primeros 70. Este descubrimiento, paralelo al
de la constatación de la situación de marginación y pobreza a la que Andalucía
había estado sometida secularmente, despertará a otros muchos andaluces, que
permanecieron en Andalucía a través del mantenimiento de la relación de los
emigrantes con sus familiares y amigos.
Esta reivindicación, cuyo afloramiento generalizado no estaba en los
cálculos de la mayoría de los actores que en aquellos momentos protagonizaban
la acción política, hizo a algunos de ellos -los que representaban a los
sectores conservadores y a los gestores de la transición- adoptar posiciones
defensivas que, a la postre, no sólo tuvieron un efecto contrario al que
pretendían, sino que animaron a otros a subirse a la cresta de la ola con la
pretensión de aprovecharla e instrumentalizarla. De cualquier modo, tanto para
unos como para otros, la reivindicación de la autonomía plena para Andalucía
constituyó un torpedo a la línea de flotación del proyecto constitucional de un
Estado asimétrico, en cuyo diseño habían participado conjuntamente, en el que
unas comunidades tendrían una capacidad plena de autogobierno, mientras que
para el resto se establecía una mera descentraliación administrativa. La
negativa de los andaluces a ser tratados de manera desigual como pueblo y su
afirmación como nacionalidad, recogida en el Estatuto, dio al traste con dicho
proyecto y sirvió de ejemplo a otras comunidades.
Por primera vez en la historia de Andalucía surgirán también
organizaciones políticas de orientación regionalista y nacionalista, como es el
caso del PSA, formación política que tuvo a su base asociaciones y grupos ya
existentes antes de la liquidación del régimen franquista, como ASA; también de
grupos que, procedentes de organizaciones marxistas, como el PTE, constituyeron
el PAU-PTA; e incluso alguno formado por integrantes de determinados sectores
de la burguesía, como el PSLA.
La capitalización de esa incipiente conciencia de pueblo, bastante
amplia pero frágil y de cimientos ideológicos poco profundos, por parte de
algunos de los citados protagonistas de la transición en Andalucía,
principalmente el PSOE, les permitirá conseguir el control de las primeras
instituciones de importancia en el conjunto del Estado, las de la recién conquistada
Autonomía, y a partir de ellas, poco tiempo después, acceder al poder en el
mismo centro del Estado, con un apoyo masivo del que los andaluces
constituyeron la parte más importante.
A partir de ese momento y especialmente desde el intento de golpe de
Estado y la promulgación de la LOAPA, se iniciará un proceso de repliegue por
parte de las formaciones y por parte de la organización hegemónica en España y,
de manera especialmente profunda, en Andalucía, frenando y bloqueando el
desarrollo de aquel movimiento que le permitió conseguir su posición. Ello
ponía de manifiesto el carácter del papel jugado por la misma con respecto al
movimiento político-ciudadano por la autonomía, desvelando la coincidencia
fundamental con el resto de los grupos políticos, tanto de ámbito español, como
de las autodenominadas “nacionalidades históricas”, con respecto al modelo de
estado asimétrico de la Constitución de 1978.
Paralelamente, los grupos y organizaciones identificadas como
andalucistas o nacionalistas andaluzas, en clara inferioridad de condiciones
frente a las de carácter y vocación estatalista, no conseguirán superar las
dificultades externas e internas que les impedirán ampliar su base social,
perdiendo, incluso, parte de la misma. De ellas, sólo el PA ha mantenido una
presencia y actividad de relativa importancia, aunque con muchas dificultades.
Todo ello ha determinado que en la actualidad el grado de conciencia de
los andaluces como tales sea en términos generales bastante más débil que a
finales de los años setenta y principios de los ochenta. Según los estudios
realizados, los índices de reconocimiento de Andalucía como una realidad con
identidad propia son bastante importantes, pero ello no se contrapone con la
identificación como españoles y, sobre todo, es un reconocimiento
fundamentalmente a nivel de sentimiento, pero no de reivindicación política.
Sin remontarnos a las formaciones políticas que sucesivamente se fueron
constituyendo durante el periodo andalusí de la historia de Andalucía,
empezando por el Emirato y terminando en el Reino Nazarí de Granada, pasando
por el Califato y los diferentes reinos de taifas, no será hasta 1981 cuando se
constituya la primera entidad moderna de carácter político en Andalucía. Desde
1492 y hasta la última fecha, los únicos marcos de organización del territorio
andaluz, más allá de los municipios, tendrán un carácter casi puramente
administrativo, como era el caso de los cuatro “reinos” en los que quedó
dividido tras la culminación de la conquista castellana, que tenían un valor
más simbólico que real y, desde 1833, tras algún intento anterior, las
provincias, que en número de ocho, lo han articulado y articulan en función de
los intereses y de la lógica de funcionamiento de la estructura centralizada
del Estado español. No es hasta el establecimiento de la Junta de Andalucía y
sus instituciones: Parlamento, Consejo de Gobierno y Tribunal Superior de
Justicia, cuando Andalucía, por primera vez, contará con un marco político-administrativo
propio, que abarca y engloba al conjunto de sus poblaciones y comarcas, aunque
manteniendo la división provincial.
La juventud de las nuevas instituciones políticas andaluzas,
construidas ex novo sin ningún precedente anterior, como sí sucediera en los
casos de la Generalitat de Cataluña, o de las Diputaciones Forales del País
Vasco, es uno de los factores que explica el todavía escaso arraigo de las
mismas en una parte importante de la sociedad andaluza. O lo que es lo mismo,
la institucionalización política de Andalucía no ha conseguido ser incorporada
aún de manera profunda y extendida en la cultura política de los andaluces. No
obstante, aunque la juventud -ya no tanta tras casi veinte años de
funcionamiento de la autonomía andaluza- es una parte de la explicación, no es
en modo alguno la única, ni siquiera la fundamental. Han actuado y actúan
factores que dificultaron y dificultan, e incluso bloquean, el proceso de
identificación real de los andaluces con sus instituciones, única manera de que
cumplan el cometido que les corresponde como instrumentos del poder político
andaluz. Dichos factores son diversos y complejos. Algunos son producto de los
rasgos que antes se han apuntado como caracterizadores de la cultura política
de los andaluces: la desconfianza hacia los poderes institucionalizados, la
centralidad del ámbito local en el desenvolvimiento de la acción social y
política y como referente fundamental de identificación colectiva, entre otros.
Pero siendo estos importantes, los factores que han incidido de manera más
decisiva en dicha no incorporación de las instituciones de la autonomía al
universo político de los andaluces simbólica, afectiva y realmente, en su vida
cotidiana y en su práctica, son fundamentalmente los derivados de la
supeditación de esos instrumentos y sus potencialidades a las lógicas,
estrategias e intereses de la estructura del Estado y de las organizaciones
políticas que han detentado su control. De tal manera que la repercusión en la
práctica de la actuación de los mismos no ha producido el grado de toma de
conciencia de la personalidad política de Andalucía existente en algunos de los
pueblos de España con los que comparte, teóricamente, niveles muy similares de
capacidad de autogobierno.
Es claro que la no existencia de una conciencia generalizada del pueblo
andaluz sobre su especificidad -incluidos la mayor parte sus representantes-,
actúa a su vez como un factor que lastra el proceso de enraizamiento y asunción
de nuestra instituciones políticas; pero la causa fundamental de este débil
desarrollo político es responsabilidad de los sectores y grupos que han
utilizado y utilizan algunos de los elementos que fragmentan al territorio y a
la sociedad andaluza, como los enfrentamientos provincialistas y localistas, sin
establecer los mecanismos correctores, como la transformación de la ordenación
político-administrativa interna de Andalucía que supere en gran medida la
artificiosa demarcación provincial y dote de personalidad a las entidades
comarcales y a las áreas metropolitanas; o la utilización de los medios
públicos de comunicación para fomentar el conocimiento y la participación
política de los ciudadanos andaluces en sus instituciones y en la extensión de
la conciencia como pueblo, razón última y fundamental que justifica la propia
existencia de dichas instituciones y de los que detentan su control.
Frente a la debilidad del marco político autonómico, y sin que ello
tenga que considerarse necesariamente como un problema a priori, el espacio más
importante sobre el que se centra el desarrollo de la vida política de la
mayoría de los andaluces es el municipal. El pueblo, la ciudad, son los
espacios fundamentales que acaparan casi en absoluto su reconocimiento, su
identificación y, en su caso, su participación política. La falta efectiva de
otros marcos de articulación e identificación política, como la comarca o
Andalucía, explican la fuerte tendencia que se observa al localismo, entendido
como “fundamentalismo de lo local” y la consideración por parte de la mayoría del
Ayuntamiento como la institución política más significativa.
Según manifiestan reiteradas encuestas y estudios, la profundidad de
alguno de los rasgos que definen la cultura política de los andaluces, unida al
efecto desactivador y de decepción de la experiencia del proceso político
vivido durante los últimos lustros, han desembocado en la actualidad en una
actitud en la que prevalece la indiferencia, el aburrimiento o incluso el
rechazo hacia la política y los políticos. Son mayoría también los que se sienten
muy distanciados de la toma de decisiones que les afectan a ellos personalmente
y al conjunto de la sociedad andaluza. Es idea muy extendida que los que
gobiernan lo hacen en función de intereses partidistas e incluso particulares,
y no en beneficio de todos. Por el contrario, los sentimientos predominantes
hacia la política son a menudo la desconfianza, el escepticismo y aun la
indiferencia. Ello favorece, por el contrario, el desarrollo de posiciones cada
vez más individualistas. Se está cada vez menos inclinado a que la vida
cotidiana se vea afectada por acontecimientos de interés general, más allá del
ámbito de interacción propio. Los hechos exteriores son reinterpretados y
utilizados para reforzar las propias convicciones, estimular el consenso interno
del grupo de pertenencia y reafirmar la particularidad del mismo.
El resultado de todo lo anterior es el debilitamiento del escaso grado
de conciencia de la identidad de Andalucía como pueblo que observamos en los
últimos tiempos, en contraste con el proceso iniciado y rápidamente abortado
durante los momentos de la transición y la institucionalización de nuestra
autonomía. Ello no sólo constituye un menoscabo en las posibilidades de
conseguir un desarrollo propio, auténticamente integral y sostenible, para lo
que el capital identitario constituye un factor y recurso de capital
importancia en el mundo “globalizado”, sino que representa un peligro grave de
pérdida de legitimidad para las propias instituciones del autogobierno, cuya
razón de ser no es otra que la propia existencia de Andalucía como pueblo y la
conciencia de los andaluces como tales, y, por ende, la justificación de los
que las ocupan legítimamente como resultado del sistema representativo del que
formalmente disfrutamos. Esto adquiere un cariz preocupante en unos momentos en
los que se están dando movimientos que pretenden reconducir el desarrollo del
modelo de Estado para reproducir el de carácter asimétrico que la constitución
del 78 establecía, en el que Andalucía volvería a quedar postergada.
1.- Poder político, clientelismo y confianzas
Sería erróneo desconocer el papel que la presión -directa o atribuida-
de los hombres de poder locales, ejerce en circunstancias de precariedad del
trabajo. A lo que se une la inercia, la convicción de que, en pueblos pequeños,
se sabe con bastante aproximación quién votará a quién, existiendo una gran
sensibilidad a lo que se percibe en el ambiente, de tal modo que el voto va a
veces más de acuerdo con intereses familiares o personales que es preciso
proteger, y no con ideologías, que se subordinan a la inmediatez de aquéllos.
Esto explica que las costosas campañas electorales tengan a menudo poca
influencia en el voto rural.
Es en este punto útil recordar la diferenciación entre la estructura y
localización de las redes de relaciones personales que se da en un pueblo y las
de una ciudad. Intentar interpretar o aplicar las pautas usuales de conducta en
un contexto distinto, puede dar resultados muy diferentes de los esperados. Por
la misma razón, es claro que conductas políticas exitosas en un medio urbano
(por ejemplo, de reclutamiento o captación de simpatizantes de un partido),
tales como la utilización de medios de masas, carteles, etc., pueden dejar
indiferentes a muchos electores rurales, quienes valoran en mayor medida la
confianza que personalmente les merece un candidato o incluso el aparato local
de un partido. Esto explica la permanencia de fidelidades que de otro modo
resultarían menos comprensibles. Por la misma razón, ha sido lógico que se dé
una apreciable correlación entre el apoyo al partido que se encuentra en el
poder y el voto de las zonas con mayor paro o, lo que es lo mismo, con mayor
precariedad en el empleo. Otra cosa es
que en una población o comarca concreta se suponga con fundamento que las cosas
van a cambiar. En cuyo caso, si es preciso, se sacrifica la ideología de nuevo
a los intereses. Pero también es preciso tener en cuenta que la figura del
líder local es más influyente en la medida en que (aparte de ciertas
imprescindibles cualidades personales), la localidad es más pequeña, por lo que
en éstas puede actuar con relativa independencia respecto al partido.
Otros cambios en el medio rural modifican también algunos mecanismos de
poder. Por ejemplo, ciertas actividades, como la construcción, el turismo, la
enseñanza, o la representación de determinadas empresas, como maquinaria o
tecnologías, han hecho surgir una clase media nueva, desde luego reducida, pero
con la que hay que contar para ciertas decisiones. Este tipo de personas han
ocupado en los últimos años con frecuencia puestos de concejales, o posiciones
de influencia, y a su vez se han convertido en correas de transmisión a nivel
local de decisiones de los partidos políticos, sustituyendo a los antiguos
caciques.
Como ya hemos apuntado antes, la gestión y distribución de los recursos
-subsidios, pensiones, subvenciones, trabajos comunitarios- explica la
persistencia del sufragio sobre todo en los medios rurales, sin perjuicio de
otras tradiciones, como las que se han mencionado y que se remontan, por lo
menos, a la II República. Ello, aparte del papel de confianza que se deposita
en un cierto liderazgo y al que también aludíamos. Al fin y al cabo, dicha
confianza era clave en el antiguo sistema caciquil, y sigue siéndolo cuando el
partido se ha convertido en depositario de ella a través del control municipal
de fondos públicos. Lo que tiene particular importancia en una zona en que
éstos han venido constituyendo con cierta frecuencia la principal aportación
económica con que mensualmente se ha contado, especialmente en localidades
pequeñas y pobres. Por eso se dice que una de las razones principales de la
transformación del sistema caciquil, se debe a que la presión popular para
conseguir empleo en el medio rural se dirige ahora a la Administración, que es
la que lo controla, con lo que ésta ha asumido el papel de intermediario que
antes desempeñaba un propietario poderoso.
Por tal razón, lo importante ahora es la continuidad en la fidelidad
del voto, sin que importe demasiado la afiliación. Es decir, un partido puede
tener un bajo número de miembros en cualquier localidad, sin que ello afecte
demasiado a los resultados electorales; lo que interesa es que se mantenga el
sufragio en su favor. Razón por la cual se habla de partidos de electores, más
que de militantes. Tampoco influye que el número de miembros de asociaciones o
de éstas mismas sea reducido (a excepción de algunas hermandades religiosas o
clubs de futbol), tema en el que no es necesario insistir.
La persistencia en el sufragio no depende , necesariamente pues, del
arraigo de un partido, ni de la profundidad de una ideología, sino de que aquél
sepa cubrir las expectativas laborales de los vecinos de un pueblo, o al menos
garantice por una u otra vía la continuidad de unos ingresos. En otras
palabras, en zonas de paro endémico, un clientelismo colectivo se ha adscrito a
un patrono también colectivo. La clientela obtiene así una modesta pero segura
estabilidad económica y el partido un apoyo que, de otro modo, ni aquélla ni
éste jamás habrían alcanzado. Desde el punto de vista electoral, es claro que
este tipo de "compromiso" disminuye bastante la volatilidad, unas
veces por fidelidad a unas siglas o a una ideología, otras por mero interés
propio.
La utilización de medios clientelísticos ha originado una distribución
discriminatoria de favores que ha dado lugar a ganar, mantener y aumentar el control
sobre los recursos del bienestar estatal. Y es que este clientelismo ha
radicado menos en la distribución de la abundancia que en las habilidosas
manipulaciones de la escasez.
En definitiva, la dependencia laboral produce dependencia política,
reforzándola por virtud de un efecto de inercia, al cabo de muchos años. El
desempleo se puede convertir en un arma de utilización política por quienes
estén en el poder, al contrario de lo que se podría pensar, puesto que al
controlar -en ciertas condiciones- los mecanismos de su compensación, los
parados terminan por convertirse en aliados por conveniencia.
El hecho es que las diversas subvenciones al desempleo rural son la
única renta más o menos 'estable' y regular que ha obtenido el trabajador
eventual agrícola andaluz a lo largo de la Historia, y sólo desde los años 70,
asegurando algunos comentaristas que sin esta ayuda no podría hoy subsistir.
Según datos de encuesta, en los años 80 la media de subsidiados venía a ser de
1,6 personas por familia inscrita.
Por otra parte, el miedo que produce la inseguridad anterior ha llevado
a estos trabajadores a un alto grado de dependencia clientelar hacia los que
mantienen políticamente este sistema, que trataron de reproducir mediante el
voto. Lo cual ha provocado el procesamiento de un cierto número de alcaldes,
que han firmado peonadas falsas a los jornaleros. Los defectos que se atribuyen a tal sistema
se pueden resumir diciendo que a los jóvenes se les reduce la motivación de
especializarse o independizarse, y además tanto ellos como las mujeres dependen
del "enlace" para conseguir un empleo, o del favor del empresario.
Las organizaciones sindicales pierden presencia en la sociedad rural, y los
pueblos como tales se ven condenados a la marginación y el clientelismo, cuando
no se desarrollan otros medios de empleo. El subsidio termina a menudo por ser
considerado como un derecho, pero la función de dependencia subsiste, aunque
cambie alguno de sus actores (antes el cacique, ahora un partido político). Los
sindicatos CC.OO y el SOC sobre todo -además de los propios trabajadores
rurales-, han criticado duramente este sistema, en base tanto a su ineficacia
como a los fraudes a que se presta.
Cuestión distinta es que sea ya
imperativo encontrar un digno sustituto del sistema actual, en el que se
mantengan subvenciones al desempleo rural exclusivamente para quienes lo
precisen, con un reciclaje y una auténtica formación profesional para los más
jóvenes y un control estricto que impida los frecuentes fraudes a que se ha
prestado, eliminándose sus inadmisibles repercusiones político-clientelistas.
Por supuesto, la creación de empleo innovador debiera tener prioridad en
cualquier planeamiento que realmente tienda a transformar desde el poder
nuestro medio rural.
2.- Insuficiente iniciativa empresarial
Se echa también de menos en Andalucía la influencia activa y la
capacidad crítica de una burguesía interesada y comprometida con los problemas
de su tierra, la cual desde hace siglos no ha sabido sacar partido de sus posibilidades.
Cuando a finales del XIX los empresarios se movilizan para la creación de
industrias, los terratenientes se
abstuvieron de invertir y de asociarse, con lo que todo el sector nació con una
debilidad de recursos que terminó por serle fatal. No se pudieron tampoco
reinvertir en la zona los recursos generados en ella, con lo que se impidió
también que la banca jugase el papel activo que requiere todo proceso de
desarrollo económico.
Todavía no hace mucho sucedía algo parecido. Llama la atención que fuesen precisamente las provincias
peor situadas en las rentas per cápita (no ya a nivel regional, sino nacional),
las que hasta 1996 contaban en Andalucía con mayores depósitos en los bancos.
Lo cual implica un considerable retraimiento del sector más pudiente de dichas
ciudades y provincias, el cual colabora muy poco para su resurgimiento
económico. Naturalmente, tales entidades han hecho uso de esos fondos en otros
lugares del país o del extranjero, sin crear pues allí riqueza ni empleo. Lo
que ha provocado concentración de rentas, fuertes desigualdades sociales, poca
difusión del espíritu empresarial, escasa innovación económica o tecnológica e
incluso apatía ante la ineficacia de ciertos responsables económicos o
políticos por ayudar a su tierra. Un cierto número de ellos ha preferido
subordinar los intereses de Andalucía o de parte de ella a los suyos propios.
Lo cual con frecuencia se ha visto facilitado por la aceptación indiscutida de
las directrices del poder central, aun a sabiendas que se sacrificaba el
espíritu y aun la letra del Estatuto de Autonomía a una conveniencia personal.
En Andalucía, de la que se ha dicho que "quienes tienen iniciativa
no tienen capital, y quienes tienen capital no tienen iniciativa", ha
predominado -con excepciones- en el
sector más pudiente un espíritu poco favorable a correr riesgos, precisamente
cuando el asumirlos resulta característico del empresariado moderno. Por el
contrario, se ha pretendido obtener beneficios rápidamente y sin arriesgar
capital, lo que pudo ser usual en otra época en que abundaba la mano de obra
barata, pero que en los países desarrollados hoy está olvidado. De aquí el
escaso número de empresas industriales de cierta importancia cuya dirección se
encuentra en Andalucía, pese al considerable volumen de su población.
En su gran mayoría sus representaciones
no pasan de ser simples delegaciones, dependiendo casi todas de decisiones
adoptadas fuera de Andalucía y aun fuera de España. El poder de la empresa
privada es pues en Andalucía, condicionado, limitado y casi generalmente
dependiente de decisiones exteriores. Incluso la mera presencia de tales
delegaciones se concentra en su práctica totalidad en las ciudades -sobre todo
en Sevilla- y casi nunca en el medio rural.
Más aún, otras diferencias entre el medio
rural y el urbano son mayores en Andalucía que en otros muchos puntos de
España, al concentrarse en las poblaciones de mayor magnitud los recursos, los
profesionales y técnicos, las inversiones, las instituciones educativas y gran
parte del esfuerzo provincial. Las localidades rurales han recibido la
concesión de polideportivos, pavimentaciones, otros servicios y sobre todo el
PER. Pero se mantiene una cultura de
acrópolis en los centros urbanos (con toda clase de organizaciones,
servicios y actos culturales), sin correspondencia ni proporción alguna en los
pueblos, que están en situación de dependencia, y cuya estructura
socioeconómica ha cambiado de ser meramente agrícola, a pasar ahora a ser una
mezcla de agrícola y subvencionada, con escasa presencia de los sectores
secundario y terciario.
3.- Cambios en la
estructura social y laboral del campo
Lo que en términos generales puede
decirse es que en el transcurso de las tres últimas décadas, la pobreza ha
disminuido, y la "altura" de la pirámide social se ha reducido apreciablemente en el medio rural no sólo de
Andalucía, sino de todo el país. Hay una proporción de jornaleros y peones sin
cualificar muy inferior a la cualquier otro momento, a la vez que se han
incrementado mucho los niveles medios de educación y las actividades
"nuevas". Hasta el punto de que la propiedad agraria no es ya el
factor clave y casi único, determinante de la posición social, la influencia
política y la identidad colectiva. También una proporción mayor que nunca de mujeres
trabaja en ocupaciones no agrarias, y no aumenta más aún debido a la decisiva
influencia del alto paro que todavía se registra en Andalucía.
La estructura viaria ha mejorado en casi
toda España, pero todavía es mucho mejor entre los grandes centros urbanos y
sus conexiones directas que en el medio rural, en el que a menudo las
Diputaciones provinciales no atienden suficientemente el estado de las
carreteras comarcales. Se produce así una consecuencia no querida ni prevista
en los planes generales de comunicaciones del Estado. Mientras en el medio
rural andaluz en particular abundan las dificultades derivadas de las
deficiencias de sus comunicaciones interiores, las autovías que han proliferado
en los últimos años permiten una velocidad y facilidad de traslado entre
centros urbanos y un reducido número de comarcales, que indirectamente
modifican la estructura social rural.
Dicho de otro modo, son muy numerosos los
casos de profesionales, funcionarios y técnicos que residen en las ciudades, y
cuyo destino o función se realizan en el medio rural. Tal es el caso de
maestros y otros funcionarios del MEC, médicos, auxiliares y administrativos de
salud pública, y similares, que en los días laborables se desplazan a
localidades sitas incluso a 100 kilómetros o más de su vivienda, trabajan en
ellas durante toda su jornada y regresan por la tarde a la ciudad.
La no presencia como residentes de un
apreciable número de estas personas, evidentemente empobrece la vida social,
cultural y económica de las localidades más pequeñas, reduciendo su dinámica y
potencialidades de muy diversa clase. En menor proporción, pero también de modo
visible, sucede con el comercio local, que difícilmente puede competir con las
tentadoras ofertas de las grandes superficies en los centros urbanos, a las que
en fines de semana o festejos se desplazan para hacer acopio de productos
muchos residentes del medio rural.
Son éstas pues, consecuencias no siempre
deseables ni previstas de la mejora de las comunicaciones y de la mayor
facilidad en la adquisición de vehículos, que repercuten a menudo en forma
negativa en los pueblos de menor importancia. Más aún, los situados en la
periferia de las ciudades, si bien han aumentado a expensas del traslado
"al campo" de buen número de residentes de éstas, de hecho no son más
que poblaciones "dormitorio", en las que existen y se crean
proporcionalmente escasas actividades productivas. Tal es el caso de los
"cinturones" de áreas metropolitanas como las de Sevilla, Granada,
Málaga y Cádiz.
Datos de comienzos de los años 80
permiten comparar el prestigio social de las distintas profesiones, como
manifestación de la percepción de su respectivo poder (o status, en el sentido
expresado por Max Weber). La máxima distancia posible (sobre un total de 6
puntos), se daba en las agrociudades andaluzas, con 5,96 de diferencia entre
los latifundistas y los obreros agrícolas. Los cuales representaban por
entonces todavía más del 40% de la población activa. Dicho de otro modo, una
pirámide clásica del subdesarrollo, con reducidas clases medias y una pequeña
pero poderosa élite. Lo cual explicaría los rebrotes de la conflictividad
agraria campesina protagonizados sobre todo en zonas de la campiña del
Guadalquivir durante décadas, pero que han quedado reducidos -mediante diversos
mecanismos- a simples sombras de lo que fueron. No es menos cierto que la clase
media nueva ha aumentado considerablemente, como ya se ha comentado, pero no se
puede perder de vista que su proliferación se ha concentrado especialmente en
los centros urbanos.
En definitiva, hay unas zonas en las que
la cultura de la subvención, el clientelismo y la familia nuclear constituyen
las únicas estructuras que funcionan, y otras, incardinadas en un sistema de
interacción mucho más moderno y relativamente más igualitario, en localidades
urbanas a no muchos kilómetros de distancia.
No es posible entrar aquí en el detalle
de los cambios en la producción agraria en este útimo lustro. Pero es un hecho
que la mecanización, la selección de cultivos y las nuevas directrices
políticas de la administración comunitaria y sus subvenciones, han introducido
profundos cambios -sin duda irreversibles- en este sector. Es claro que ciertas
producciones, como las procedentes de los cultivos en invernadero, frutos
especializados y horticultura para exportación y algunos otros, encuentran un
buen mercado en Centroeuropa, a pesar de tropezar con numerosas trabas en la
política comercial española, y en su escasa capacidad de innovación oficial.
Pero no es menos cierto que han aumentado las areas marginales, sobre todo de
pequeñas explotaciones incapaces de competir, y que la nefasta política
agroindustrial de estos últimos años ha dado lugar a la desaparición de
industrias alimentarias sobre todo en Andalucía, en lugar de lo lógico, que
aparentemente hubiera sido su incremento. (Como se ha señalado recientemente,
en sólo 18 municipios de los 769 de Andalucía se localiza el 64% de las
inversiones, mientras que en el 66% de su territorio se invierte sólo el 4% de
éstas).
Se produce, en definitiva, un desarrollo
desigual: las regiones más septentrionales reciben -como hace décadas- la
aportación de capitales y mano de obra desde las más pobres. La dependencia
aumenta no sólo en el aspecto económico, sino incluso en los modos de vida, una
vez más, imitativos. En el típico círculo vicioso, esto da lugar a menor
iniciativa, menor capacidad de producción, procedimientos rutinarios y
desfasados, sociedad dual, escasa capacidad de respuesta a los retos de la
postmo-dernidad, bajo nivel de asociación, y continuación del desempleo. La
zona andaluza queda calificada como "desfavorecida" y de montaña, en
sus tres cuartas partes, pese a sus capacidades naturales inexplotadas, un
desarrollo desequilibrado y mal orientado, en suma.
Frente a esta situación de escasa
dinámica, cabe destacar innovaciones que
en forma paulatina han transformado los modos de producción en CC.AA. como
Galicia (por citar un solo ejemplo) de manera que actualmente, un tercio de los
ingresos familiares en aquel medio rural proceden de actividades turísticas. Y
es que, con la democratización, en muchas zonas -no en todas- se ha producido
una mayor difusión del poder hacia su entorno social. En Andalucía aún estamos
lejos de tal proporción, aunque es estimable el esfuerzo realizado.
Lo cual, hablando en general, deriva de
1) una mayor dispersión de los recursos, 2) de la aparición de nuevos grupos y
la consiguiente diferenciación de las elites, y 3) del incremento de la
heterogeneidad de los intereses en éstas. Como es lógico, esto resta autonomía
a los políticos locales, los cuales, por lo menos a nivel comarcal, dependen de
decisiones adoptadas "más arriba".
En el fondo, lo que se plantea es la
cuestión -de indudable conexión con la identidad andaluza- de hasta qué punto
la localidad constituye una unidad que se mantiene y se define por contraste
con el "exterior". Incluso contemplada desde el interior, ésta
presenta también muchas facetas, por pequeña que sea. Y es de notar que las
quejas y las sospechas, en materia sobre todo de política local, se centran en
la incompetencia, los abusos y el grado de legitimidad con que se desempeñan
ciertos papeles. Se ha dicho que hay una convicción generalizada y una
tendencia a desacreditar la imagen de los representantes del "pueblo",
sean quienes sean.
También se acusa un fuerte sentido de
dependencia respecto al aparato del Estado, por lo que a la recíproca, las
localidades más pequeñas se sienten poco inclinadas (salvo en situaciones de
crisis), a que les afecten acontecimientos de interés general, sean nacionales
o internacionales. Los hechos exteriores son reinterpretados y utilizados para
reforzar las propias convicciones, estimular el consenso interno, y reafirmar
los valores básicos del pueblo. De esta manera, los nativos tienden a rechazar
las etiquetas políticas, eluden las definiciones, y aceptan de mal grado que se
asimilen los conflictos internos, interpersonales, con conflictos de partidos
políticos. En definitiva, da la impresión de que no siempre se ha favorecido
desde el poder una dedicada, sincera y masiva participación popular.
4.- Modernización
rural sin desarrollo
El hecho es que la modernización acarrea
consecuencias que relativa e inevitablemente repercuten más en las localidades
rurales que en las urbanas, porque los habitantes de aquéllas tienen cada vez
menos capacidad para aislarse del mundo exterior. Cabe así deducir que las
nuevas tecnologías y otros cambios, están produciendo una redefinición no sólo
de los recursos ambientales del campo, sino de las relaciones sociales
presentes en la tradicional explotación familiar y aun en las señas de
identidad de un pueblo.
Así por ejemplo, el papel de la mujer en
nuestro medio rural (que obviamente posee connotaciones políticas), ha sido
objeto de varios estudios recientes. Sólo destacaremos aquí algunos datos,
tales como el de que "suelen aparecer como una mano de obra abundante,
flexible, cautiva, con mínimas exigencias laborales y escasa o nula
sindicación", ganando una media aproximada de 40.000 pts. al mes (1995) en
trabajos destajistas de confección a domicilio, sin otras retribuciones, ni
derecho a vacaciones, desempleo ni seguridad social. Generalmente se las
destina a trabajos irregulares y sus ingresos suponen más o menos un tercio del
total de los del hogar. Es muy generalizado el corte generacional entre las
mujeres de más y menos de 40 años de edad, apreciable en una diferenciación
bastante clara de actitudes y valores. Más aún, en las menores de 25 años se
perciben diferentes expectativas de trabajo y una mejor formación, resultante
de una reciente escolarización más completa. Es frecuente que -cuando los
recursos familiares lo permiten- estas
jóvenes sean enviadas a estudiar al medio urbano, lo que sucede en mayor
proporción que con los varones, quienes permanecen en el pueblo dedicados a
actividades productivas. Esto implica pues, una inversión de la tendencia
tradicional en nuestro país, al menos en este segmento de la población.
Otro resultado de esta situación es
también que la Política Agraria Común choca con la sobreproducción, exigiendo
ajustes a menudo penosos y que sobre todo recaen en Andalucía. Se ha intentado
a este respecto compensar, por ejemplo, mediante subvenciones para dejar de
cultivar, hasta un 15 % de las explotaciones superiores a las 20 Has.,
destinándose ese espacio a reforestación. Y por otro lado, la
"excusa" ambiental puede frenar la competitividad, puesto que la agricultura mediterránea es la
más sensible a las consecuencias de las reformas de la PAC.
Demasiadas veces se han sacrificado los
intereses de Andalucía a las directrices, no ya de la PAC, sino de grupos de
presión centroeuropeos. Lo cual ha perjudicado tanto a las exportaciones como a
la modernización misma de la agricultura andaluza. Se la ha impuesto una
política centralizada, en la que esta Comunidad no ha tenido más que muy poca
voz y ningún voto. El amarre de la flota pesquera andaluza durante varios meses
en 2000, como consecuencia de la falta de acuerdos con Marruecos, no es más que
una de las muchas muestras de esta situación.
En definitiva, y desde una perspectiva
mucho más amplia que la exclusivamente andaluza, se ha asegurado que no sólo en
España, sino en el mundo rural mediterráneo coexistirán a corto plazo a) los
enclaves especializados en productos de alto valor añadido (hortalizas, muy
competitivos, aunque bajo las presiones extracomunitarias); b) los enclaves
dotados de recursos paisajísticos y con producciones de calidad (zonas
montañosas en donde los agricultores contribuirán a mantener el paisaje y
coadyuvar en actividades turísticas como las antes señaladas); c) las escasas
explotaciones modernizadas y competitivas, y d) inmensos espacios anteriormente
cultivados y ahora destinados a usos cinegéticos, forestales y similares, en
donde también se localizarán actividades socialmente poco deseables, como
vertederos y productos residuales.
5.- A modo de resumen
Los andaluces somos un pueblo consciente
de las peculiaridades de su devenir histórico, de la diversidad de su medio
ambiente y de la considerable variedad de su cultura, resultante lógico de su
gran extensión y de dichas peculiaridades, en contraste con otros de mucha
menor -o mayor- población, extensión y cambios en el tiempo. Igualmente lo
somos de sus desigualdades y diferencias internas y comparativas con aquéllos.
Pero como se demostró en febrero de 1980 y, repetidamente, después en sondeos
de opinión, mantenemos la conciencia de nuestra propia identidad, en modo
alguno incompatible con la española.
Las circunstancias de la transición,
primero, de la consecución de la autonomía después, del giro político de 1982,
del ingreso en la CE, y otras posteriores, condicionaron de forma decisiva el
ejercicio del poder en esta Comunidad Autónoma. De tal modo, que a pesar de
contarse desde hace dos décadas con el apoyo decidido e ininterrumpido de una
mayoría de su población, Andalucía no ha salido del penúltimo puesto en que
durante medio siglo se ha encontrado en las rentas personales o familiares
entre las CC.AA. españolas. Resultado de ello es una creciente falta de ilusión
y una cierta disminución, en el plano popular (no en el oficial) de las
referencias a "lo andaluz", en cuanto sentimiento o identidad
compartida, que claramente se perciben hoy en su opinión pública.
Es evidente que problemas de poder
personalista (caciquismo), y posteriormente de clientelismo partidista, han
impedido a lo largo de prácticamente todo el siglo XX que se consiguieran las
justificadas aspiraciones de Andalucía hacia su desarrollo social y económico,
coincidentes con los valores predominantes en su población.
Raramente el poder central ha contribuido
con eficacia a llenar tales expectativas, y tampoco su sector empresarial,
durante largo tiempo y con contadas excepciones, ha parecido estar a la altura
de las circunstancias. Los esfuerzos del gobierno autonómico por disminuir su
distancia económica respecto a la media del país, han tenido sólo un éxito
parcial. Incluso dentro de la propia Andalucía, se aprecian diferencias
socio-económicas considerables entre varias de sus provincias, y desde luego
entre muchas comarcas, sobre todo rurales, lo que perjudica a la deseable
actuación política conjunta de Andalucía, aunque no tanto a su identidad como
tal.
Sería necesario que las instituciones
andaluzas, en forma coordinada, acometieran con decisión un cambio de rumbo que
salvara los obstáculos, burocráticos o de meros intereses particulares, que
impiden su despegue. Una actuación planificada, con la ayuda de la UE, y que
conjuntara los esfuerzos de los sectores privado y público, evitaría que
Andalucía siga siendo un territorio marginal o quizás parcialmente marginado de
la UE, el cual se encuentra aún lejos de alcanzar todas sus potencialidades,
así como el puesto que dignamente le corresponde entre las Comunidades
Autónomas españolas.
4.- EXPRESIONES CULTURALES DE LA IDENTIDAD ANDALUZA.
4.1.- La lengua de los andaluces.
(Miguel
Ropero Núñez)
4.2.- El flamenco y la identidad andaluza.
(Cristina
Cruces Roldán)
4.3.- Formas de sociabilidad.Fiesta y religiosidad.
4.4.-
Expresiones estéticas, artísticas y literarias.
(Javier Escalera Reyes)
La cultura de un pueblo engloba todos los aspectos de su realidad,
incluyendo todo tipo de expresiones, desde las prácticas económicas, hasta las
formas en que se manifiesta la sociabilidad de sus miembros, las
manifestaciones artísticas o la religiosidad. Todas las cuales tienen un
carácter esencialmente cambiante, por lo que no existen expresiones
inalterables. La amplitud y globalidad de la cultura hace, por lo tanto,
imposible realizar un inventario exhaustivo y detallado de todas y cada una de
las expresiones que la configuran. Incluso si tal empeño fuera viable, que no
lo es, sería inútil si de lo que se trata es de definir la especificidad de una
determinada cultura, la identidad de un pueblo concreto. Una parte de dichas
expresiones y prácticas no son sustancialmente diferentes de las de otros
pueblos, por lo que carecen de significación desde el punto de vista
identitario. Las expresiones, formas y prácticas culturales que poseen una
mayor capacidad diferenciadora, por ser resultado de un proceso histórico
singular, son las que adquieren el carácter de marcadores identitarios: son las
que integran el Patrimonio Cultural de un pueblo.
a) ¡Error!
No se encuentra el origen de la referencia.Andalucía:
una realidad sociolingüística rica y compleja
Al afrontar el estudio de la identidad
sociolingüística andaluza, la primera realidad que constatamos es la de su
enorme riqueza y variedad. Existen, desde luego, factores de todo tipo que justifican
esta complejidad. Podemos destacar, entre otros muchos, los factores
geográficos, históricos y culturales. Hay que tener en cuenta, sobre todo, la
presencia histórica en Andalucía de muy diversos pueblos y culturas. La
diversidad cronológica en la conquista de los reinos andalusies supone, además,
una repoblación social y geográficamente diferenciada en cuanto a la
procedencia de los repobladores y, como consecuencia, la existencia de
distintos estratos en el castellano importado. En este castellano se pueden
documentar rasgos leoneses, aragoneses, catalanes, etc. Como dice M. Alvar, "todos estos rasgos, mezclados con una
abigarrada supervivencia de arcaísmos y de arabismos, hacen que el andaluz sea
de una polícroma riqueza. De otra parte, la complejidad fonética de la región,
basada en la norma disidente de Sevilla, no es comparable a la de ninguna otra
parte de España".
b)
Criterios y perspectivas para definir al andaluz: las claves de la identidad lingüística del pueblo andaluz.
El primer aspecto que se debe precisar es el del
término más adecuado para denominar esta riqueza y variedad de usos
lingüísticos en Andalucía. ¿Se trata de una lengua?
¿Es un dialecto? ¿Es un habla? por otra parte, ¿qué preferencias
manifiestan los andaluces a la hora de elegir el nombre para su peculiar forma
de hablar?: ¿español?, ¿castellano?, ¿andaluz?. ¿Los andaluces tienen consciencia de hablar español, o más bien de hablar
andaluz?. Aunque los conceptos de lengua, dialecto y habla no están del
todo claros en Lingüística, ya que también son definidos desde perspectivas
sociológicas y políticas, en lo que lingüistas y dialectólogos suelen coincidir
es precisamente en que el andaluz no es una lengua. Entonces, ¿qué denominación
darle? ¿Cómo definirlo?.
Para dar una respuesta satisfactoria a esta
cuestión, debemos definir el andaluz desde la doble perspectiva diacrónica y
sincrónica, ya que ambas son complementarias. Una definición exclusivamente
diacrónica o exclusivamente sincrónica sería parcial e incompleta. Desde un
punto de vista histórico-diacrónico,
se suele considerar al andaluz como un dialecto del castellano. Desde esta
perspectiva, dialecto es toda lengua con respecto a la lengua madre de
la cual procede, "producto histórico de la fragmentación de una anterior
unidad" (F. Lázaro Carreter). Como afirma A. Zamora Vicente en su Dialectología española, "se trata
de una evolución in situ del
castellano llevado a las tierras andaluzas por los colonizadores y repobladores
a partir del siglo XIII y hasta principios del XVI". También se suele
utilizar el término dialecto para
denominar las variedades geográficas (diatópicas) de una lengua, por ejemplo,
el dialecto andaluz, el dialecto extremeño, el dialecto aragonés, etc.
Desde el punto de vista sincrónico-sistemático, el andaluz en el momento actual es una
variedad, una modalidad lingüística
del español, considerando que este español es un sistema abstracto y colectivo,
que pertenece a todos los hispanohablantes y no a unos hablantes o a una región
concreta. Desde este enfoque, el andaluz es una modalidad o variedad de la
lengua española, como también lo es el español hablado en Extremadura, en
Castilla o en Canarias.
Por otra parte, la descripción de la realidad
sociolingüística andaluza actual exige abordar simultáneamente el tema de la
unidad y variedad del español, el problema de la norma lingúística, así como
estudiar la conciencia y actitudes que manifiestan los andaluces ante sus usos
idiomáticos.
El siguiente
gráfico refleja, en síntesis, estas ideas:
SISTEMA(LENGUAESPAÑOLA)«--------------------UNIDAD
DEL SISTEMA
ESPAÑOL
(Permite
la intercomprensión de más de (Supranorma)
300
millones de usuarios) (Conciencia
de “hablarespañol”)
VARIEDADES DIALECTALES”, MODALIDADES
«-------------------------RIQUEZA Y VARIEDAD
(Parte esencial de nuestro
patrimonio
cultural, contribuye a nuestra identidad)
MODALIDAD MODALIDAD MODALIDAD MODALIDADES DEL ETC. ANDALUZ
EXTREMEÑA ANDALUZA
CASTELLANA ESPAÑOL DE AMERICA (Norma ling.andaluza) (Conciencia del hecho diferencial dialectal,de“hablar andaluz”)
HABLAS LOCALES «--------------------Riqueza y Variedad
(Normas y usos locales)
Habla Habla Habla Habla etc. Riqueza y variedad
Gaditana Sevillana Cordobesa Malagueña Sevillanismo
Gaditano,Cordobés,
Malagueño (Conciencia del hecho diferencial
ling.local
Identificación afectiva con el habla
de su
pueblo,de su tierra)
c)
Características del habla andaluza.
1.- Aspectos Fónicos.
En síntesis, estos son los principales rasgos fonéticos:
*
La articulación coronal o predorsal del fonema / s/. La /s/ coronal es usual en el norte y este de
Andalucía y la predorsal en el centro y sur. En el área septentrional o
castellana es una realización alveolar apical ( la punta de la lengua contra
los alvéolos de los dientes).
*
Igualación de /s/ y /o/, cuyo resultado es el seseo y el ceceo. En el español
septentrional y en determinadas áreas de Andalucía se suele distinguir entre
estos dos fonemas (poso / pozo; casa / caza).
La
ausencia de distinción, característica del habla meridional atlántica, es un
uso muy generalizado en la mayoría de los hispanohablantes. El seseo,
tiene prestigio y un alto grado de aceptación social. El ceceo, en cambio, se suele asociar todavía con el “ habla rural”.
*
Igualación de ll /
l / e y / j
/, cuyo resultado es el yeísmo:
Seviya, caye, chiquiya.
Es
una característica generalizada no sólo en Andalucía, sino en casi toda la
geografía lingüística del español. Sin embargo, hay algunos pueblos andaluces
que distinguen entre ll e y (Bollullos
de la Mitación, Lepe, Paimogo, Etcétera).
*
Aspiración de la / s / implosiva (
final de sílaba o de palabra): ehtoh niñoh, loh rahgoh,
cahteyano.
Es
un rasgo fonético muy extendido en las hablas andaluzas y en el español
atlántico ( de Canarias y de América). Tiene prestigio social y es usado en
todo tipo de registros idiomáticos (tanto en el uso espontáneo, informal,
familiar y coloquial, como en el uso culto y formal).
*
Aspiración de la / x /, velar fricativa sorda castellana.
En
Andalucía, este fonema / h / se pronuncia con una aspiración suave (excepto en
Jaén). Corresponde a las letras o grafías j
o g ( seguida de e, i ):
muhé (mujer), hente (gente), trabahá (trabajar).
Es
un uso normalmente prestigiado y goza de bastante aceptación social.
Sin
embargo, la aspiración de la h-,
procedente de una f- etimilógica del
latín, no tiene prestigio social en la actualidad y es propia del ámbito rural
y del lenguaje coloquial: jigo (del latín FICUS), jumo, ajumao (de FUMUS) ,
jacer (de FACERE), jorca, ajorcao ( de FURCA).
* Aspiración o pérdida de las consonantes finales:
andaluh, Madrí, reló, trabahá.
Es
un fenómeno muy extendido no sólo en Andalucía sino en gran parte del mundo hispánico. En las hablas andaluzas,
se usa tanto en ámbito cultos como coloquiales.
*
Pérdida de la -d- intervocálica.
En
el caso del participio en -ado (colorao,
apañao), es muy frecuente en todo el mundo hispánico y en Andalucía
tiene prestigio social . En cambio, las terminaciones en -ido (bebío, comío) no gozan de aceptación social en
ámbitos cultos. Igual sucede con ná, peazo ( nada, pedazo), que
sólo tienen aceptación social en ámbito coloquiales o vulgares.
*
Pronunciación de r en lugar l,
en posición silábica implosiva: (dergao, curtura, mi arma).
Es
propia del habla coloquial y familiar en el habla andaluza.
*
Asimilación de grupos consonánticos, tales como vienneh (viernes), canne
(carne), la Vinge (la Virgen). Es igualmente característica del
habla coloquial y vulgar.
*
Pronunciación fricativa de la ch : mushasho,
shaval.
Es
también un rasgo fonético propio del ámbito coloquial.
*
Pronunciación de bue, hue, como güe: güeno, agüelo, Gúevara, güesos, güevos.
Igualmente,
se trata de una característica propia del ámbito coloquial e, incluso, vulgar,
que no es exclusiva del habla andaluza.
2. - Aspectos morfosintácticos
Los
especialistas e investigadores de la modalidad lingüística andaluza suelen
concluir sus estudios afirmando que no existe una morfosintaxis específicamente
andaluza. Pero el hecho de reconocer que, en efecto, los andaluces compartimos
con todos los hispanohablantes un sistema morfosintáctico común (unidad), no implica necesariamente negar
la existencia de una serie de rasgos gramaticales característicos de las hablas
andaluzas (variedad). Así lo afirma explícitamente A. Narbona(1989):
“ En términos estrictamente lingüísticos no cabe hablar de una sintaxis
propia de las hablas andaluzas, lo que no impide reconocer que los andaluces
explotan y dotan de particulares valores expresivos a ciertos procedimientos
gramaticales”. (Sintaxis española, pág. 171).
Es
difícil señalar aspectos gramaticales que sean exclusivos del habla andaluza
hasta que no se haya investigado si estos rasgos se encuentran o no en otras
áreas lingüísticas del español. Por eso es necesario estudiar y contrastar las
características morfosintácticas del andaluz --en la lengua hablada, sobre
todo-- con las del español peninsular, el de Canarias y, en especial, con el
español de América. Así podremos comprobar las soluciones gramaticales
idénticas que manifiestan la unidad del sistema de la Lengua Española y los
usos gramaticales diferentes que confirman la variedad y nos identifican como
hablantes andaluces.
Como
también ocurre en los dominios de la fonética y del léxico, se suelen
identificar y confundir indebidamente los rasgo gramaticales del andaluz con
los de la sintaxis coloquial y vulgar; se consideran injustamente andalucismos
morfosintácticos fenómenos y usos que, en realidad, se dan “en las manifestaciones orales de los
hablantes de cualquier región o localidad geográfica, en su uso coloquial y,
sobre todo, en los estratos socioculturales más bajos”(P. Carbonero (1982):
El habla de Sevilla, pág. 43).
Hechas estas observaciones generales sobre los problemas y la
complejidad de los estudios sobre la morfosintaxis andaluza ofrecemos algunos
ejemplos concretos que manifiestan las características gramaticales más
notables del habla andaluza.
Muchos
de los rasgos gramaticales peculiares del andaluz son resultado o consecuencia
directa de los cambios producidos en el plano fónico. Así, el debilitamiento o
pérdida de la -s final afecta a la
flexión nominal, a la adjetiva y a la conjugación verbal.
Por
ejemplo, la distinción morfológica del singular / plural:
niño
/ niño (s); grande / grande (s)
En
Andalucía, la marca del plural se realiza mediante una aspiración ( Andalucía
Occidental) o mediante la abertura vocálica (Andalucía Oriental): loh niñoh,
las casah grandeh.
En
la reflexión verbal, la oposición de la segunda
/ tercera persona : piensa / piensa (s); quería (s). En este caso, la
pérdida de la -s final en los verbos,
afecta, sobre todo, al sistema pronominal: las terminaciones verbales
fonéticamente iguales (como sucede en inglés y en francés) favorecen un uso muy
frecuente del pronombre sujeto (como tú
quiere(s), tú piensa(s) y provoca un
reajuste donde el pronombre personal vosotros
se usa poco y es sustituido por ustedes.
Por ejemplo, ustedes queréis por “
vosotros queréis”. En el habla de Sevilla se suele sustituir, además, la forma
átona del pronombre os por se: ¿Se queréis callar? por “¿os
queréis callar?. Este uso, suele tener la consideración sociolingüística de
coloquial y también vulgar.
Junto
a los aspectos gramaticales descritos como resultado o influencia de los
cambios fonéticos, podemos destacar también otras características basadas en el
carácter innovador y, a la vez, arcaizante, del andaluz.
Por
ejemplo:
1. El arcaísmo (usual en el castellano del siglo XV) que pervive en
Andalucía, consistente en usar la proposición de en las construcciones de
verbo flexionado más infinitivo: lo vi de venir; ¿me dejáis de jugar?.
2.
La conservación del valor etimológico (y el empleo correcto, según la Real
Academia Española ) en el uso de los pronombres le, la y lo frente al leísmo, laísmo y loísmo introducidos en el habla castellana: la di un beso a mi
novia.
En
conclusión, en el nivel morfosintáctico perviven, completándose, innovaciones
gramaticales junto con los arcaísmos. Se da igualmente una tendencia a la
simplificación y economía junto a la introducción de elementos redundantes, que
mantienen el sistema lingüístico utilizado en Andalucía en un compensado
equilibrio funcional: Ma (l) / malamente..
3- Aspectos Léxicos-semánticos
El nivel léxico semántico, por razones históricas y de repoblación, por
el gran número de unidades que lo constituye, por su misma naturaleza inestable
y difusa, por el uso disperso según las áreas geográficas, los estratos
sociales y la variedad de registros léxicos del hablante, es más complejo y
difícil de sistematizar que el nivel fónico y el morfosintáctico.
Sin
embargo, dentro de la complejidad o diversidad de usos léxicos, existe también
una cierta nivelación en el empleo de un vocabulario común que permite una
fácil comunicación entre los andaluces. La diversidad de usos léxicos entre los
pueblos, comarcas y provincias andaluzas no debe crear problemas graves de
intercomprensión. Se pueden resolver fácilmente estos problemas comunicativos
que genera la diversidad léxica, ya sea recurriendo al término de uso más
general que todos los hablantes andaluces pueden conocer --búcaro, picadillo, churros-- o recabando información
directamente: ¿Que es un pirulo? ¿Que significa piriñaca? ¿Que
son los (te) jeringos?.
Quienes
han abordado el estudio del léxico andaluz suelen afirmar que, en líneas
generales, el vocabulario utilizado en Andalucía coincide con el de la Lengua
Española, aunque, en muchos casos, perviven
aquí usos que no son tan frecuentes o, incluso, que están desapareciendo
en otras áreas lingüísticas del español.
Efectivamente,
en el Habla Andaluza podemos documentar,
junto a la riqueza léxica, una extraordinaria creatividad semántica, que
se manifiesta en la habilidad para introducir cambios de sentido en el
vocabulario. Es difícil, por ahora, determinar cuáles de esas palabras y
expresiones son específicas de Andalucía y cuáles aparecen también en otras
áreas lingüísticas del español. Para lograr una relación precisa y completa de
los andalucismos léxicos sería necesario hacer estudios exhaustivos basados en
laboriosos trabajos de campo. Es una preciosa tarea que debemos realizar, incluso para distinguir entre el andalucismo
valioso y enriquecedor de nuestras hablas y el vulgarismo, característico del
uso pobre y descuidado de la lengua, que se puede dar en Andalucía y en
culaquier otra parte de la extensa geografía lingüística de la Lengua Española.
Algunos ejemplos de esta riqueza léxica:
- A la ensalada de tomate, pimiento, cebolla, pepino, etc., aliñada con
aceite, vinagre y sal, se le denomina, en la Andalucía Occidental pica(d)
illo y en la Oriental pipirrana. En numerosas localidades de Cádiz y
Málaga piriñaca. En algunos pueblos de
Huelva, Sevilla y Córdoba almorraque.
-
A las gachas ( que es el término más
generalizado ) en Huelva, Sevilla y Cádiz se les suele denominar poleás. En Granada y Almería se dice también tarbinas.
En Atajete (Málaga) se usa el término zahínas. El Vocabulario Andaluz de A.
Alcalá Venceslada define las zahínas como “gachas o puches de harina,
que no se dejan espesar”.
-
Al “ cacharro de barro con una boca y un pitorro con el que se bebe el agua “
se le denomina porrón en todas las provincias andaluzas, excepto en
Cádiz. Botijo es el término usual en Córdoba, Málaga, Jaén y Granada. Búcaro
es característico de Sevilla ( y se usa también en Huelva, Cádiz y Málaga). En
varios pueblos malagueños se emplea el término pirulo. Piche y pichilín
en algunas localidades de Huelva y Sevilla. Pipo ( con las variantes piporro
y pipote) se usa en Cádiz, Málaga, Granada y Almería.
Al
describir las características del habla Andaluza, hemos destacados en numerosas
ocasiones la riqueza y variedad de usos lingüísticos de Andalucía. Estos
ejemplos son una demostración evidente no sólo de la riqueza léxica del
andaluz, sino también de su creatividad lingüística, basada, sobre todo, en su
carácter innovador. Precisamente, en esa actitud innovadora y en su
extraordinaria expresividad lingüística, fundamenta R. Lapesa (1983) la
“fortuna del andaluz”:
“Por una parte encarna una mentalidad y una
actitud vital que lo hacen popular y contagioso: es el molde adecuado para el
ingenio y la exageración, la burla fina y ligera, la expresividad incontenida.
Pero su propagación se debió en parte esencial
a haber llevado al extremo las tendencias internas del castellano sin
respetar barreras, con vitalidad joven, destructora y creadora a la vez, con
brío que hizo posible su asombrosa expansión atlántica”.
(R. LAPESA, Historia de la Lengua Española. 9ª Edición. Madrid, Ed. Gredos,
1983, pág. 515).
Es
importante resaltar, siguiendo las preciosas ideas expuestas por don Rafael
Lapesa, que la fortuna y el futuro del andaluz no se debe separar del español
de América. Este español meridional atlántico es el que tiene mayor número de
hablantes en el Mundo Hispánico:
“El
término español atlántico (.....)fue un acierto, pues engloba el andaluz, el
canario y el español americano, tan diverso, pero con tantos caracteres comunes
a los veinte países del Nuevo Continente donde hoy se habla. En el momento
presente el español atlántico es la variedad más extendida de nuestra lengua:
lo usa el 90% de los hispanohablantes”. (R. Lapesa, “Orígenes y expansión del
español atlántico”, en Las hablas andaluzas, R. Cano, coord., Demófilo núm. 22, De. de la Fundación
Machado, Sevilla, 1997, pág. 13).
d) El
andaluz y el español de América
La lengua de los andaluces es la lengua española;
esta lengua es tan nuestra como de las gentes de Castilla, Aragón, Canarias,
Méjico o de cualquier otra comunidad hispanohablante. Los andaluces, además,
hemos contribuido a su prestigio (recuérdese, por ejemplo, a escritores como
Lorca, Juan Ramón, Aleixandre, Cernuda, Alberti, etc.) y a su expansión (como
veremos a continuación, está más que demostrado el andalucismo del español de
América). A la hora de buscar un modelo idiomático común, no se debe separar el
futuro del andaluz del español de América.
Aunque el tema del andalucismo del español de
América ha suscitado (y sigue suscitando todavía) numerosas polémicas, es
difícil en la actualidad negar la influencia del andaluz en la formación del
español americano. Parece demostrado, en efecto, que son los usos lingüísticos
de Andalucía los que se propagan a América. La importancia política, económica,
comercial y cultural de Andalucía --sobre todo, de la ciudad de Sevilla en el
siglo XVI-- en su relación con el Nuevo Mundo, hace que sus usos lingüísticos
adquieran un notable prestigio y favorezca su expansión. El siguiente texto de
M. Alvar, basado en una investigación rigurosa, confirma esta hipótesis: “Porque la norma Sevillana --opuesta a la de
Castilla-- irradiará hacia Granada, hacia Canarias y hacia América por una
serie de razones que he expuesto en otra ocasión: se trata de un prestigio
cultural, económico y social que permitió travasar las innovaciones sevillanas
desde su origen local hasta áreas más dilatadas. Es más, la pluralidad de
normas que tiene el español se reduce a dos: la castellana y la sevillana, y es
ésta la que emigra sobre las naves cuando empieza la gran expansión”.
Por otra parte, como argumento complementario
fundamental, está la cuestión demográfica: la mayoría de los primeros
emigrantes o colonizadores del Nuevo Mundo partieron de Andalucía. Las investigaciones
de Peter Boid-Bowman sobre el origen de los primeros pobladores de América
confirman con datos estadísticos elocuentes esta presencia mayoritaria de
emigrantes andaluces en América en los primeros años de colonización, que es
cuando se configura la base lingüistica del español americano.
Podemos concluir, pues, con un texto de R.Lapesa,
prestigioso historiador de nuestra lengua, que es innegable la influencia de
las hablas de Andalucía en la configuración del español de América: “De todo lo expuesto se deduce que hoy no
cabe ya duda posible respecto al origen andaluz de algunos de los rasgos más
peculiares de la pronunciación americana”. De este modo, el sistema de la
lengua española común permite que los andaluces nos podamos comunicar con más
de trescientos millones de hablantes, que, en su mayoría, utilizan las
características del andaluz. La unidad del español nos ofrece a los andaluces
extraordinarias y privilegiadas posibilidades comunicativas y nos une
culturalmente a la comunidad de los pueblos hispanohablantes.
e) Las
modalidades del andaluz
Pero la defensa que hemos hecho de la unidad del
español no es obstáculo para que, con la misma fuerza y rigor, defendamos la
variedad, el hecho diferencial lingüístico andaluz. Los andaluces, en efecto,
no utilizamos el sistema de la lengua española igual que los castellanos,
leoneses, aragoneses, etc. Dentro de la gran diversidad de usos lingüísticos
peculiares de Andalucía, podemos destacar una serie de características, no sólo
fonéticas sino también morfológicas y, sobre todo, léxicas, que nos diferencian
e identifican como hablantes andaluces y nos confieren una gran personalidad
lingüística.
De todo lo expuesto anteriormente se deduce que,
como actitud sociolingüística coherente, que responde a las señas idiomáticas
de identidad de los andaluces, debemos estar orgullosos de nuestra lengua, la
lengua española, y, al mismo tiempo, sentirnos también orgullosos del habla de
nuestra tierra, de hablar andaluz.
Debemos manifestar (e inculcar) aprecio y respeto a todas las lenguas de España
y a sus diferentes modalidades lingüísticas. Evidentemente, tenemos derecho a
exigir el mismo respeto para la modalidad lingüística andaluza. Los andaluces
no debemos tener ningún sentimiento de frustración o complejo lingüístico de
inferioridad. Desde el punto de vista de la comunicación, la principal función
de todo lenguaje, la solución lingüística andaluza nos sitúa en una posición
muy ventajosa: los andaluces nos beneficiamos de las ventajas de la unidad que
proporciona el sistema común de la lengua española y, al mismo tiempo, de las
ventajas que proporciona el uso diferente del sistema en Andalucía.
En el marco de los usos lingüísticos característicos
de Andalucía, se pueden adoptar posiciones semejantes a las planteadas en la
descripción del español en su unidad y variedad. Situados en este "nivel
andaluz", podemos resaltar o defender la unidad del dialecto o la
diversidad de usos locales (intradialectales). Ambas posiciones se pueden
adoptar de forma legítima y respetable. Desde la perspectiva de la unidad, se
puede decir "el habla andaluza", "la modalidad lingüística
andaluza", resaltando los rasgos que unen e identifican lingüísticamente a
los andaluces. Desde la perspectiva de la variedad, se puede decir "las
hablas andaluzas", resaltando la realidad evidente de que en Andalucía no
existe un habla, sino una pluralidad de hablas.
De todos modos, la riqueza de usos lingüísticos, la
diversidad, no tiene por qué estar reñida con la unidad, con la búsqueda de una
norma andaluza flexible. Por otra parte, la búsqueda de una norma lingüística
andaluza común no debe ser a costa de eliminar la riqueza y variedad que
aportan las hablas locales. En los dominios del léxico, por ejemplo, la
imposición de un vocabulario estándar supondría perder las palabras más
entrañables y familiares que son, en definitiva, las que más contribuyen a
configurar la riqueza léxica de Andalucía y nuestro mejor patrimonio
lingüístico y cultural. Quizás, la mejor solución sería, el poder contar con una
norma andaluza estándar, que recogiera los rasgos comunes aceptados por todos y
que, al mismo tiempo, respetara y protegiera la riqueza lingüística de las
hablas locales: que todo hablante andaluz tenga la posibilidad de adoptar un
registro culto estándar, junto a la posibilidad de usar registros más locales o
familiares.
f)
Actitudes lingüísticas
Ante la realidad sociolingüística andaluza, se
pueden adoptar actitudes muy diversas, a veces antagónicas, que tienen su
fundamento en la unidad y variedad del español. Se puede defender la unidad del
idioma, basándola en la norma de Castilla, y considerar las características de
las demás modalidades del español como defectos o vicios, como desviación
degenerada del castellano. La otra posición pretende potenciar el hecho
diferencial lingüístico, sobrevalorando los propios usos y despreciando las
otras modalidades del español. Ninguna de estas dos posiciones, son
aceptablesa. En todo caso, se debe adoptar una actitud ecléctica y ponderada,
basada en el respeto a todas las modalidades lingïísticas. La constitución
Española de 1978 recoge en su Título Preliminar esta actitud:” La riqueza de la distintas modalidades
lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial
respeto y protección”(Artículo 3.3).
4.2.- EL FLAMENCO Y LA IDENTIDAD ANDALUZA
a)
Introducción. ([1])
Actualmente, el flamenco es un hecho diferencial andaluz reconocido y
valorado en el mundo. En su totalidad, que se conforma no sólo del baile, el
cante y la guitarra, sino también de un lenguaje particular e incluso una
ortografía propia, expresa una cosmovisión absolutamente original de los
andaluces. Desde su misma gestación, a finales del XVIII y comienzos del XIX,
se desenvuelve esta manera andaluza del arte que empieza a llamarse por su
nombre actual en la década de 1.860, que es cuando comienza su codificación y
auge de sus formas.
Paradójicamente, una creación que valora exageradamente su pureza, es
fruto de una historia de múltiples encuentros en Andalucía. Moriscos, esclavos
negros, gitanos y castellanos inmigrantes se encuentra en sus orígenes. El
flamenco, es pues, producto del mestizaje de razas y etnias diversas que aquí
se confundieron y decantaron.
Naturalmente el baile, su primera manifestación singular, se proclama
en la fiesta; en la atávica costumbre popular de celebrar motivos de
ratificación. Hijo de la necesidad, mecido en la cuna de la marginación y la
miseria, pese a ella surge raudaloso en danzas y cantos de jubileo. Sin
embargo, junto a la fiesta desarrolla igualmente la representación sonora del
dolor, de las miserias generales y de las penas intimas; la muerte, el miedo,
las soledades, en el romántico tardío, dieron luz a los gritos y quejíos del
flamenco trágico.
Por ello, junto a la música e íntimamente ligado a ella, late una
lírica popular bellisima, que es cauce de expresión de un pueblo especialmente
dotado para la armonía y el ritmo. Poética de los sentimientos profundos y de
lo cotidiano, en aquellos tiempos, por personas iletrados pero sabias, capaces
de descubrir secretos y verdades y de transmitirlos con un lenguaje popular y
culto, tierno y radical. El lenguaje empleado en el cante flamenco se ajusta a
las características fonético-fonológicas de la pronunciación andaluza; sigue
también la morfosintaxis del andaluz,
que coincide en general con la gramática del español estándar. En cuanto
al léxico, aunque igualmente emplea en muchos casos un léxico del español
común, sin embargo coexiste un repertorio flamenco de palabras y expresiones
que, o son desconocidas en el español común o, si se usan en él, son prestados
del lenguaje popular del cante flamenco en el que adquieren valores semánticos
especiales.
Esta “lengua especial” transmitida de forma oral, requiere incluso una
ortografía peculiar, ya que el valor expresivo del cante o de algunas palabras
concretas radica en su peculiar grafía. Su valor semántico depende, en mayor o
menor grado, de su peculiar fonética en la lengua oral y de su correspondiente
forma gráfica en la lengua escrita. Así lo entendieron los recopiladores de
cante flamenco cuando redactaron las letras de las coplas de sus cancioneros
con un a ortografía peculiar.
En ciertas épocas fue objeto de persecución y condena airadas por
voceros de opinión de la misma Andalucía; considerado como asunto irrelevante
en lo artístico y perjudicial en lo moral de las costumbres sociales, hasta
arrinconarlo como expresión de lo marginal, sumamente negativo para los interés
de la patria, y extremadamente nocivo a la salud y laboriosidad de las gentes
del pueblo. Su estrecha vinculación de siempre con lo gitano y el mundo de la
noche, con el consumo de alcohol y con los vicios mundanos, le ha conferido
leyenda de peligro y objeto de rechazo por los pusilánimes ignorantes de la
vida. De ahí tal vez que muchos andaluces mismos aún lo consideren como algo
extraño, no propio, cosa exclusiva de gitanos; cuando está más que demostrado
que únicamente los gitanos andaluces y aún, por proximidad, españoles, son
flamencos y es aquí, donde siendo y viviendo como andaluces pobres contribuyen,
con su particular idiosincrasia y sus talentos, a la interpretación de un arte
nacido y ofrecido al mundo en Andalucía.
Afortunadamente en nuestra época sólo los ignorantes o los necios se
atreven a menospreciar la grandeza de este hecho popular andaluz, del que tanto
aprovecharan en su tiempo Lorca y Falla, otros muchos otros. Seña, por tanto,
inequívoca, popular y expansiva de los andaluces abierta al mundo; desde la
inmediata vecindad de los demás pueblos españoles, hasta los confines del
lejanísimo Japón donde tanto se cultiva y se admira.
b) Realidad y mixtificación del
flamenco
¡Error!
No se encuentra el origen de la referencia.Frente a otras manifestaciones comúnmente denominadas
"tradicionales" ya fosilizadas que entran en el resbaladizo campo de
"lo popular", es indiscutible la vigencia y actualidad del flamenco,
que se encuentra en fase de expansión en lo que a su dimensión artística se
refiere. Tal coyuntura contrasta con cierto menosprecio histórico, tal vez no
tanto hacia el flamenco como música,
cuanto a los ambientes de procacidad a los que se asoció. Esta reacción,
atribuible en gran medida a la "moral oficial impuesta", ha dejado de
tener sentido en un momento en el que tanto la profesión flamenca como el
conocimiento y aceptación de estilos y modelos plásticos y músico-orales
trasciende las fronteras culturales de Andalucía.
Ante un proceso de
generalizada mercantilización del flamenco como el que se vive en nuestros
días, vale más que nunca una reflexión sobre su rentabilización cultural. Si
sólo atendemos al flamenco por la capacidad de generar beneficios en el seno de
la industria artística, nos cerramos a su necesaria consideración como
patrimonio cultural y, por tanto, a su puesta en valor como marcador de
identidad de Andalucía. La imagen que se ofrece del flamenco en su
incorporación definitiva al mercado discográfico y escénico obvia y olvida,
normalmente, que los valores y modos expresivos que encarna forman parte
indisoluble de la historia y experiencias de las clases populares andaluzas.
Clases que le dieron significación social y no sólo musical, de cuya
conformación fueron protagonistas, y que, paradójicamente, han sufrido el
extrañamiento histórico de su propio patrimonio.
En efecto, y aunque
el flamenco es una de las expresiones culturales que funciona como más clara
"imagen de Andalucía", diversos intereses políticos, económicos e
ideológicos han desdibujado repetidamente su carácter de marcador identitario,
en favor de variadas interpretaciones mixtificadoras. Frente a ellas proponemos
una reflexión que concrete el papel del flamenco para la construcción de la
identidad andaluza. Nos serviremos de algunas de estas interpretaciones para
aclarar algunos equívocos frecuentes:
1.- El flamenco no
es una expresión arcaica perdida en viejas civilizaciones, sino un fenómeno reciente, moderno, que forma
parte del presente histórico andaluz. El origen de su evolución conocida ocupa
desde la mitad del siglo XVIII hasta finales del XIX, en que cristaliza
plenamente como género artístico.
2.- Ese falso halo
de primitivismo -impresionado fundamentalmente por las espurias ilustraciones
de los viajeros románticos- contrasta con la contemporaneidad que explica su
nacimiento y desarrollo posterior, en el seno del movimiento romántico del XIX.
El flamenco no fue ajeno a la reacción casticista, ciertamente, pero, aunque
exponía y hasta denunciaba las condiciones de vida de las clases populares,
pronto se convirtió en un objeto más de la mercantilización liberal-burguesa de
las artes populares.
3.- La atribución
de un carácter mistérico, oculto y exclusivamente privado al flamenco dificulta
su conocimiento y análisis científico, y contrasta con la constatación
histórica y documental de su exposición pública desde su despuntar primero,
como un arte accesible a cualquier concurrencia.
4.- Suele reducirse al flamenco al campo de
"lo inefable", paso previo a la consideración de la investigación
flamenca como una empresa inútil. La indiferencia y hasta el rechazo científico
al estudio del flamenco tiene que ver con su falsa definición como una
expresión espontánea, y por tanto efímera, cuando no "naturalizada",
ajena al campo del conocimiento por su carácter racial, primario, instintivo, etc.
Frente a esta traducción simplificadora, el flamenco tiene unas estructuras
privativas, su historia ha quedado reflejada documentalmente, y su realización
material e inmaterial forma parte de diversos campos de estudio apenas
iniciados por los investigadores y que conviene sean fomentados tanto en los
aspectos históricos como literarios, socio-antropológicos, lingüísticos y
musicológicos.
5.- Tal
interdisciplinariedad es inexcusable en tanto el flamenco no puede acotarse
sólo en lo musical, sino que debe definirse como "expresión cultural
total". Ésta incluiría elementos músico-orales, pero también modos de
interrelación e ideologías sobre esa propia expresión. De hecho, bajo la
aparente difusión internacional del flamenco que hoy se verifica, se esconde un
sesgo pocas veces reconocido: sólo algunas de sus dimensiones, básicamente el
formalismo expresivo- danzas, música, espectáculo, estética...- y, en menor
medida, oral, son transferibles y enajenables por el mercado de las artes.
6.- En cualquier
caso, se debe distinguir entre el flamenco como un género artístico, en el que
cobra relieve la individualización creadora e interpretativa, y su práctica
popular como experiencia socializada y colectiva. En el primer caso, el
flamenco se desenvuelve en la industria artística de cada momento; en el
segundo se expresa a través de la formación de grupos y redes de sociabilidad,
ideologías reflejadas en las letras, y otros aspectos que tratamos más abajo.
7.- Sea en su
dimensión artística o su práctica popular, el flamenco vive procesos de
continua evolución que impiden considerarlo como un producto acabado e
inmovilizado -"puro"- o como un ejemplo trasnochado de modos de
interrelación ya extintos. Tanto formal como socialmente, el flamenco se
redefine de manera permanente, transformando sus contenidos musicales y
letrísticos, estructurales, pero también sus formas de reunión, culturas del
trabajo, etc.
8.-De su lateral
exposición como un modo musical, y de la consideración del flamenco como una
manifestación "popular", se han derivado la desidentificación a que
conduce su falseamiento pintoresquista y hasta banal, y su recurrente
falseamiento como género menor o patrimonio "modesto". La diversidad
de estilos y manifestaciones así como la pluralidad de significaciones que
adquieren las formas flamencas, nos remiten en cambio a un fenómeno
extraordinariamente complejo tanto en lo formal como en lo ideacional.
9.- El flamenco ha
sido víctima de permanentes deformaciones interpretativas, bien por diluirlo
dentro de "lo generalizadamente español" o, más recientemente, como
una muestra neutra de lo universalizadamente humano. Urge prestar atención a
cierta exégesis del fenómeno flamenco que le otorga significación y proyección
en el seno de las denominadas "músicas del mundo" o "músicas
étnicas", en detrimento de su carácter particularmente andaluz. Lo cual no
significa negar que, partiendo de experiencias particulares e históricamente
definidas, las cualidades estéticas, plásticas y hasta de contenido del
flamenco puedan adquirir significación y relevancia universal.
En la defensa del
flamenco como patrimonio andaluz y parte de nuestra identidad colectiva como
pueblo, resulta enriquecedora la combinación de aspectos de muy diferente
naturaleza y hasta múltiples acepciones en el uso corriente del término que
conviene aclarar. Por flamenco entendemos
un género artístico que, desde sus comienzos, se ha incorporado a los circuitos
de mercado y registro comercial; un conjunto de bienes materiales; un compendio
de la producción músico-oral de Andalucía; flamencos son los espacios o
entornos donde se producen las prácticas reconocidas bajo esta denominación,
así como los rituales y formas de interrelación, transmisión social y formación
de grupos. Y finalmente el flamenco parece ser un modo de vida que trasciende
al propio arte, define experiencias, actitudes y comportamientos.
c) El
flamenco como seña de identidad andaluza.
Cuatro son los
principales aspectos de relevancia patrimonial e identitaria que representa el
flamenco para la cultura andaluza:
¡Error!
No se encuentra el origen de la referencia.1.- Patrimonio material.- Patrimonio
material.- Patrimonio material.- Patrimonio material
El flamenco es un
género joven, pero dispone de un abundante material que adquiere a la vez valor
histórico y significación funcional viva. Aquí se incluye el catálogo de los
recursos materiales más directamente vinculados a la ejecución del arte, a cuya
dimensión formal u objetual deben añadirse su uso, funcionalidad, contexto de
aparición, transformaciones históricas, técnicas de construcción o elaboración,
etc. que son también parte de nuestra experiencia colectiva.
¡Error!
No se encuentra el origen de la referencia.2.- Expresiones músico-orales y plásticas.- Expresiones músico-orales y
plásticas.- Expresiones músico-orales y plásticas.- Expresiones músico-orales y
plásticas
Se trata del
aspecto que indiscutiblemente ha captado más atención hasta el momento,
incluyendo cantes, bailes, toques, estilos, coreografías, modos
interpretativos... en definitiva todo lo que se suele diseccionar como
"arte flamenco" y que se tiende a identificar, de modo reduccionista,
con el flamenco mismo.
Podemos comenzar
con la música y la letra, que resultan indisolubles en el flamenco. El término copla consigue definir ambos elementos
en perfecta e inseparable naturaleza: sabido es que, debido a su transmisión
oral, la letra flamenca funciona como la "partitura" de la música. Y,
a su vez, la expresividad especial de que se dota a la melodía, armonía y
ritmo, viene marcada y es influida por los contenidos de las estrofas.
En lo
literario-oral, destacamos el compendio etnohistórico que representa el
flamenco para el conocimiento de la vida cotidiana de las clases populares
andaluzas, sus valoraciones, simbolismos y prácticas. Tales contenidos forman
parte de la historia popular de Andalucía, y son una especie de anales a partir
de los cuales se puede reescribir la historia de las "gentes sin
historia". Se trata de una poesía de alta calidad, cuya temática refiere a
condiciones de vida y trabajo, pero también recoge hechos históricos, modos de
entender y explicar las relaciones entre los géneros o las clases sociales, el
valor de la familia, la fuerza del destino, la dualidad entre pobreza y
riqueza... y también modos de exponer sentencias y advertencias didácticas para
la vida, así como de denunciar las desigualdades o la resignación frente al sino.
No por casualidad,
los contenidos de los cantes flamencos, agrupados en colecciones y cancioneros,
fueron el objetivo de los primeros estudiosos del flamenco como objeto
literario o científico: Iza Zamácola, Fernán Caballero, Demófilo, Rodríguez
Marín... Tal vez a consecuencia del escaso avance de los estudios musicológicos
en España, bien es verdad, pero también como resultado de una atracción
mantenida desde entonces a nuestros días, plasmada en forma de ensayo
literario, lingüístico o socio-antropológico e histórico. La copla flamenca,
además, se realiza con un vocabulario privativamente andaluz, y haciendo uso de
una ortografía propia, modismos y giros del habla andaluza y su léxico propio,
no sólo para construir la poesía flamenca popular -de gran influencia en destacados
poetas cultos- sino también para
adaptar la medida del ritmo musical a los contenidos de las letras.
En lo musical, el
flamenco es un producto especialísimo localizado dentro de la tradición de las
músicas orientales y, singularmente, en la familia de las músicas
mediterráneas. Su particularidad reside en la utilización privativa de la cadencia andaluza, el microtonalismo y
los recursos melismáticos comacromáticos, las armonías entre lo modal y lo
tonal, el ornamentismo, la polirritmia, y la fuerza del factor emocional en su
interpretación. Su modo de ejecución responde a una estructura clásica definida
(los "palos" flamencos) fundamentada -frente a otras músicas
occidentales- en la microcomposición, es decir, la superposición de forma inmediata
e irrepetible de cantes y estrofas que se extraen de la memoria oral,
conformando las piezas musicales finales.
Por su carácter
sincrético, la música flamenca es una más de las expresiones culturales
andaluzas de naturaleza multicultural que definen los procesos de construcción
histórica de nuestra identidad, y que en este caso tuvo, a su vez, gran
influencia dentro de la denominada "música culta" andaluza. De entre
las tradiciones musicales amalgamadas en el flamenco destacan la denominada
"escala frigia" de la música greco-mediterránea, los cantos
salmódicos e hímnicos sinagogales hebraicos, la liturgia mozárabe, la tradición
árabe y la música andalusí, a través de herencias moriscas -que explican
ciertos modos de ejecución, como el sentido juglaresco, la fiesta y la reunión,
así como la participación de una amplia gama de instrumentos-, las escalas
indo-pakistaníes, posiblemente arrastradas hasta Andalucía gracias a la
población gitana, la música castellana, y algunos ritmos y plásticas
dancísticas afrocubanos.
El toque de
guitarra es una herencia anclada asimismo en la tradición mediterránea, desde
las culturas griega y latina, los cordófonos medievales y los instrumentos
arábigo-andaluces, hasta las guitarras del XVIII y XIX. El toque flamenco ha
vivido un lento proceso, a la vez de adquisición de protagonismo y de
independización del cante, separación definitiva y encumbramiento respecto a
otros instrumentos, y de hermanamiento con las múltiples modalidades de
percusión que son clave expresiva del género.
La danza flamenca
es, como la música, un resultado sincrético de culturas musicales y escuelas de
danza de rememoranza oriental, emparentadas posiblemente con bailes hindúes y
de manera cierta con las danzas moriscas (zambras, leilas...) y las formas interpretativas
gitanas que, a su vez, son en muchos casos el producto de una fusión de las
anteriores. La danza flamenca bebe también, más cercanamente, de los bailes
folklóricos pre o para-flamencos, la escuela bolera y los bailes de palillos
(evolucionados hasta la llamada "danza española"), y, naturalmente,
las creaciones artísticas personales, tanto en técnicas concretas de ejecución
(vueltas, quiebros, etc.) como en la confección de coreografías. Hoy se puede
incorporar aquí la danza contemporánea.
¡Error!
No se encuentra el origen de la referencia.3.- Prácticas, rituales y espacios de sociabilidad y
representación.- Prácticas, rituales y espacios de sociabilidad y representación.-
Prácticas, rituales y espacios de sociabilidad y representación.- Prácticas,
rituales y espacios de sociabilidad y representación
El flamenco no nace
y se desarrolla en Andalucía sólo por las tradiciones musicales que aquí se
asentaran, o por la presencia de una abundante población gitana, sino también
por el modo en que se han practicado modos de convivencia y sociabilidad que se
valieron de las estructuras musicales en rituales festivos, ceremoniales,
domésticos y cotidianos de la vida social, ámbitos de interacción humana que
adquirieron formas propiamente andaluzas. Unas expresiones culturales que,
desde los inicios de la historia del género, han corrido en paralelo a la
dimensión profesional y que han ocupado contextos domésticos, de vecindad y
sociabilidad primaria, lugares de tránsito, espacios y situaciones de fiesta,
ámbitos de trabajo, y las denominadas reuniones
de cabales. Son espacios y momentos de ritualización no comercial -de uso- que en las últimas décadas han
ido languideciendo e incluso han desaparecido en muchos casos con la propia
transformación de las relaciones sociales y los hábitos de residencia, ocio y
trabajo.
Entre ellos podemos
enumerar fiestas con ocasión de ritos de paso (bautizos, bodas, y hasta
comuniones y cumpleaños), lugares de sociabilidad informal (tabernas, tabancos,
ventas, plazas, cuartos de cabales, vecindades, patios de vecinos, puertas de
las casas), acontecimientos festivos (ferias, romerías, carnavales), ámbitos
laborales (gañanías, cortijos, minas, fraguas) y todo lo que representa el
hábito de "cantar" como costumbre en la vida cotidiana. A ello debe
añadirse la construcción de un entramado propio de asociacionismo formal
encarnado por las abundantes peñas flamencas andaluzas.
Por otra parte, determinados
modelos de agrupamiento de la población en Andalucía están en la base del
surgimiento y primera difusión del flamenco. Localizadas algunas de las
comarcas, hay que señalar la relevancia que la práctica del flamenco como parte
de la vida y la fiesta privada ha tenido en su transmisión, tal vez más que en
su creatividad, fundamentalmente en la Andalucía de las grandes desigualdades
marcada por el dominio del latifundismo y en emplazamientos donde se localiza
población gitana. Justo es destacar la importancia identitaria del flamenco
para esta minoría, como caso único en Europa, que ha hecho del flamenco un modo
de vida y no sólo una expresión íntima o familiar.
Por otra parte, el
flamenco se inserta en Andalucía en los procesos de reproducción social y
transmisión músico-oral de gran vivacidad, característicos de un pueblo
secularmente iletrado, y que nos distinguen y singularizan. El aprendizaje del
flamenco, tradicionalmente, se produce por observación, mimetismo y, en los
felices casos en que así sucede, se alimenta de la creatividad e impronta
personal. En este sentido, los ámbitos de la casa, la costumbre de cantar o
bailar en la vida doméstica y social son factores que explican la reproducción
de estilos y el sello especial que marcan las llamadas "casas
cantaoras", muchas veces emparentadas entre sí y que han puesto en
contacto sus modos privativos mediante las relaciones familiares.
¡Error!
No se encuentra el origen de la referencia.4.- Saberes, símbolos y significaciones culturales4.-
Saberes, símbolos y significaciones culturales.- Saberes, símbolos y
significaciones culturales.- Saberes, símbolos y significaciones culturales
El flamenco es
fruto de experiencias y trayectorias comunes de sectores sociales concretos del
pueblo andaluz. Por tanto, es también un cuerpo de saberes y significados
compartidos. El hecho de que su ejecución sea básicamente individualizada no
obsta para que el sentido otorgado por los sujetos sociales a la emisión y
recepción de los mensajes, la capacidad evocadora de la memoria, la tensión
emocional, la forma de "doler" o "disfrutar" el cante, no
sean colectivamente significativos.
Al anotar este epígrafe, pretendemos introducir gran parte del patrimonio
inmaterial que tiene que ver con las ideas de experiencia y significación.
Poco se ha dicho de esto en la investigación al uso: son cuestiones que
resultan de difícil acercamiento, incluso si de su puesta en práctica se deriva
una plasmación material.
El flamenco es una
representación ritual que utiliza símbolos y tiene significados propios, un
cuerpo de saberes y conocimientos, formas de transmisión y procesos de
aprendizaje en torno al cual se genera todo un mundo de oralidad privativo (vocabularios,
giros, expresiones...), gestualidad y corporeidad, incluso un oficio y unas
culturas del trabajo singulares. A través de él se manifiestan diferentes
culturas étnicas y culturas de género de Andalucía, e incluso existe una
trascendencia de la significación a la acción social: "ser flamenco".
A modo de
conclusión, patrimonio material, expresiones músico-orales y plásticas,
prácticas, rituales, espacios y símbolos y significaciones culturales se
ofrecen aquí como simples epígrafes clasificatorios, algunos de más cómoda y
diáfana aprehensión empírica, y en torno a los cuales se ha diseñado la única
actuación administrativa en la línea de protección administrativa del
patrimonio flamenco: la declaración de los registros sonoros de la Niña de los
Peines radicados en Andalucía como Bien de Interés Cultural. Otros son, a lo
sumo, referentes de cierta evidencia sensorial. En algún caso se trata de
aspectos manifiestamente intangibles y cuya existencia real no está objetivada.
Pero ninguno de ellos tiene existencia independiente: su valor cultural e
identitario es una construcción histórica de interdependencias mutuas entre los
objetos, las acciones de los grupos sociales y el significado e interpretación
que tales grupos otorgan a objetos y acciones. Sólo desde esta perspectiva
integradora del flamenco como complejo cultural, tiene sentido acometer la
tarea de explicarlo como marcador cultural de Andalucía.
Por sociabilidad entendemos, en sentido amplio, la tendencia de los
individuos humanos a interactuar con otros. Se trata de la característica que
hace posible la existencia de las sociedad. En los humanos, a diferencia de
otras especies sociables, dicha tendencia no se manifiesta de manera fundamentalmente
instintiva, sino que es modelada y canalizada culturalmente, por lo que, si en
las otras especies sociables las manifestaciones de interacción constituyen
fenómenos etológicos, en el hombre son fenómenos culturales. Las
manifestaciones de sociabilidad, los contextos, marcos y formas en los que se
desarrollan, como expresiones culturales que son, constituyen elementos
fundamentales en la conformación y articulación específicas de cada sociedad,
poseyendo el carácter de marcadores de su particularidad, de su especificidad
como pueblo.
Un rasgo con el que ha sido caracterizada, generalmente, la sociedad
andaluza ha sido la supuesta debilidad que tradicionalmente habría tenido en
ella una de las formas en las que se expresa la sociabilidad en las sociedades
capitalistas, las denominadas asociaciones voluntarias, en comparación con
otras sociedades, incluso dentro del mismo Estado español. Situación que,
siendo cierta en parte, en absoluto alcanza las proporciones que se le han
llegado a atribuir, presentando además componentes y aspectos explicados
fundamentalmente en conexión con los condicionamientos socioeconómicos básicos
y con algunos de los marcadores profundos que definen y configuran Andalucía
como pueblo y como cultura.
* Entre dichos factores es preciso destacar la estructura de clases
fuertemente polarizada, que ha dificultado el desarrollo de espacios y la
constitución de asociaciones interclasistas, o en el caso de los existentes, la
negación simbólica de las desigualdades realmente existentes. La mayoría de las
expresiones de sociabilidad informal y formal tienden a configurarse
socialmente de manera horizontal.
* La importancia que, en conexión con lo anterior, tienen las
relaciones personalizadas, directas y cargadas de afectividad, y la desconfianza
en las relaciones puramente instrumentales y formales es otro de los factores
que incide decisivamente sobre el tipo y las características de las expresiones
de sociabilidad.
* A pesar de la existencia de importantes manifestaciones,
principalmente festivas, de ámbito supralocal o incluso globalmente andaluz, la
mayor parte de las expresiones de sociabilidad se dan en los ámbitos locales,
dado que éstos son el marco fundamental en el que se desenvuelve la vida social
de los andaluces.
* El relativismo ideológico que caracteriza a los andaluces hace
posible la participación de los individuos en contextos y asociaciones, aunque
las finalidades explícitas de las mismas puedan parecer muy diferentes y aún
contrapuestas a la ideología con la que teóricamente pueda identificárseles.
Los rasgos anteriores explican la importancia que en Andalucía han
tenido y tienen las expresiones de sociabilidad no formalizadas, especialmente,
aunque no sólo, entre los miembros de los sectores y clases subalternas:
jornaleros, trabajadores, mujeres. La fundamental significación para la
manifestación de la sociabilidad de los espacios públicos abiertos: las calles,
las plazas, los mercados, los lavaderos --hasta hace un tiempo--, o de los
lugares públicos cerrados: tabernas, bares, tiendas, peluquerías, consultas
médicas.
Con respecto a las expresiones de sociabilidad formalizada, en
Andalucía, como una consecuencia más del papel periférico y dependiente que le
fue asignado en la configuración de la división territorial del sistema
capitalista español, la aparición y el desarrollo del asociacionismo voluntario
moderno se producirá con mayor retraso aun que en las zonas centrales (política
y económicamente) del Estado. Además del citado retraso, el asociacionismo
andaluz ha sido caracterizado por su debilidad por parte de una aproximación,
ya hoy superada en buena medída, que basaba su apreciación en la constatación
de la reducida presencia de entidades asociativas del tipo de, y en comparación
con, las existentes en otras zonas y paises, fundándose para ello en criterios
casi exclusivamente cuantitativos y en la aplicación en su análisis y
diagnóstico del asociacionismo andaluz de modelos inadecuados a nuestra
realidad.
Dichas interpretaciones del asociacionismo se revelan como inadecuadas,
limitadas e insuficientes para comprender las formas, papeles y funciones que
las asociaciones presentan y desempeñan en sociedades con situaciones distintas
a las que caracterizan a las tomadas como campo de estudio, principalmente
anglosajonas. La utilización mecánica de modelos teóricos elaborados a partir
de la observación del asociacionismo en situaciones específicas pueden dar
lugar a interpretaciones erróneas al ser aplicados en otras situaciones
diferentes.
En primer lugar, frente a las finalidades
específicas y al carácter inmediatamente utilitario que, según ella, serían
rasgos esenciales de las formas asociativas existentes en las sociedades sobre
las que han realizado principalmente sus análisis los sociólogos, la mayor
parte de las formas asociativas andaluzas poseen un carácter multifuncional más
allá de su finalidad concreta, explicitada formalmente en su denominación y
estatutos. Asimismo, la pretendida "debilidad" del asociacionismo
voluntario en Andalucía se basa en la aplicación sobre el particular de modelos
exóticos a la realidad sociocultural andaluza y de criterios cuantitativos que
atienden casi exclusivamente al número de asociaciones por habitante --lo cual,
por otra parte, tampoco marca una diferencia tan abismal como algunos han
llegado a establecer--, sin tener en cuenta aspectos tan importantes o más para
el establecimiento de la dimensión real del fenómeno asociativo, como son el
grado de participación de los individuos en las asociaciones más allá de su
adscripción formal, el nivel de concentración de la asociatividad (una sola
asociación multifuncional puede incluir un número de miembros igual o superior
al de tres o cuatro asociaciones de finalidades específicas juntas), la
extensión de la influencia de las asociaciones y sus papeles de protagonismo en
el desenvolvimiento de la vida de la sociedad local en la que se hallan
insertas, o la relación de las asociaciones con las estructuras, sistemas e
instituciones sociopolíticos en ella existentes, entre otros muchos.
a) Cofradias, hermandades y
asociaciones recreativas
A estas interpretaciones se les escapa la
importancia fundamental, que como formas asociativas, tienen las cofradías y
hermandades en Andalucía por considerarlas como entidades de carácter
exclusivamente religioso y elementos residuales de la sociedad estamental. Algo
parecido ocurre con entidades como las peñas deportivas, taurinas, flamencas y
asociaciones recreativo-culturales de diverso tipo que, como aquéllas, más allá
de sus finalidades específicas, son ámbitos de sociabilidad e interacción
social generalizada.
1.-Cofradías y hermandades
Las cofradías y hermandades andaluzas, en
concreto, lejos de ser instituciones residuales, cumplen y desarrollan una
multiplicidad de funciones sociales al menos de tanta importancia, si no más,
que las estrictamente religioso-ceremoniales, que son las que dan motivo a su
existencia en primera instancia. Hasta tal punto es así que hermandades y
cofradías han sido, y en muchos casos siguen siendo, casi las únicas formas
asociativas existentes en muchas pequeñas poblaciones de Andalucía. Importancia
además que, lejos de verse atenuada en el proceso creciente de
"modernización", se encuentra en plena expansión, como lo demuestra
la continua creación de nuevas entidades de este tipo, incluso de manera
paralegal con respecto a la institución eclesiástica; y como lo demuestra
también la participación masiva en las mismas, no sólo ni principalmente de
modo formal, como socios inscritos, sino a través de la identificación con ellas,
y de la participación en los contextos festivo-ceremoniales que organizan y
protagonizan, de individuos y grupos de prácticamente todos los sectores de la
sociedad andaluza, al menos en una parte muy amplia de Andalucía. Significación
que se pone de manifiesto en el interés que la presencia en la dirección de las
hermandades y cofradías han despertado siempre, y hoy de manera especialmente
notable, entre los miembros de los grupos económica y socipolíticamente
dominantes, tanto tradicionales como emergentes.
El olvido de la dimensión real del
fenómeno asociativo representado por las hermandades y sus implicaciones en los
sistemas de relaciones sociales y de poder locales es uno de los factores que
explican la errónea interpretación del asociacionismo andaluz. En realidad,
dichas asociaciones constituyen un claro ejemplo de cómo una institución
originada en el contexto de una sociedad determinada, no sólo no desaparece con
el proceso de modernización, sino que, manteniendo formas aparentemente muy poco
alteradas, transforma sus funciones latentes y sus sistemas de relaciones
subyacentes, refuncionalizándose y adquiriendo nuevas significaciones que la
hacen mantenerse como un componente importante de la "nueva" sociedad
y como referentes, de identificación colectiva.
Esto constituye, además, una demostración del relativismo ideológico,
que es otro de los rasgos o marcadores profundos de la cultura andaluza,
haciendo posible que formas --en este caso instituciones-- originadas en un
determinado contexto socio-histórico y respondiendo a objetivos ideológicos
concretos, puedan ser hechas propias por miembros de otros grupos sociales
diferentes a los que las crearon y a quienes sirvieron de instrumento, sin que
ello signifique aceptación de los contenidos ideológicos, ni los objetivos de
las mismas. Esta es la explicación de la aparente paradoja de la importancia de
este tipo de asociaciones y de las manifestaciones festivas de carácter
formalmente religioso que organizan en una sociedad como la andaluza, en la que
se dan los más bajos índices de práctica religiosa oficial y en la que
históricamente ha tenido un fuerte arraigo el anticlericalismo. Asociaciones
que, a veces, adoptan formas diferentes del tipo de "corporaciones",
"cuadrillas", o "cuarteles", con características peculiares
que enriquecen el campo de las formas asociativas vinculadas con el ritual
festivo, compartiendo con las hermandades y cofradías buena parte de los rasgos
que las definen, en general, como manifestaciones de sociabilidad generalizada,
más allá de sus características propias.
2.-Asociaciones recreativo-culturales:
peñas, círculos, casinos.
Con una extensión e implantación también
muy amplia, y con una destacada significación en la vida y los sistemas de
relaciones sociales de muchas ciudades y pueblos andaluces, encontramos la
presencia de asociaciones de finalidad formal "recreativo-cultural",
con una función explícita como instituciones para la "ocupación del ocio y
el tiempo libre", como son los casinos, los círculos, las peñas
futbolísticas, deportivas, taurinas, flamencas, y las sociedades recreativas,
entre otras. Se trata de asociaciones que, más allá de sus objetivos expresos,
poseen un carácter multifuncional, desempeñando también un importante papel
como instancias para la expresión de la sociabilidad más o menos generalizada,
implicando a los integrantes de un sector social determinado o a varios,
raramente al conjunto de la sociedad, y como ámbitos para el establecimiento y
el desarrollo de las redes de relaciones interpersonales y de poder, tanto
verticales (sistemas de relaciones patrón-cliente), como horizontales
(relaciones de cooperación, amistad, alianza, solidaridad, ayuda mutua). Se
pone con ello de manifiesto la fuerte tendencia a la personalización de las
relaciones sociales, identificada como uno de los marcadores más profundos de
la etnicidad andaluza, que encuentra en contextos como los ofrecidos por este
tipo de asociaciones --como también por las hermandades-- el ambiente más
propicio para la interacción social próxima y teñida, ya sea realmente, ya de
manera ficticia o simbólica, de connotaciones afectivas.
Desde este punto de vista, hermandades y
cofradías, casinos y peñas, formas de asociacionismo absolutamente mayoritarias
en Andalucía, constituyen instituciones políticas
de notable relevancia en la vida de las ciudades y pueblos andaluces.
Instituciones políticas en el sentido
amplio del termino, como instancias que sirven de campo de acción para el
establecimiento y desarrollo de las relaciones de poder entre los individuos y los grupos sociales, y como
instrumentos para el logro del liderazgo y del control de dicho poder social. Poder considerado también
en su sentido sociocultural más extenso, como capacidad de influencia y
orientación de la opinión y de la actividad de la mayoría de los integrantes de
un grupo, y no necesaria ni exclusivamente como autoridad político-administrativa, aunque con frecuencia lo uno
conduzca a lo otro de manera más o menos directa. Ejemplo bien conocido de ello
son los casinos y círculos surgidos en la segunda mitad del siglo XIX y durante
el primer tercio del XX. Estos tendrán en muchos casos un carácter
explícitamente político, o lo adquirirán en determinados momentos, siendo en la
mayoría de las ocasiones entidades asociativas, más o menos abiertas, pero casi
siempre controladas y al servicio de las élites locales, que las utilizaran
como medios para el establecimiento, mantenimiento y reproducción de los
sistemas de relaciones de naturaleza patrón-clientelista y de los sistemas
caciquiles de dominación sociopolítica.
Las transformaciones socioeconómicas que
han tenido lugar a lo largo de los últimos 25 ó 30 años en Andalucía, han
determinado el debilitamiento de los sistemas de relaciones sociales
anteriormente vigentes, el desarrollo de sectores sociales intermedios
(pequeños industriales y comerciantes, profesionales, empleados, trabajadores
especializados autónomos o por cuenta ajena), cuyas ocupaciones y formas de
vida les permitirán cierta autonomía con respecto a los elementos de los grupos
dominantes locales tradicionales y debilitarán notablemente las situaciones de
fuerte dependencia personal sobre las que se montaba el sistema de patronazgo.
Ello ha determinado, así mismo, la transformación de los casinos y círculos
tradicionales, que han experimentado una apertura a nuevos sectores sociales y
han visto el acceso a sus puestos directivos de los miembros de los sectores
sociales en ascenso; o que, por el contrario, han sufrido una decadencia y
degradación notables, que les ha llevado en muchos casos a su desaparición. Al
mismo tiempo, se ha producido la extensión de otras formas asociativas, muchas
de ellas también de carácter formal "recreativo-cultural",
representativas de un modelo de sociabilidad más abierto y "popular",
distinto del que caracterizaba a los casinos tradicionales. Se trata, sobre
todo, de diferentes tipos de peñas: entidades que responden específicamente a
las nuevas condiciones sociales y que proporcionan a los miembros más activos
de los sectores con mayor dinamismo en la sociedad local vías para el acceso al
prestigio y al liderazgo social a través del desarrollo de sus redes de
relaciones, ya no basadas fundamentalmente en posiciones de patronazgo, sino en
estrategias de alianzas e intereses mutuos, de carácter mucho más flexible y
cambiante que las tradicionales de tipo clientelista.
En el aspecto político, debido, sobre todo, a la escasísima afiliación
que caracteriza a los partidos y también al carácter fuertemente personalista
que tiene la política local en Andalucía --sobre todo en las localidades no
urbanas--, estas asociaciones han desempeñado y desempeñan, en muchos casos, la
función de canales a través de los que (y en bastantes ocasiones a partir de
los cuales) se han seleccionado y potenciado a los lideres de diferentes
opciones políticas partidistas, y se moviliza a los sectores de la población
que constituyen el campo potencial de votantes de cada una de ellas.
b) Las expresiones festivas
Las fiestas, entendidas como procesos simbólicos, constituyen una parte
importante de lo que se ha dado en denominar Patrimonio Cultural
"inmaterial", que está integrado por todas aquellas expresiones
culturales que, sin poseer una naturaleza material en sí mismas, son referentes
de identificación de una colectividad.
Una fiesta es una manifestación sociocultural compleja. La fiesta
implica múltiples dimensiones y funciones en relación con la colectividad que
las celebra y protagoniza y con sus diversos grupos sociales. No todo ritual,
no toda acción simbólica es una fiesta; no todo festejo es festivo, no toda
ocasión para la diversión encaja en el concepto de fiesta y no todas las
celebraciones festivas tienen la misma significación para la colectividad que
las se realiza o protagoniza. No hay fiesta sin sociedad, sin cultura que la
sustente y propicie. Hay, o puede haber, festejos o productos de la ingeniería
festiva sin necesidad de que exista sociedad, siempre que haya algún agente
político o económico necesitado de concitar la atención de la gente, justificar
su papel propiciando sus intereses sobre un determinado colectivo, se encuentre
éste articulado como tal o bien sea un mero agregado de individuos.
Las fiestas tienen una dimensión como instrumentos ideológicos
tendentes a la reproducción social, con la función de representación,
justificación y mantenimiento de las estructuras socioeconómicas. Pero además
de este carácter "conservador", han tenido y tienen un papel central
en los procesos de construcción societaria como elementos simbólicamente estratégicos
en la vertebración de un conjunto de individuos como colectividad, en la
identificación colectiva que todo grupo humano necesita para pasar de simple
agregado de individuos a conformarse realmente como "cuerpo social".
Esto se hace particularmente evidente y necesario en sociedades cuyas
estructuras socioeconómicas, fuertemente desiguales, presentan graves
obstáculos para la viabilidad de una sociedad con el grado indispensable de
estabilidad y articulación que permita el desarrollo de la acción social y su
reproducción, como es el caso, aún hoy, de la sociedad andaluza.
Superando el tópico y el prejuicio que las considera sólo en su
aparente frivolidad o folklorismo vano, las fiestas, en grado diverso, han
constituido y constituyen elementos muy importantes en la definición y
reproducción de los diferentes niveles del nosotros colectivo que se articulan y dan consistencia
a ese nosotros global que define a
una colectividad como "comunidad". Entendida ésta evidentemente como
la representación ideológica de una sociedad, notablemente heterogénea, a
través de la que se opera la disolución simbólica de las diferencias,
desigualdades y contradicciones que conforman su realidad. Desde un punto de
vista antropológico, las fiestas se constituyen, entre otras funciones y
valores, como formas de expresión de la identificación de la colectividad que
las protagoniza, por encima de la complejidad de la sociedad y de la
multiplicidad de planos de significación que cada fiesta efectivamente posee y
de las funciones que puede cumplir, desde las económicas a las políticas o las
eminentemente simbólicas. Es por lo que nos atrevemos a afirmar que el grado de
articulación de una colectividad está directamente relacionado con el carácter
más genuinamente propio y singular, más irrepetible e inimitable de sus
fiestas.
En este sentido, Andalucía, en general, y cada uno de sus pueblos y
ciudades, en particular, siguen poseyendo una personalidad indiscutible.
Fiestas como las cruces de mayo, los carnavales, las romerías, las ferias, las
veladas, o la Semana Santa --que es, a nuestro entender, la que sobre todas las
demás encarna y ejemplifica más completa y profundamente la expresión festiva
andaluza, la forma de ver el mundo y la existencia de su pueblo, los modos de
sentir y expresarse, el sentido estético de su gente--, son símbolos de lo
andaluz genérico y, a la vez, de las diferentes sociedades locales que
conforman Andalucía. Símbolos tan definidores e identificatorios como lo puedan
ser la Giralda, la Mezquita, la Ahambra, la Caleta o el Tajo. Con la diferencia
de que mientras estos últimos son elementos singulares en sí mismos, los
procesos festivos son "monumentos vivos", en los que se integran los
diversos, factores y aspectos que constituyen
cada pueblo o ciudad como sociedad local y como comunidad imaginada y, a
diferencia de los bienes culturales arquitectónicos o "artísticos",
que suelen permanecer relativamente inmutables a lo largo de los años y hasta
de los siglos --si el civilizador, el conquistador o el especulador de turno no
lo impiden--, las fiestas, precisamente por su carácter de fenómeno vivo,
puntual y efímero, aunque repetido cíclicamente, están sujetas a un continuo
proceso de transformación y resignificación, íntimamente ligado a las
transformaciones sociales.
La evolución socioeconómica, las transformaciones demográficas y
ocupacionales experimentadas por la sociedad andaluza, se reflejan
necesariamente en sus fiestas. Es por lo que resultan bastante inútiles las
lamentaciones de determinados sectores que estiman la introducción de algunos
elementos en las fiestas como adulteraciones de lo que, según ellos, sería lo
genuinamente "andaluz", "almonteño", "sevillano",
"cordobés", "malagueño" o "bacetano", pues no son
más que reflejo del cambio experimentado por ellos mismos, sus costumbres, sus
hábitos y sus formas de vida. Por lo tanto, las fiestas seguirán cambiando
mientras Andalucía y cada uno de sus pueblos sigan existiendo como sociedad.
Pero además de otras muchas funciones, las fiestas contribuyen de
manera significativa y continuada a la economía andaluza. Fiestas como las
citadas son el motor de una importantísima actividad económica, dando lugar a
una auténtica "economía festiva" que emplea a un sector nada
despreciable de la población, ya sea de manera formal o sumergida,
prácticamente a lo largo de todo el año. La hostelería, los talleres de
bordados, de orfebrería, de trajes de flamenca y mantones de Manila, herrería,
carpintería, etc., constituyen unas de las pocas actividades que con una relativa
importancia mantienen a un numeroso grupo de la población. Así mismo, como ya
se apuntó, las fiestas propician el desarrollo de uno de los pocos ámbitos en
los que se genera una actividad asociativa de considerable importancia, a
través de la cual se canaliza la participación y cooperación de los individuos,
contribuyendo a la articulación de la socieda local (hermandades, cofradías,
cuarteles, peñas, tertulias, ...).
Desde una concepción no reduccionista de lo simbólico, que afirma su
papel como factor configurador de la realidad social, y como función no sólo
reproductora, sino también potencialmente transformadora de la misma,
consideramos que las fiestas constituyen uno de los pocos elementos a los que
los andaluces pueden aún aferrarse para no verse definitivamente disueltos como
colectividad y poder encarar el futuro por sí mismos. En este sentido, las
fiestas deberían ser consideradas como referentes importantes de todo proyecto
de desarrollo. Entonces ¿cómo potenciar una fiesta? ¿Como protegerla y
conservarla como parte del Patrimonio Cultural andaluz?
La mejor manera es propiciando las condiciones para que la fiesta se
mantenga viva y se desarrolle por las vías que marque autónomamente la
colectividad que la protagoniza y le da razón de ser. La labor de protección
sobre el patrimonio inmaterial, y de manera particular en el caso del
constituido por las fiestas, debe orientarse fundamentalmente hacia la
divulgación del conocimiento y la puesta en valor de todos los elementos,
funciones y significados que la fiesta tiene para su comunidad, la importancia
que tiene para la toma de conciencia de su realidad específica compartida como
colectivo. Teniendo siempre presente que, en última instancia, será la
vitalidad y articulación del colectivo que protagoniza la fiesta la garantía
fundamental de su mantenimiento, por lo que todo lo que vaya en la dirección de
potenciar dicha articulación redundará en la vitalidad de la propia fiesta.
Una fiesta, como una creencia o una expresión musical no pueden ser embalsamadas,
congeladas por normas y prohibiciones que pretendan mantener su
"pureza" y "autenticidad". Se deben favorecer, las
condiciones para que su desarrollo se produzca lo más autónomamente posible,
estableciendo mecanismos que atenúen la creciente incidencia de la
mercantilización y homogeneización cultural que las amenaza. Pero, en
definitiva, una fiesta será hasta cuando, y como el grupo humano que la
protagoniza quiera y sepa. El objetivo de las actuaciones de los poderes
públicos y agentes sociales deberá ser siempre el de favorecer la toma de
conciencia de los andaluces sobre los valores sociales, culturales e
identitarios de las fiestas que protagonizan --única manera de que las mismas
mantengan su vitalidad--, y el de conseguir, por tanto, su continuidad.
c) La
religiosidad
También en el ámbito de las creencias supernaturalistas, Andalucía
presenta rasgos que la diferencian de otros pueblos, constituyendo sus
expresiones, por lo tanto, marcadores de su especificidad. El aspecto que más
fuertemente destaca en este campo es el contraste entre la ideología religiosa
dominante y su faceta institucional (la Religión, católica y la Iglesia) y las
creencias, prácticas y rituales que forman parte de la cultura andaluza ( la
religiosidad denominada "popular").
La religión católica ha sido, desde finales del siglo XV, el principal
instrumento ideológico para la justificación y el ejercicio de la dominación
política, social y económica de la mayoría del pueblo andaluz. La religión
ofical y la iglesia institucional han actuado de manera aplastante, intentando
inundar todos los ámbitos de la vida social, de ahí por ejemplo la abrumadora
mayoría de celebraciones festivas que tienen como motivo, al menos formal, una
festividad de carácter religioso. Frente a ello, Andalucía se caracteriza por
ser una de las sociedades en que se han dado históricamente algunas de las
manifestaciones de anticlericalismo e iconoclastia más fuertes y más
ampliamente respaldadas socialmente. Andalucía presenta la aparente contradicción
de ser el país con mayor número, de celebraciones en torno a símbolos
religiosos, y con más alta participación popular en las mismas, siendo a la vez
la que ofrece un más bajo índice de prácticas religiosas ortodoxas.
Ni la no consideración de la realidad, ni la afirmación del carácter
"anti-religioso" de los andaluces son posiciones que puedan
sustentarse con rigor. En Andalucía existen formas particulares de creencias
supernaturalistas, prácticas devocionales y manifestaciones rituales colectivas
que constituyen, en su conjunto, lo que podemos considerar como la religiosidad
andaluza, cuyos rasgos fundamentales están claramente en conexión con algunos
de los marcadores profundos de su especificidad cultural: la tendencia a la
personalización de las relaciones sociales se manifiesta en la importancia
crucial de las imágenes y su individualización; el relativismo ideológico
permite utilizar símbolos, elementos, contextos y lugares de la religión
oficial para desarrollar y expresar la religiosidad; la centralidad de la
sociedad local como marco de la vida social hace que exista una fuerte
identificación de los miembros de cada colectividad de barrio, pueblo o ciudad
con determinados símbolos religiosos; la matrifocalidad que caracteriza de
manera notable la sociedad andaluza se manifiesta en el especial protagonismo
casi absoluto de la imagen femenina como representación de la divinidad, a
través de las múltiples advocaciones de Mar.
a) El sistema de valores estéticos
La dimensión estética es una de las que definen más claramente la vida
humana; la necesidad de recreación de los sentidos forma parte de nuestra
especificidad, pero como cualquier otro de los aspectos de la misma, la
expresión de dicha necesidad no es traducción mecánica de una tendencia
"innata", sino que siempre es canalizada, modelada y satisfecha a
través de formas y pautas culturalmente establecidas. En este sentido, el
sistema de valores y los modos de expresión estéticos son siempre marcadores de
la existencia diferenciada de un pueblo. Esta condición de lo humano se
manifiesta en la tendencia a la creación o a la búsqueda de la gratificación
psicológica producida por la contemplación o experimentación sensorial de la
"belleza", cuya definición concreta y la formulación de los valores
con respecto a los cuales se establece son construidos culturalmente por cada
sociedad.
Evidentemente esta dimensión no es la única, ni quizás la fundamental,
y además no siempre se expresa con la misma intensidad o relevancia. Existen
ocasiones, circunstancias, objetos en los que dicha dimensión adquiere un
protagonismo absoluto, mientras que, por lo general, en el contexto de la vida
cotidiana aparece mucho más supeditada y condicionada por las necesidades que
la misma conlleva y que constriñen o limitan la expresión estética. Pero
incluso en estos casos, casi siempre puede encontrarse un toque, un detalle,
algo que escapa al puro condicionamiento utilitario, a veces muy estricto,
dotando cada acción, cada rincón, cada objeto de un valor estético que supera
la mera funcionalidad y los convierte en elementos más atractivos, más
"humanos". Si lo anterior es general para todos los pueblos, del
mismo modo que en algunos son aspectos que tienen que ver con lo económico, lo
político, lo religioso..., los que impregnan y definen de manera más
"fuerte" el conjunto de sus culturas, en otros, como es el caso de
Andalucía, lo estético adquiere un especial protagonismo, convirtiéndose en uno
de los valores centrales de todas sus manifestaciones culturales, desde las
productivas, hasta las religiosas, las festivas o las arquitectónicas.
Como en cualquier otra cultura, pero de un modo particularmente clave
en su caso, el dominio de sus códigos estéticos es de importancia fundamental
para la comprensión y explicación de la cultura andaluza, de lo andaluz. Las
formas en que el sentido estético de la vida humana se concreta y expresa en
nuestra tierra poseen rasgos tan peculiares, tan específicos, que los
convierten en uno de los marcadores a través de los cuales los andaluces se
sienten como tales, se identifican --no necesariamente de manera consciente--
como miembros de un mismo pueblo, de una misma cultura, de una misma comunidad.
Al tiempo, les hace reconocerse como diferentes de los otros pueblos, que, por
su parte, utilizan frecuentemente este marcador como uno de los que más
claramente, más fácilmente, definen lo andaluz, aun reduciéndolo a su
simplificación estereotipada. Tópicos como el de la "gracia", el
"salero", la "flamencura", que son usados para identificar
lo andaluz, no son, en el fondo, más que formulaciones simplistas, parciales y
deformadas de lo que en realidad constituye un fenómeno mucho más profundo,
extenso y complejo, que abarca desde la forma de adornar un patio, a la
apoteosis de un paso/trono, desde la vibrante sencillez de unos verdiales o la
ingeniosidad de unos tanguillos, a la expresión más honda de la forma de sentir
del pueblo andaluz contenida en unas seguiriyas o unas soleares, extremos que
dibujan los amplios límites del campo de las expresiones y producciones
estéticas andaluzas.
Dichas expresiones y producciones ponen de manifiesto lo que es un
rasgo general de la cultura andaluza, la síntesis original fruto del
acrisolamiento de elementos procedentes de las distintas fases
histórico-culturales que han constituido el sustrato de la Andalucía actual.
Pero el propio carácter de síntesis de estas expresiones y producciones las
hace diferentes a todo lo anterior. No es adecuado establecer una continuidad
entre las formas y significados de las manifestaciones estético-artísticas
actuales con respecto a las correspondientes a cada una de las fases culturales
anteriores, de las que, según una estrecha visión simplificadora, las primeras
no serían sino apéndices, más o menos transformados, pero siempre exponentes de
una misma esencia inmutable. Esta visión olvida que las expresiones y
producciones estéticas son sólo una parte más del sistema sociocultural en
íntima relación con el resto de sus componentes, y que su carácter de código
comunicativo hace que, aunque incluso puedan mantenerse relativamente
inalteradas en su aspecto formal, sus significados son siempre diferentes, al
estar determinados por las condiciones características de los nuevos contextos
socioculturales en los que se insertan.
En dicho proceso de síntesis y acrisolamiento se han visto
transformados de manera tan profunda que ya no pueden ser interpretados ni, lo
que es muy importante, sentidos a través de los valores y presupuestos
estéticos anteriores, tornándose plenamente significativos, en cambio, con
relación a los presupuestos y valores propios de la nueva cultura resultante,
la andaluza. Muchos elementos, de carácter formal la mayoría de las veces,
creados en fases histórico-culturales anteriores y correspondientes a los
estilos estéticos característicos de las mismas, persisten en la actualidad y
deben ser tenidos en cuenta para lograr una verdadera comprensión de las
expresiones y producciones estético-artísticas andaluzas, pero siempre en el
marco de un nuevo sistema de valores. No obstante, por otra parte, ello no
quiere decir que todo lo actual, y en la totalidad de sus componentes, sea
absolutamente nuevo y ajeno a sus raíces.
En este sentido, es indudable la importancia que posee el sustrato de
la civilización andalusí. Elementos procedentes de dicho sustrato se hallan
presentes y vivos en un buen número de las manifestaciones estético-artísticas
andaluzas, aunque ello no supone, de ningún modo, que esos elementos sean los
mismos. Sus formas pueden haber permanecido idénticas en algunos casos, pero no
así el significado de las mismas, relacionado íntima y directamente con la
ideología y el sistema de valores de la sociedad andalusí, cuyas estructuras
fueron profundamente desarticuladas por la conquista castellana y reemplazadas
por las correspondientes a la sociedad de los conquistadores a través de un
proceso -y ello es importante para explicar la citada importancia del sustrato
andalusí- en absoluto momentáneo y radical, sino paulatino, tanto temporal como
territorialmente. Elementos, diseños y motivos pertenecientes al sistema
estético, al estilo andalusí, aparecen en múltiples manifestaciones del
denominado "arte popular" andaluz, como en los trabajos de taracea o
en la cerámica de fajalauza granadina, o en las mantas y paños alpujarreños,
aunque es claro que en ninguno de estos casos la utilizados de esos motivos
implica el mantenimiento de las razones de tipo ideológico que estaban en la
base de su primitiva significación y que hoy son inoperantes e incluso
totalmente desconocidas para los propios autores que los emplean en sus
producciones.
La
faceta creativa o recreadora de la dimensión estética de toda cultura es lo que
constituye el "arte", que implica un doble carácter: el de la
creación, siempre modelada y condicionada por el sistema de valores estéticos,
y el de la comunicación, como medio a través del que transmiten significados
culturalmente establecidos -en nuestras sociedades el de la innovación y experimentación,
por ejemplo-. En este sentido, todo arte responde y se inserta en un sistema
cultural y sirve de medio de comunicación para los miembros de un pueblo, aún
cuando pueda haber códigos y formas específicos de unos u otros grupos o
sectores del mismo. Hasta el punto de que, en sentido antropológico, un arte o
es "popular", o lo que es lo mismo, pertenece a un pueblo y es
creado, sentido y comprendido por el mismo, o no es propiamente
"arte".
b) Las
expresiones artísticas en Andalucía
Cuando se utiliza la expresión "arte popular", se hace en
contraposición a la creencia en la existencia de un "arte culto", en
realidad lo que se considerara como el "verdadero arte", el único
digno de tal nombre, y frente otro arte "no culto", concebido como
"impuro", rudimentario o degradado. En ello se refleja una idea
elitista y estrecha de cultura, absolutamente contrapuesta a la cultura en
sentido antropológico. Todo arte es culto por ser parte de la cultura de un
pueblo, sin que criterios academicistas o de otro tipo lo puedan devaluar.
Si consideramos la identificación muy extendida del término
"pueblo" con las clases dominadas o subalternas de una determinada
sociedad, entonces las verdaderas razones de la distinción empiezan a
aclararse. El "arte culto", el Arte con mayúscula, es el que responde
a los valores estéticos de las clases que detentan el poder y sus élites, o al
menos los que dichos sectores utilizan para diferenciarse, y frente a él
existiría un pseudo arte, un arte rudimentario o una degradación del arte
auténtico, el llamado arte popular, al que el término arte se le concede sólo
con el fin de aclarar que se pretende aludir a un fenómeno cuya analogía más
aproximada sería el "arte culto". Se trata, por lo tanto, de una
visión clasista que hace una valoración distinta y desigual de dos formas de
arte dentro de una misma sociedad. Además, se trata de una visión etnocéntrica,
ya que, en definitiva, el término "arte popular" no es más que una
extensión del término "arte primitivo", que surge en el siglo XIX
para hacer referencia a todas aquellas expresiones estético-artísticas de los
pueblos con los que los imperios coloniales europeos entraron en contacto, que
no compartían la tradición cultural dominante en las sociedades occidentales y
que por ello eran considerados incultos. El descubrimiento del "arte
primitivo" hizo a algunos volver la vista y sentir curiosidad por el
"arte primitivo" de las propias sociedades occidentales, el
"arte popular".
Entendido el arte siempre como popular y culto, ¿cuáles son los rasgos
que configuran la especificidad del arte popular andaluz? La existencia de una
cultura andaluza se manifiesta en la de una actitud y unas formas de expresión
estéticas específicamente andaluzas, de un arte que, por estar directamente
enraizado en la sociedad y la cultura andaluzas, denominamos arte andaluz, y
que se distingue de ese pretendido "arte universal" que en esencia no
es otra cosa que el arte de los sectores poderosos, de las élites económicas,
socio-políticas, religiosas, intelectuales, académicas de las sociedades
occidentales, o el arte propiciado, protegido o comprado por ellas. Desde este
punto de vista, dentro del arte andaluz, (concebido como el conjunto de las
expresiones estético-artísticas consideradas como propias por parte del pueblo
andaluz -no sólo, ni siquiera principalmente desde la perspectiva de la
producción o creación de las mismas-) incluimos tanto aquellas manifestaciones
que usualmente son consideradas como parte del "arte popular"
(cerámica, talla, arquitectura, tejidos, orfebrería, etc., las cuales suelen
ser denominadas con términos como "artesanías" o "artes
populares decorativas", por su carácter básicamente aplicado o
complementario de la función utilitaria de sus soportes,) como también toda una
serie, mucho más amplia de lo que en principio se pueda suponer, de
manifestaciones del "arte culto", al menos en su origen, que han sido
asumidas, integradas, hechas suyas por el pueblo andaluz, dando lugar a la
superación del carácter clasista de las mismas.
¿Puede concebirse una obra artística "culta" más profunda y
auténticamente popular que la imagen del "Abuelo" (el Nazareno de
Jaén) o del "Cachorro" (el Cristo de la Expiración del barrio
sevillano de Triana)?, por citar sólo dos ejemplos de entre las numerosísimas
"obras de arte" de la imaginería andaluza que son tenidas como
propias y apreciadas por el pueblo andaluz en su conjunto, aún con matices
diferentes, independientemente de la clase a la que se pertenezca? Y ello no
sólo en su significación religiosa o como objetivos de devoción, sino también
como representaciones que conmueven estéticamente a los individuos, lo cual es
un aspecto mucho más importante de lo que comúnmente pueda parecer. Aspecto que
se concreta, por ejemplo, en la recreación en la "expresión" del
rostro de las imágenes, en la "solemnidad" de su actitud, en la
"delicadeza" de sus formas, en la "naturalidad" de sus
facciones o ademanes, y otros muchos elementos de apreciación que llevan a
considerar bella una imagen e incluso a establecer juicios de valor estético
comparando unas con otras.
Un rasgo fácilmente apreciable cuando nos aproximamos a la
consideración de los fenómenos estéticos en Andalucía es la gran extensión que
presentan, inundando prácticamamente todos los ámbitos de la vida, desde los
más sencillos y cotidianos, a los más elevados y solemnes. En todos ellos se
manifiesta, de una u otra forma, esa búsqueda de la recreación estética más
allá de lo puramente funcional, utilitario, interrelacional o religioso. Desde
el afán por hacer de una humilde construcción una explosión de blancura y un
mosaico de colores vegetales, hasta las más espectaculares manifestaciones de
arte vivo y participativo que se plasman en las semanas santas o en las cruces
de mayo de cualquiera de los pueblos y ciudades andaluzas. Por ello, si siempre
resulta erróneo identificar el "arte popular" con aquellas
expresiones estéticas características de los sectores rurales y campesinos
"tradicionales" -como si los habitantes de las ciudades no fuesen
también parte del pueblo y no poseyesen formas y expresiones estéticas
peculiares-, el error es mucho más grave en el caso andaluz.
Podríamos afirmar que en Andalucía, más que en cualquier otro lugar, no
ha existido una distinción clara entre un "arte culto" y un
"arte popular" hasta hace relativamente poco tiempo. Esta distinción,
que encierra una clara connotación clasista, no se opera en el arte occidental
hasta prácticamente la consolidación de la burguesía como clase hegemónica y
del Romanticismo como movimiento estético-artístico íntimamente ligado a ella;
por lo tanto se trata de una distinción no anterior al siglo XIX. Es en ese
momento cuando se consolida la consideración del arte y del artista como
"objetos" de lujo, como fenómenos externos y hasta contrarios a la
vida cotidiana, como expresión del individualismo y como elementos cuya
valoración dependerá fundamentalmente de su homologación académica y de su
cotización en el mercado. Se impone una concepción elitista e idealista del
"arte por el arte", que supone la separación del artista y de sus
intereses concretos de los del resto de los miembros de la sociedad. Hasta en
periodos anteriores de gran florecimiento artístico, como fueron el
Renacimiento y el Barroco europeos, por no hablar del arte medieval o del periodo
clásico, el artista y las obras producidas por él eran dos realidades
totalmente integradas en la cotidianeidad, siendo sólo de grado la diferencia
que de hecho podía existir entre un artista y un artesano -artífices era el
término genérico que englobaba a ambos-, encontrándose los dos sometidos a unos
similares tipos de servidumbre, cauces de expresión, posibilidades de creación
y prestigio social..
El desarrollo histórico específico de la formación social andaluza en
los dos últimos siglos determinó la peculiar configuración de su burguesía,
agraria fundamentalmente, cuyos comportamientos y valores diferían
sustancialmente de los de la burguesía industrial, principal protagonista y
representante de la nueva sociedad que se desarrolla en los países occidentales
más avanzados, a diferencia de la cual, la andaluza, tenderá a mimetizarse con
la antigua aristocracia, reproduciendo muchos de sus valores. Uno de los
aspectos que determinará dicha actitud es que no se produzca, o lo haga con
mucha menor intensidad, la "elitización" del arte y la separación
entre el "arte culto" y el "arte popular". La burguesía
andaluza, en general, ha sido en este sentido bastante poco "culta",
si utilizamos el concepto deformado de cultura que está implícita en la
concepción del arte que es propia de las clases hegemónicas en las sociedades
del centro del sistema socio-económico y político en el que Andalucía se
inscribe como periférica y dependiente. Por el contrario, la burguesía andaluza
ha participado y compartido, a su manera, muchos de los rasgos básicos que
caracterizan a la cultura andaluza, naturalmente con otros muchos elementos y
pautas de comportamiento particulares que configuran su especificidad como
clase. Uno de los elementos que más claramente ejemplifican esa participación
en la cultura común es el de las manifestaciones estético-artísticas, aunque
con actitudes y significados diferentes a los de los demás sectores de la
sociedad andaluza. Resultado de ello es que, en Andalucía, la escisión entre
"arte culto" y "arte popular" ha sido menos profunda que en
otros lugares y, por el contrario, en la mayoría de los casos, desde las más
simples a las más elevadas formas de expresión artística encontramos un
sustrato que las comunica.
La realidad de la Andalucía actual es fruto de la experiencia histórica
acumulada de distintos pueblos y culturas sobre un medio geográfico diverso.
Ello explica la gran riqueza y variedad de lo que se ha dado en llamar
"artes populares", constituidas por las formas de expresión estética
materializadas sobre objetos y elementos "útiles", a los que el
dominio técnico de su elaboración, para que cumplan su primaria función
instrumental, convierte en soportes para la recreación estética en sus propias
formas o para la elaboración y enriquecimiento de las mismas, convirtiéndose
así en las expresiones más directas de esa tendencia humana de búsqueda de
satisfacción estética a través de la creación y contemplación de la
"belleza". En este sentido, las denominadas "artesanías"
constituyen una importante representación del arte popular andaluz; pero ello
no quiere decir que ellas solas sean el "arte popular", ni siquiera
su expresión más genuína, las que mejor puedan encarnar las expresiones y
formas en los que se ponen de manifiesto los rasgos fundamentales del sistema
andaluz de valores estético-artísticos. Existen otras facetas y formas de
expresión de la creatividad y la sensibilidad estética del pueblo andaluz, con
frecuencia no consideradas "artísticas" al no ser compatibles con el
concepto elitista, individualista y mercantil, que del arte, el artísta, la
creación artística y la obra de arte se halla más extendido.
El arte popular andaluz es esencialmente expresión estética viva,
participativa y comunicativa; valores que, por lo general, son considerados
irrelevantes para el "arte culto" y, por lo tanto, carece normalmente
de ellos. Este carácter del arte popular andaluz tiene una extensa y profunda
significación, lo cual se halla en estrecha relación con uno de los rasgos que,
sobre todo en el aspecto estético, pero ni mucho menos exclusivamente en él,
mejor caracteriza la forma de ser y concebir la vida, la cultura andaluza, su
"barroquismo". La cultura andaluza, producto de la combinación y
mutua fecundación de las aportaciones de los diferentes pueblos que han vivido
o convivido en nuestra tierra, es esencialmente barroca en el sentido vital del
término, entendido como aquella actitud ante la vida en la que predomina el
valor de lo sensible y lo emotivo sobre lo"racional". Es primero y
principalmente a través de los sentidos y las emociones como llega el andaluz a
conocer e interpretar "su" realidad. Y es precisamente este carácter
el que explica el éxito y la difusión del Barroco estilístico en sentido
estricto, el cual se halla plenamente vigente en Andalucía, tanto en cuanto a
su aceptación, como en su producción, al continuar siendo significativo para su
gente, cuando hace tiempo que dicho estilo pasó a la historia del arte para el
resto del mundo.
La fiesta es uno de los ámbitos en los que mejor se manifiesta ese arte
vivo y participativo. Se trata de un arte en gran medida efímero y también
bastante comunitario, en el sentido de que son los sectores populares los que,
de una u otra forma, lo producen y le dan vida, no sólo limitándose a un papel
pasivo como espectadores -elemento por lo demás decisivo para la existencia del
propio arte-, sino actuando también como creadores. Hasta la más pequeña aldea
puede verse transformada en una auténtica "obra de arte" viva y
total, en la que por unos momentos o unos días se produce la conjunción de una
multiplicidad de elementos, unos expresamente artísticos y otros de naturaleza
diversa, pero que en el contexto de la fiesta adquieren esa dimensión, cuyo
resultado no es otro que el de reforzar los lazos de identificación de los
individuos entre si y de éstos con el pueblo a través de la comunión estética, a través de la experiencia sensible
y emotiva que la fiesta procura.
No pudiendo enumerar la infinidad de ejemplos en los que la fiesta se
convierte en obra de arte total en Andalucía, haremos referencia a la que,
quizás, pueda ser considerada como su máxima expresión, las Semanas Santas. En
plena expansión debido, entre otros factores pero no el menos importante, al
hecho de que sea en estas fiestas donde esa forma barroca de entender y
expresarse estéticamente encuentra uno de los marcos más propicios, integrando
multitud de elementos y factores: imágenes, movimientos, sonidos, músicas,
cantos, espacios, rincones, olores, colores, luces, sombras, vividos de forma
participativa por la gente y que convierte
la ciudad o el pueblo en un completo espectáculo estético, en el que
participa como "autor" y "actor" el pueblo que es el que
hace, en combinación con todos los elementos enumerados y otros muchos, que las
procesiones de la Semana Santa andaluza no queden reducidas a un acto
penitencial, desde el punto de vista religioso, o a un mero museo itinerante,
desde el artístico, como sucede en otros lugares de la Península Ibérica, sino
que adquieran una dimensión humana y una significación sociocultural y estética
de naturaleza mucho más rica y compleja. Los pasos o tronos podrían servir como
ejemplo paradigmático en el que se sintetizan todos los rasgos que caracterizan
la dimensión estética de la cultura andaluza y de manera particular el de su
barroquismo vital. En ellos, la belleza y el valor artístico de las imágenes
son sólo un elemento más, aunque importante, en un conjunto complejo de
elementos y sensaciones estéticas, integrado también con el contexto que rodea
el trono o el paso: candelabros, velas, flores, jarrones, varales, palios,
terciopelos bordados, encajes, joyas, sonidos, música, movimientos, gritos,
saetas, entradas, salidas, subidas,... todo lo que, en fin, hace de un paso o
un trono de palio un prodigio estético explicable única y exclusivamente como
expresión de una cultura tan peculiar como la andaluza e irrepetible fuera de
ella, porque no es otra cosa que una expresión o cristalización de la misma.
Es tambien de importancia fundamental considerar la existencia de un
arte andaluz que responde a las características básicas de los estilos
"cultos" de la Historia del Arte, pero que presenta, en muchos casos,
peculiaridades específicas. Incluso, en ocasiones, tienen lugar la creación de
estilos propios, producto de la hibridación de formas y tradiciones artísticas
e ideológicas diferentes. Quizá el ejemplo más claro de esto lo representa el
mudéjar andaluz, característico tanto de construcciones religiosas, como
civiles de los siglos posteriores a la conquista castellana de Andalucía. Salvo
las catedrales y algunas, pocas, iglesias importantes, la mayoría de las
iglesias de los siglos XIV y XV, e incluso de la primera parte del XVI, sólo
son realmente góticas -el estilo arquitectónico-artístico europeo- en su parte
más sagrada, la capilla mayor o cabecera del templo, mientras que la mayor
parte de éste, en sus muros, en sus techos, en sus puertas e incluso en sus
torres, presentan formas y soluciones constructivas, materiales y diseños que expresan
una sensibilidad muy distinta y conectan directamente con la tradición
andalusí, hasta el punto de que, en ocasiones, los especialistas no saben si,
por ejemplo, estamos contemplando el alminar "cristianizado" de una
antigua mezquita destruida o la torre de una iglesia cristiana levantada tras
la conquista en forma de alminar con campanas. Este carácter
"popular" del arte, incluso del promovido directamente por los
poderes dominantes, es algo que singulariza muchas de las obras arquitectónicas,
escultóricas, pictóricas y musicales realizadas en Andalucía en diferentes
etapas y horizontes históricos. Por ello, es adecuado hablar de "Arte
Andaluz" y no sólo del Arte en Andalucía. Lo que hace que nuestro
Patrimonio cultural, en este ámbito, sea en gran medida singular y propio,
expresión inconfundible de nuestra identidad de pueblo.
Y
algo semejante podemos afirmar respecto a las creaciones literarias. El hecho
de que, desde el siglo XIII en una parte de Andalucía y desde finales del XV en
la otra, la literatura se escriba en una lengua, el castellano, que compartimos
con otros varios pueblos -por ser la lengua impuesta, aquí y en otros muchos
lugares, por los conquistadores-, no es obstáculo para que pueda afirmarse la
existencia de una verdadera literatura andaluza, que ha alcanzado su cénit en
el siglo XX, con varios de los más destacados integrantes de la denominada
"generación del 27", pero que comienza ya a existir desde la Baja
Edad Media. La existencia de esta literatura andaluza no consiste sólo, ni
fundamentalmente, en que, a lo largo de los siglos de existencia de la lengua
castellana, una gran parte de los más destacados poetas y autores que han
tenido ésta como vehículo de expresión nacieran, y muchos vivieran, en
Andalucía, ni tampoco necesariamente por el uso de un vocabulario en parte
diferenciado del usado por otros escritores en el mismo idioma, sino, sobre
todo, porque sus creaciones reflejan una sensibilidad, unas temáticas, una
manera de ver el mundo, una actitud vital, un estilo, que no es sino el resultado de su participación en una
cultura, la andaluza, con peculiaridades propias, que, aunque en transformación
constante, como todas las culturas, y abierta a influencias exteriores,
presenta unas características específicas en los diversos periodos históricos.
La importancia que tienen los aspectos estéticos en la constitución de
la cultura andaluza, unida a la riqueza, profundidad y diversidad del proceso
civilizatorio que se ha desarrollado sobre su territorio, e incluso a las condiciones
medioambientales que favorecen y estimulan la expresión y recreación de los
sentidos, son factores que explican la fertilidad de Andalucía en el campo de
la producción en las distintas facetas de la creación artística, que se han
dado en denominar “cultas”. Formas, estilos y obras arquitectónicas, de muy
definida personalidad y notable riqueza, desde las califales o nazaríes, hasta
las del mudéjar y el barroco andaluz, o del regionalismo, son expresiones de y
consecuencia de la significación que tiene lo estético en Andalucía.
No es casual,
tampoco, la abundancia de artistas y la talla universal alcanzada por un buen
número de ellos. Diego de Silva y Velázquez, Bartolemé Esteban Murillo, Pablo
Ruiz Picasso, Manuel de Falla, Federico García Lorca, Antonio Machado, Juan
Ramón Jiménez, Rafael Alberti... por citar sólo unos cuantos de los más
conocidos, son artistas universales precisa y principalmente por ser
profundamente andaluces, por haber bebido en las fuentes y sabido modelar los
materiales que Andalucía les ha aportado y sin los cuales no es posible
entenderlos. Son universales por tener profundas raíces andaluzas y haber
sabido interpretarlas y expresarlas en el lenguaje común de los sentimientos y
emociones humanos. Andalucía ha aportado, de este modo, una savia de
importancia esencial para comprender el desarrollo de la Historia del Arte y de
la Literatura europeos y universales.
5.- LA IDENTIDAD ANDALUZA EN EL MARCO DEL ESTADO ESPAÑOL, LA UNIÓN EUROPEA Y LA GLOBALIZACIÓN.
(Isidoro
Moreno Navarro)
5.1.- ANDALUCÍA EN LA “ERA DE LA GLOBALIZACIÓN”.
Para Andalucía, como para todos los pueblos que han sido conformados en
un proceso histórico de siglos, en nuestro caso de milenios, y que poseen una
identidad específica, el principal reto a superar en el siglo XXI será el saber
situarse adecuadamente en un mundo que va a estar crecientemente definido por
la interacción entre las dos dinámicas, opuestas pero complementarias, de la globalización y la reafirmación identitaria (la
denominada, por algunos, localización ).
Los publicistas del pensamiento
único y del fin de la Historia insisten
en que nuestro mundo actual puede ser caracterizado, sin más, como la era de la
globalización. Si esto fuera correcto, el proceso de mundialización ‑que
tiene sus raíces en el siglo XVI, y cuyo avance ha supuesto un espectacular
aumento de la interdependencia asimétrica entre pueblos y territorios‑
equivaldría a proceso de globalización. Pero esta afirmación, lejos de
responder a un análisis adecuado del proceso histórico y de las realidades
actuales, refleja una visión deformada, y deformante, de esta misma realidad y
constituye, en palabras del sociólogo francés Alain Touraine, la
"ideología del neoliberalismo".
Por supuesto, hoy, la globalización es un vector de importancia
capital, que tiende a dominar con su lógica social y con su sistema de valores
todas las dimensiones y aspectos de la existencia humana. Y en su contexto, el
Mercado se ha constituido en el absoluto social dominante, en el verdadero sacro de nuestros días. Como tal, tiende
a subsumirlo todo en su lógica, a globalizar bajo sus "leyes" todos
los aspectos de la vida colectiva e individual.
La pretensión de globalización no es nueva en la historia, pero sí lo
es la escala y los instrumentos de esa pretensión, que hoy es planetaria. La globalización que avanza en los años
finales del siglo XX, y que se intenta presentar como la única dinámica de
nuestro tiempo, es la globalización del Mercado. Esta supone dos pretensiones
principales. La primera, que todas las relaciones humanas, de cualquier tipo,
se realicen según las reglas del mercado. La segunda, que estas reglas funcionen
a nivel planetario en un único mercado y no en mercados segmentados. Ello
significa, por una parte, que no sólo ciertos aspectos y actividades de la vida
social, los entendidos como económicos, se mercantilizan ‑lo que es una
realidad creciente desde hace varios siglos en el ámbito de la producción‑,
sino que las otras dimensiones percibidas como "no económicas"
respondan también a la lógica y las reglas del mercado. El avance de esta
dinámica tiene como resultado el que cualquier tipo de relación interpersonal
deja de ser humana para convertirse
en mercantil. Así, asistimos a una clara mercantilización de lo simbólico, a
una producción cultural impulsada no por sus valores de uso, sino por su valor
de cambio en el mercado. Se habla cada vez más de "capital simbólico" para referirse a la cultura; al igual
que desde hace más tiempo se viene denominando "capital humano" a las personas. Sustituciones expresivas
ambas que reflejan la desvalorización tanto de los seres humanos en cuanto
tales, como de las elaboraciones culturales que no puedan, o sea difícil,
mercantilizar y hacer que funcionen en
el mercado como capital.
Junto a este intento de globalizar bajo la lógica del mercado todas las
relaciones sociales y todas las producciones culturales, está también el
intento de globalización territorial, mediante la imposición de la falsa idea
de que nuestro mundo, que es ya efectivamente uno, debido a la interdependencia
asimétrica que ha resultado de la expansión europea, y luego euro ‑norte
ameri cana, a otros continentes, sea no sólo un único mercado, sino también una
única sociedad con una única cultura. Esta pretensión cobra consistencia sobre
todo gracias a las innovaciones tecnológicas en las comunicaciones y el
transporte, que hacen que la información y la toma de decisiones puedan
producirse en tiempo real ‑es decir, prácticamente a la vez que están
teniendo lugar los fenómenos‑ y llegar a cualquier lugar del planeta. Es
a esto a lo que se refiere la definición de nuestro tiempo como la “era de la
información”.
Ambos tipos de globalización ‑la de las diversas dimensiones de
la vida social y la de los territorios‑ están interconectados, avanzan de
forma ímbricada y tienen como base la globalización real, en muy amplia medida,
del mercado de capitales. Estos se reproducen cada vez más autónomamente de la
producción y circulación de bienes y
servicios; están cada vez más fusionados y desterritorializados, son más
independientes de cualquier instancia de control político, y circulan
libremente invadiendo territorios y sectores, destruyendo tejidos económicos,
formas de vida y relaciones humanas que son "ineficientes" desde la
lógica mercantil que mide la eficiencia exclusivamente en términos de
maximización de la rentabilidad en el menor tiempo, no importa con qué costes y
consecuencias económicas, culturales. ecológicas, sociales y culturales.
Si la globalización, así esbozada, fuese la única dinámica realmente
existente en nuestro mundo contemporáneo, la única opción sería adaptarse a
ella pasivamente, sin resistencia alguna, y la única defensa ante sus efectos
sería refugiarnos en nuestra vida privada ‑lo que no dejaría de ser sino
un mero espejismo, ya que ésta también respondería a la lógica mercantil‑
o encerrarnos en un escepticismo desesperanzado. Pero no es este el caso: en
contra de la pretendida irreversibilidad del horizonte orweIliano de una única
sociedad planetaria con una cultura única, ambas regidas por la también lógica
única del Mercado, en la fase actual del proceso de mundialización, no es la
globalización el único vector determinante. Nuestro tiempo, además de ser la
“era de la globalización", es también la del "poder de las
identidades", como ha señalado, entre otros, el sociólogo Manuel Castells.
Y ello responde a la estructura de la mundialización misma, que hace que ésta
sea asimétrica y se haya convertido, a través de la globalización del capital y
de la imposición de la lógica mercantil, en una máquina de exclusión social y
territorial de cuantos sectores sociales y pueblos no sean competitivos desde
los intereses del mercado, sin considerar los efectos que ello pueda tener
respecto a la cohesión social, las relaciones humanas y el equilibrio
ecológico.
Para oponerse a los efectos perversos, desvertebradores y etnocidas de
la globalización, y para aprovechar, a la vez, sus potencialidades positivas ‑posibilidad
de globalización de los Derechos Humanos y de la justicia internacional,
utilización de la tecnología en favor de los pueblos, entre otras‑, hay
que hacerlo situándonos precisamente en la otra dinámica: en la dinámica de la
reafirmación identitaria. Y esto, en una triple dimensión: histórica, cultural
y política.
En la encrucijada de nuestro presente, sólo los pueblos con identidad
histórica, con identidad cultural y que afirmen su identidad política podrán
aspirar a existir en el futuro: podrán hacerse un lugar en la "sociedad
red" mundial que se avecina, constituida por poderes y contrapoderes
económicos, políticos, jurídicos, culturales y de otro tipo. Sólo los pueblos, es decir, las naciones culturales ‑y para que
sea adecuado este concepto ha de haber identidad histórica, identidad cultural
y territorio simbólicamente percibido como propio‑ que tengan voluntad de
ser también naciones políticas –es
decir, de decidir sobre sus propios asuntos-podrán evitar su desaparición,
engullidos por la globalización y sus efectos de dependencia económica,
subalternidad política y desidentificación cultural.
En el caso concreto de Andalucía, que posee una indudable identidad
histórica y cultural, es necesario reafirmar y hacer conscientes ambas, a la
vez que avanzar en la identidad política, lo que conlleva conquistar mayor
protagonismo, tanto en el Estado Español como en la Unión Europea. Este
afirmarse como nación política no significa necesariamente reivindicar la
formación de un estado propio ‑que repetiría los problemas de los estados
actualmente existentes, en una época de crisis del modelo y de vaciamiento de
la soberanía‑, pero sí profundizar en la construcción de un
poder autónomo, capaz de conseguir altos niveles de participación, en forma
protagonista y con voz propia, en el debate sobre los problemas que nos afectan
y en la toma de decisiones acerca de ellos. En parte alguna del mundo existe ya
soberanía nacional , tal como esta ha sido entendida hasta
ahora: nuestra época es ya una época de "soberanías compartidas", en
la que está tejiéndose una red de nudos de diferente grosor e importancia que
son los que van a definir la estructura de las relaciones futuras entre los
pueblos. Si Andalucía no logra convertirse en uno de esos nudos, quedará
excluida. Si, por el contrario, logra ocupar uno de ellos significará emerger
de la periferia y la subalternidad actuales. Y el problema no es sólo de
definiciones jurídicas, sino de protagonismo cultural y político cotidianos. No
existe hoy otra forma de garantizar la pervivencia de un pueblo, en nuestro
caso el andaluz, que afirmando y desarrollando la triple dimensión de la
identidad: histórica, cultural y política.
El
globalismo, como ideología de la globalización, pretende precisamente
convencernos de que la desterritorialización es un hecho inevitable de nuestra
contemporaneidad, pero ello no es cierto. El capital y las decisiones sobre el
mercado financiero sí están desterritorializados, pero no sus efectos. En este
sentido, los problemas de desigualdad continúan teniendo, e incluso acentuando,
su carácter fuertemente territorializado, tanto a nivel planetario como dentro
de cada estado, país y sociedad concretos. Un niño que nace en Andalucía continúa
hoy teniendo muchas más posibilidades de ser un parado cuando llegue a adulto
que si nace en Cataluña. A la categoría de los supuestos "ciudadanos del
mundo" sólo pueden pertenecer realmente quienes forman parte, o están al
servicio, de esa pequeña minoría directamente conectada con el capital
globalizado, con el mercado informacional o con las redes globales del poder.
Para todos los demás seres humanos, esa categoría, si es que existe, es una
categoría imposible, un espejismo alienante, un velo ideológico que impide ver
la verdadera dimensión de los problemas y paraliza la acción para resolverlos,
ya que desactiva la memoria y la conciencia de los pueblos, desactivando con
ello el poder de la identidad.
5.2.- LA CULTURA ANDALUZA COMO CULTURA DE RESISTENCIA AL
GLOBALISMO
Para oponerse a los efectos devastadores de la imposición, en todos los
ámbitos, de la lógica del mercado, con la consiguiente deshumanización de las
relaciones sociales y desidentificación colectiva que esta conlleva, la cultura
andaluza posee muy importantes elementos y, sobre todo, rasgos estructurales
que la hacen ser hoy, objetivamente, una cultura
de resistencia . Estos rasgos estructurales más relevantes: el fuerte
antropocentrismo, que tiende a situar, en cualquier interacción social, las
relaciones humanas personalizadas en muy primer término, por encima de los
contenidos concretos de los roles de cada actor social; la negativa a
interiorizar en un nivel simbólico la inferioridad individual y colectiva,
aunque ésta pueda ser evidente en las otras dimensiones de la existencia
(económica, social, y política); y el acentuado relativismo o, si se quiere,
pragmatismo respecto a creencias e ideologías, siempre que ello no afecte a la
autoestima o se hayan convertido en referentes de identificación, son rasgos
que se sitúan en el polo opuesto a los que genera la lógica del mercado. La
mayor parte de las orientaciones cognitivas, de los valores, códigos y
expresiones de la cultura andaluza en que aquellos se concretan, en una rica variedad
de formas, son completamente ajenas a la mercantilización de la vida que
implica la dinámica de la globalización.
Así, el antropocentrismo
propicia la conversión de asociaciones, entidades e interacciones con objetivos
específicos en contextos de sociabilidad generalizada, de relaciones
interpersonales humanizadas, no utilitarias respecto a dichos objetivos. Y en
estos contextos el valor de uso de las relaciones se antepone a su valor de
cambio (de mercado). Propicia, también, que todavía organicemos la mayor parte
de nuestras fiestas por y para nosotros mismos, para nuestro disfrute y para
reproducir en ellas algunas de las dimensiones de nuestra identidad, por encima
de otros objetivos conscientes utilitaristas, sea el económico de atraer
turistas o sea el espiritual que pretenden los jerarcas religiosos.
El rechazo a la interiorización de la inferioridad y la superación de
esta a un nivel simbólico ha sido el eje sobre el cual, en los últimos ciento
cincuenta años de dependencia económica, dominación social y subalternidad
política, el pueblo andaluz ha basado su supervivencia y conseguido preservar
su identidad. Muchas de las rebeliones jornaleras y campesinas se construyeron
sobre esta base estructural de nuestra cultura, como ya señaló en 1869 Antonio
Machado Núñez, el fundador de la Sociedad Antropológica Sevillana, rector de la
Universidad, padre de Demófilo y
abuelo de Antonio y Manuel, los poetas. Sin esta clave, tampoco podría
entenderse el flamenco, que en sus diversos palos y variantes es, sobre todo,
una rebelión simbólica contra la inferioridad y el desamparo ‑contra la
impotencia de cambiar la realidad de las cosas‑ o, a veces, también un
grito con el que aferrarse agónicamente a la vida a través de las escasas
ocasiones de alegría representadas, sobre todo, por los ritos de paso y por la
vida comunitaria. Y sólamente desde esta base puede entenderse la aceleración
histórica que supusieron, para la profundización del sentimiento andaluz y el
avance de la conciencia de pueblo, las masivas manifestaciones del 4 de
Diciembre de 1977 y 79 y el triunfo, por muy pocos esperado, en el referendum
de iniciativa autonómica del 28 de Febrero de 1980.
Por su parte, el relativismo o pragmatismo respecto a las creencias e
ideologías que no respecto a las personas y cuanto pueda afectar a la
autoestima, al igual que ha podido suponer una coartada cultural para la
inacción y el consentimiento, puede convertirse hoy en trinchera frente a los
diversos tipos de fundamentalismos que pugnan por apoderarse de las conciencias,
incluyendo el fundamentalismo del Mercado. Y podría, también, ser un punto de
apoyo básico contra el racismo, la xenofobia y el sexismo.
Por supuesto, también es necesario afirmar que existen plasmaciones
negativas de los citados rasgos estructurales. Caeríamos en un inaceptable
fundamentalismo culturalista, o al menos en un chovinismo estéril, si no
fuéramos conscientes de ello, esforzándonos por no alimentarlas. Así, por
ejemplo, ocurre con la fuerte dependencia respecto a personas concretas en las
que se pone una plena ‑y excesiva‑ confianza; con la debilidad
frente a los halagos, que hace que aceptemos papeles claramente subalternos,
siempre que se nos haga creer que con ello se ensancha nuestra autoestima; o
con la falta de solidez y continuidad de proyectos políticos andaluces... Todo
esto es cierto, pero, cara al futuro, a la que va a ser una dura lucha por
ocupar un nudo en la red y evitar caer en uno de los múltiples vacíos de su
malla, las estructuras de fondo de la cultura andaluza constituyen nuestra más
importante base para oponernos a los efectos perversos de la lógica del
Mercado, mediante el fortalecimiento y valorización de sus expresiones,
orientaciones y prácticas culturales que todavía no estén inmersas, al menos en
sus componentes fundamentales, en dicha lógica, como tampoco en la de otros
absolutos sociales como la Religión, el Estado, la "Razón" o la
Historia entendida como teleología. Y que pueden ser, por ello, instrumentos de
resistencia y de afirmación
identitaria.
En esta dirección, habría que fortalecer y desarrollar todos aquellos
referentes, valores, códigos, expresiones y contextos de nuestra cultura
andaluza no mercantilizados, o al menos que junto a un valor de cambio sigan
teniendo, en determinados contextos y situaciones, que es preciso apoyar y
revalorizar, un valor de uso y de referente identitario, como es el caso, por
ejemplo, del flamenco. Habría que devolver a nuestro Patrimonio Cultural su
potencial activador de la memoria colectiva y de la conciencia de identidad. Se
hace necesario profundizar en la idea machadiana, tan culturalmente andaluza,
de la distinción entre valor y precio.
5.3.-
POLÍTICA CULTURAL, POLÍTICA ECONÓMICA E IDENTIDAD ANDALUZA
¿Se está haciendo desde la Administración Autonómica una política
adecuada en esta dirección?. A pesar de que en el artículo 12 del Estatuto de
Autonomía se señale como "uno de los
objetivos básicos hacia los que ha de ejercer sus poderes la Comunidad
Autónoma" el de "afianzar
la conciencia de identidad andaluza, a través de la investigación, difusión y
conocimiento de los valores históricos, culturales y lingüísticos del pueblo
andaluz en toda su riqueza y variedad". Existen múltiples ejemplos del
incumplimiento de este mandato estatutario en los diversos niveles de la
enseñanza, en los que Andalucía no existe o, cuando aparece, es sólo un
apéndice de España o un divertimiento pintoresquista. Lo mismo ocurre en los
medios de comunicación de titularidad autonómica, la mayoría de cuyos programas
hacen un tratamiento inadecuado o folklorizado de nuestros marcadores
identitarios, desde el habla hasta nuestras fiestas, con una ausencia absoluta
de todos los contextos de conflicto y una lectura hueca y puramente retórica de
lo andaluz. Y este mismo incumplimiento se refleja en el propio lenguaje
administrativo de la Junta, donde parece estar prohibido el uso del término nacionalidad aplicado a Andalucía, aun
siendo este el que aparece en el artículo primero del Estatuto y no el de
"región", y donde se demuestra un constante y vergonzoso mimetismo
respecto a la administración central del Estado, como si Andalucía fuese
sólamente un territorio administrativo y no un pueblo con una cultura e
identidad propias.
Pero, aun siendo todo esto grave para la pervivencia y desarrollo de la
identidad cultural andaluza, más amenazadora es todavía para su mantenimiento y
desarrollo la estrategia económica que se viene diseñando para Andalucía. Dicha
estrategia se basa en la aceptación total y acrítica de la lógica del Mercado,
traducida en la inserción de nuestra economía y en la ordenación de nuestro
territorio en la forma más favorable posible, no desde la óptica de los
intereses y objetivos andaluces, aún estando estos claramente definidos en el
Estatuto de Autonomía, sino para la libre circulación del capital globalizado y
la mayor rentabilidad de este. Más allá de los devastadores efectos de esta
política sobre nuestro débil tejido industrial, sobre muchas de nuestras
producciones agrícolas ‑la mayoría de las cuales tienen un futuro oscuro
con arreglo a la PAC (Política Agrícola Comunitaria)‑ y sobre nuestro
mercado de trabajo, la política económica de la Junta de Andalucía, o, si se
prefiere, la falta de diferenciación de dicha política con respecto a las de
Madrid y Bruselas, está dinamitando, o
al menos debilitando , el sistema de valores de la cultura andaluza.
La adaptación pasiva a la más rígida ortodoxia de la lógica
mercantilista y a los valores de la ideología de la globalización se está
concretando en la especialización de Andalucía en dos sectores económicos: el
turismo como casi monocultivo y la agrícultura intensiva hortofrutícola. Casi
todos los demás sectores con una cierta significación económica, salvo muy
pocas excepciones, o están subsidiados como único medio para mantenerse, o se
encuentran en una situación de fuerte deterioro. Y más allá de las gravísimas
consecuencias económicas, ecológicas y para el Patrimonio andaluz, tanto
cultural como medioambiental, que tiene la opción elegida, como ésta se basa en
la “especialización competitiva" cara al Mercado, sólo puede avanzar si
los andaluces interiorizamos los valores de la nueva "cultura empresarial”
y de la nueva ideología sobre el trabajo: los valores de productividad , competitividad , empleabilidad sin condiciones, desregulación de las relaciones
laborales, y varios otros que comparten códigos simbólicos y generan prácticas
sociales que son incompatibles con los rasgos estructurales de la identidad
cultural andaluza: como ya hemos señalado, el antropocentrismo, la no interiorización
de la inferioridad y el relativismo respecto a las ideas y mercancías.
Así, el monocultivo turístico, que ha deteriorado ya gravemente gran
parte de nuestras costas y está agrediendo ahora a varias de nuestras sierras y
a nuestras grandes ciudades monumentales, y que se nos trata de presentar, en
forma de turismo rural, turismo cultural y otras variantes, como si fuera la
única alternativa real al abandono de las actividades agrícolas, ganaderas,
pesqueras e industriales y una base para conseguir un desarrollo sostenible
(?), genera subalternidad no sólo económica, sino también, y sobre todo,
simbólica, dado el tipo predominante de servicios que conllevan las actividades
que con el turismo se relacionan y el control que sobre ellas tienen los capitales
trasnacionales de los touroperadores .
La asunción de la inferioridad en las relaciones autóctonos‑turistas y la
sumisión simbólica que dichas relaciones conllevan se desarrollarán,
inevitablemente, si se define al turismo como la actividad económica en la que
ha de centrarse el futuro de nuestro país andaluz. Distinto sería que el
turismo fuera una entre varias fuentes económicas: entonces, las relaciones
entre autóctonos y turistas podrían ser más simétricas, al no depender de estos
últimos el conjunto de la economía. Es lo que ocurre, por ejemplo, en la
Toscana: que siendo Florencia, Siena y otras ciudades eminentemente turísticas,
apenas existe esa subalternidad, ya que la región posee también muy importantes
industrias en diversos lugares, como las fábricas de vehículos en Prato, y una
industria agroalimentaria de gran significación, con producciones tan famosas
como el vino chianti
En cuanto a la agricultura hortifrutícola intensiva, orientada
totalmente hacia las producciones extratempranas para surtir los mercados de
los países centrales de la Unión Europea, constituye, de hecho, una a modo de
"nueva aparcería" en la que el control de la comercialización y de
los cada vez más necesarios insumos por parte de compañías de capital trasnacional,
ponen a las familias de los nuevos
agricultores prácticamente en manos de los bancos y de esas grandes
compañías. Pero, además, como este tipo de agricultura no es viable
económicamente más que basada en una sobreexplotación de la mano de obra
familiar y, sobre todo, de los inmigrantes sujetos a salarios y condiciones de
trabajo éticamente inaceptables, el desarrollo de esta nueva agricultura , aunque se nos presente como la prueba de un
aparente gran éxito y la expresión de la modernidad tecnológica y de la iniciativa
empresarial, no es sino una nueva fuente de subalternidad para mujeres y niños
y un motivo de explotación salvaje de inmigrantes sin apenas derechos que
alimenta el racismo. Porque, ¿cómo sino alimentando la creencia de que moros y negros constituyen colectivos inferiores ‑sea ello debido a
sus supuestas "razas" o a las pretendidas características
"prirnitivas" de sus culturas y religiones‑ los pequeños y
medianos nuevos agricultores andaluces, muchos de ellos antiguos campesinos o
jornaleros‑campesinos, iban a poder justificarse a sí mismos por la
sobreexplotación y las discriminaciones de los inmigrantes, sobre todo de los sin papeles ?
Conviene ser conscientes de que lo que llaman los publicistas del
globalismo "plena integración en la modernidad", "incorporación
a los mercados" y "avance en la competitividad" supone no sólo
un aumento de la dependencia y la subalternidad económicas, sino la producción
inevitable de orientaciones cognitivas, valores y códigos culturales que son
totalmente opuestos a los que constituyen la base de las formas y expresiones
más liberadoras y profundamente humanas de la cultura andaluza. La extensión de
los valores que sacralizan la competitividad,
causa directa de múltiples insolidaridades y de graves fracturas sociales,
y la máxima eficacia económica a
cualquier precio, justificando siempre los "costos colaterales" para
lograrla, van en sentido contrario a los más positivos valores de nuestra
identidad cultural. Por ello, están minando las bases de esta y corremos el
peligro de que muchas de nuestras expresiones culturales lleguen a deteriorarse
de forma irreversible en cuanto a su significación y valores de uso,
manteniendo si acaso sólo sus características formales, como cáscaras sin
contenido, según sea su cotización en el mercado turístico. Si la dinámica
actual se acentúa, nuestras fiestas populares correrán el peligro de
convertirse en espectáculos para turistas, nuestro urbanismo en decorado sin
vida para admiración de visitantes curiosos, y nuestros monumentos en excusa
para instalar taquillas con boletos. Y no digamos lo que ocurrirá al flamenco y
a otras expresiones de nuestra cultura que, ya desde hace tiempo, vienen siendo
desactivadas de buena parte de su carga significativa con la excusa del cuidado
de las formas, o están siendo objeto de un consumismo degradado y degradante.
5.4.-
LA IDENTIDAD ANDALUZA COMO RESISTENCIA Y COMO PROYECTO
Para tratar de impedir lo anterior, no basta, aún siendo ello
necesario, con reafirmar la necesidad de profundizar en la conciencia de
identidad andaluza, ni es suficiente actuar en el nivel que generalmente suele
entenderse como "cultural”. Se hace imprescindible, también, señalar lo
que significa la asunción plena de la lógica del Mercado y de los valores de la
competitividad y el consumismo en cuanto a la producción simbólica: respecto a
la generación e interiorización de representaciones ideáticas, orientaciones
cognitivas, valores, expresiones y comportamientos que chocan con la lógica no
utilitarista (en términos de competitividad y eficacia economicista) que está
en la base de los rasgos estructurales de la cultura andaluza. Y se hace
totalmente necesaria la confrontación con quienes todavía niegan la existencia
de una específica identidad histórica y cultural de Andalucía desde los
distintos tópicos y escolasticismos. Tanto si estos responden a los intereses
del nacionalismo de Estado, según el cual no existe sino una “cultura
española", dentro de la cual lo andaluz no sería sino una parte o
variante, como si son consecuencia del reduccionismo economicista, según el
cual no existe posibilidad de una cultura específica en los pueblos que han
caído en el subdesarrollo como consecuencia del colonialismo, externo o
interno. Como hay que oponerse, también, a los publicistas del globalismo, con su "pensamiento
único", que afirma la supuesta desterritorialización y propone una
pretendidamente aséptica "ciudadanía del mundo", como una inexorable
expresión del "progreso", contra el cual estarían las identidades colectivas
de los pueblos.
Para que nuestra identidad histórica y cultural no se deteriore más aún
de lo que ya está, y pueda desplegarse
creativamente, debemos evitar caer en el "síndrome del colonizado",
exacta expresión con la que Franz Fanon denominó la interiorización enfermiza
de la dependencia y la subalternidad por parte de los pueblos dominados, con el
consiguiente ocultamiento o minusvaloración de sus culturas propias. De lo que
se trata, fundamentalmente, es de consolidar nuestra identidad cultural, de
reafirmar nuestra memoria histórica colectiva y de desarrollar nuestra
identidad política para construir lo que el ya citado Manuel Castells ha
denominado "identidad‑resistencia: la que han de desarrollar los pueblos
en posición dependiente y subalterna, para asegurar su supervivencia en base a
los referentes simbólicos, los valores y los códigos culturales que les son
propios y que se enfrentan objetivamente a la lógica de las instituciones
dominantes. En el caso andaluz, la significación de buena parte de estos referentes,
valores y códigos es contraria a la lógica del Mercado que trata de imponer la
mercantilización deshumanizada a todos los ámbitos de la vida social e
individual. Participar de esta "identidad-resistencia”
debe convertirse en un acto
consciente porque, objetivamente, significa distanciarse de la "identidad legitimadora" que
racionaliza, legitima y asume el sistema de dominación y hace aceptar la
subalternidad, la dependencia y, en última instancia, la propia pérdida de
identidad. No es posible participar, a la vez, en ambos tipos de identidad, ya
que, aunque puedan tener elementos comunes, sus lógicas son incompatibles. Por
ello, no se puede participar hoy de la identidad cultural andaluza y aceptar,
al mismo tiempo, los contenidos económicos, políticos y culturales de los
discursos legitimadores del Mercado y del Estado como absolutos sociales, por
encima de los intereses de los pueblos y de las personas. Pero la identidad‑ resistencia que puede
generar hoy la cultura andaluza no debe ser entendida como un fin en sí misma,
sino como un medio, una necesaria etapa previa, hacia la construcción de una "identidad‑proyecto" encaminada
a hacer posible una sociedad menos desigualitaria e injusta que la actual,
mediante una transformación profunda de la estructura social interna y la
finalización de la dependencia y la subalternidad externas.
Y para que lo
anterior sea posible, es necesaria la reafirmación de la identidad cultural y
de la identidad histórica y el avance de la identidad política. Lo que debe traducirse
en el fortalecimiento de la conciencia de las tres dimensiones identitarias y
en el protagonismo andaluz, desde
nuestros propios intereses y nuestra propia lógica cultural, en el escenario
del Estado Español y de la Unión Europea.
5.5.- IDENTIDAD ANDALUZA, MULTICULTURALISMO E
INTERCULTURALIDAD
En modo alguno se trata de levantar muros, de practicar
ensimismamientos, ni de alentar autosuficiencias. La cultura andaluza, por la
índole del proceso histórico del que es resultado y de la singular "superposición
de temporalidades" que reflejan sus elementos, posee unas bases óptimas
para, desde ella, oponerse a cualquier tentación chauvinista, xenófoba o
intolerante. Es, también, evidente que, hoy, Andalucía, como cualquier otro
país del mundo, más allá de su grado de institucionalización politica, vive en
una situación crecientemente multicultural. Pero, en relación a la identidad
andaluza, esto no constituye una novedad absoluta, ya que en muchos periodos de
su historia ha predominado la plurietnicidad y el multiculturalismo, que sólo
se hicieron imposibles por la acción de los poderes políticos y religiosos que,
provenientes del Norte y del Sur, según las épocas, destruyeron con sus
fundamentalismos doctrinarios el clima de tolerancia existente en nuestro
territorio.
El reforzamiento de la identidad andaluza no se contrapone al
multiculturalismo y a la aspiración de interculturalidad. Sí se contrapone a la
homogeneización impuesta desde los centros de poder cultural, político y
económico que están interesados en que los pueblos pierdan su identidad. En
Andalucía, como en cualquier otra sociedad, existe actualmente una mayor
diversidad cultural que casi en cualquier otro tiempo. Y esta diversidad
constituye una riqueza, aunque esto sea negado por la ideología del globalismo.
Diversidad que procede tanto de la diversidad interna de la cultura andaluza,
como de la presencia de nuevas minorías culturalmente diferenciadas. Y en el
futuro, por este doble motivo, la diversidad se acentuará. Debemos prepararnos
para ello desde su valoración como un enriquecimiento y no como un problema.
Desde una actitud no sólo de tolerancia ‑que significa, a lo más, la
aceptación de la coexistencia entre extraños‑, sino de reconocimiento,
respeto, valorización y apoyo del despliegue de las diversas culturas en un
horizonte de diálogo democrático intercultural que hoy no es aún posible más
que como proyecto, por la asimetría y desigualdad en que se encuentran los
grupos humanos que constituyen sus soportes.
Esta actitud, para ser algo más que un vacío discurso “políticamente
correcto", requiere cambios legales en diversos ámbitos, muy especialmente
en lo que refiere a la consideración y derechos de los inmigrantes de países
externos a la Unión Europea. Y supone, también, una profunda transformación en
el concepto de ciudadanía en la
dirección que ya señaló Blas Infante, cuando soñaba una Andalucía “en la que
nadie sea extranjero".
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