El primer rey de España , una sorpresa

 

Américo Castro escribía que «provocaría graves trastornos rechazar por inexistente lo creído y acep­tado durante siglos por falso que sea» «<Sobre el nombre y el quién de los españoles», pág. 93). No es sólo Herri Batasuna quien busca meternos veinticua­tro goles. La tumba de Santiago en Compostela, la «venida de Virgen en carne mortal a Zaragoza», el transporte aéreo de ¡la casa! de la misma Virgen Ma­ría a Loreto, la llegada de los llamados siete varones apostólicos a Granada, su martirio en tiempos de Nerón y las consecuentes reliquias de San Cecilio en el Sacromonte ... figuran en los manuales más vul­gares de Historia de la Iglesia desde los años veinte como fantasías históricas. Pero nadie se atreve a co­municarlo en público.

En 1985, celebraron el bicentenario de la ban­dera roja y gualda como Bandera de España. Carlos III lo habría decretado así. Pero si se acude al Real Decreto de 28 de mayo 1785, lo allí dispuesto es la sustitución en la Marina de guerra, del pendón blan­co de los Borbón por la bandera que, después, por otro Real Decreto, de 13 de octubre de 1843 se extiende al Ejército y que hoy es la vigente según el ar­tículo 4.1 de la Constitución de 1978.

Por los años ochenta, en el Hotel Triana de Sevi­lla, se celebró un homenaje al Rey Al Motamid de Sevilla, como es sabido, exquisito poeta. Los escritos en su destierro, según los entendidos constituyen su mejor joya. Son 36 los conservados de esta dura cár­cel al sur del Atlas, en Agmat. En 1924, BIas Infante para rezar ante su tumba, visitó aquel pueblo perdi­do siguiendo la tradición de Ibn Jatib, rondeño y visir de Granada. También había estado allí cautivo y es­cribiendo sus memorias en iguales años que Motamid, el último rey ziri de Granada, Abdallah. ni una sola palabra de los desterrados ni del viaje de Infante se dijo en aquella conmemoración con tan poca memoria. Los organizadores fueron andaluces recién conversos al Islam. No parece que les intere­sara descubrir a los carceleros de Agmat: eran los almorávides, superortodoxos tan enemigos de la li­bertad andalusí como los Reinos cristianos del Nor­te. Del mismo Motamid tomamos estos versos que son el mejor comentario de este olvido de la historia:

«Me quedaré sumiso y humillado en el país del destierro.

Si no fuera por la traición,

no estaría sometido.»

 

(Al Mutamid: «Poesía», traducción, introducción y notas de MJ. Hagerty; BIas Infante: «Motamid, úl­timo Rey de Sevilla»: E. Iniesta, «El siglo de BIas In­fante», págs. 43-46 y 67-70; AAX, 64-65, ABY: E. Iniesta, «Los inéditos de BIas Infante», pág. 63.)

Los casos aludidos, por los que nadie pued~ ti­ rar la primera piedra, vienen para embocadura y pre­paración: El primer monarca que ostentó el título de Rey de España fue el Emir de Córdoba Muhammad I. Corría el año 863.

El inesperado susto nos lo propina Américo Cas­tro y lo documenta en el «Apologético» (Libro II, pre­facio 9, 1-5) del abad mozárabe Sansón y en Levy­Provençal en su «Historia de la España Musulmana», I, págs. 184 y 253, nota 13. El abad intervino como tra­ductor en un acuerdo entre Muhammad I, Rey de Es­paña, y Carlos el Calvo, Rey de los francos. Y escribe:

 

«El ut mea oratio retrogradet paululum, dum ePistole REGIS HISPANIE ad regem Francorum essent sub era DCCCCI a dirigende, appellatus ex regio decreto, ego iPse,

quatenus, ut pridem facere consueueram, ex Caldeo sermone in Latinum eloquium iPsas epistolas deberem transferre, adfui et feci» «<Sobre el nombre y el quién de los españo­les», pág. 30).

« y aunque retroceda un poco mi discurso, cuando en el año 901, había que enviar cartas del Rey de España al Rey de los Francos, llamado por decreto regio, al momento, como acostumbraba antes, yo mismo debería traducir del Árabe al Latín esas mismas cartas, acudí y lo hice.»

 

Así figura en el «Corpus scriptorum Muza­rabicorum». Y el asunto se completa y se complica con otro dato como asombroso: el primer monarca que, después del Emir Muhammad, que se tituló Rey de España fue Felipe V, ochocientos años después, en 1713. Él titubeó en el uso. Sus herederos dejaron esa denominación. Alfonso XII, es ya quien de forma continuada lo usa.