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Capítulo VII El cante Flamenco Como expresión y liberación Antonio Carrillo Alonso El flamenco -lo hemos dicho- es ante todo expresión exclusiva de una minoría popular que persigue comunicación, deleite y búsqueda de su misma soledad. Y ese grupo humano está asentado desde siempre en una tierra concreta: Andalucía. El flamenco se podrá llevar a la Sorbona o al Olimpia de París; se podrá llevar a las universidades de .todos los países del mundo. Pero concebido fuera de Andalucía el cante aparecerá mutilado. No estamos ante un fenómeno propio del pueblo andaluz en general; pero Andalucía, en todo lo que significa de olvido, desamparo y tragedia, es esencial e indispensable para entender el flamenco, porque esta forma de expresión encierra la única y auténtica explicación del ser andaluz. El andaluz auténtico; el andaluz del ocio y la pereza; el andaluz imaginativo capaz de crearse mundos habitables en unos segundos; el poseedor de una filosofía natural, y el de la preocupación o indiferencia ante la adversidad o la muerte, es -sobre todos- el que compone esa minoría popular que forma la base humana del flamenco. Este andaluz, que padece y sueña en los lugares más escondidos de la geografía, es también reflejo de la Andalucía auténtica pisoteada por las injusticias sociales, Tierra y hombre se complementan y forman una unidad indisoluble. 2): el cante no puede ser explicado totalmente sin tener en cuenta Andalucía, y esta tierra -en todo lo que encierra de autenticidad- jamás podrá ser definida sin el conocimiento del sentimiento de lo jondo. Porque el flamenco "es la libertad amenazada; el sudor del oprimido, el grito del hombre. Porque ellos sufren, ellos son hijos de esa tierra quemada que es Andalucía, ellos han nacido en el límite del dolor y de la esperanza, de la vida y de la muerte"; tal como señalaba un crítico francés, Edemée Santy, refiriéndose.a.«Quejío».
Aquella minoría andaluza supo crearse un mundo aparte donde poder respirar, fuera de la farsa a que fueron sometidos los andaluces. Fue un grupo humano lleno de valor -consciente o inconsciente es lo de menos- que no contribuyó en absoluto a la creación de esa Andalucía oficial «conveniente». Y desde siempre y -aquí radica su tragedia-, unas minorías rechazadas incluso por el mismo pueblo andaluz que, absorbido por la moral oficial impuesta, no llegó a comprender el sentido de aquellos quejíos y gritos de dolor que salían --en las horas de la madrugada- de unas gargantas ahogadas de tanta soledad. Es el hecho más revelador de esa Andalucía que fue situada, de forma brutal, lo más lejos posible del camino que le hubiera llevado al hallazgo de su propia identidad. El cante flamenco es un fenómeno de tal importancia en la vida del individuo que lo vive, que impone una forma de ser; una actitud especial ante la vida. Basta acercarse a esos aficionados para palpar de seguida esa actitud. El andaluz es vitalista. Pero este vitalismo está pintado de tragedia porque surge como consecuencia del padecer diario. Lleva una existencia de búsquedas y de deseos: su abandono le empuja a la búsqueda de la comunicación con los otros; su escepticismo ante la vida le hace buscar en el ocio la plenitud; su conciencia de que habita una geografía paradisíaca le lleva a concebir la vida como una vivencia de presentes, sin importarle demasiado el mañana. Siente una necesidad imperiosa de llevar su vida sin la sabiduría de loa demás, porque está hecho a vivir en. su situación y se basta a sí mismo. El andaluz e3 consciente de ser el gran poseedor de su misma existencia, desgraciada o feliz. Y este sentimiento lo traslada a los mismos objetos y hechos que le circundan. La concreción última de toda esta actitud vital será la expresión flamenca: "El andaluz -escribe Caballero Bonald- tiende... al disfrute de una vida regalada, carente de trabajos y de preocupaciones; se contenta con lo indispensable para ir tirando (...), es un pueblo inclinado, sumergido, mejor que ningún otro, en la aspiración del paraíso. En tal estado espiritual, al surgir súbitamente un atisbo cualquiera de dolor o de alegría, se siente obligado de una forma directa e inexorable a comunicarlo; quiere contar con hermosura lo que pasa. y la única forma de comunicación es entonces para él, fatal y necesariamente el cante". El sujeto flamenco es, generalmente, poseedor de una sensibilidad especial. Intuitivamente sabe descubrir esa esencia oscura que late en el fondo de las cosas y que las define. Le sorprende, atrae su atención, todo aquello que {(dice algo» -ya sea una obra de Bach o un cuadro de Picasso-, porque su sentimiento de lo jondo le hace superar cualquier barrera e ir directamente al fondo de las cosas. y entonces dirá "N o entiendo de esto pero me gusta, tiene algo". Es esa «jondura» de espíritu lo que le lleva al deleite ante cualquier expresión artística, sea cual sea su complejidad.
Este andaluz suele llevar una vida aparentemente desordenada ante los demás. Pero es -al igual que el cante mismo- una conducta que posee el sentido del compás. En su pensamiento tiene unos puntos fijos, difíciles de cambiar. y todos los días recorre los mismos caminos: la misma búsqueda del otro; el mismo lugar; la misma sensación de grandeza ante la noche que le lleva, por medio del cante, a los misterios de la existencia. Este amor a la noche se une a su tendencia a lo extravagante, a todo aquello que no parece ser normal para los demás. La noche es soledad y, a la vez, sentimiento compartido; camino abierto a la existencia sin taras ni limitaciones; es el regazo de la gran Madre que acoge las soledades que se buscan entre sí. Y al final de toda esa oscuridad iluminadora está siempre el cante, el quejío flamenco.
En la conducta del sujeto flamenco hay una motivación simplemente emotiva. Pero, también, una profunda motivación de tipo socio-económico. Se busca la liberación en la expresión, pero también el «calor» humano, el rincón natural donde se encuentre una acogida que, en algunos casos, no se puede conseguir en el hogar familiar. Y viene así el encuentro de esos aficionados en unos bares y locales concretos. Pertenecen en su gran mayoría a familias humildes. Esas familias se localizan, generalmente, en los barrios más apartados y populares de las ciudades, y el hogar familiar es en la mayoría de los casos muy reducido en cuanto al espacio habitable. Esta es la causa por la cual, desde un principio, el individuo siente una necesidad de salir, de buscar espacio libre donde hallar un lugar para su desahogo y su sueño. El hombre ansía siempre ese rincón propio que le permita vivir. Y en ese deseo hay una tendencia grande al apartamiento. Se rechaza generalmente la vida en los edificios abigarrados de inquilinos, y cuando uno no puede poseer ese espacio libre prefiere quedarse donde está. Conocemos el caso de un amigo íntimo que -interviniendo él mismo, con la 'colaboración de varios amigos-, sin ningunas posibilidades económicas, ha tardado más de tres años en construirse una casa en una esquina del barrio donde vive, porque quería poseer .-su espacio en ese lugar de siempre. Aunque es evidente que,. en muchos casos, más que un estado individual de pobreza. existe un sentimiento de pobreza: el individuo quiere permanecer allí, en su barrio, incluso en los casos en que tiene posibilidades de adquirir una vivienda en otro lugar. Existe el presentimiento de no encajar en una sociedad «superior». El sujeto flamenco, como habitante de barrio, aparece también situado en el contexto general de la pobreza que le rodea, y, en este sentido, su aislamiento es semejante al del pobre en general. A su especial sentido de la vida se une, pues, la influencia de su entorno. Y, como se ha señalado, "la situación material de pobreza puede corregirse, pero es más difícil hacerla cuando se trata de una "cultura de la pobreza", porque es preciso cambiar modos de pensar y de vivir inveterados, comunes a sectores muy amplios de población, a pueblos o barrios enteros. No es un fenómeno individual sino colectivo". El sujeto flamenco muestra también una gran predilección por las cuevas y cortijos, por todo aquello que se sitúa fuera de los núcleos urbanos de población. La cueva, come> misterio y como apartamiento del mundo. Aquí más que en ningún otro lugar, el hombre se siente libre, poseedor de su misma existencia, y presiente el generoso cobijo de la tierra. Han sido muchos los payos que han comprado las cuevas que han ido dejando los gitanos. Generalmente, las cuevas siguen hoy estando habitadas por gitanos que se resisten a salir de ellas. Conocemos algunos casos de familias gitanas que cercan materialmente el rincón que habitan, convirtiendo el pequeño trozo de calle de que pueden disponer en un callejón de su «propiedad». En lugares más concretos de la geografía andaluza, la«fragua» aparece con el mismo sentido de la cueva y del hogar flamenco en general. De las fraguas surgieron numerosas voces rotas del cante jondo. Y hoy este hogar existe entre la realidad y el misterio que late en el recuerdo de aquellas voces antiguas que pueblan la historia humana del flamenco.
"La imagen plutónica del forjador -escribe Molina- nos sumerge en simas telúricas. La atmósfera de la herrería, surcada de chispas, está muy cerca de los hechiceros recintos chtónicos. Es prolongación del mundo sexualizado de la minería primitiva. La influencia de la cueva y de la herrería operó sobre el flamenco con fuerza cósmica. Le puso en contacto con la religiosidad telúrica y sostuvo después de tantos siglos el carácter elemental de su arte".
En su escala de valores materiales el sujeto andaluz siente predilección por lo antiguo y lo raro. Muestra preferencias por lo natural y lo elemental. Es un reflejo de su deseo de aproximación; el mismo que le lleva a buscar la intercomunicación en el ambiente anímico de la reunión flamenca. Este afán de aproximación, de comunicación, del sujeto flamenco es una constante en su vida y algo que -en ocasiones- le agobia. Responde también a un deseo de crear, de querer escenificar el mismo sentimiento, o vedo repre3entado en los objetos y acciones para tomar conciencia de que realmente existe. En cuanto a las rarezas propias del individuo flamenco, son muchos los ejemplos entre los mismos cantaores antiguos. Válganos como muestra la siguiente cita de la autobiografía de Pericón de Cádiz, referida al cantaor Enrique «El Mellizo»: "...Cuando '!la estaba borracho le entraba al hombre esa inspiración y a media noche, él solo, seiba a la tapia Capuchinos_ y se ponía allí a cantarle a los locos, y otras veces tiraba por la muralla y hacía un cante que le ponía los pelos de punta al más calvo del mundo... Y cuando se ponía así ya le ,podías dar tos los dineros del mundo que no te cantaba; prefería irse él solo a cantarle a los ,locos o a cantarle al agua". Cante y vida aparecen, pues, unidos siempre en lo irracional y lo emotivo: el cante como expresión irracional, reflejo y continuidad de una conducta vital.
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