ANDALUCÍA: UNA IDENTIDAD NACIONAL

Cabría ahora hacernos la siguiente pregunta: ¿Es o no la identidad andaluza una identidad nacional? O, en otras palabras, con base en su identidad cultural y en su historia, ¿es Andalucía una nación o no lo es?

            Si se plantea la pregunta en un sentido esencialista, escolástico —sea una es­colástica conservadora, metafísica, o sea la escolástica de amplias corrientes que se definen como marxistas— no hay respuesta posible, pues ningún colectivo es o no nación desde siempre y para siempre. La serie de condiciones que desde los románticos a Stalin, pasando por Bauer o Kautsky, se han propuesto para medir si una colectividad es o no una nación no son sino obstáculos para una compren­sión adecuada del concepto, que, por supuesto, pertenece al campo de las Cien­cias Sociales y de la Historia y no al de la Filosofía o la Teología —y cito a la Teología porque el concepto de nación va muchas veces unido al de "sagrado": sagrada unidad nacional, etc.—.

            En realidad, una nación en el sentido político supone, ante todo, una conciencia de identidad nacional más o menos generalizada. Y una identidad nacio­nal no se crea, ni se destruye, voluntaristamente aunque tampoco es un hecho al que sea ajena la voluntad.

            El tema del Estado es mucho más simple: un Estado, para existir, no necesita más que la formulación jurídica de un dominio real sobre un territorio dado. Es cierto que un Estado supone muchas cosas, pero en esencia su núcleo conceptual es éste: por eso los estados pueden crearse, extenderse, reducirse drásticamente o incluso desaparecer por guerras o tratados. Una nación no; una nación —si enten­demos el concepto en su doble dimensión cultural y política— supone la existen­cia de un pueblo con una identidad cultural diferenciada, o sea con una etnicidad objetiva, asentado en un territorio definido como propio, y con voluntad colecti­va, más o menos generalizada, de tener capacidad de decisión en cuanto le afecte. Si se da sólo lo primero —etnicidad más territorio—, hablamos de nación cultu­ral; si también lo segundo —voluntad de autodeterminarse—, de nación política. Y esto, independientemente de su reconocimiento o no jurídico.

            Existe potencialmente una nación política en aquellas naciones culturales don­de hay un sector social dispuesto a reivindicarla, aunque éste sea reducido, pero no existe con plena realidad hasta que una parte significativa del pueblo en cues­tión asuma, al menos sentimentalmente, su existencia. Así, el concepto de nación tiene un carácter dinámico, y no esencialista, ya que responde a la cambiante rea­lidad social que lo modela históricamente. De aquí que, aplicando, esta metodolo­gía al caso andaluz, podamos hablar sin titubeos de Andalucía como nación cul­tural —tanto en el presente como en la mayor parte de su historia— y también hoy ya de Andalucía como nación política emergente, a partir del momento en que, casi en nuestros días de forma importante, aunque con significativos prece­dentes en las primeras décadas del siglo, comienza a reivindicarse, incluso espec­tacularmente en varias ocasiones, el derecho a decidir sobre los problemas econó­micos, políticos y culturales de la propia Andalucía.

            Planteado el tema de esta forma, deja de ser privativo del campo de la pura emocionalidad, el oportunismo político y el subjetivismo para insertarse en el del análisis de los fenómenos sociales, en cuyo estudio, por supuesto, debe ser capítu­lo importante el de la propia voluntad colectiva. Así, la existencia de estructuras culturales específicas de fondo, y de elementos muy claros de diferenciación —es decir de una identidad cultural objetiva—, es condición necesaria pero no sufi­ciente para que exista una amplia conciencia de identidad nacional en el plano político. La fuerza motriz que desarrolla ésta no son los marcadores mismos de diferenciación sino la forma en que ellos son cargados de significación simbólica y utilizados por parte de grupos sociales de acuerdo con sus aspiraciones e intere­ses. Y esto sucede en marcos históricos y sociopolíticos concretos: en presencia de fenómenos sociales o acontecimientos que actúan como catalizadores del pro­ceso de toma de conciencia política nacionalista por parte de quienes pertenecen a una nación cultural, en nuestro caso Andalucía.

            Que esta sea no sólo nación cultural sino también nación política plena y no sólo emergente, dependerá de muchos factores, entre ellos de la mayor o menor vertebración futura de la sociedad civil andaluza y del nivel de densificación de su tejido social. Dependerá también, en gran medida, de la capacidad de resisten­cia a las agresiones, directas o solapadas, contra la cultura andaluza desde los cen­tros de poder del Estado y de las grandes multinacionales, y de la capacidad de desarrollo y adaptación de los elementos y expresiones culturales propios a las nue­vas condiciones de un mundo en constante cambio. Andalucía puede, y debe, su­perar con éxito este reto y convertirse en puente de encuentro entre lo mejor de las civilizaciones europea, árabe y latinoamericana, renovando su función de foco de la mediterraneidad. Su historia y su cultura la hacen especialmente indicada para cumplir este papel de paz y creatividad.