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Esplendor de al-Andalus Henri Pérès (págs 23-28)
Los historiadores árabes han tratado de explicar la caída de la dinastía Omeya en España, a comienzos del siglo XI, y su sustitución por pequeñas dinastías locales. Algunos de ellos se han limitado a hacer una comparación entre los reyezuelos españoles y los mulük al-tawa'if de Persia, tras la muerte de Darío: «Todo iba a la deriva -dice al-Marrakusí-; las fronteras se hallaban indefensas, despierta y excitada la codicia de los pueblos vecinos de Rum». Este paralelismo que se impuso en el espíritu de los citados historiadores, los cuales no supieron encontrar una expresión más adecuada que la de mulük al-!awa'if para designar a todos estos malik-s en miniatura que se repartieron, tras un período de cuarenta años de disturbios, el territorio español, no merece que nos detengamos en él: ¿ dónde aparece en el imperio persa, dividido en satrapías, el equivalente de la raza española en formación, alzada contra los extranjeros? Para nosotros, la expresión mulük al-Tawa'if, o su traducción española Reyes de Taifas, no tiene valor si no se le da el sentido de «reyes de partidos». Ibn Sa'id (t 685 = 1286), tratando de encontrar disculpa a su país de la acusación que contra él había formulado el viajero geógrafo Ibn Hawqal en el siglo X, atribuye la caída de los Omeyas al debilitamiento de la autoridad debido a su falta de prestigio. AI-Watwat (t 718 = 1318), en los Manahiy al-fikar, declara que <da Península no dejó de vivir en orden, otorgando a su soberano obediencia dictada por el afecto, hasta el día en que el exceso de bienestar abrió a sus habitantes el camino de la insubordinación y de la hipocresía». Ibn Jaldün (t 808 = 1406), cuando estudia las vicisitudes de las tribus árabes y de los imperios musulmanes, intenta destacar la razón de lo que él llama «decadencia de la dinastía Omeya en España»: «Ella sucumbió -dice- tan pronto como perdió el apoyo de los árabes, cuyo espíritu de cuerpo (asabiyya) la había sostenido... España era entonces un país cuyo espíritu de tribu y de cuerpo había cesado de existir... (Los reyezuelos) reinaban aún cuando los almorávides de la tribu de Lamtüna, pueblo cuyo espíritu de cuerpo era entonces muy fuerte, atravesaron el Estrecho, los despojaron y depusieron. Los reyezuelos españoles no tenían fuerza para defenderse porque les faltaba el apoyo de esa solidaridad de raza y espíritu de cuerpo que funda y protege los imperios». Ibn Jaldün no nos parece lejos de la realidad cuando habla de un cambio profundo en la manera de vivir de los musulmanes de España y de un debilitamiento del espíritu de cuerpo peculiar de las tribus árabes. Pero decir que en España «el espíritu de cuerpo había dejado de existir» es negar la existencia de un partido andaluz o español del cual hemos mostrado en líneas anteriores su fuerza combativa contra los bereberes. Un nuevo espíritu de cuerpo o, mejor dicho, un nuevo espíritu de solidaridad nacional se revela en España en el siglo Xl, lo que se debe a una fusión de los elementos étnicos que se había acentuado en el siglo X, sobre todo en la época de Almanzor, cuyos efectos se dejan sentir con especial acuidad a principios del siglo XI. Cuando al-Mahdi marchó contra sus enemigos en Qantis contaba en su ejército no sólo con faqíhs y burgueses, sino también con carniceros ('anniizün y yazziirün), carboneros (fahhamün), barrenderos (zabbalün) y otros elementos dispares plebeyos (sii' ir gawgii' al-aswiiq) 38, Y si resultó vencido es porque un ejército nacional, incluso cuando está impulsado por sentimientos patrióticos, no puede luchar contra mercenarios o soldados profesionales si no está iniciado, aunque no sea más que someramente, en el manejo de las armas y de la táctica militar y enmarcado por jefes experimentados. Se encontrará esta misma preocupación de apoyarse en todas las fuerzas del reino en Abü-I-Qasim Mubammad ibn 'Abbad y en su hijo al-Mu'tadid, que, no obstante, no desdeñó la cooperación de fuerzas mercenarias. No deja de tener interés el que un cronista de la época haya tratado de caracterizar la sociedad de comienzos del siglo XI dividiéndola en clases en las que la raza no juega ningún papel importante; es notable que en el grupo que, a juicio del autor, constituye «la parte más noble del país, que detenta la parte más considerable de la autoridad, que cuenta con la mayoría de las gentes más relevantes», figuran los a'yam, esto es, los cristianos mozárabes. Se puede hablar, pues, sin pecar de arbitrariedad de una población «andaluza» e intentar definir sus características generales a base de las obras de autores árabes españoles. Ibn Hazm (Abü Mubammad) cree reflejar mejor la realidad recurriendo a comparaciones con otros pueblos de la tierra: «Los españoles (ahl al-Andalus) son chinos por la perfección (itqan) de su trabajo y la precisión (iJ:¡kam) de la artesanía y artes decorativas (al-mihan al-$üriyya); turcos por la práctica de la guerra, el manejo de las armas y la previsión de municiones de guerra y de boca (muhimmat)>>. Ibh Galib, genealogista y biógrafo andaluz del siglo VI = XII, insiste en las comparaciones matizándolas de antemano para mejor caracterizar el mosaico de razas en que, a su juicio, se constituye la población andaluza: «Los andaluces -nos dice- son árabes por su ascendencia: lógica, por su orgullo y altiva independencia; por la elevación de su pensamiento, la elocuencia de su lenguaje y la exquisitez de su alma; su poca paciencia para sufrir la injusticia; por la liberalidad con la que dan lo que tienen; por su tendencia a librarse de cualquier clase de modestia y a apartar de sí los [pensamientos] viles. - hindúes por la importancia que conceden a las ciencias, su por ellas y el celo que les dedican para conocerlas y difundida exactitud; - bagdadíes por su cortesía (~arf), limpieza, el refinamiento ( costumbres, viveza de espíritu, sutilidad de pensamiento, la altura I miras, la generosidad de su carácter, la suavidad de sus ideas (a4h. agudeza de su pensamiento y la penetración de sus reflexiones; - griegos por su talento para descubrir el agua, por el cuidad ponen en el cultivo de todo género de plantas, la selección que ha( toda clase de frutos, la habilidad para tratar los árboles y embellecer jardines y los huertos con toda variedad de legumbres y flores. Por todo ello son los hombres más expertos en agricultura». Pero todas estas comparaciones no le parecen suficientes a Ibn Galib para describir en profundidad la psicología del andaluz: abandona la tierra por el cielo y declara, apelando a Ptolomeo, que «los españoles tienen la constante preocupación -ya que están bajo el régimen de (al-Zuhara)- de vestir hermosos trajes y comer bocados escogidos. De ser limpios y puros, amar los placeres y el canto e inventar nuevos aires musicales; dado que sufren la influencia de Mercurio ('Utlirid), llevan bien sus negocios (busn al-tadbir), cultivan las ciencias, aman la sabiduría, la filosofía, la justicia y la equidad». He aquí una selección de dones que para sí desearían muchos pueblos; está fuera de duda que los hispano-musulmanes han gozado de cualidades que vienen tanto de Dionisio como de Apolo; verdaderos artistas, han_ mostrado tanto talento en las artes y en las letras como erudición en la jurisprudencia y las ciencias. Si bien es cierto que la astrología y la comparación con otras naciones indudablemente ponen al descubierto algunas ideas precisas sobre el carácter andaluz, no llegan a definirlo por completo; tenemos la impresión de que este juego podría alargarse indefinidamente porque tiene más de retórico que de sociológico, y de hecho no sería difícil encontrar en la literatura árabe modelos o prototipos de este arte oratorio; inevitablemente se piensa en esos bellos alegatos apócrifos que a Kisra, rey de Persia, le gustaba tanto oír de labios de los embajadores de las diversas naciones del globo; tampoco sería difícil probar que al-Yáhiz:, con sus Rasa'il, proporcionó no pocos argumentos a los autores españoles. «Los habitantes de al-Andalus (España) -dice al-Maqqari, cuya obra se revela como fuente fundamental para el estudio de lo hispano-musulmán- tienen en su conversación una forma de bromear, de decir las cosas con determinada dulzura y de dar réplicas tan espontáneas, que reducen al silencio al interlocutor. La cortesía (zarf) y las buenas maneras (adab) son cualidades instintivas en ellos, y se dan tanto en sus hijos como en los judíos (sic) y con más motivo en sus sabios y nobles (akabir)>>. Sin duda, es trabajo en balde el tratar de caracterizar en pocas palabras a los hispano-musulmanes del siglo XI, pero no todo lo dicho anteriormente es rechazable; en todo caso prueba que el andaluz, incluso para los escritores musulmanes, no es un árabe puro; es árabe y algo más, que los psicólogos y los sociólogos buscan fuera y lejos: en los hindúes, griegos, chinos o turcos, cuando lo tienen al alcance de la mano, salta a la vista: el hispano-musulmán es una amalgama de árabe, de ibero, de visigodo y de bereber, de persa (de Bagdad) y de eslavo; es una feliz conjunción de lo semita y de lo ario. Al estudiar su literatura de imaginación, de la cual la poesía parece ser la expresión más característica, no hay que pensar siempre y exclusiva mente en el origen semítico de sus representantes; no hay que perder de vista que el pueblo hispano-musulmán del siglo XI no es más que una prolongación étnica de la antigua población autóctona, y el crítico que no quiera ver en la poesía española más que un reflejo de la literatura de Oriente se arriesga a no considerar más que el lado menos interesante de esta poesía. |