PRÓLOGO

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Los cantes flamencos constituyen un género poético, predominantemente líri­co, que es, a nuestro juicio, el menos popular de todos los lla­mados populares; es un género propio de cantadores; quien tuvie­ra medios y virtud para poder vivir entre éstos algún tiempo, podría poner al pie de cada copla el autor de ella y entonces se vería que unas, por ejemplo, eran del tío Perico Mariano, otras del Fillo, otras de Juanero, otras del Bizco Sevillano, otras del Pelao de Utrera, otras de Juana la Sandita, otras de María Borrico, de LaJunquera, de la Juana de Cádiz, de Pepa la Bochocade Sanlúcar, de María la Regalá y de tantos otros cantadores y cantadoras como han cultivado este género, a partir del siglo pasado en cuya época se distinguió tío Luis el de la Ju/iana, cantador muy general y que así se cantaba por polos y cañas, como entonaba unas seguidillas gitanas o una liviana y una toná, de esas que no se encuentra hoy ya en el mundo quien las cante ni por un ojo de la cara. El pueblo, a excepción de los cantadores y aficionados, a que llamaríamos diletantti si se tratara de óperas, desconoce estas coplas; no sabe cantadas, y muchas de ellas ni aún las ha escuchado. Los martinetes, por ejemplo, y las deblas, apenas si son conocidas. Los asuntos de estas coplas son casi siempre moti­vos o desgracias personales; muy pocas veces, casi nunca, se hace alusión en ellas a cosas o hechos de interés general o nacional: las seguidillas gitanas o playeras, y las carceleras o martinetes y esca­sísimas deblas contenidas en esta Colección, acreditan esta ver­dad; su número robustece también nuestra opinión; por cada mil composiciones flamencas (no refiriéndome a las soledades de cua­tro versos, que son meramente andaluzas y pueden acomodarse

a la música de polo, toná, liviana y cañas, así como a la de mala­gueñas o rondeñas) hay veinte mil andaluzas; éstas nacen y se inventan cada día y cada hora y cada minuto, y su número es ver­daderamente inagotable, porque es inagotable también y peren­ne el manantial que las produce. El sitio y la ocasión en que se cantan los cantes flamencos, perdónesenos el pleonasmo, y el públi­co que comúnmente los escucha, comprueban también la afir­mación que venimos sosteniendo. Estos cantes, tabernarios en

su origen y cuando, a nuestro juicio, estaba en su auge y apogeo, se han convertido hoy en motivo de espectáculos públicos. Los cafés, último baluarte de esta afición, hoy, a nuestro juicio, contra lo que se cree, en decadencia, acabarán por completo con los cantes gitanos, los que andaluzándose, si cabe esta palabra, o haciéndose gachonales, como dicen los cantadores de profesión, irán perdiendo poco a poco su primitivo carácter y originali­dad y se convertirán en un género mixto, a que se seguirá dan­do el nombre de flamencos, como sinónimo de gitano, pero que será en el fondo una mezcla confusa de elementos muy hetero­géneos; lo bufo, lo obsceno, lo profundamente triste, lo des­compasadamente alegre, lo rufianesco, etc., etc. El carácter y con­diciones de estos elementos explican perfectamente la clase de público que de ordinario asiste a estos espectáculos, público tam­bién completamente heterogéneo, donde se hallan al Iado del taciturno y acansinado trabajador, el festivo y bullicioso estudiante; al Iado del pilluelo y el tomador, el no menos despre­ciable rufián aristocrático; al Iado del industrial y el comercian­te, que alguna que otra vez concurre a estos lugares, el terne y el torero, que hacen de ellos su centro favorito; al lado del hombre de sentimientos delicados que goza con la música triste de la seguidilla gitana o levemente melancólica de la soledad, el de espíritu alegre y bullicioso que va a recrearse con la música, tam­bién retozona y alegre, de ese infinito número de composicio­nes, puramente andaluzas, conocidas con el nombre de jugueti­llos o alegrías; juguetillos capaces de resucitar a un muerto y de hacerle tomar los palillos para bailar un fandango; alegrías muy a propósito para levantar el ánimo del profundo estado de tris­teza en que lo sumergen un polo o una seguidilla gitana bien can­tadas. La misma versificación de estas últimas composiciones, que forman un anillo en la cadena conocida con el nombre de cante flamenco, es artificios a, como veremos más adelante. Si pues, estos cantes, por ser casi todos de autor conocido, por tener un asunto puramente individual, por la relativa escasez de su núme­ro y por el público que acude a escucharlos, es más bien propio de una clase del pueblo que de todo él, preciso será que los hom­bres serios reconozcan que este género es, entre los populares, el menos nacional de todos, y que es inexacta la idea propalada en Europa por algunos touristes de que es el cante flamenco el genuinamente español, en cuyo apoyo citan el favor que parte de nuestra aristocracia dispensa a los toreros, acérrimos protec­tores de este género, sin considerar que entre los aficionados al arte de Montes y Pepe-Hillo y una buena parte de la aristocracia española hay, por motivos históricos y naturales, muchos pun­tos de afinidad y de contacto.

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Demófilo, 1881