REVISTA DIGITAL EDITADA POR EL CENTRO DE ESTUDIOS HISTORICOS DE ANDALUCÍA Y LA ASOCIACIÓN CULTURAL ALMENARA PARA EL PROGRESO Y EL DESARROLLO DE ANDALUCÍA

¡Qué pacto el de aquel día!

Manuel Ruiz Romero

Centro de Estudios Históricos de Andalucía

Tal día como hoy hace veinticinco años, un amplio conjunto de formaciones políticas andaluzas suscriben en la ciudad de Antequera el denominado Pacto Autonómico, encaminado a establecer una estrategia unitaria en favor de un autogobierno dentro del marco constitucional, e indisolublemente unido a la restauración democrática. Inspirado en una propuesta suscrita tres meses antes en el llamado entonces País Valenciano y aún con una denominación idéntica, once fuerzas políticas rubricaron solemnemente un compromiso para alcanzar “dentro del plazo más breve posible, la autonomía más eficaz”.

Cabe recordar que por entonces, las competencias del ente preautonómico andaluz eran prácticamente simbólicas y los recursos realmente pobres. La primera Junta de Andalucía, como órgano de gobierno propio con personalidad jurídica propia, tal y como la definía el propio Real Decreto de puesta en marcha de la preautonomía, venía recibiendo serías críticas a su falta de incidencia sobre la cruda realidad, y en ese contexto de condicionantes estructurales es donde hay que enmarcar la aparición del Pacto. Fundamentalmente, el mismo concreta la voluntad de consenso para el futuro de unas fuerzas políticas que comparten el instante constituyente, y que se niegan a reducir este periodo vital y transitorio a una simple descentralización jurídica en espera a que la Carta Magna dicte el camino a seguir en la consolidación de las libertades.

De la mano del no pocas veces olvidado senador Plácido Fernández Viagas como primer presidente de la Junta, y a diferencia del texto valenciano, el acuerdo andaluz no hacía expresa su voluntad para lograr la autonomía por el artículo 151 de la Constitución, aunque los términos genéricos que emplea podrían hacer entender que se alude a la vía que marca el procedimiento excepcional. La cita en la histórica localidad malagueña vinculaba el logro de la autonomía a una Ley de Leyes que se votaría en referéndum dos días más tarde, y desde luego, constituye junto a la constitución de la Asamblea de Parlamentarios andaluces, el hito político más importante de primer gobierno del ente preautonómico andaluz.

Gracias a esta estrategia unitaria acordada, las Corporaciones locales de la mano de la primera institución que apoya la vía del artículo 151 –Puerto Real, 21 de abril de 1979-, respaldan con unos contundentes porcentajes dicha modalidad autonómica. Sin embargo, al hilo de la elaboración de la Ley de Referéndums y de cara al 28 de febrero, el 21 de enero de 1980, dicho acuerdo era ratificado de cara a la consulta, y a tenor del cambio de posición adoptado por UCD. Este último hecho, marcaría definitivamente su trascendencia política.

En un contexto de estéril y permanente enfrentamiento partidista que se traslada al plano de las instituciones, se nos antoja paradójico celebrar aquella unanimidad táctica alrededor de una autonomía –hay que recordar-, indisolublemente unida al marco constitucional. Es obvio que eran otros tiempos. No obstante, se posibilitaban espacios y tiempos para actitudes más conciliatorias, eficaces y coordinadas: eso es justo lo que quieren los andaluces. Una vez más confío en la Historia para valorar el presente y mirar al futuro. Más parece que,... cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.


 

 

De la conciencia silenciada

a la Andalucía necesaria

Manuel Ruiz Romero

Centro de Estudios Históricos de Andalucía

 

Entiendo que desde que el Presidente andaluz anunciara que nuestro Estatuto de Autonomía podría ser reformado durante el Debate sobre el Estado de la Comunidad del año 2001, hemos perdido un tiempo precioso para proceder a una pausada, consensuada y objetiva evaluación de lo que han sido estos 25 años de Junta de Andalucía.

Desde que ésta se constituyera en 1978 no cabe duda que la realidad ha cambiado sustancialmente, y en estos instantes, parece -cuanto menos-, complicado que el debate pueda desarrollarse de una forma sensata y fuera de un marco demagógico. Tanto por la realidad de nuestro Estado que, por diferentes razones, va a sufrir una sustancial modificación; y por el hecho también, del intenso periodo político que nos disponemos a vivir, todo indica que nos encontramos lejos del adecuado marco de estabilidad para afrontar, con voluntad de consenso e implicación social, un debate a todas luces es necesario. El coste de la no reforma comienza a ser para los andaluces un sustancial lastre, y aunque esta conclusión –entiendo- podría ser también aplicable a la Carta Magna, tampoco puedo excluir de la misma el hecho de que el legítimo marco electoral también pudiese ser un escenario propicio donde las diferentes formaciones políticas presenten a la ciudadanía sus propuestas al respecto.

Dicho esto, y con la necesaria brevedad que se deduce de todo artículo de opinión, procedo a comentar algunas cuestiones relacionadas con la educación y la cultura en el marco de ese debate. Lo hago desde tres premisas que considero básicas: La existencia de una cultura andaluza diferenciada más allá del preocupante reduccionismo flamenquista que apunta la segunda modernización; el importante valor añadido que significa el que los andaluces posean un serio grado de autoconciencia sobre la misma, y el que ambas realidades implican una sustancial trascendencia política en aspectos tales como cohesión social, conciencia autonomista, identificación con las instituciones de autogobierno, protagonismo de la sociedad civil o posición crítica ante no pocos aspectos de la RTVA,... por citar algunos ejemplos.

Así considero irrenunciable la presencia en el articulado de los extremos contemplados en el vigente art. 12.3.2. como percepción identitaria que implica un carácter dinámico, permanente y evolutivo para con nuestro pueblo. Sobre este precepto, nos encontramos ante una evidente pérdida de normatividad en el desarrollo estatutario, y no tanto ante una situación donde sean necesarias nuevas competencias. Más bien correspondería aplicar con profundidad las ya asumidas como Comunidad Histórica que somos fruto de nuestro particular sexenio estatutario (1977-1982). Es más, en los campos de la educación y la cultura, considero que no es tan necesario una nueva negociación de transferencias con el poder Central, sino un ejercicio sensato y riguroso de las plenas competencias delegadas a nuestra Comunidad.

La trascendencia de la cultura y la educación debe empapar la estructura administrativa y de servicios de toda la Administración autonómica, y ello implica que debe corresponsabilizar todas las actuaciones, servicios y sectores de la administración. Desde Canal Sur hasta la formación de los guías turísticos, pasando por la formación permanente del personal de la Administración hasta de nuestros jóvenes, y recalando en los iniciáticos libros de textos o los temarios universitarios. En toda esa riqueza constato que existe un serio quebranto a una de las razones fundamentales que dieron sentido y origen a nuestro autogobierno, con objeto de que no fuese una mera descentralización administrativa. En cierta medida, el abstracto modelo de sociedad y de cultura universal e intercultural que nos envuelve nos acerca a un fundamentalismo de mercado en donde Andalucía es un escaparate más que nos acerca a formas culturales homogeneizantes, despersonalizadoras y alienantemente ociosas.

Por todo, en los ámbitos del mundo cultural o educativo, Andalucía cuenta con un significativo nivel de competencias que deben ser desarrolladas en beneficio de una visión más completa de nuestra autonomía, de la misma forma que existe un importante margen para la voluntad política que podría aplicarse en beneficio de esta Comunidad Autónoma, sobre la bases de acuerdos semejantes que ya existen, y sin necesidad de reforma estatutaria: la gestión del Archivo de Indias, Doñana, la Alambra,...por citar sólo algunos ejemplos.

Hoy, más que nunca, y como ya intuyera Blas Infante, la definición de Andalucía debe venir marcada por la multiculturalidad, como elemento conformante de una identidad propia y definida. La cultura andaluza y su socialización por medio de procesos educativos es un valor de resistencia y con ello, debe ser motor y guía de un proyecto de nueva identidad cívica con el que remover la asimilación homogenizante que confunde y disuelve nuestra genuina aportación a España y la Humanidad.

 

 

¿ Qué celebramos con Trafalgar ?

Manuel Ruiz Romero

Centro de Estudios Históricos de Andalucía

Nadie sensato puede sustraerse a la posibilidad, aireada a los cuatros vientos por nuestros presentantes, del hecho que puede representa para determinados municipios de la provincia en orden económico el bicentenario de la batalla de Trafalgar. De la misma forma que los aniversarios nos hacen a las personas reflexionar sobre nuestro presente, pasado y futuro, la posibilidad siempre enriquecedora de una efemérides es un magnífico argumento para incitar a la reflexión de los pueblos. Quizás motivados también por la mano de algún avispado escritor o desde la mente de un astuto director de marketing de su empresa editora, los fastos de la conmemoración se ha puesto en marcha de cara al inminente 21 de octubre del año en curso, donde se pretenden evocar los doscientos años de un evento naval a caballo entre el ocaso de un sol que representó siempre en su cenit la supremacía de nuestro imperio, y que daría paso después al del idioma de Shakespeare, en ese continuo reparto de poderes que representa la Historia.

Instituciones, políticos, alcaldes y, sobre todo, dignos expertos en un pasado del que no extraen conclusión alguna para el futuro, se prestan a celebrar, no uno sino tres congresos científicos, una parada militar con sensible manto de flores incluido en homenaje, un hermanamiento entre puertos, novedosos trabajos de recuperación arqueológica submarina, piadosos actos intereclesiásticos, el consiguiente cuarto mitad de nominaciones para plazas, calles, paseos y hasta algún que otro colegio o centro socio cultural. Incluso, contando con la obligada escultura a los caídos de rigor como adorno imprescindible a grandilocuentes discursos.

El intento, por lo pronto ya ha ocupado un espacio destacado en Fitur, en lo que me recuerda es ese particular y morboso tour de turistas que ha dado comienzo, aparentemente solidarios, y con la sola intención cámaras al hombro –se alega-, de colaborar con la reconstrucción de la zona desbastada del último desastre natural y recuperar así un rentable contexto paradisíaco perdido entre lodos. Lo curioso de todo es que, un hecho como el que aludimos, el cual hasta ahora no ha merecido la más mínima de las atenciones más allá de los libros de una historia que se enrroca por continuar pivotando sobre batallas, reyes y conquistas, resulta ahora un imprescindible instrumento para dar a conocer el entorno o potenciar su posibilidad turística.

Todo eso está muy bien. Que conste que no me niego a nada. Ahora bien, no basta con repetir mil veces que no se va a festejar la batalla. No hay que perjurar que sólo se conmemora aquel suceso. Por ahora, sólo me conformo con un nuevo objetivo entre los organizadores: extraer conclusiones de los errores de la historia para no volver a repetirlos. Esa sería la generosidad y altura de miras que debería primar sobre todas las actividades: Aprendamos para el futuro de una decadencia donde la protagonista no es una España donde a partir del hecho ya se ocultaba el sol, sino de una Humanidad que dos siglos después continua utilizando sofisticadas armas para dirimir sus diferencias.

Es cierto que este rincón de una Andalucía rica en civilizaciones y pobre en imaginación, tiene tesoros ocultos más importantes y atrayentes a ojos de los posibles visitantes. Pero no es menos cierto que habremos desaprovechado una ocasión importante si no observamos ante el evento ese pequeño, pero trascendente matiz cívico, sobre todo entre escolares, y si en cambio, convertimos por mor de rancios tópicos militarista el acontecimiento en un nuevo Pearl Harbort. Resulta sorprendente recordar el hecho de que aún hoy, muchos municipios entre fanfarrias neofranquistas celebran la expulsión de los andaluces musulmanes. Incluso, no falta quienes sin darse cuenta que estamos –aunque no lo parezca-, en plena campaña electoral alrededor de la Constitución Europea, aún celebran anualmente la victoria en Bailen sobre el ejército frances.

A uno le cuesta trabajo imaginar a tanto barato pacifista de pin celebrando batallas, con tanta intensidad como haya podido rechazar la guerra en Irak. Y dado que las guerras son siempre perversas rechacémoslas y eduquemos para buscar alternativas. Da igual que se hagan con arcabuz o cimitarra, ya sea de la mano de la OTAN o a través de misiles intercontinentales. Espero que nuestros descendientes tengan la sensibilidad suficiente como para darse cuenta de la perplejidad que puede significar el que se conmemorase el asedio norteamericano a Faluya para incentivar el desarrollo de Irak. Seamos capaces de impulsar nuevos valores dado que las batallas sólo sirven para recordarnos la tragedia humana y una loca carrera que siempre conducirá a un ciego y falso concepto de desarrollo y civilización. Desde este pequeño rincón reclamo la posibilidad de otro mundo por encima de meros intereses comerciales. Queda inaugurada la polémica.


 

 

 

INFANTE PÉREZ, B., La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado libre de Andalucía, (Publicaciones de la Junta Liberalista de Andalucía), Sevilla, Impr. Alvárez y Zambrano, 1931; Reed. en Granada, Aljibe, 1979.

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Sabido es que la experiencia y sabiduría acumulada por la edad supone una mayor plenitud para las personas, y en el caso que nos ocupa, como última obra escrita que la vida posibilitó a Blas Infante, nos encontramos ante el que es con seguridad el volumen que mejor concreta sus inquietudes y su constante búsqueda del Ideal Andaluz, elementos ambos básicos en la personalidad de nuestro protagonista.

En cualquier caso, los contenidos del libro que nos ocupa, se encuentran sujetos a la propia dialéctica –aparentemente contradictoria- sin la cual, no puede calibrarse la intensidad de la doctrina infantiana. Por ello, antes de acercarnos a su contenido, encuentro obligado el realizar algunas consideraciones sobre su pensamiento con objeto de precisar la profundidad y calidad que suponen el conjunto de reflexiones, hechos y pretensiones que esconden sus frases.

A sabiendas del intencionadamente malentendido nacionalismo internacionalista que invoca Infante: es decir, humanista, cívico y solidario; pese a todo, conviene recordar que nuestro personaje, aunque asume los hechos derivados del pluralismo democrático de unas urnas, desconfía de que, con sólo el simple cambio de régimen se pueda alcanzar la transformación esperada en el corazón de los andaluces. Y esa percepción, queda fuera de lo convencional, al cristalizarse justo en el instante donde todas las fuerzas políticas tradicionales andan expectantes tras la llegada de la segunda experiencia republicana. Eso, precisamente, otorga fuera de los circuitos ordinarios una dimensión revolucionaria y humanista a su ideología.

Por otra parte, y dentro de los obligados comentarios sobre las aparentes contradicciones, cabría también aludir a la especial relación de Infante con las convocatorias electorales que él puede vivir. En la siempre crítica identificación que su teoría y praxis mantienen con la vida política -la convencional, profesional y efímera (mercantilista y sólo de imagen como diríamos hoy)-, el notario de Coria accede sin embargo, a concurrir una vez más a un proceso de ese tipo, y al margen de hacerlo con una gente y de una forma muy peculiar, tal y como más adelante analizaremos, queda claro que en su concepción de la vida pública, el hecho antes que contradictorio por cuanto siempre criticado en mucho de sus extremos, debemos de interpretarlo como un método más para la difusión y la confrontación de sus ideas con otras.

No hay que perder de vista que a este republicano convencido no le bastaba con un cambio de sistema político. Es de prever que sus conocimientos en el campo jurídico le hicieran dudar de un régimen que, como a él gustaba decir, conservaba, y por tanto perpetuaba, las estructuras y sistemas heredados del caciquismo. Paralelamente, conviene no olvidar que el reconocimiento a su labor pro autonomista llegaría tarde: Justo el 5 de julio de 1936 cuando durante la segunda Asamblea Regional andaluza celebrada en la Diputación de Sevilla, se le nombra Presidente de honor del futuro órgano autonomista (Junta Regional); y ello, indudablemente habría podido significar una tentación para otra persona ajena a sus cualidades morales, a la hora de inscribirse en un partido tradicional y participar de la política al uso. No obstante, nada de ello ocurre, y a diferencia de otros padres de la patria, Infante no recurre al españolismo último que define la vida y el pensamiento de Sabino; ni a diferencia de Companys, no le hace reconvertir al territorio primero en baluarte y más tarde pesadilla de la República.

En la obra que comentamos vamos a encontrar algunas cuestiones que considero de vital interés, como he advertido ya, para cotejar la madurez y la propia evolución del pensamiento infantiano. En primer lugar, y de hecho justifica la propia obra, el autor describe el origen, desarrollo y objetivos de la candidatura Republicana Revolucionaria Federalista Andaluza. A través de las páginas el también candidato aporta su punto de vista sobre el pretendido “complot de Tablada” (en alusión a la base militar aérea de Sevilla), como supuesto conspirativo con el que el Gobierno Provisional de la República, desacredita primero e invalida más tarde, una lista caracterizada por su espíritu político atípico y revolucionario, donde se dan cita personajes muy dispares.

En este marco es donde podemos conocer las inquietudes de Infante para con el nuevo régimen, sus aspiraciones al presentarse de nuevo a una convocatoria electoral, sus relación personal e ideológica con cada uno de los componentes de la candidatura(,) y en definitiva: el objetivo al que el hombre de Casares pretendía acercar a Andalucía. Y entre todo ello destacan dos cuestiones que, a mi entender, resultan despejadas en el volumen.

En primer lugar, el concepto que el notario tiene de la autonomía política como herramienta para transformar Andalucía y los territorios que conforman una España cooperativa. Ello mientras nos cuenta cuales son los primeros pasos que –una vez más-, él junto a sus círculos realizan para movilizar a las instituciones. Como ya se hiciera el 29 de noviembre de 1918, será el 7 de mayo de 1931 cuando la Agrupación Republicana Federal Andaluza vuelva a dirigirse por escrito a las instituciones hispalenses para demandarle actuaciones concretas en pro de un proceso, que por vez primera en la historia encajaría ese mismo año dentro del ordenamiento constitucional. El devenir del intento ya se encuentra suficientemente investigado en su conjunto, y desde luego, ya hoy día, nadie documentado puede negar que fue el golpe militar quien cercenó de raíz y violentamente tal posibilidad. De la misma forma, es justo también decir que el impulso autonómico supera la propia labor teórica y las limitaciones del ideal infantiano, para pasar a convertirse -insistimos con todas sus contradicciones y dificultades-, en un proceso institucional liderado desde la Diputación de Sevilla por Hermenegildo Casas.

En segundo lugar, el texto constata la estrecha relación personal e ideológica de Blas Infante y Pedro Vallina. No cabe duda que las páginas recogen una profunda y emocionada admiración del nacionalista hacia el anarquista, y que resuman, igualmente, una sana envidia personal hacia la relación de pareja que el médico cenetista mantiene con su esposa Josefina, como persona que le acompaña -con ejemplaridad franciscana dice-, en sus ideas(,) exilios y persecuciones. Entre el asombro y la comparación con su propia realidad matrimonial, se declara así Infante testigo de las docenas de hogares que les han destruido. La amistad entre ambos venía de lejos y no cabe duda que el nuevo acercamiento de Infante a los procesos electoreros –como él los despreciaba-, tendría que venir paradójicamente de un anarquista heterodoxo que, justo por esta concurrencia, rompe con la línea ortodoxa y oficial de su sindicato. La mutua confianza personal en suma es lo que les atrae al intento, y ello nos lleva necesariamente también a vincular el pensamiento y la decepción de Infante hacia los hechos relatados a una cercanía con la tesis anarquistas, desde donde se justifica su distancia con la política habitual formalizada ahora por una izquierda tradicional, centralista, obrera y republicana.

Pero regresemos al eje temático alrededor del cual gira la obra y las divagaciones de Infante en el sentido apuntado. Al hilo de las elecciones constituyentes de junio de 1931 sobre una lista común y una determinada provincia coincidirían unas biografías que antes y después del hito al que nos referimos, dibujarán unas trayectorias muy dispares : Ramón Franco, Rexach, Balbontín, Infante, Vallina, o Carrión. A estos tres últimos especialmente les unía su profunda preocupación por la realidad del campo andaluz, y de hecho, anteriormente, habían coincidido participando en una Comisión Técnica al objeto de elaborar el borrador de una Ley de Reforma Agraria.

Hasta ahí todo resulta normal. Una vez comienza la campaña electoral, y pese a los impedimentos gubernamentales el entusiasmo -según Infante- era manifiesto; pero la incertidumbre de los resultados aumentaba, y ello preocupaba a las candidaturas convencionales de la izquierda, en la medida que gran parte del esfuerzo estaba destinado a poner los porcentajes de abstención al respaldo de la novedosa lista revolucionaria, la cual tendía a canalizar descontentos.

Las acusaciones vertidas -y nunca probadas-, para desacreditar la candidatura (el romance truculento le llama Infante) acabarán finalmente por hacer desistir a los protagonistas, bajo acusaciones de sedición militar a una treintena de mandos de la citada base aérea (unos trescientos dice la prensa aludiendo a declaraciones del propio Ministro Maura). Lo cierto es que(,) ese pretendido ejército de jornaleros con el que se pretendería ocupar Sevilla y proclamar entre veleidades islamitas el Estado Libre de Andalucía, no fue, -y a la bibliografía que adjuntamos nos remitimos-, sino una invención orquestada para disuadir las expectativas de votos hacia dicha candidatura. Pese a que el tema ha sido literalmente despreciado por la historiografía realizada por el pretendido progresismo sevillano, alguien tan objetivo como Tuñón de Lara en el libro que citamos, nos advierte sobre las curiosas cifras y porcentajes que la contienda comporta para la coalición oficial republicano-socialista. Unos sorprendentes resultados que vienen a coincidir con elevados porcentajes que casi rozan el cien por cien –sintomáticamente-, con aquellas poblaciones con una mayor implantación cenetistas, y, por tanto, presuntamente con los mayores índices de abstenciones o favorables a la atípica lista.

Pero el libro también desciende en los detalles. Será el 24 de junio, cuando durante un mitin en Lora del Río, el escenario repentinamente cae provocando la lesión de Franco. Infante, allí presente, ofrece sus explicaciones, siempre en su libro, insinuando un quebranto intencionado del eje para hacer caer a cuatro personas del plano. Aún así, reconoce que existían “travesaños podridos”. De esta forma, Franco es trasladado en un principio a la enfermería de la Base Área con “fractura completa del tercio inferior de la pierna derecha, pronóstico grave”, y siempre según las consignas oficiales, se logra impedir los hechos.

Nuestras investigaciones en archivos militares han puesto de manifiesto que el complot realmente se encuentra lleno de injurias, y que la aislada causa militar instruida convierte los indicios en acusaciones fundadas. Sospechosamente también, el exitoso jefe militar que pacifica la situación es Sanjurjo, quien en “prevención de incidentes” ocupa la ciudad dentro de una estrategia que repetiría el 10 de agosto de 1932. Por ello, nos atrevemos a vislumbrar la conjunción de varios intereses de distinta índole y profundidad en la contradictoria trama: una político-electoral encaminada a eliminar competidores por la izquierda a la conjunción que finalmente saldría ganadora, y otra más reaccionaria y abiertamente contraria al republicanismo desde el golpismo, con la que se comenzaría a calibrar la capacidad de respuesta del ejército contra el régimen.

Es necesario también comentar que, pese a los débiles argumentos que aportan los documentos inéditos encontrados para justificar la pretendida rebelión militar y campesina denominada por el propio Infante en su libro como “paparruchada”, las autobiografías de Vallina, Balbontín, e incluso el propio testimonio de la viuda de Ramón Franco, apuntan la existencia de algún tipo de actividad más allá de la puramente electoral. No obstante, no sólo no concretan la cuestión, sino que las expresiones utilizadas pueden ser atribuidas a las propias pretensiones revolucionarias de la candidatura, a sus intenciones programáticas, más que a intereses secesionistas por los que también se acusa a la propia Generalitat de estar tras de ellos.

De este modo, y a diferencia de otras publicaciones, Infante presumiblemente, escribe su libro intentando seguir el hilo conductor de los acontecimientos y de su propio recuerdo; con todo, el coraje y su perplejidad ante lo sucedido le hace constantemente referirse a la bondad de sus pretensiones entre acusaciones directas a la imbecilidad popular y(, )a la persistencia de un sistema caciquil ahora orquestado por quienes se decían querían traer una nueva España.

En definitiva, nos encontramos ante un libro de obligada lectura para la comprender la profundidad de la vida, obra y pensamiento de Blas Infante. El diario El Liberal calificó los hechos de “ficticio complot”, la respuesta de Infante fue coherente con su trayectoria y consecuente con su método: escribir un libro, impulsar sus actividades en pro de la autonomía, y para el desarrollo de las mismas, legalizar la Junta Liberalista de Andalucía como vehículo “político” con el que pretende recuperar la dinámica generada por los Centros Andaluces. Las causas revolucionarias en la República se tornan a ojos de Infante(,) como inviables para ser canalizadas por unos partidos institucionalmente profesionalizados en los lastres de un sistema corrupto heredado. De ahí surgirá su idea de una Tercera República con la que España y Andalucía podrían avanzar hacia la modernidad y el federalismo.

Manuel Ruiz Romero

Doctor en Historia Contemporánea

mansusi@terra.es


 

Bibliografía complementaria y específica:

- BALBONTIN, J.A., La España de mi experiencia, Méxio,1952, p. 234-235.

- CHERNICHERO DÍAZ, C.A., “La Candidatura Republicana revolucionaria federalista andaluza a las Cortes Constituyentes de 1931. La visión de un diario conservador de provincias”, en IX Congreso sobre el Andalucismo Histórico, Sevilla, Fundación Blas Infante, 2001, pp. 173-186.

- DIAZ, C. (Vda. de Ramón Franco), Mi vida con Ramón Franco contada a José Antonio Silva, Barcelona, Planeta, 1981.

- GUTIÉRREZ MOLINA, J.L., "Blas Infante y el anarquismo andaluz. Intervención y consecuencias de los sucesos de mayo de 1932 en Sevilla", en Actas del VIII Congreso sobre el Andalucismo Histórico, Sevilla, Fundación Blas Infante, 1999, pp. 373-389.

- RUIZ ROMERO, M., “Aportaciones para el esclarecimiento del supuesto Complot de Tablada”, en Actas del IX Congreso sobre el Andalucismo Histórico, Sevilla, Fundación Blas Infante, 2001, pp.213-238.

-- “Pedro Vallina, una biografía comprometida”, en Actas del IX Congreso sobre el Andalucismo Histórico, Sevilla, Fundación Blas Infante, 2001, pp. 195-212.

- TUÑON DE LARA, M., Luchas obreras y campesinas en la Andalucía del siglo XX. Jaén (1917-1920). Sevilla (1930-1932), Madrid, siglo XXI, 1978, pp. 168-190.

- VALLINA MARTÍNEZ, PEDRO, Mis Memorias, (dos tomos), México-Caracas, Ed. Tierra y Libertad, 1967; reeditadas en Sevilla, Centro Andaluz del Libro & Libre Pensamiento, 2000.

 

 

 

Publicado en El País edición Andalucía el 30 de noviembre de 2007.

Los horizontes perdidos

de nuestra Transición.

Manuel Ruiz Romero

Doctor en Historia, investigador y especialista en la Transición.

 

Lenta, pero inexorablemente, aflora un debate historiográfico, y político sobra la forma en que se realizó la Transición de la Dictadura a la democracia en España y cómo ésta afectó al sistema de libertades públicas que le siguió.

En los últimos años, asistimos a un calculado intento por convertir dicha restauración en una historia rosa donde todo dependería, tanto de la voluntad personal del sucesor de Franco como de algunos de sus máximos colaboradores. Esta historia “light” viene a banalizar la aportación -anónima en muchos casos- de cuantos sufrieron torturas, cárcel, expulsiones, trabajos forzados, exilio... y que, entre miedo, sudor, sangre y lágrimas, se jugaron el tipo cuando no era políticamente correcto presumir de ello. Hoy sí que sobran los antifranquistas de pin.

De esta forma, el culto a determinadas personalidades contrasta con el silencio y la falta de reconocimiento hacia el esfuerzo de miles de personas, que tuvieron un gran protagonismo en la resistencia organizada al Franquismo. El espíritu de reconciliación y concordia tiene un pecado original: no puede enterrar dicha aportación. Ni permitir que se ridiculice, añado.

A diferencia de lo sucedido en Alemania o Italia, aquí el régimen autoritario no fue derrotado. Más bien, fue adecuándose a una nueva realidad resultado de una presión nacional e internacional. Los pactos con EEUU en 1953 o la Ley de Prensa de 1966, son buenos ejemplos. Fue, sencillamente, la adaptación de unas élites a sabiendas de que había que maquillar el futuro del Estado. La reforma era preferible a la ruptura. Ello explica que la Transición fuera más favorable a las derechas, y que la izquierda por el contrario, débil por la represión, en algunos instantes claves, optara por aceptar el sistema, las formas y los representantes que se le imponía. De haber existido entre esta dualidad un mayor equilibrio mediático, social e institucional; de haberse depurado ejército, funcionarios, jueces y cuerpos de seguridad; si se hubieran exigido responsabilidades,... muy probablemente la realidad hubiera sido distinta.

A punto de aprobarse el Proyecto de Ley que otorga derechos y ofrece medidas a quienes padecieron persecución o violencia a causa de los hechos derivados del golpe fascista de 1936, cabe aplaudir sus intenciones sin que la voluntad de reencuentro deba significar anestesia colectiva. Sin embargo, se hace necesario denunciar que Manuel José García Caparrós, asesinado en las calles de Málaga el 4 de diciembre de 1977, quede fuera de esta Ley, cuando la misma pone como fecha límite para ser beneficiario el 6 de octubre de ese mismo año (¿). Desconocemos porqué esta última fecha no se ha fijado en el hito que marca la aprobación de la Carta Magna.

Así las cosas, cabe pensar que la citada Ley es un punto de partida y no de llegada en el fomento de la memoria democrática desde las políticas públicas, y que por rechazar todos los organismos y leyes represivas de la Dictadura, no debe marginar la suma de esfuerzos individuales y colectivos que significa. Afortunadamente, se ha superado el concepto de bando que, aún siendo pretendidamente igualitario, en realidad, resulta peyorativo por cuanto equiparaba las legítimas instituciones de la República con las derivadas del levantamiento militar como causa primera que provoca la guerra fraticida. La supuesta equidistancia entre estos hechos que, en realidad, justifica la ausencia de condena a este origen de la contienda, no puede comparar vencedores ni vencidos, ya que sólo los primeros rompieron las reglas democráticas e hicieron de la violencia arma política de Estado.

Con la Ley de Amnistía de octubre de 1977, una de las primeras medidas políticas del primer gobierno democrático con el respaldo de los grupos parlamentarios, se consiguió básicamente dos cosas. En primer lugar, vaciar las prisiones de los presos de la oposición, incluso, de algunos que habían cometido delitos de sangre. En segundo lugar, se aprobó con gran opacidad, una especie de punto final para los responsables políticos del régimen anterior. Dos artículos en concreto, impidieron perseguir a los torturadores y a aquellos que hubiesen cometido abuso de poder durante la Dictadura.

En cualquier caso, resulta alarmante escuchar a determinados creadores de opinión pública afirmar que gracias al régimen franquista o bien se trajo el desarrollo a España, o peor todavía, fue posible un tránsito pacífico a la democracia que vivimos. La memoria histórica es un patrimonio colectivo que atestigua la lucha por las libertades democráticas y los derechos sociales, y al velar por ella, hay que hacerlo con minuciosidad y rigor. Lo contrario es un flaco favor al futuro que merecemos.

 

 

Publicado con el título “Fernández Viagas, el primer presidente” en los diarios del Grupo Joly el 27 de mayo de 2008, pág. 6

30 años de Junta de Andalucía:

Homenaje a Plácido Fernández Viagas.

Dr. Manuel Ruiz Romero

Profesor e investigador en Historia Contemporánea

Centro de Estudios Históricos de Andalucía
 

Tal día como hoy, pero hace 30 años, se constituía en Cádiz la Junta de Andalucía. Aquel 27 de mayo, un conocido juez, progresista y respetado entre los sectores de la oposición al franquismo, era elegido primer Presidente de una entidad que nacía con “personalidad jurídica propia” aún cuando la incidencia política de la misma no vendría sino hasta 1982 con la aprobación del primer Estatuto de Autonomía de nuestra historia. Culminábamos con éxito, por fin, aquel proceso al autogobierno que ya cercenó el golpe militar de 1936.

Nacido en Tánger en 1924, de padres con origen andaluz, Fernández Viagas realiza sus estudios primarios en esa ciudad y cursa Derecho en la Facultad hispalense. Con 21 años accede a la judicatura siendo nombrado en 1946 juez municipal con primer destino en Jerez de la Frontera, y más tarde, Magistrado en diversas Audiencias canarias y andaluzas hasta recalar en Sevilla en 1970.

Autodefinido como jurista socialista en reiteradas ocasiones denunciará la supuesta neutralidad del Derecho y la reacción que suelen ocultar las llamadas al apoliticismo de la Judicatura. Las invocaciones a la independencia judicial, según él, no serían sino coartadas para eludir la responsabilidad política y el control democrático que el poder judicial debe tener. Fue promotor de Justicia Democrática entidad progresista de juristas, a la que representó en clandestinidad dentro de la plataforma de oposición: Coordinadora Democrática de Andalucía, habiendo participado en el nacimiento de la Junta Democrática en julio de 1974. En 1976 se le condenaría por participar en una manifestación no autorizada y se le suspende de empleo por tres meses.

Con la llegada de las primeras elecciones democráticas en 1977 es elegido Senador por la provincia de Sevilla dentro de las filas del PSOE, cargo donde resultará ser el representante andaluz que más votos recibe en dicha Cámara, responsabilidad política desde la que sería nombrado primer Presidente de la Junta. Hombre trabajador, inspirador de respeto y consenso, al frente del primer Gobierno de la Junta en su etapa preautonómica promueve el llamado Pacto Autonómico, suscrito el 4 de diciembre de 1978 entre once partidos políticos andaluces en la ciudad que le dará nombre – Antequera-, con objeto de alcanzar un Estatuto lo más rápido y lo más eficaz a partir de una estrategia conjunta y unánime entre los firmantes. Un acuerdo que, a diferencia de otro anterior valenciano, no concretó aún el artículo constitucional por el que deseaba lograr el autogobierno, pero que alcanzaría su máxima importancia política cuando en enero de 1980 UCD pretendió reconducir el proceso andaluz por la vía del artículo 143 de la Constitución.

Tras las elecciones de 1979 y una vez constituido el segundo gobierno de la Junta, Fernández Viagas centrará su labor política en el Senado, donde había adquirido notoriedad a través de intervenciones y aportaciones entre las que destacan la reforma del Código Penal y de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, la abolición de la pena de muerte, la Ley sobre secretos oficiales, la Ley de Enjuiciamiento Criminal en materia de detención de jóvenes menores de dieciocho años, así como la Interpelación relativa a ejercicio por parte de los Alcaldes de competencias de orden público y seguridad ciudadana. Deja la política activa el 14 de abril de 1980, siendo elegido el 23 de septiembre de 1980 por el Senado, miembro del Pleno del Consejo General del Poder Judicial. Más tarde, ocuparía puesto como magistrado en el Tribunal Constitucional.

Fue nombrado en sesión plenaria del 30 de noviembre de 1984 hijo adoptivo de la provincia por la Diputación de Sevilla, recibiendo también la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil a título póstumo. La efemérides nos sitúa ante los orígenes de nuestra actual imagen como pueblo. Nunca Andalucía ha avanzado más en toda su historia que en estos últimos 30 años: pese a todas las críticas que se quieran hemos alcanzado la categoría de Comunidad Autónoma dentro de una democracia que se asienta. La labor política de Plácido, ya estudiada y publicada, en paralelo a esos primeros pasos de nuestra institución de autogobierno no deben ser olvidados. Frente a olvidos imperdonables, el desvío intencionado de miradas y la fugacidad audiovisual, la historia nos aporta suficiente datos para calibrar con sentido crítico donde estuvimos, estamos o debiéramos de estar. Ese es el valor cívico de una ciencia a la que este investigador sirve un día de celebración para todos los andaluces.

 

 

Blas Infante que estás en los cielos.
 

Dr. Manuel Ruiz Romero

Centro de Estudios Históricos de Andalucía.

En política, como en la música, los silencios también cuentan. La frase, vinculada a Rojas Marcos durante el tiempo que estuvo retirado de la política después de la conquista de la autonomía hasta su aparición como alcaldable de Sevilla en 1987, representa un aforismo del buen hacer entre representantes públicos y ciudadanía. Por extensión, las ausencias también hablan. A veces a gritos. Y si no, que se lo digan al Jefe del Estado cuando nació la segunda hija del Príncipe.

Es respetable en su intento de centrar el objeto de la cita, que un nuevo año la Fundación Blas Infante celebre el homenaje al creador del nacionalismo andaluz convocando el 10 de agosto, una vez más, “a todos los andaluces”. Conveniente, porque hay que concretar alrededor de la figura que nos convoca. Nunca fue un acto ni privado, ni reservado: ni deberá nunca serlo. Por ello, sería deseable que el Presidente de la Junta, estuviese a pie de monumento como un andaluz más y fuera de protocolo. Javier Arenas, todo sea dicho en su honor, nunca falta.

Está muy bien lo de celebrarlo, en el interior del Parlamento como institución más soberana del autogobierno aunque aquí todo se confunda con la administración. Sin embargo, el político debe estar entre el pueblo, y si esté le abuchea eso va en el cargo por su condición de hombre y sueldo público. No debe asustarle. Y cuidado, porque si continuamos por esa lógica perversa de la espantá ante el riesgo al desapruebo, sustituiremos los actos públicos por los espacios cerrados, las convocatorias por convites, la libre asistencia por los incondicionales palmeros del poder, la función de control desde la oposición por una mayoría electoral –dicen malévolamente- garante de estabilidad. Hasta las ruedas de prensa se convertirían así en mera lecturas de comunicados sin pregunta alguna por parte de unos sumisos periodistas. Y desde luego. así, todos convendremos, que la democracia no avanza. Puro estilo Berlusconi.

Pero voy más allá. Desde que Escuredo se comprometiera en 1979 a promover una celebración institucional todos los años, posiblemente estemos escenificando una peligrosa ruptura de incalculables consecuencias y de la que sólo sale perjudicado quien menos puede quejarse: Don Blas. Cuando sobran monumentos a Infante y le falta difusión a su vida y obra, ahora sólo se le recuerda por el número fotos que algunos se hacen a su costa. Esta distancia social, aún con la intención de centrar el homenaje, puede acarrear situaciones esperpénticas en un futuro no muy lejano que no benefician a nadie. Mucho me gustaría equivocarme. Por cierto, tampoco vendría mal que se dejara ver algún día una representación –directa y no delegada-, del ejecutivo central. Nunca estuvo presente y sería todo un gesto. Vendría bien la asistencia de la Vicepresidenta Fernández de la Vega para anunciar, por ejemplo, como hizo en homenaje a Companys, la anulación por ilegal del juicio que condenó a muerte al Padre de la Patria Andaluza cuatro años después de ser fusilado. O la del propio ZP que quizás esté un año más por Doñana: Sería todo un lujo contar con Usted señor Presidente.

Lo cierto es que este nuevo ritual luctuoso del notario de Casares, volverá a estar rodeado de reiterada polémica. El tótem se nos vuelve mito y su realidad ya no se sabe si es historia o fantasía. A falta de que cada andaluz descubramos el Blas Infante que llevamos dentro, más parece que todo el espectro político quiere hacerse una foto de estudio con él. Así, poco lograremos bajar a Infante de la nube y hacerlo el animal político que fue al margen de estructuras convencionales a las que renunció. Y es más, este año tenemos morbo añadido. Nos queda por ver quien se pondrá el pin más grande del notario justo cuando el nacionalismo andaluz es especie protegida y, sin embargo, todos los partidos se arrogan su herencia entre extrañas metáforas: “de transformación”, “constitucionalidad” o “de izquierdas”.

Digo yo –un poco en broma pero en serio-, que sería un foro apropiado para invocar el espíritu de Infante entre los cielos, conjurarse contra vampiros centralistas, dibujar encantamientos de horizontes lejanos, fabricar nuevos hechizos desde su lectura reposada, convocar a los andaluces de conciencia y, beber, en el mismo vaso, pócimas que transformen el futuro en algo más sensato, razonable y posible. Capaces –sobre todo- de hechizar a una ciudadanía indolente, a un electorado inconmovible y a una militancia nacionalista extenuada. ¡Qué mejor escenario para homenajearle¡

Santificado sea tu nombre, amigo Blas, porque desde los altares, cuando abundan sacerdotisas, tus estampitas y tus santones: de tu obra y vida cada vez se sabe menos. Y no hay más ciego que el que no quiere ver y aprender de su propia historia.
 

Manuel Ruiz Romero.

Investigador del Centro de Estudios Históricos de Andalucía

 

 

 

Todos los nombres:

la verdad como memoria histórica.

Manuel Ruiz Romero

Doctor en Historia Contemporánea.

Centro de Estudios Históricos de Andalucía.

 

Recala en Jerez las jornadas “Todos los nombres” que Cajasol y CGT-Andalucía llevan años promoviendo por toda nuestra Comunidad. Se trata de una experiencia pionera, imitada y aplaudida en otros territorios del Estado por la que se confecciona una gran base de datos pública sobre quienes sufrieron la represión del franquismo. En este caso, se anuncia la presentación de unos 3.000 registros vinculados a Jerez. La oportunidad que tiene nuestra ciudad es obvia para reencontrarse con su pasado y despejar la oscuridad sobre un tramo de historia que necesita ser abordado con seriedad. Todo lo que no sea una percepción objetiva, rigurosa y documentada de los hechos referentes a la insurrección anticonstitucional y sobre la resistencia de una izquierda movilizada para una guerra civil, será un nuevo acercamiento retórico, fácil, publicitario y partidista a la cuestión. Las victimas de uno u otro signo exigen justicia, reparación, dignidad y perdón. Nunca el olvido o el pasar página, por si mismos, serían capaces cicatrizar tanta herida que aún se invoca perversamente hasta para inclinar emocionalmente el sentido de un voto.

Se impone la luz pues para aclarar unos hechos. Va siendo hora: en jerez y en otros puntos de una Andalucía donde los primeros meses del golpe fueron vitales y rodeados de una cruel intensidad. Es necesario entenderlo así más allá de los conocidos Blas Infante o García Lorca con los que muchos, entonces más niños, descubrimos durante los últimos años de la Dictadura, la ilegalidad de un golpe militar junto su crueldad represora así como su calculado y transmitido mensaje de redención propio de toda dictadura.

Sólo una profunda reflexión colectiva ante los hechos –sobre sus antecedentes, circunstancias y consecuencias- nos abrirá las puertas a una catarsis sociológica capaz de superar en muchos pueblos y ciudades el miedo y dolor que esconden –todavía hoy- aquellos tres años de conflicto fratricida donde España se convirtió en el prólogo interesado del segundo gran conflicto bélico mundial.

Entre la educación en valores y una práctica formación para la ciudadanía, este tipo de actividades didácticas, representan una oportunidad para evaluar nuestro pasado y sacar conclusiones de futuro. La paz y el diálogo entre pueblos e individuos, respeto al pluralismo y a la promoción de los valores democráticos y cívicos deben ser globalizadas.

Y con la Jornadas también, el homenaje a todos los que se vienen dejando la piel y los ojos en la búsqueda de datos; a quienes por encima de monumentos ajenos a la ciudadanía y dificultades en el acceso a los fondos: se manchan las manos del polvo de archivos y manuscritos. En este mundillo de la historia sólo las horas de solitaria investigación ofrecen una solera contrastable a los resultados. El resto es pura demagogia u oportunismo político que sólo impulsa injustificados recelos, ajenos, en muchos casos, a la necesidad de verdad e información que esconden aún hechos y nombres concretos para muchas personas ávidas de reencontrase con un pasado que también es el nuestro.

Lástima también –hay que recordarlo aquí- que cuando nos reencontramos con la historia, en gran parte de los casos sean sólo para conmemorar batallas (Trafalgar, Bailen,…) o expulsiones intransigentes de otras culturas o religiones (tomas castellanas de ciudades andalusíes). Y lo hagamos justo potenciando aquellos valores militaristas y violentos, de intolerancia en suma, que los propiciaron irracionalmente en su día.

Jerez está de enhorabuena. Entre tanto cultureta ávido de palabras sin compromisos e intelectuales adscritos a la nómina del poder ve la luz una iniciativa que se suma a otras investigaciones existentes y publicadas. Que se une al esfuerzo de algunas otras asociaciones que también merecen la gratitud de la ciudadanía a su esfuerzo. Se hace necesaria una base de datos pública, lo más completa posible y fiable. El resto es la sonrisa bufona, la foto mercantil y engañosa, el argumento crispado que poco nos vale para afrontar con objetividad, paciencia y justicia los hechos derivados del golpe militar del 18 de julio.

 

 

Articulo publicado en La Higuerita de Isla Cristina

El año de nuestro vecino Blas Infante Pérez.

Manuel Ruiz Romero

Doctor en Historia Contemporánea.

Centro de Estudios Históricos de Andalucía.

ceha@ceha.es

Las efemérides deben ser siempre para los pueblos motivos de reflexión ante el futuro. Como también sucede en las personas, nos invitan a apreciar las diferencias, a comprometernos ante los retos y a redoblar nuestras convicciones. En esta ocasión, recordamos el 125 aniversario del nacimiento en la malagueña localidad de Casares, de un hombre que fue asesinado –además de otras consideraciones -, por ejercer su condición de andaluz y defender la identidad de nuestro pueblo. Se le condenó a muerte cuatro años después de fusilado, e incluso, con una dura multa se pretendió enterrarle ante una Historia de la que siempre serán protagonistas los pueblos con dignidad.

74 años después de aquel 11 de agosto y del asesinato de un hombre sencillo, su mensaje sigue más vivo que nunca. Tras el paréntesis obligado del Franquismo, la ruta de Infante renueva su intensidad: su casa natal en Casares, su colegio Escolapio en Archidona, los Institutos de Cabra y Málaga, la Facultad de Derecho de la Universidad granadina, su casa de Isla Cristina (en calle Diego Perez Pascual), de Cantillana, de Sevilla y la única que tuvo en propiedad en Coria del Río, su Colegio de Notarios, despachos de abogados, sedes, lugares y domicilios del movimiento andalucista,… son museos hoy vivos que nos invitan a acercarnos a su vida obra y pensamiento.

Blas Infante fue un hombre comprometido que arriesgó su posición y sus recursos económicos a favor de un Ideal. Notario desde los 22 años empeñó toda su vida en la noble causa de procurar la dignidad de los andaluces antes unas circunstancias que no le favorecían para su progreso. El caciquismo, la partitocracia, la dependencia económica, la sumisión y el desprecio cultural, la falta de conciencia crítica, el individualismo insolidario, las burlas a nuestra forma de ser y hablar…fueron –entre otras-, actitudes que combatió a lo largo de su corta vida, vislumbrando como progreso la necesidad de que, en primer lugar, la respuesta llegaran de la mano de los andaluces y andaluzas: libres, organizados, unidos, críticos y soberanos.

La herramienta capaz de transformar los corazones y la realidad de los andaluces, en aquel tiempo, no era otra que la autonomía. Un autogobierno pleno, como el conquistado durante la Transición por la vía del artículo 151 de la Constitución y ya solicitado por vez primera desde 1918, articulado alrededor de los tres poderes clásicos que hoy tenemos: ejecutivo (Gobierno andaluz), legislativo (Parlamento) y judicial (Tribunal Superior de Justicia). Pero, en cualquier caso, siempre con el concurso de un pueblo que no se deje dominar y reclame su protagonismo y respeto ante un Estado, una Unión Europea o ante la propia Humanidad, como recoge nuestro Himno. Sólo cambiará la situación de Andalucía si su gente de verdad se convence. Por encima de instituciones, crisis económicas o mayorías absolutas, necesitaremos siempre de la dignidad y el orgullo que nos hacen más libres y protagonistas ante el futuro.

Como consecuencia de aquel empuje de principios del siglo XX y, pese a la represión habida, Andalucía retomó su particular proceso a la democracia argumentando su carácter como nacionalidad histórica en un autogobierno que despuntaba con el nacimiento, en marzo de 1978, de un ente con personalidad propia llamado Junta de Andalucía. Desde entonces, una corriente historiográfica ha profundizado estos hechos durante los últimos 35 años: el Andalucismo Histórico.

La democracia nos ha permitido conquistar aquello que la Historia nos negó en 1936. Entre el desprecio y la sorpresa, aprendimos con Infante a ejercer de andaluces en una Andalucía que fue negada durante años. Con su legado, hicimos pública con orgullo nuestra condición de andaluces un 4 de diciembre de 1977 sin el que es imposible entender el 28 de febrero de 1980.

Nuestro Estatuto de Autonomía le reconoce como “ilustre precursor de la autonomía”. A la vez que un reconocimiento expreso desde el Parlamento andaluz le titulaba como Padre de la Patria Andaluza en abril de 1983 y además del Congreso de los Diputados en 2003. Recientemente, la Cámara andaluza le ha nombrado “Presidente de honor de nuestra autonomía”, demandado al Gobierno Central la revisión y anulación de su sentencia de muerte con objeto de reconocer y restituir “su dignidad y honor”.

Desde estas líneas aplaudimos la dignificación que el Ayuntamiento de Isla Cristina ha realizado con la vivienda donde Blas Infante pasó los años de la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1931), pero echamos en falta una mayor identificación del municipio con el ilustre paisano que fue. Casares, Cantillana, Coria, Ronda,…son ejemplos a imitar y para lo que desde aquí, esta entidad histórica –CEHA-, se pone a disposición de Isla con más vocación andaluza que nunca.

 

 

Microbiografía de un intento

El investigador Manuel Ruiz Romero 'sube' a la página web 'www.todoslosnombres.org' la apasionante vida de Antonio Oliver Villanueva, el último alcalde que tuvo la ciudad de Jerez en la II República

Miguel cayó perdidamente enamorado de María Consolación. Se sentía que en Jerez lo tenía todo, trabajo, amor y una supuesta próspera carrera política por llegar. El que fuera el último alcalde de la ciudad durante la II República, llega a esta tierra en 1922 tras superar la convocatoria para ser oficial en la Oficina de Telégrafos, en la calle Duque de Almodóvar. Antonio Miguel Oliver Villanueva nació en Palma de Mallorca el 6 de noviembre de 1901. Humano, dialogante y conciliador, se afilió en 1935 a Izquierda Republicana (IR), formación que se fundó el 3 de abril de 1934 en Madrid. Su primer acto público fue en el Teatro Eslava el 12 de enero de 1936, con tal afluencia de público que "viose totalmente ocupado, incluso los pasillos de butacas y gradas". 

Con la victoria del Frente Popular el 13 de marzo del 36, tendría lugar una nueva designación de concejales en la que la izquierda alcanza la mayoría, y de la que resulta su nombramiento como alcalde. Tras poco tiempo en Jerez, había alcanzado la presidencia de la primera institución local. 

Este cambio en la corporación abría una nueva etapa política encaminada a reanudar el proyecto reformista paralizado a finales de 1933. Se recuperaban así mucha de las iniciativas impulsadas por el Ayuntamiento durante el primer bienio: sustitución de la enseñanza impartida por órdenes religiosas, infravivienda, tímida reanudación de la reforma agraria (ocupación de fincas y explotación de Montes de Propios)…, entre otras. La Semana Santa volvió a suspenderse ante la renovación de anteriores acciones municipales. 

La vida de Oliver ha sido campo de estudio para el doctor e investigador jerezano Manuel Ruiz Romero, colaborador de la web 'www.todoslosnombres.org', un proyecto que reúne desde hace años información sobre desaparecidos y represaliados andaluces. A partir de un trabajo doctoral para Ciencias Políticas y Sociología sobre las élites municipales de Jerez durante la II República, Ruiz entendió que el último alcalde republicano "debía figurar en dicha web con una micro biografía por obvias razones y méritos propios". 

Manuel Ruiz ha desgranado la vida de Antonio Miguel poco a poco, "fundamentalmente, desde el Archivo Municipal a cuyo personal agradezco su labor desde estas líneas; a través de Actas Capitulares, bandos, prensa y bibliografía ya editada. Eso sí, antes de publicar he querido informar a sus descendientes, que han tenido a bien puntualizar algunos pormenores de su muerte. Ha sido mi modesta contribución a la recuperación de una Memoria Histórica en Jerez, como ciudad en la que por cierto, vienen trabajando con mucha seriedad y rigor algunos historiadores y asociaciones". Una "modesta" aportación que permite seguir avanzando en la Historia, a través de trágicas vidas como las de Miguel. 

Así, en la etapa de Oliver, además de intentar reformas en la búsqueda de soluciones a los problemas generales de la ciudad: el paro, la falta de escuelas, los impuestos vitivinícolas, la infravivienda, etcétera, se reabrieron también numerosos conflictos sociales silenciados ante la represión ejercida por el anterior gobierno de signo conservador. Oliver empleó sus esfuerzos en lograr la readmisión de trabajadores despedidos después de octubre de 1934 y en recuperar para los sindicatos obreros buena parte de ese espacio socio-sindical perdido. Sin embargo, los graves y provocativos desórdenes públicos habidos tras la ilegalización de Falange, se completaron con unas huelgas que no cejaron durante los breves cinco meses que Miguel estuvo al frente de la institución local. 

Jerez rozó el caos en mayo de 1936 y ese panorama hizo ganar apoyos a las fuerzas reaccionarias. La estrecha vinculación de José Antonio Primo de Rivera con la ciudad, le hizo ganar muchos adeptos. Además, "los ayuntamientos tuvieron escasa capacidad de maniobra. No sólo no tenían recursos, sino que dependientes políticamente de los gobiernos civiles (la Administración central) y encima enfrentado a una prensa hostil y a un espacio ciudadano radicalizado de una u otra parte y falto de sentimiento ciudadano y democrático. Pese a que no fueron políticos profesionalizados lo hicieron lo mejor que pudieron, pero está claro que la República cayó entre otras cosas por la falta de un espacio político local fuerte", subraya el investigador. 

¿Cree que todavía hay tabú a la hora de hablar de este pasado de los españoles? El historiador asegura que la Memoria Histórica "no puede depender de los jueces y menos de un solo juez. Debería haber sido una actitud de la propia democracia para con su pasado y los derechos humanos. En cierto sentido pues, la izquierda, o buena parte de ella fue cómplice cuando en 1977 firmó la Ley de Amnistía que dio carpetazo rápido a muchos atropellos. En cualquier caso y, en paralelo a la necesidad que aun tenemos de esclarecer ciertos hechos, es cierto que Andalucía fue un campo de represión brutal durante la Guerra y eso aún está dentro de la psicología colectiva. El problema es cuando la democracia no viene a cuestionar cosas esenciales a su dimensión cívica con el socorrido argumento de que son tradición. Es decir, porque se vienen repitiendo durante muchos años en una España tan católica, militarista y monárquica como en la que estamos".

La ciudad que paradójicamente se lo había dado todo a Miguel, también se lo arrebató de un tiro en la cabeza. La madrugada del 24 de agosto tropas militares golpistas condujeron a Miguel hasta la tapia del cementerio local donde fue asesinado siendo abandonado su cadáver, una vez rematado. Algunas versiones apuntan a que fue fusilado; otras, a que recibió directamente un tiro de gracia en su cabeza. Testimonia su familia, que el cuerpo fue hallado por el Guardia del cementerio, que avisó al suegro del asesinado. Fue enterrado en la tumba de unos amigos, donde aún reposa. En el instante de su muerte, sus dos hijas, María y Carmen, contaban con una edad de año y medio y un mes de vida, respectivamente.

La actual Corporación jerezana homenajeó en el año 2009 a todos los alcaldes republicanos y mandó realizar retratos de cada uno de ellos a pintores locales. No obstante, esta Corporación local sigue teniendo a Francisco Franco y al golpista, comandante del 18 de julio Salvador de Arizón entre los Hijos Predilectos de esta ciudad.